Segundas intenciones CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO SEIS. SEPTIEMBRE DE 2006.

LUNES

Casi al alba Inmaculada abrió los ojos inquieta, pero sin recordar más que la angustia de su última pesadilla.

Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que se había despertado aquella noche y ya renunció definitivamente a intentar coger el sueño.

Mientras se duchaba pensó que tenía que centrarse, estaba demasiado distraída por sus asuntos personales: la boda, Julián...

Salió precipitadamente de la ducha al oír el sonido de su móvil, que tenía cargando en la mesilla de noche, pero no llegó a tiempo.

Vio que la llamada perdida era de su madre y, con cierto fastidio porque no eran horas para charlar, la llamó.

—Hola, hija, menos mal que te encuentro.

—¿Pasa algo?

—Pues, sí. Mira, yo no quiero meterme, pero estoy hasta el gorro de Mariví.

Inmaculada suspiró: era lo que le faltaba después de la nochecita de insomnio.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó sin disimular su enojo.

—Que la prima Cristina ha cancelado un crucero que tenía contratado, precisamente para venir a la boda, y Mariví va y me suelta que tenemos demasiados invitados.

—Mira, mamá, ya te dije que es una mandona y que tenemos que aguantarla e intentar no discutir. Hablaré con ella. Pero, si quieres que te diga la verdad, no sé quién demonios es la prima Cristina.

—¿Cómo que no sabes quién es?, pues la hija del tío Eduardo y la tía Dora.

—¿Esos que viven en Moraleja?

—Sí.

—Creo que la última vez que los vi fue en mi comunión y te juro que a la hija no la conozco.

—¿O sea, que tu suegra puede invitar a quien le dé la gana y yo no puedo decírselo a mis primos carnales?

—No exageres. Esos señores son primos segundos, terceros o lo que sea y ya te he dicho que hablaré con ella. Lo único que te pido es que no armes follón y seas un poco comprensiva.

La madre se despidió no muy convencida. Inmaculada colgó y arrojó el teléfono sobre la cama.

Mientras se preparaba un café decidió concederse un rato para reflexionar con calma.

Lo había evitado a propósito durante el fin de semana, aprovechando todas las distracciones a su alcance.

La principal había sido ir de tiendas. A Mary Jo le gustaba ejercer de asesora y le aconsejaba que se comprara cosas mucho más modernas que las que ella habría elegido y, aunque las compraba sin mucha convicción porque ella se veía más clásica, a la larga siempre le encantaban.

El plan también había incluido cine, comida con unos amigos, visita a una exposición impresionista que les había encantado y, sobre todo, no había parado de hablar con Mary Jo, que era hiperactiva cuando se trataba de charla o de diversión.

En ese momento lo importante era despejar la mente para concentrar toda su atención en el caso.

Llena de buenas intenciones, se propuso analizar con objetividad sus sentimientos hacia Luis.

Era verdad que la boda no le hacía mucha ilusión.

Pero no sabía discernir si la falta de entusiasmo era por el novio, con el que llevaba saliendo casi desde que tenía uso de razón, o por su suegra, que la sacaba de quicio; aunque quizá ambas cosas fueran un pack indivisible.

No logró avanzar más allá de ese planteamiento porque, sin darse cuenta, sus pensamientos se deslizaron hacia el recuerdo de los últimos ratos a solas con Julián y sus conversaciones fuera del juzgado.

Le complacía repasar minuciosamente cada comentario tratando de adivinar intenciones y fantasear con lo que tal vez podría suceder.

A las ocho en punto se sentó a solas en la sala de juntas del juzgado; era hora de dejarse de fantasías y concentrarse en el asesinato que tenía por resolver.

Una hora después, mientras sus colaboradores llegaban puntuales a la reunión, guardó los documentos que tenía desplegados sobre la mesa y puso en orden el montón de folios que había emborronado con esquemas, flechas y preguntas.

Aparentemente caótico, a ella le servía para hacerse una idea de lo que iba a plantear a su equipo.

Comenzó con la novedad más importante —revelada por Mary Jo durante el fin de semana—: el somnífero hallado en el cuerpo de la víctima era de ciclo corto. Eso significaba que lo tenía que haber tomado entre treinta y cincuenta minutos antes de que hiciera efecto.

—Con ese lapso de tiempo y dado que nadie ha declarado que notara nada raro en Álvaro aquella noche, podemos dar por cierto que lo tomó durante la cena, más bien, al final de la misma —puntualizó la jueza—.

Según la declaración de los camareros, todos, excepto Mariola, se levantaron después de los postres y deambularon entre el comedor y la terraza con los cafés y las copas; cualquiera pudo aprovechar ese rato de confusión para echar con disimulo las pastillas en la copa de Álvaro o en su taza de café.

Este dato, aunque no es un gran avance, nos sirve para descartar cualquier cosa que pudiera haber sucedido antes de la cena.

Todos la escuchaban con atención y siguió hablando:

—Respecto al corte del conducto del líquido de frenos, las manchas en el pavimento del parking apuntan a lo mismo: tuvo que ser en el restaurante. Además, también pudo hacerlo cualquiera, porque el lugar en donde aparcó quedaba completamente fuera de la vista desde el comedor.

