CAPÍTULO SIETE. SEPTIEMBRE DE 2006.
MARTES
Julián se despertó con un dolor de cabeza desproporcionado con la copa (y casi media) que había tomado la noche anterior.
Tras ducharse y vestirse con desgana, luchando contra la pereza, vio que Peabody había intentado contactar con él.
Llegó a su despacho temprano y lo primero que hizo fue llamarla por Skype .
Ella necesitaba desahogarse por el fracaso de la entrevista con el supuesto arrepentido y número dos de Subrepticious.
El sujeto se había presentado en el lugar acordado sin oponer la más mínima resistencia, por lo que el despliegue policial, tan imponente como secreto, había resultado inútil.
Los había toreado durante horas y, al final, cuando asumieron que era una especie de tarado que solo buscaba notoriedad, no tuvieron más remedio que dejarlo ir.
Lo peor era que la prensa ya tenía la historia.
En los próximos días seguro que le veían desfilar por las cadenas de televisión en realities y tertulias. Estaba desolada.
Julián intentó animarla.
—En un momento u otro tiene que cometer un error —dijo en tono tranquilizador.
—No sé —contestó ella abatida—. Ni una sola vez ha dejado un rastro. Tenía tantas esperanzas en el confidente..., es la única forma de atraparlo, nos supera.
—No te desanimes, es cuestión de paciencia.
—Lo peor es que nos tiene en un estado de alarma permanente. No tenemos ni idea de por dónde va a salir la próxima vez y cada cosa que hace se convierte en viral en cinco minutos. Los medios lo adoran, no se habla de otra cosa.
—Seguramente forma parte de su plan desmoralizar al enemigo. Pero nunca te has dado por vencida ni con psicópatas ni con mafiosos, piensa que en este caso no hay mujeres descuartizadas por medio, es una lucha entre inteligencias y sabes que en eso tienes todas las de ganar.
—Me miras con buenos ojos —dijo ella con una media sonrisa.
—Te lo digo en serio, si fuera criminal me cuidaría mucho de no delinquir en tu jurisdicción.
Se despidieron en tono cariñoso, pero cuando cerró el Skype Julián se sentía un impostor.
*******
Inmaculada también llegó al juzgado antes de lo habitual.
Vio luz en el despacho de Julián y se asomó a saludarle, aunque cerró la puerta precipitadamente, azorada, cuando vio en la pantalla del ordenador el rostro de la inspectora Peabody.
Sintió un punto de celos, pero enseguida recapacitó: ella tampoco estaba siendo muy sincera. Mejor, para todos, dejarlo estar.
Media hora más tarde, se presentó Cayetana.
Inmaculada reconoció, con cierta envidia, que la versión joven de Mariola estaba deslumbrante.
Se había puesto extensiones en el pelo y vestía una camiseta de seda y unos pantalones grises tan favorecedores y aparentemente sencillos que seguro que le habrían costado una fortuna.
Dejó de pensar en frivolidades y comenzó preguntándole si sabía que Álvaro tenía otra dirección de correo además de la que ella les había facilitado.
—Álvaro tenía su vida privada, podía tener más direcciones, no lo sé. A mí solo me interesaba la que usaba para los asuntos de la fábrica. Y, cuando me la pidieron, se la di con su contraseña.
—Entonces, ¿cómo explica que hayamos encontrado un mensaje remitido por usted para convocarlo a una celebración familiar en esa otra dirección?
—Puede que en algún momento sí la tuviera, no me acuerdo —contestó en tono agrio.
—Recuerde que está usted declarando bajo pena de falsedad. ¿Accedió usted alguna vez a ese correo?
—¿Cómo que si accedí? ¿Qué quiere decir?
—Que si entró utilizando la contraseña de Álvaro
—No, para nada. Ya le he dicho que no sé nada de esa dirección. Si le he escrito alguna vez ahí, no me acuerdo y, desde luego, nunca he entrado en ese correo.
—Hábleme del contrato con la empresa china. De la documentación de Álvaro se deduce que no era él quien llevaba la negociación. ¿Hablaba usted directamente con los responsables de Pekín?
—Yo nunca, escúcheme bien, nunca, he negociado nada a espaldas de Álvaro. Es verdad que hay cosas que trataba yo directamente, pero él estaba al tanto de todo.
—Y él, en cambio, no trataba nada directamente, porque todos sus mails se los enviaba a usted.
—Álvaro era un desastre con la tecnología. En más de una ocasión envió mensajes a destinatarios equivocados o adjuntaba documentos que no debía. Es verdad que toda su correspondencia pasaba por mi correo, por seguridad. Para mí era doble trabajo, pero tenía que revisar todo lo que hacía.
—¿Diría usted que en las negociaciones de ese tipo de contratos es habitual discutir pequeños detalles, casi ínfimos, habiendo en juego sumas tan importantes?
—Lo que a usted le pueden parecer detalles ínfimos para nosotros pueden ser esenciales —contestó Cayetana con aire de superioridad.
—A ver, tengo aquí cuatro mensajes —dijo la jueza mientras se los mostraba— en los que la cuestión a solucionar es si se iban a reunir ustedes en la fábrica o en un hotel de Cádiz.
—Bueno, eso igual no es tan importante, pero no hay que dejar ningún cabo suelto.
