Segundas intenciones CAPÍTULO CINCO. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO CINCO. SEPTIEMBRE DE 2006.

VIERNES

Inmaculada llegó al balneario de Cardona empapada e irritada por el comentario que todo el mundo repetía aquella mañana: esa lluvia era una bendición para el campo.

Ramírez, que se dio cuenta de sus temores, la tranquilizó: los agentes de la unidad científica habían tomado las muestras en el parking del restaurante el día anterior. Julián también iba con ellos.

El director del balneario los recibió en su despacho, solícito y colaborador, aunque empezó a mostrar ciertas reticencias al saber que necesitaban examinar el lugar exacto donde Álvaro había cenado el domingo anterior.

Comprendiendo que no tenía otra opción, los acompañó sin dejar de mirar a uno y otro lado, como si temiera escandalizar a las pocas personas que en ese momento desayunaban en el comedor.

La mesa estaba en un rincón del restaurante, un lugar discreto.

El camarero que había servido la cena aquella noche era un chico joven y espabilado que se esforzó en colaborar, aunque parecía nervioso con la situación.

Recordaba que había muy poca gente en el comedor.

Álvaro y su abogado llegaron los primeros y eligieron aquella mesa.

Álvaro se sentó en una de las cabeceras y su abogado, a su derecha.

Unos minutos más tarde había llegado Mariola con sus abogados.

Ella ocupó la otra cabecera. Cayetana fue la última.

El camarero recitó a continuación detalladamente lo que había cenado cada uno, ayudándose de la libreta donde tenía apuntada la comanda; y también lo que bebieron, que a Inmaculada le pareció bastante tratándose de una reunión de trabajo, ya que, además de cervezas de aperitivo, consumieron tres botellas de vino blanco durante la cena y más copas después del café.

El camarero confirmó que iban un poco «puestecillos».

La cuestión se complicó cuando le preguntaron si alguno de los comensales había abandonado el comedor en algún momento de la cena.

El muchacho estaba seguro de que una de las dos mujeres y el más joven de los abogados habían salido del comedor para ir al aseo, pero se hizo un lío al intentar recordar quién había salido a la terraza a fumar.

Con los brazos en jarras, no hacía más que mirar alternativamente hacia la mesa y hacia la terraza, como si eso le ayudara a recordar, pero no se decidía a dar una respuesta.

Otra camarera, que no había perdido detalle de la conversación mientras servía el desayuno, se acercó para asegurar que había visto a David, «qué guapo, el condenado», hablando por el móvil en la recepción: no tenía ninguna duda porque cada vez que pasaba por allí no podía quitarle el ojo de encima.

Sin hacer caso a las burlas de su compañero, añadió que los que habían fumado eran don César, don Álvaro y el otro abogado mayor; mientras que David y Cayetana sí habían salido a la terraza, pero no habían fumado.

Un camarero de más edad se asomó desde la puerta de la cocina y también se unió al grupo aportando que conocía bien a don Álvaro y sabía que no fumaba desde hacía varios años, aunque ignoraba si había salido a la terraza o no porque él esa noche libraba.

El director del balneario estaba cada vez más irritado e intentaba dispersar a los empleados que espontáneamente desfilaban por la mesa para dar sus opiniones, pero eso solo aumentaba la confusión porque, aunque se marchaban a la cocina obedeciendo al director, al momento volvían y daban una nueva versión que, a veces, contradecía las anteriores.

Inmaculada, intentando sacar algo en limpio, optó por preguntarles uno por uno qué recordaban exactamente y, para desesperación del director, las declaraciones se prolongaron durante varias horas.

Dieron por bueno el testimonio de la camarera admiradora de David, convencidos de que era sincera al reconocer que había seguido todos sus movimientos.

Declaró que, cuando se dio cuenta de que algunos de los hombres salían a fumar tras el café, ella misma recogió sus bebidas de la mesa y se las acercó a la terraza.

Luego don Álvaro volvió a entrar para pagar la cuenta y a partir de ese momento se habían ido dispersando, entrando y saliendo de la terraza.

Todos excepto doña Mariola, que no se había movido de su silla en toda la noche.

—¿Cómo puede estar usted tan segura? —le preguntó la jueza sin desconfianza, solo para valorar la credibilidad del testimonio.