—Cualquiera menos Mariola, que no se levantó en toda la noche —puntualizó Ramírez.

—Salvo que actuara con un cómplice —aventuró su hijo.

—Pero entonces, la lista de sospechosos es ilimitada —dijo Paco desanimado.

—No tanto —acotó la jueza—. Sabemos que no fue algo improvisado; el asesino tenía que saber que Álvaro cenaría aquella noche en el balneario y eso solo lo sabían los asistentes a la cena y Ana, aunque creo que debemos investigar por precaución a los empleados del restaurante.

Y, por mi parte, descartaría a Garay, el almacenista  despedido por el asunto del cobre.

—Parecía lleno de rencor —comentó Julián.

—Sí —asintió ella—, pero no le creo capaz de planear este asesinato. No me pareció muy espabilado, la verdad.

—Solo le faltó decir que no había sido él «personalmente en persona» —se burló Julián.

El fiscal se rio con la ocurrencia y a Inmaculada le hizo gracia ver que tenían otro  fan de Camilleri.

—De las personas que cenaron aquella noche con Álvaro —siguió ella— la sospechosa más evidente es Mariola por dos motivos: le tenía un odio personal notorio y obtenía un beneficio económico con su muerte como heredera única según el testamento, que, por extraño que resulte, Álvaro no cambió.

—Esta mañana he hablado con los del registro de actos de última voluntad. No lo quieren poner por escrito porque no se ha cumplido el plazo, pero me han confirmado que no ha aparecido ningún otro —apuntó Julián.

Inmaculada le dio las gracias con un gesto, anotó el dato en su esquema y continuó hablando:

—Como ha señalado Ramírez, sabemos que Mariola no se levantó de la mesa, así que es cierto que ella sola no pudo hacerlo.

Siguiendo con la lista de comensales, tenemos también a Cayetana.

Sus motivos no son nada claros. Por una parte, está el anónimo: alguien se ha tomado la molestia de informarnos de un romance entre Cayetana y David.

Puede que sea totalmente falso, claro. Y aún en el caso de que fuera cierto, si tenían una aventura, tampoco veo qué relación puede tener con el asesinato, como no sea que Álvaro pudiera revelar su secreto.

Francamente, no me parece un motivo para matarlo.

Me preocupa más la lucha que mantienen en esa empresa por el control, puede ser una cuestión de pura ambición.

Además, tenemos que aclarar la pelea entre esos dos el día del funeral.

—Y nos quedan los tres abogados —dijo el fiscal.

—Sí. ¿Qué opináis de ellos? —preguntó la jueza dirigiéndose a todos.

—Hombre, ¡qué pregunta! —contestó enseguida Ángel—. En estos tiempos no se puede poner la mano en el fuego por nadie, pero don César es un hombre cabal, yo no lo veo como un asesino, la verdad. Y a su hijo, tampoco.

—Estoy de acuerdo con Ángel —dijo Julián.

Paco, Ramírez y su hijo también asintieron.

—Sí —dijo Inmaculada— yo también pensaba lo mismo.

Y creo que también debemos dejar en segundo plano, de momento, al abogado de Álvaro, ya que no hemos detectado que tuviera ningún motivo para matar a su cliente.

Y, por último, está Ana. Me inquieta que sea la beneficiaria del seguro de vida que Álvaro contrató apenas quince días antes de morir.

Aunque no asistió a la cena, no podemos probar que no estuviera esa noche en Cardona, ya que tenía el móvil sin batería.

—Tenía a Sarah de coartada, ¿no? —preguntó Julián.

—Sí, esta tarde hablaremos con ella —contestó Inmaculada—. Habrá que comprobarlo todo. Lo más complicado de este caso es la falta de evidencias. No tenemos huellas, ni arma, ni testigos. Lo único que podemos hacer es investigar a fondo a las tres sospechosas y ver a dónde nos lleva.

—En el ordenador de don Álvaro no hay nada que parezca personal, solo asuntos de la fábrica —intervino el hijo de Ramírez— y el historial está borrado.

Pero tenemos los listados de teléfono. Estoy con ellos.

De momento, llevo cotejados los últimos diez días: en el fijo y en el móvil las llamadas más frecuentes son de Ana, Juan Carlos, Cayetana y tres o cuatro números que se repiten bastante y he visto que son de gente de la fábrica; ninguna de Mariola; varias de móviles extranjeros de Nueva York y Pekín; y algunas otras sueltas del farmacéutico, César, Sarah y un primo de Álvaro.

En cuanto a la localización del móvil, han confirmado que estuvo aquí, en el pueblo, hasta las 21:50 y después se sitúa en Cardona.

La llamada que hizo a Ana fue desde allí.

Es la última a las 23:40. La señal se pierde diez minutos después.

—La hora del accidente —dijo Inmaculada, pensando en voz alta, mientras anotaba el dato.

—Seguro —contestó el agente—. De los mensajes solo tenemos fecha y hora, el contenido se perdió entero con el terminal. Creo que más del noventa por ciento son de Ana.