—El día del funeral de Álvaro mantuvo usted una discusión acalorada con David en la puerta de la iglesia. ¿Me puede decir de qué discutían?
Respondió inmediatamente:
—Me extraña que yo discutiera nada con David. La verdad, no lo recuerdo. Pero fue un día tan terrible que pudo ser de cualquier cosa. Todos teníamos los nervios a flor de piel.
—Le voy a mostrar las imágenes, a ver si le ayudan.
Julián localizó enseguida la secuencia de vídeo que tenía guardada en el ordenador y Cayetana la observó en silencio. Inmaculada pudo apreciar que, conforme avanzaba la escena, aumentaban los esfuerzos de la testigo por controlar el ritmo de su respiración, aunque intentaba disimularlo.
«Trata de mantener la calma», pensó. Luego le dijo:
—¿Y bien?
La gerente seguía en silencio.
—¿Quiere que lo pongamos otra vez?
Ella negó con la cabeza, inspiró profundamente y salió de su mutismo.
—Supongo que de alguna manera lo han descubierto, si no, no me enseñaría esta cinta.
Es cierto. David y yo tuvimos una aventura, pero ya ha terminado.
—Se secó con un pañuelo las lágrimas que asomaron a sus ojos.
La jueza no estaba segura si eran de tristeza o de vergüenza—.
Sé que no estoy en posición de pedir nada, pero si pudieran tratar este asunto con discreción...
Yo quiero a mi marido y tenemos una hija.
Fue solo un error y, si llegara a sus oídos… —Cayetana rompió a llorar de nuevo.
Inmaculada la comprendía. «A veces nos complicamos demasiado la vida», pensó.
Julián, que observaba a la jueza, percibió su empatía y se dio cuenta de que ella también estaba hecha un lío. Le entraron ganas de abrazarla en ese mismo instante, pero se limitó a acompañar amablemente a Cayetana fuera del despacho.
Mientras ellos salían, sonó el móvil de Inmaculada. Al ver que era Mariví estuvo a punto de ponerlo en silencio, pero su mala conciencia pudo más y contestó la llamada.
—Hola, hija. Luis no me coge el teléfono y estoy desesperada. Te juro que yo ya no puedo más.
Inmaculada se armó de paciencia.
—Dime, ¿qué problema hay ahora?
—El cura dice que no podemos llevar a nuestro fotógrafo. Yo ya había hablado con el sobrino de mi amiga Maite, que hace unas fotos preciosas, pero tiene que ser el oficial.
—¿Cómo que el oficial? —preguntó recordando las horribles fotos de su comunión, en las que, vestida de monja y siguiendo las indicaciones del fotógrafo, posaba mirando con ternura un crucifijo y rezaba arrodillada con las palmas de las manos juntas, como si estuvieran a punto de brotarle los estigmas.
—Sí, el que tiene él contratado.
—Eso no puede ser así. Mira, si no se puede arreglar, abandonamos lo de la ermita y volvemos a la idea del juzgado. Ahí no hay ningún problema con el fotógrafo. Es mucho mejor.
—Bueno, no te preocupes, que vuelvo a llamar a Luis a ver si puede hacer algo.
Se despidió dándole las gracias, pero colgó con una horrible sensación de malestar. No le importaba ni la ermita ni el fotógrafo, solo reunir el valor para sincerarse con Luis y mandar la boda a paseo.
La llegada de Ana la sacó de sus pensamientos. Pudo ver, antes de que cerrara la puerta, que Sarah se quedaba esperándola en la antesala.
Desanimada por no haber avanzado nada con Cayetana, Inmaculada fue directa al grano:
—Le hemos vuelto a llamar porque hemos descubierto lo del seguro de vida de Álvaro.
—Yo no sé nada de ningún seguro, señoría —dijo Ana encogiéndose de hombros, como si el asunto no fuera con ella. A Inmaculada le pareció que el gesto era sincero.
—¿No sabía que Álvaro contrató un seguro quince días antes de su fallecimiento y que la beneficiaria era usted?
—Le juro que no. Nunca me dijo nada. Pero, si dice que fue quince días antes de morir, eso fue justo a la vuelta de Nueva York. A Álvaro le daba pánico volar. Lo pasaba fatal en los vuelos largos. Igual por eso contrató el seguro.
—¿Ha hecho alguna gestión para cobrarlo? Si es así podemos comprobarlo.
—No. ¿Cómo voy a hacer alguna gestión si le digo que no sabía que existía? De verdad, yo quería mucho a Álvaro. Estaba deseando que acabara con todo el asunto de su divorcio para casarnos. Yo no quería su dinero —aseguró Ana con vehemencia, echándose a llorar.
Inmaculada cambió el rumbo de las preguntas.
—En su primera declaración, dijo usted que el domingo había llegado a casa muy tarde, sobre la una. Pero Sarah ha dicho que salieron del pueblo de su padre sobre las nueve. ¿Puede explicarme qué hizo en ese lapso de tiempo?
Ana seguía llorando. Inmaculada esperó un poco para ver si se calmaba, pero lo cierto era que lloraba cada vez más fuerte sin responder a la pregunta.
—¿Quiere que hagamos un descanso de cinco minutos? —le preguntó.
Ana levantó la vista negando con la cabeza y contestó: