Segundas intenciones CAPÍTULO SIETE. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
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CAPÍTULO SIETE. SEPTIEMBRE DE 2006. #3

Inmaculada dedicó el resto de la tarde a intentar contactar con la inspectora Balagué, de delitos económicos, encargada de la inspección de la contabilidad de la fábrica.

Le urgía la información. El administrativo que atendía el teléfono aseguraba que le pasaría la llamada a la inspectora en cuanto fuera posible, pero, aunque llamaba cada media hora, no lo conseguía.

Al final, le reconoció que estaba en una reunión con seguridad nivel cuatro y no sabía cuándo terminaría.

Ella lo comprendió, en esa sección cualquier indiscreción podía dar al traste con un proceso entero, y le dio su número de móvil personal pidiéndole que la llamara a la hora que fuera.

La impaciencia no le permitía esperar y trató de indagar por su cuenta.

Como en las sucursales bancarias no contestaban el teléfono a esas horas, Ramírez las recorrió, una por una, por si estuvieran trabajando a puerta cerrada.

Solo consiguieron dar con el director de la caja, que se presentó a última hora en el juzgado.

Sacaron en claro que Álvaro tenía dos cuentas en la caja: una particular y otra de la sociedad.

En ninguna de las dos había más de doscientos euros.

Viendo que Julián empezaba a recoger, Inmaculada se acercó a su escritorio y, tras asegurarse de que la puerta del despacho estaba bien cerrada, se sentó cerca de él y le cogió de la mano. Dentro del juzgado, era toda la intimidad que podían permitirse.

—¿Por qué no te vienes a cenar a Cádiz con nosotras?

Él le respondió igual de cariñoso, sin soltarle la mano que acariciaba suavemente con la suya:

—No puedo. He quedado con Tomás para echarle una mano con el examen de mañana y, además, no sé si me atrevería con todo lo que tendréis que contaros. Si vais a despellejarme, prefiero no estar presente.

—Eres un cobarde —dijo ella, riéndose.

—Y vosotras más brujas que Sarah —contestó él, dándole un beso rápido en los labios. Luego salió con aire de naturalidad.

Cuando Inmaculada fue a abrir la puerta de su coche, aparcado en la calle no lejos del juzgado, vio un sobre sujeto por el limpiaparabrisas contra el cristal. Antes de cogerlo se puso unos guantes que llevaba en el bolso. Sabía que no era publicidad.

No lo abrió hasta que llegó a su despacho, en presencia de Ramírez y su hijo. Igual que la vez anterior, se trataba de un hilo de mensajes de correo electrónico entre Cayetana y un tal señor Wo. Para comprender todo el sentido había que leerlos de abajo hacia arriba.

El señor Wo daba un ultimátum a la gerente: O aceptaba una rebaja del diez por ciento en el precio o no había contrato.

Cayetana aceptaba y advertía al señor Wo de la conveniencia de tratar este asunto exclusivamente con ella.

Solo ella informaría a Álvaro de las nuevas condiciones en el momento oportuno.

—Lo más sorprendente es que se entiende perfectamente —comentó el hijo de Ramírez—. A don Álvaro le mandaban mensajes incomprensibles y a sus espaldas hablaban alto y claro.

—No nos precipitemos en considerarlo auténtico —sopesó Inmaculada.

—El rollito de Cayetana y David resultó ser verdad —dijo el muchacho.

—Si este también es cierto, Cayetana nos ha mentido —dijo ella—. Esta misma mañana ha asegurado que nunca había ocultado nada a Álvaro. Parece que para ella era un estorbo.

—De ahí al asesinato hay un largo camino —comentó Ramírez en tono reflexivo.

—¡Quién sabe! —contestó ella—. Me molesta mucho que alguien se atreva a jugar con nosotros de esta manera, mandando anónimos. Por no hablar de cómo conseguirá la información.

—Eso está clarísimo —dijo el hijo de Ramírez—. O es Cayetana, que no parece muy lógico porque son sus propios trapos sucios, o le están hackeando el correo.

—O simplemente es alguien cercano a ella que tiene acceso a su cuenta —dijo la jueza—. Bueno, mandadlo a la científica y que busquen huellas —añadió con resignación, metiendo la carta en un sobre de plástico y entregándoselo al hijo de Ramirez.

Luego escribió un sms a Mary Jo para advertirle de que se retrasaría un poco y salió hacia Cádiz con la intención de volver por la mañana, aunque tuviera que madrugar muchísimo para llegar a tiempo a la reunión. Pensar que el autor de esos anónimos se movía tan cerca la ponía enferma.

Como Julián había predicho, se quedó charlando con Mary Jo hasta las tantas.

Instaladas en el salón de la forense, cada una con un bol de helado de vainilla con nueces de macadamia y chocolate negro —combinación que Mary Jo llamaba «morenín»—, Inmaculada le puso al corriente de las novedades de los últimos dos días: el segundo anónimo, la misteriosa situación financiera de Álvaro, la aparición de Fran en el balneario, el canuto de Ana la noche del crimen, las mentiras de Cayetana...

El caso parecía cada vez más embrollado y, por más que le dieron vueltas e imaginaron posibles escenarios, no lograron ubicar cuál era el papel que jugaba cada uno. Era todo demasiado inconexo.

Inmaculada se reservó para el final lo mejor: su ligue-reencuentro con Julián.

—¡Lo sabía! —exclamó Mary Jo—. ¿Y qué piensas hacer ahora?

—No tengo ni idea —contestó ella con total sinceridad—. Creo que he estado evitando reconocer que estoy enamorada de él, pero no ha servido de nada. Y, cuando pienso en el follón que me tiene organizado la madre de Luis en Segovia, me entra dolor de estómago.

—Bueno, tampoco hay que precipitarse, piénsalo con calma. ¿Y Peabody?

—No sé en qué andan. Esta mañana ha estado hablando con ella.

—Pero ¿siguen juntos?

—No se lo he preguntado. Es que todavía no le he contado lo de la boda. Se lo tenía que haber dicho antes.

—Sí, no parece fácil soltarlo a estas alturas como quien no quiere la cosa: por cierto, me caso en mayo, no sé si  te lo había comentado…

—No te rías de mí —protestó Inmaculada, riéndose—. No sé qué voy a hacer.

—De momento, encontrar al asesino de Álvaro. Todo lo demás tiene más fácil arreglo