Segundas intenciones CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006. #4
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CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006. #4

En la puerta del juzgado, Julián sugirió ir a cenar algo.

Con la satisfacción de haber encontrado un cabo suelto, Inmaculada aceptó encantada la invitación.

Él proponía ir a Cardona a un restaurante que cerraba tarde, con el pretexto de que a esas horas igual ya no encontraban nada abierto en el pueblo.

Ella, algo susceptible, supuso que lo decía para que no los vieran juntos fuera del juzgado, aunque, pensándolo bien, a ella también le convenía ser discreta. Entonces tuvo una idea mejor:

—¿Por qué no cenamos en el balneario?

Llegaron en coche en unos veinte minutos en los que no pararon de hacer conjeturas sobre el mensaje borrado.

Les atendió la camarera avispada, admiradora de David, que habían conocido la semana anterior y le pidieron la misma mesa que había ocupado el grupo de Álvaro.

La chica debió de imaginarse que no estaban allí solo para cenar, sino que la visita formaba parte de la investigación y con una actitud muy profesional los acomodó en la mesa, les dio unas cartas para que fueran eligiendo y se aseguró de que el resto del personal no los molestara permaneciendo atenta para servirles ella misma en lo que pidieran.

Los dos eligieron lubina a la plancha, que Julián acompañó con vino blanco.

Inmaculada, que tenía que conducir, prefirió beber coca-cola.

Él se burló de su costumbre de tomar coca-cola con cualquier comida, que le parecía un sacrilegio, y ella le dio la razón, pero cuando terminó la primera pidió otra con el postre.

—Pensaba que viniendo aquí, en la misma mesa y a la misma hora, igual nos inspirábamos, pero la verdad es que no se me ocurre nada.

—¿Como una especie de revelación? Para eso tendríamos que haber traído a Sarah —contestó él sonriendo.

Se les acercó la camarera con mucha prudencia.

—Perdonen que les interrumpa —dijo cautelosa— pero he pensado que igual estaban haciendo una reconstrucción de los hechos y me he puesto a repasar todo lo que sucedió aquella noche.

Inmaculada imaginó que le encantarían las series de detectives. Intrigada, la invitó a sentarse para que siguiera hablando.

Ella rehusó, con muchos aspavientos, sentarse a la mesa con ellos, pero se acercó un poco más para susurrar:

—He recordado que esa noche también estuvo cenando aquí Fran, el constructor.

Los dos hicieron un gesto de asentimiento para darle a entender que sabían a quien se refería.

—Cuando estaban ya con el café —siguió la camarera— Fran se acercó a la mesa de don Álvaro y estuvo un rato saludando y bromeando con todos.

—¿Llegó a sentarse con ellos?

—Me parece que no. Se quedó de pie charlando. Fue casi al final, justo antes de que salieran a la terraza a fumar.

—¿Fran iba solo?

—Estuvo cenando con dos señores como de su misma edad. Yo no los conocía. Parecía un asunto de negocios.

Agradecieron a la camarera su colaboración y pagaron la cuenta.

—¡Era el que nos faltaba! Álvaro y Fran se odiaban —comentó Julián contrariado mientras subían en el coche. Luego, en un tono mucho más animado, le preguntó—:¿Te apetece tomar una copa en El Pentágono? Total, esta noche no podemos hacer nada más.

Sabiendo lo que le gustaba ese sitio, accedió.

Habían ido alguna vez a escuchar pop español ochentero.

Cuando llegaron sonaba Alaska, … mil campanas suenan en mi corazón, qué difícil es pedir perdón...

Era agradable dejarse llevar por esa música un poco antigua y le hacía gracia que él se supiera la letra de casi todas las canciones.

—Es por las ferias —le explicó. Pero ella no se lo imaginaba muy bailón.

La conversación les llevó a recordar lo bien que lo habían pasado en la fiesta de cumpleaños de Mary Jo la primavera pasada, …

me asomo a la ventana eres la chica de ayer…

, se rieron contando anécdotas, tomaron una segunda copa, …

sobre un vidrio mojado escribí su nombre sin darme cuenta…

, y, a la salida del local, Julián la abrazó y se besaron.

Inmaculada condujo muy despacio en el trayecto de vuelta, aunque casi no había probado la segunda copa.

Al acercarse a la recta en la que se salió Álvaro, cerca del picadero Las Alondras, todavía redujo más la velocidad.

La aprensión la atenazaba cada vez que pasaba por ahí: no podía evitar la imagen de Álvaro intentando frenar sin conseguirlo.

Julián se dio cuenta y le tomó la mano que tenía en la palanca de cambios.

—¿Te ha contado Marina alguna vez su teoría sobre la vía de servicio? —preguntó él con voz despreocupada.

Como ella negó con la cabeza, siguió hablando:

—Tiene gracia. Ella se imagina que la vía de servicio es un invento de madre.

Dice que la madre del ingeniero al ver que le sobraban tramos de la carretera vieja, le dijo: «¿No los irás a tirar?

Tú déjalos, que, total, a ti no te cuesta nada, y seguro que alguien los puede aprovechar», y así nació la vía de servicio.

Por eso unas veces hay, otras no, tampoco se sabe muy bien hasta dónde llegan...

Ella se rio con la historia.