Segundas intenciones CAPÍTULO SIETE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
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CAPÍTULO SIETE. SEPTIEMBRE DE 2006. #2

—No, no hace falta. —Se quedó en silencio un momento y luego empezó a hablar entre grandes hipidos—.

Algunas veces... —otra vez sollozaba—, algunas veces, cuando estoy muy nerviosa fumo un poquito de marihuana —dijo, por fin, tan avergonzada como si estuviera revelando que fuera yonqui—.

Es solo de vez en cuando, se lo juro, y esa noche cuando llegué estaba furiosa.

Sarah se había pasado todo el día chinchándome por la boda.

Todo le parecía ridículo. Yo creo que me tenía envidia y no soportaba que a mí me hiciera tanta ilusión.

Y Álvaro iba a cenar con Mariola. Ya sé que en esa cena yo no pintaba nada porque iban a hablar del divorcio, pero Cayetana tampoco, y a ella sí la invitaba.

Me sabía mal que me dejara de lado, así que cuando llegué fumé un poquito.

Bueno, fumé un poquito más que otras veces y, como no estoy acostumbrada, me quedé dormida.

Me desperté sobre la una y fue cuando enchufé el móvil y vi la llamada de Álvaro.

No pude hablar con él … por última vez. —Ana no pudo seguir, lloraba sin contención e Inmaculada pensó que era mejor dejarlo ahí.

Julián acompañó a Ana a la puerta posándole suavemente una mano sobre el hombro y, nada más abrir, entró Sarah en el despacho.

—Necesito hablar con usted, señoría. Perdone que me presente así, de improviso, pero considero que es súper súper importante.

Inmaculada, sorprendida pero intrigada, la invitó a sentarse con un gesto. Sarah aguardó unos instantes en silencio, como preparándose para lo que iba a decir. La jueza la miraba impaciente y, por fin, empezó a hablar.

—Supongo que recuerda el terrible asesinato de mi amiga Lola la pasada primavera. Desde entonces he trabajado muy duro para esclarecer la verdad.

Inmaculada la escuchaba con desconfianza. El asesinato se había resuelto con la confesión del autor y no quedaba nada que esclarecer.

Sarah, advirtiendo su escepticismo, le dijo:

—Ya sé que usted pensará que es un caso cerrado. El culpable está en prisión pendiente de juicio y la justicia seguirá su curso, pero las cosas no son tan sencillas. He hablado con Lola.

La jueza la miró con seriedad, sin ocultar su indignación.

—Lo he conseguido tras muchos intentos. Ha sido ella quien me ha informado de que no debemos conformarnos con juzgar al autor material del atropello.

Aquella noche era otra persona la que conducía la furgoneta, bueno, aunque decir persona no es del todo correcto, más bien se trata de una fuerza.

El término energía me gusta reservarlo para las fuerzas positivas.

—Creo que ya hemos escuchado bastante —le cortó Inmaculada—, si eso es lo que tenía que declarar, ya lo ha hecho. Y le agradecería que se abstuviera de venir a contarnos cualquier información que provenga del más allá, por más que usted la considere cierta.

—Yo solo pretendo ayudar. Álvaro ha sido el segundo de la lista. Es mi responsabilidad evitar que haya un tercero.

—Ya le he dicho que hemos terminado, márchese —atajó Inmaculada.

Sarah no tuvo más remedio que levantarse y salir del despacho.

Inmaculada estaba furiosa. Bastante tenía encima como para aguantar semejantes majaderías. ¿Qué pretendía Sarah?

Julián le propuso bajar a comer algo, pero estaba tan enfadada que prefirió quedarse un rato a solas para calmarse. Dudó si llamar a Luis, pero lo descartó. Seguro que su madre le estaría calentando la cabeza y era mejor no arriesgarse a que acabara endosándole el problema del fotógrafo.

*******

Julián encontró a Tomás en el bar La Plaza, justo al lado del juzgado, picoteando un pincho de tortilla mientras ojeaba unos apuntes.

—No tengo tiempo ni de comer. Me examino mañana de Procesal y para cogerme el día libre tengo que terminar cuarenta pares de millones de cosas —dijo Tomás cerrando la carpeta y haciéndole un hueco en la mesa.

—¿Es la última?

—No, tengo también Internacional, pero para esa me quedan dos semanas —dijo como si en lugar de dos semanas fueran dos años.

—Te entiendo, yo también estoy agobiado.

—¿Por lo de Álvaro?

—Todo se junta —contestó Julián evasivo.

—Entonces es Peabody. No entiendo cómo te lo piensas tanto, deberías marcharte a Oxford de una vez. Seguro que con sus contactos allí encontrarías algo. Yo ya lo tengo decidido, me voy en enero a hacer prácticas en un despacho de Barcelona.

—¿Y el catalán?

—Es mucho más fácil que el inglés.

—Entonces, ¿lo de Lucía va en serio?

—No lo sé, pero si no lo intento no me lo perdonaría nunca.

—¿Y qué le vas a decir a tu tío? Cuenta contigo para su despacho.

