CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
—Don Álvaro tenía ya una edad y odiaba la tecnología, no creo que se dedicara a mandar mensajes todo el día —comentó Ramírez—. Esas cosas son más para la chavalería.
—Y del correo, ¿has podido avanzar algo? —preguntó ella dirigiéndose al hijo de Ramírez.
—Como él estaba liado con las llamadas, lo estoy revisando yo —intervino Paco—. Llevo bastante y, de momento, no he encontrado nada que me llame la atención. Bueno, los mensajes de la empresa china, la verdad, no hay quien los entienda.
—Sé a qué te refieres —contestó Inmaculada—. He leído por encima algunos que estaban entre los papeles de Álvaro y tienen un lenguaje imposible.
—Solo he conseguido sacar en claro que discuten sobre un contrato, pero no entiendo qué es lo que quiere cada uno. Aparte de eso hay asuntos de pedidos y proveedores. Le he sacado copia de todo. Está encima de su mesa —dijo a Inmaculada.
—Muchas gracias —respondió ella.
—¡Ah!, y hay otra cosa —dijo Paco—, no sé por qué don Álvaro no recibía el correo directamente, todo se lo reenviaba Cayetana.
—¿Y tampoco contestaba él sus emails ? —preguntó la jueza.
—No. Lo he verificado en la carpeta de mensajes enviados y él solo respondía a Cayetana.
—Es curioso. Aunque es cierto que ella ya comentó que él odiaba el correo electrónico —dijo Inmaculada pensativa.
—Respecto a las cuentas de la sociedad, los de delitos económicos han dicho que están en regla —intervino el fiscal—. Se han presentado dentro de plazo en el mercantil y en principio parece todo en orden, aunque han pedido un poco más de tiempo para estar seguros.
—De acuerdo. ¿Algo más? —preguntó ella dirigiéndose a todos.
—Podríamos intentar localizar la compra del medicamento —sugirió Ramírez—. No se puede comprar sin receta.
—Bien pensado.
En vista de que no había más ideas ni preguntas, dieron la reunión por terminada.
Inmaculada bajó sin entretenerse a su despacho y contempló las cuatro torres inestables de papeles que la esperaban encima de una mesa auxiliar: la pila de los mails que acababa de mencionar Paco hacía un momento y las otras tres que ella misma había recopilado en la oficina de Álvaro y clasificado como «china», «divorcio» y «varios». Decidió empezar por los correos.
Enseguida se solidarizó con el comentario de Paco.
Los que tenían que ver con la constructora china estaban escritos en un lenguaje mal traducido, entre jurídico y comercial, tan enrevesado, abigarrado y florido que resultaban incomprensibles.
Después de varias horas, y grandes dosis de paciencia, su mayor logro fue comprobar que todos los papeles del escritorio de Álvaro que ella había agrupado en el montón «china» formaban parte de esa correspondencia: una pila de documentos menos.
Respecto al contenido, no consiguió ir mucho más allá que el agente.
Entendía que era una negociación, pero los detalles que se discutían eran tan ínfimos que a ella le pasaban desapercibidos y tenía que repasar los mensajes varias veces, comparándolos entre sí para apreciar las diferencias.
Desanimada por sus escasos avances y un terrible dolor de cabeza, optó por tomarse un ibuprofeno y salir a dar un paseo para despejarse. Julián apareció desde las dependencias policiales, la alcanzó en la puerta y salió con ella.
Bajaron paseando en silencio por la acera en sombra de una callejuela empinada.
Pasaron por delante de la notaría, la panadería y una tienda que vendía un poco de todo, desde comestibles hasta televisores.
La peluquería de Ana estaba cerrada. Cuando llegaron a la carretera, siguieron por el arcén hasta el camino que bajaba al pantano.
En esa zona despoblada de árboles, el sol recalentaba la tierra y les obligaba a guiñar los ojos.
Sofocados, aminoraron el paso hacia el chiringuito instalado en la playa del pantano.
No era una playa al uso porque estaba prohibido bañarse, pero era un lugar agradable.
Al localizar a lo lejos el punto donde había aparecido el coche de Álvaro, Inmaculada empezó a hablar.
—No sé si es problema mío, pero me siento bloqueada —dijo con un deje de disgusto en la voz—. No veo por dónde empezar. Esta mañana, antes de la reunión, he intentado poner todo por escrito y no tenemos nada.
—No te agobies. Ya verás cómo encontramos algún hilo del que tirar.
—Es que tengo la sensación de no llegar a ninguna parte.
Casi me vuelvo loca intentando descifrar el asunto de los chinos.
Te juro que no he comprendido nada, tenía razón Paco.
Son como esas instrucciones que saltan a veces en la pantalla del ordenador con un mensaje en el que entiendes todas las palabras aisladas, pero no el sentido de la frase, y termina con recochineo: continuar o aceptar... ¡Yo qué sé!
—Pero ¿de qué hablan? Discuten los detalles del contrato, ¿no?
—En apariencia, sí. Pero son cuestiones tan irrelevantes que no tiene sentido que se dediquen a darles tantas vueltas.
Parece que, en lugar de negociar, estuvieran mareando la perdiz y no me parece lógico habiendo en juego esas cifras.
