CAPÍTULO CINCO. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
—Quiero invitarte para agradecerte lo de ayer.
Él le quitó importancia haciendo un gesto de desdén con la mano.
—¡Qué va, mujer!, no tienes que agradecerme nada. Cuando he salido esta mañana, he visto el Seat de la Guardia Civil aparcado un poco más arriba de tu casa. Como por tu calle no cabe un coche, seguro que Ramírez lo ha tenido ahí toda la noche.
—Sí, ya me imaginaba que haría algo así. ¿Tienes algún cotilleo de Subrepticious?
—No, lo último que he sabido es lo del pago de los atrasos a enfermos y cuidadores.
No me he enterado de nada nuevo —mintió Julián.
Luego cambió de tema—: Ayer haciendo zapping pillé en el canal local una peli porno de hace mil años, horrible, pero la protagonista es hoy famosísima.
¿Cómo es posible que permita que se siga emitiendo?
Yo habría comprado todas las copias para destruirlas.
—¡Qué pena!, me la perdí —dijo ella bromeando.
—¿Y has visto el asesinato del festival de San Sebastián? También era una actriz porno.
—Sí, miembro del jurado. ¡Pobrecilla! Saskia... algo..., no sé, creo que era holandesa.
Charlaron un rato más hasta que terminaron sus cervezas y al despedirse comentaron que les había gustado el sitio.
Julián caminó cuesta arriba pensando que había hecho bien en no contarle nada acerca del confidente. Se habría apuntado un tanto, pero sabía qué cosas tenía que callarse.
En casa se dio una ducha rápida y se afeitó.
Se vistió con una camisa de algodón y unos pantalones chinos, comprados en Londres porque en Cádiz era muy difícil encontrarlos de su talla.
Bien maqueado, se dirigió a casa de César, que le había invitado a una pequeña celebración por el santo de su mujer.
Se convenció a sí mismo que no tenía nada de raro.
Había cenado en casa de César un montón de veces y tampoco se podía decir que el abogado fuera sospechoso.
Estaba relacionado con el caso, sí. Todo el mundo estaba relacionado con Álvaro de una forma u otra: si no eran parientes o amigos, eran trabajadores de su fábrica.
Tampoco se trataba de encerrarse y dejar de hablarse con la gente.
Además, Tomás, el sobrino de César, era uno de sus mejores amigos y también iría.
Bien mirado, no había ninguna razón para ocultárselo a Inmaculada, no sabía porqué no se lo había comentado.
Al llegar a casa del abogado, le hizo gracia contemplar lo que este consideraba una pequeña celebración: estaba allí medio pueblo.
Fue saludando aquí y allá. Miguel, el médico; el farmacéutico y su mujer, María, simpatiquísima, sin parar de charlar ni un momento; los hijos de César; el director de la caja de ahorros…
por si bailando me olvido, por si bailando me olvido, que la que me gusta a mí no quiere bailar conmigo...
El comedor estaba despejado de muebles, dispuesto como pista de baile y unas pocas parejas marcaban con estilo los pasos de la sevillana.
Junto a la mesa de las bebidas localizó a Tomás, que le sirvió una cerveza sin preguntarle.
Con la copa en la mano atravesó el salón y se acercó a felicitar a la anfitriona, que, en ese momento, mostraba orgullosa a la mujer del notario la pulsera que le había regalado su marido.
A César se le veía en su salsa agasajando a sus invitados y siendo a la vez el centro de atención, encantado con la situación.
Sus nietos correteaban por aquí y por allá sin hacer caso a los adultos de la familia que, de cuando en cuando, les regañaban con escasa convicción.
Volvió bastante tarde y vio que tenía dos llamadas perdidas de Peabody.
Había intentando contactar con él sin éxito.
Entonces buscó un diario británico on line y leyó la noticia de la detención de una persona a la que la periodista llamaba «la mano derecha de Subrepticious».
En otro diario se preguntaban «¿Cerco al hacker más famoso de todos los tiempos?
». Dudó si llamar a su novia para que le contara los últimos avances, pero se lo pensó demasiado mientras repasaba los fichajes de la liga ACB y, al final, le dio pereza.
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Por la noche, Inmaculada telefoneó a Mary Jo.
—Hola, ¿tienes planes para este fin de semana?
—No. ¿Me vas a proponer algo? Conociéndote, te imaginaba encerrada todo el finde en el despacho intentando resolver el caso.
—Confieso que ese era el plan inicial, pero necesito salir de aquí. Además, te he puesto como excusa para no ir a una cena en casa de César Martín Fernández. ¿Puedo ir a tu casa?
—Claro que puedes venir, yo encantada, pero te noto rara, ¿te pasa algo?
—No, no es nada, es solo que… —Inmaculada dudó unos instantes antes de seguir—, no me apetece quedarme sola en casa desde lo del anónimo.
—Ya veo. Dijiste que Julián se quedó anoche contigo, ¿no?
—Sí, menos mal, porque estaba muy nerviosa; pero eso también es un problema, está… no sé… muy cercano, casi cariñoso.
—¿Crees que quiere algo y no te fías?
—Ni de él ni de mí. Por eso prefiero pasar el finde fuera.