Segundas intenciones CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
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CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006. #3

—Álvaro era un ser humano de una calidad extraordinaria.

Lo traté bastante en estos últimos meses.

Todo lo que el trabajo le permitía, porque, entre sus pocos defectos, destacaría su obsesión por la fábrica.

Era su vida y, me atrevería añadir, su verdadero amor.

Todo lo demás era secundario para él, incluida Ana.

Aunque creo que la pobre no se había dado cuenta.

—¿Le comentó Ana cuáles eran los planes de Álvaro aquella noche?

—Estaba fastidiada porque iba a cenar con Mariola y sus abogados, pero no me contó más.

—¿Cree que Álvaro tenía algún enemigo?

—Si se refiere a enemigos de carne y hueso, no.

—Puede explicarse un poco mejor.

—Por supuesto. Tengo la absoluta seguridad, y fíjese bien que no digo que crea u opine, sino que le hablo de una certeza, de que en este pueblo actúan, en estos momentos, fuerzas negativas.

El tono de misterio que Sarah había utilizado en esta última frase hizo que Inmaculada se temiera lo peor, se negaba a dar credibilidad a las extravagancias esotéricas de la vidente, pero se vio obligada a preguntar.

—¿De que fuerzas me habla?

—Fuerzas del mal. Desde la muerte de Lola se instalaron aquí y todavía no se han marchado. Yo las percibo, pero no tengo el poder ni los medios para combatirlas. No es para tomarlo a broma, presagio que esta no va a ser la última desgracia que vamos a lamentar.

Inmaculada consideró que ya había oído bastante, así que despidió a Sarah, dándole las gracias por su tiempo, y en cuanto la testigo salió le dijo a Julián:

—Las horas no coinciden.

—¿Qué?

—Sarah ha dicho que salió sobre las ocho o las nueve. Aunque Ana hubiera tardado dos horas habría llegado sobre las once y declaró que llegó a la una. Tenemos un lapso de dos horas.

Buscaron rápidamente la declaración de Ana en el ordenador y comprobaron que la jueza tenía razón.

Después, a su pesar, no les quedó más remedio que repasar de nuevo los documentos del contrato con la empresa china. Tenían que releer cada párrafo varias veces porque entre la profusión de subordinadas, repeticiones innecesarias y adjetivos superfluos perdían de vista el sujeto.

—Yo me doy por vencida —dijo la jueza al cabo de un buen rato de intensa lectura.

—Sí —contestó Julián—. No creo que de aquí podamos sacar una idea clara respecto a este contrato.

Tenías razón, todo esto parece una pantalla de humo para tener a Álvaro ocupado.

Si Cayetana filtraba su correo, es posible que la auténtica negociación la llevara ella y Álvaro recibiera solo una parte de los mails …

—Pero, espera un momento —dijo Inmaculada pensativa—, no puede ser que Cayetana, siendo sobrina de Mariola, tuviera acceso a todo el correo, porque hay también mensajes referentes al divorcio. Álvaro seguro que mantenía la correspondencia con su abogado en privado.

Entre los dos se pusieron a revisar los mails impresos relacionados con el divorcio.

—No tienen membrete de correo electrónico —comentó Julián.

—Quizá imprimía solo los archivos adjuntos y no el mensaje. Vamos a mirar en el otro montón por si encontramos otra dirección.

Efectivamente, repasando los papeles que habían clasificado como «varios» apareció una invitación remitida por uno de los primos de Álvaro en la que se convocaba a una comida a toda la familia Muñoz.

Observaron con detenimiento la dirección a la que se había enviado el mensaje y encontraron lo que estaban buscando: otra dirección de correo de Álvaro tan parecida a la facilitada por Cayetana que estuvo a punto de pasarles desapercibida.

Animados, llamaron al hijo de Ramírez, que en un momento subió y se puso manos a la obra para intentar dar con la contraseña.

Tras probar la fecha de nacimiento de Álvaro y el número de su carné de identidad, lo consiguió al tercer intento: introdujo la misma contraseña de la otra dirección de correo y accedió sin problemas.

Fueron repasando la bandeja de entrada y vieron que, como habían sospechado, era un correo personal. Además de la correspondencia de Álvaro con su abogado había varios mensajes de sus primos, alguna reserva de billetes de avión y bastante publicidad que Álvaro no acostumbraba a eliminar.

Se sintieron tan decepcionados al terminar de leer y no encontrar nada que les diera una pista que Inmaculada se empeñó en repasar uno por uno todos los mensajes, decidida a no dejar escapar la más mínima opción.

Unas horas después, cansada, frustrada y con dolor de cabeza se levantó a por un vaso de agua para tomarse otro ibuprofeno, pensando que ojalá aquella noche pudiera dormir mejor, mientras el hijo de Ramírez seguía tecleando en el ordenador. Se negaba a rendirse.

Inmaculada y Julián le miraban en silencio, cuando el joven dijo:

—Aquí hay algo.

Luego añadió murmurando para sí mismo:

—No te me vas a escapar. —Tecleando con saña a toda velocidad, como si jugara a destruir zombis.

Inmaculada y Julián se acercaron a la pantalla inmediatamente.

—Esta dirección de correo se utilizó por última vez el lunes por la noche a las 22:43 —dijo señalando el dato en la pantalla con el cursor.

—Álvaro ya llevaba muerto casi un día entero —comentó la jueza.

—Y la noticia de su muerte era de dominio público —añadió Julián.

Recordaron el comentario de Cayetana: «La contraseña no era ningún secreto».

—¿Hay alguna forma de saber qué hizo quien entró suplantando a Álvaro? —preguntó Inmaculada.

—Eso estoy mirando, pero no envió mensajes…

—El hijo de Ramírez se interrumpió un momento muy concentrado y luego añadió en tono triunfal—: Sí, aquí está.

El intruso eliminó un mensaje y luego vació la papelera.

La única forma de recuperarlo es pedírselo a la compañía que administra la dirección de correo.

Inmaculada redactó la orden inmediatamente.

Por fin tenían algo.