No cuadra, en absoluto, con el carácter del Álvaro que yo conocí.
En las vistas del divorcio siempre me dio la impresión de ser un tipo práctico, que iba directo al grano.
—Igual la que llevaba la voz cantante en la negociación era Cayetana, parece mucho más su estilo —sugirió Julián.
—Y encajaría con que todos los mails de Álvaro pasaran por su ordenador. Hay algo raro en todo eso.
—Está citada para mañana a las diez. Esta tarde tenemos a Sarah, no sé qué es mejor.
Inmaculada puso los ojos en blanco al recordar la peculiar personalidad de Sarah, una expolicía irlandesa que vivía en el pueblo desde hacía unos años dedicada a la enseñanza del inglés y la adivinación del futuro por medio del tarot, totalmente convencida de sus poderes extrasensoriales.
—Prefiero no pensarlo —comentó.
Luego, sentándose a una de las mesas del bar, que estaba desierto, empezaron a ojear el menú.
—¿Te encarta que comamos algo aquí?
—Vale, ya que estamos —aceptó ella.
Pidieron salmorejo y coca-cola para los dos y, poco a poco, se fueron distrayendo y hablando de otras cosas.
Después del café, Inmaculada recordó el mal humor con el que se había sentado a comer y confirmó lo que ya sabía de antemano: la conversación de Julián siempre la animaba. No sabía cómo lo hacía. Estaba mucho más pillada por él que lo que quería reconocer...
—Inma.
—Perdona, ¿qué me decías?
—Que te has quedado ensimismada y no me escuchas. Te decía que si subimos e intentamos avanzar algo antes de que llegue Sarah.
Miró el reloj y se dio cuenta de que eran ya las cuatro y media. Se le había pasado volando.
No les dio tiempo a revisar nada porque, cuando llegaron, Sarah ya esperaba sentada en la antesala y comenzaron enseguida. La jueza, aunque había tratado bastante con ella, quiso mantener las distancias y le preguntó protocolariamente para empezar:
—¿Sabe que está declarando en calidad de testigo por el homicidio de Álvaro Muñoz Estrada?
—Sí, señoría —contestó ella, respetuosa—. Aportaré todo lo que esté en mi mano.
—Según ha declarado Ana, pasaron ustedes juntas el domingo visitando a su padre en un pueblo de Málaga.
—Así es.
—¿Y me puede decir sobre qué hora volvieron?
—Yo volví a las ocho o las nueve. Ana salió antes, no sé a qué hora llegó.
—¿No iban juntas en el coche?
—No, a Ana no le gusta mi forma de conducir, dice que corro demasiado. Para no pelearnos, siempre que vamos a algún sitio cada una lleva su coche.
Inmaculada anotó el dato y siguió preguntando.
—¿Y cuánto se tarda, más o menos, en llegar desde ese pueblo hasta aquí?
—Yo tardo una hora. Ana, no lo sé, pero es capaz de tardar dos.
—¿Volvió a ver a su amiga Ana en algún momento aquella noche?
—No, señoría.
—¿Y habló con ella?
—No, tampoco.
—¿Sabe si ella tenía el móvil encendido o si tenía batería?
—Sinceramente, no lo sé. Supongo que todas estas preguntas obedecen a que tiene que comprobar los movimientos de Ana y su coartada, que, evidentemente, soy yo; pero, créame, ella es incapaz de matar a una mosca y mucho menos de matar a Álvaro. En mi vida he visto a nadie tan enamorado.
—La pasión también puede ser un móvil.
—Sí, siempre que haya algún obstáculo para el amor.
Pero Ana tenía el camino despejado: Álvaro la trataba como a una reina, se había divorciado de Mariola y se iban a casar.
Ella vivía todo eso con la ilusión de una chiquilla.
La única parte amarga de su romance fue el escándalo que se montó con el divorcio.
Tanto cotilleo, como en esos programas tan horribles de famosos.
Pero ella lo llevaba con dignidad porque estaba segura de él.
—¿Sabe usted si tenían desavenencias o habían discutido recientemente? Supongo que no tenía que ser fácil para ella que Álvaro estuviera pleiteando permanentemente con Mariola. Además, preparar una boda también puede ser una fuente de conflicto —sugirió Inmaculada.
—En absoluto. Ana siempre se mantuvo al margen de las discusiones con Mariola.
Completamente al margen. Entendía que eso era asunto de ellos y prefería no meterse.
Y Álvaro hacía exactamente lo mismo con la preparación de la boda.
La dejó en manos de Ana, todo lo que ella decidiera lo daba por bueno. Ella contenta y él también.
—¿Le comentó Ana alguna vez algo sobre el seguro de vida o el testamento de Álvaro?
—Nunca. Pero, como le he dicho antes, Ana era una mujer enamorada; de hecho, lo sigue siendo. No sé cómo podrá superar esta tragedia. Nunca le interesó el dinero de Álvaro, solo su afecto.
—Y usted, ¿tenía mucho contacto con Álvaro? Me refiero si, al ser amiga de Ana, se veían a menudo —preguntó Inmaculada, que, aunque desdeñaba las dotes adivinatorias de la testigo, sí apreciaba su intuición para tratar a la gente.