—Lo he pensado mucho. Se lo agradezco, claro, es una oportunidad; pero ese es el lugar de David, no el mío. Creo incluso que me lo ha ofrecido para darle un poco de celos.

—No, hombre, César no es tan retorcido.

Tomás no contestó, aunque su gesto de escepticismo lo dijo todo. El móvil de Julián comenzó a vibrar sobre la mesa.

—Mira, es él —dijo Julián descolgando.

Tomás aprovechó la llamada para recoger sus cosas y marcharse.

Mientras hablaba con César, Julián no perdía de vista la puerta del juzgado a través de la cristalera del bar.

Sin darse cuenta la había estado vigilando todo el tiempo.

Como no vio salir a Inmaculada, decidió subirle un bocadillo con una coca-cola.

César pedía encontrarse con ella en media hora y no le iba a dar tiempo ni de salir a comer.

Mientras esperaba que terminaran de prepararlo, envió a Tomás un sms para ofrecerse a echarle una mano esa noche con el procesal y Tomás aceptó inmediatamente.

*******

César les agradeció que lo recibieran habiendo avisado con tan poca antelación.

Dijo que disponía de poco tiempo porque aquella tarde tenía una reunión a la que no podía faltar, pero lo que iba a contarles también era importante.

Aseguró que había  pasado una mañana terrible.

A primera hora, le había llamado el director de la caja de ahorros.

—Después de dar muchísimos rodeos, me ha preguntado quiénes eran los herederos de Álvaro. Yo, naturalmente, le he preguntado a mi vez por qué quería saberlo, no voy a ir por ahí dando información al primero que me la pida. Y entonces me ha dicho que llamaba en calidad de acreedor.

Inmaculada pensaba que, incluso con prisa, ese hombre era incapaz de resumir, pero intentó disimular su impaciencia.

—Le he explicado un poco por encima cuál es la situación, que, en definitiva, es de incertidumbre.

No podemos estar seguros de que el testamento que conocemos sea el válido, no hay más remedio que esperar.

Pero entonces me ha dicho que precisamente lo que no puede hacer es esperar porque hay un descubierto en la cuenta de cien mil euros.

—¿Cien mil euros? —repitió Inmaculada sorprendida.

—Eso ha dicho. Me he acercado a la caja de inmediato y he visto, con mis propios ojos, el último recibo de la hipoteca impagado.

—Pero, con esa cuota, ¿cuál es el principal del préstamo? —preguntó ella—. En el inventario que tenemos no figura ninguna deuda por ese importe.

—Ya, yo también lo ignoraba. Eso es lo extraño de todo este asunto. El caso es que la hipoteca existe, se firmó hace menos de dos meses y afecta a absolutamente todas las propiedades de Álvaro.

—Vamos a ver —intentó aclarar ella— las propiedades de Álvaro son todas gananciales y no pesa sobre ellas ninguna carga. ¿Me está diciendo que Álvaro y Mariola hipotecaron todos sus bienes en pleno proceso de liquidación?

—Mariola no sabe nada de ese préstamo. Hablar con ella ha sido mi siguiente paso esta mañana.

—¿Entonces?

—Como no sea que lo firmara Álvaro solo por los dos, con un poder.

—Pero ¿Álvaro tenía poderes de Mariola estando en medio del divorcio?

—Ella asegura que no. Yo no me lo explico.

—¿Y el director de la caja no le ha mostrado copia de la escritura?

—No. Dice que la tienen en la central, me ha enseñado una especie de ficha con los datos del préstamo.

He intentado hablar también con Cayetana, pero en la fábrica me han dicho que estaba aquí, en el juzgado.

Y Juan Carlos no me ha cogido el teléfono.

El problema es que ese dinero hay que pagarlo cuanto antes, algo tenemos que hacer.

—¿Y Álvaro no tenía otras cuentas que puedan cubrir la deuda?

—No lo sé. El dinero ganancial ya se liquidó y yo no tengo acceso a sus cuentas actuales. Me encuentro en una situación complicada, por eso he venido. En realidad, yo solo represento a Mariola, que podría ser la heredera, pero es solo una posibilidad: sin testamento, no lo sabemos.

Inmaculada lo pensó unos instantes y luego afirmó con decisión:

—Convocaremos a todos a una reunión mañana a primera hora. Juan Carlos, Cayetana, Mariola y usted. Es la única forma que se me ocurre de aclararlo. Si es tan amable, traiga la información que le ha dado el director de la caja.

—Por supuesto, y vendrá también David, este caso lo llevamos juntos.

La jueza no puso ninguna objeción.

—Bueno —dijo César consultando su reloj de pulsera—, si me disculpan, yo tengo que marcharme. Estaré aquí mañana a las nueve en punto.

Inmaculada y Julián se despidieron de él agradeciéndole su colaboración.

—¿Por qué no convocamos también a Ana? —preguntó Julián.

—No sé —dijo Inmaculada, sopesando la posibilidad—. Por una parte, es bueno que estén todos. Pero juntar a Ana y a Mariola igual no nos trae más que problemas. Después de lo que vimos en el cementerio, creo que es mejor no arriesgarse.