CAPÍTULO CINCO. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
—Lo de la ermita, solucionado. Me he tenido que pelear con el obispado, pero lo he conseguido. Falta confirmar el coro.
Mientras lo leía se tropezó con uno de los peldaños rotos y a punto estuvo de bajar rodando el resto.
Julián llegó puntual y los dos se pusieron guantes de látex para examinar los documentos del registro.
Lo que había en la vivienda no les llamó la atención y lo clasificaron enseguida: médicos, bancos, impuestos, escrituras y algunos otros como un certificado de nacimiento, alguna multa, el seguro del coche y cosas por el estilo que no parecían de gran interés.
El surtido de papeles recogidos en el despacho parecía más variopinto.
Separaron todos los que tenían que ver con el acuerdo de divorcio, por una parte, y los relacionados con la empresa china, por otra.
Por el volumen de los dos montones, resultaba evidente que esos eran los asuntos que habían ocupado el tiempo más reciente de Álvaro.
Todo lo demás lo tuvieron que dejar en un tercer montón para examinarlo más adelante porque les avisaron de que había llegado el testigo.
Se llamaba Pepe Garay y desde el primer momento mostró una actitud esquiva.
—Que quede claro que yo no robé nada, ni me llevé nada —dijo para comenzar.
—Bien. Los que cometieron el hurto fueron los otros dos implicados, pero usted participó de alguna manera, ¿no?
—No. Participar, lo que se dice participar, yo no participé.
—Pero le despidieron por ese asunto y no recurrió. Habría algún motivo.
—No, señorita. No había ningún motivo. He trabajado en esa fábrica diez años. He estado dando el callo, a las duras y a las maduras. Pero nada, a la primera de cambio, te largan. Como si ellos no se equivocaran nunca.
—Ya. ¿Y cuál fue el error que cometió usted?
—Yo solo les abrí la puerta.
—Abrió la puerta a las dos personas que cometieron el hurto —repitió la jueza, intentando centrar la cuestión.
—Sí.
—Pero ellos ya no trabajaban allí, ¿no?
—No, pero eran muy conocidos míos.
—¿Y con qué propósito les facilitó la entrada? —preguntó ella algo extrañada, buscando una explicación.
—Bueno, por allí viene a veces gente. Pasan a saludar, sin más, sobre todo a los del turno de noche. Te dan algo de conversación y así se hace más llevadero.
—O sea, ¿usted pensaba que iban de visita?
—Dicho así….
—¿Cuántas noches les facilitó la entrada? —preguntó la jueza, que sabía que los robos se habían producido a lo largo de un mes.
—Bueno, varias. Venían algunas noches cuando yo estaba de turno.
—¿Puede precisar?
—Yo estoy de turno de noche tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes.
—Y ellos fueron a verle…
—Algunas veces. No sé si también entraron cuando estaba el otro encargado.
La jueza, a punto de perder la paciencia, pasó a otra cuestión:
—¿Y no advirtió que se llevaran algo, ni que faltara el cable de cobre?
—Mire, yo se lo juro por lo más sagrado que no les vi llevarse nada.
—Pero, según tengo entendido, usted era el encargado de verificar las existencias del almacén.
—Sí, señorita.
—¿Y aunque no les viera llevárselo, no notó que faltara nada?
—No me dio tiempo.
—Explíquese.
—A ver. Querían un maldito inventario cada semana y eso no hay cristiano que lo haga. Si hay entregas y pedidos que preparar, no se puede estar perdiendo el tiempo con los inventarios.
—Entonces, no hizo los inventarios.
—Por supuesto que los hice. Tenía que entregárselos a doña Cayetana.
—Y, si los hizo, ¿cómo no se dio cuenta de que faltaba el hilo de cobre?
—Pues porque no me dio tiempo a mirarlo.
—A ver si lo entiendo bien. Usted hizo el inventario, pero sin comprobar que correspondiera con lo que había en el almacén.
—Algunas cosas sí, y otras no me dio tiempo —añadió, levantando un poco la voz—.
Yo no hice nada malo. Digo yo que abrir la puerta a unos compañeros no es como para que a uno lo acusen de terrorista.
Y todavía pretendían que les diera las gracias por no denunciarme.
Pues mire, igual me vendría bien que me hubieran denunciado para soltar todo lo que sé.
Veríamos entonces quién salía perdiendo, porque yo también puedo contar cosas, ¡eh! —dijo en tono desafiante.
Inmaculada esperó para ver si, en su indignación, se animaba y contaba algo relevante. Cuando vio que no lo hacía, lo alentó:
—Si tiene alguna información que cree que debe contar, ahora es el momento.
El empleado permaneció en silencio y luego en un tono mucho más discreto dijo:
—Yo, de la muerte de don Álvaro, no sé nada; se lo juro.
A partir de ese momento se cerró en banda y los intentos de la jueza para que revelara esas «cosas» que había alardeado que sabía fueron infructuosos, así que le despidió agradeciéndole su tiempo. El hombre pareció aliviado de poder marcharse.
En cuanto salió el testigo, Inmaculada miró con cara de desesperación a Julián, que había terminado la transcripción. Él hizo un gesto exagerado de rendición, simulando desplomarse sobre el tablero de su escritorio, que la hizo reír. Luego, incorporándose le dijo:
—Esto es demasiado para un viernes por la tarde.
—¿Te hace una cervecita?
—Vale, una rápida.
En la calle se respiraba ambiente de fin de semana.
La plaza estaba llena. Algunos abuelos tomaban el aire sentados en los bancos, charlando o simplemente mirando el panorama.
Pandillas de niños jugaban a perseguirse con gran alboroto, sin parar de correr de acá para allá entre gritos y risas.
Madres, y algún padre, agrupados en corrillos atendían con un ojo a la conversación y con el otro a no perder de vista a los más pequeños, mientras sus parejas y amigos disfrutaban de cañas y tintos de verano con sus tapas en la terraza del bar. No había ni una mesa libre.
Inmaculada recordó que cerca de su casa habían abierto un nuevo bar y sugirió ir a conocerlo.
Bajaron andando un par de calles y pasaron por delante de un corro de adolescentes que comían pipas sentados en el murete de un mirador.
Por detrás se veía el pantano casi dorado a la luz del atardecer y, más allá, fanegas pobladas de filas interminables de olivos que subían y bajaban con las leves ondulaciones del terreno. Pronto empezaría el verdeo.
Giraron justo antes de llegar a la calle de Inmaculada.
—Creía que me llevabas a tu casa —dijo él, sonriendo.
Ella, sin saber muy bien cómo interpretar el comentario, sonrió también.
Los dueños de El rincón de Pietro eran una pareja de chicos muy simpáticos, que les dieron la bienvenida. Julián charló un momento con ellos, alabando la decoración del local. Tenía un moderno estilo ecléctico–industrial con sillas y mesas dispares, algún sofá y una iluminación muy cuidada.
Bright eyes burning like fire, bright eyes...
—Conoces a todo el mundo —le comentó ella cuando se sentaron.
—En este pueblo es imposible no conocerlos. Hay menos de mil habitantes y llevo viviendo aquí... —hizo un cálculo rápido— ya ocho años. No pensaba que era tanto.