—Verá, cuando llegó aquel grupo, pensamos que se iba a montar un culebrón: que don Álvaro le puso los cuernos a doña Mariola con la peluquera es cosa sabida y verles aparecer juntos…

, usted dirá. Además, la noche estaba muy floja, era domingo, había muy poco público y estuvimos todo el rato pendientes de esa mesa.

—¿Puede decir, sin lugar a duda, que Mariola no se levantó de su asiento en toda la noche?

—Así es. Cuando los tres mayores salieron a la terraza, ella se quedó muy tiesa en su silla, como si se hubiera tragado un palo.

David y Cayetana parecían sus perritos falderos: iban y venían con sus recaditos, cuchicheaban y se reían con ella.

Además, parecía como si se turnaran para no dejarla sola.

Antes de marcharse, como la lluvia había parado, se acercaron al parking y examinaron el lugar donde Álvaro había aparcado su coche aquella noche.

Estaba en la parte de atrás del edificio, fuera del campo de visión desde el restaurante y la recepción del hotel.

Cualquiera podría haberlo manipulado sin ser visto.

Inmaculada encontró sobre la mesa de su despacho, precisamente, el informe de la científica sobre los rastros hallados en el parking .

Tenía grapadas unas fotografías donde se apreciaban varias manchas oscuras en el suelo.

Explicaba, de una forma bastante didáctica, que aquellas manchas —que sin ninguna duda eran de líquido de frenos— indicaban una alta probabilidad de que el corte se hubiera efectuado cuando el coche estaba aparcado.

Se deducía de la ausencia de restos de líquido en el pavimento en la trayectoria de entrada, su aparición en escasa cantidad en el lugar del estacionamiento, y la existencia de abundantes restos en la trayectoria de salida.

Aclaraba que en el intervalo en que el coche estuvo aparcado con el motor apagado se tenía que haber producido un goteo mínimo; mientras que al ponerlo en marcha y salir del aparcamiento la salida de líquido habría sido más fluida.

La interrumpieron Ángel y Paco, que entraron en el despacho tras llamar a la puerta.

—Doña Inmaculada, hemos conseguido hablar con una vecina —dijo Ángel—.

El domingo no vio a nadie entrar ni salir de la casa, a excepción del propio Álvaro, que salió un rato al jardín y estuvo podando unos rosales.

Según dice la señora, tenía un cariño especial por esos rosales y los cuidaba él mismo con mucho mimo, aunque el resto del jardín se lo arreglaba un jardinero.

—Ángel se quedó un momento en silencio consultando sus notas y luego siguió hablando—.

Dice que Álvaro era un señor muy educado que siempre la saludaba y le preguntaba por su artritis.

Es que la señora es muy mayor y casi no se puede mover, da la impresión de que se pasa la vida sentada en el porche de su casa viendo a la gente que pasa.

—Pues, como testigo, nos viene de perlas —comentó Inmaculada.

—Desde luego. El chalé del otro lado está cerrado. Es de una familia que vive en Sevilla y ahora no hay nadie. Y no hay más casas cerca. Bueno, está el hotel, pero como está cerrado…

Inmaculada asintió con la cabeza. Nadie quería recordar el siniestro acontecimiento que había provocado el cierre del hotel aquella primavera.

—Y ya hemos terminado los registros —intervino Paco—.

Los restos de comida y basura los hemos mandado a analizar.

Aquí le dejo los documentos que había en el domicilio, y los del despacho de la fábrica están ahí —dijo, señalando varias cajas de cartón apiladas en una esquina del despacho—.

En la casa no había ordenador. Hemos traído el del despacho, pero se lo hemos entregado directamente al hijo de Ramírez.

Cayetana nos ha dado la clave de acceso y la contraseña del correo electrónico, ha dicho que no eran ningún secreto.

Y que Álvaro era un hombre poco familiarizado con la tecnología y, que aunque utilizaba el correo para el trabajo porque no le quedaba más remedio, no tenía ninguna dirección personal, que ella supiera.

El problema es el resto de documentos de la fábrica.

Hay un archivo con miles de papeles, no creo que podamos traer todo eso aquí.

Por si acaso, el despacho de Álvaro lo hemos dejado precintado.

—Habéis hecho bien —contestó ella—. No tiene mucho sentido revisar todos los papeles de esa empresa, me interesa más lo que Álvaro tuviera a mano recientemente. La contabilidad ya se la pedimos a Cayetana; en cuanto la entregue, hay que mandarla a delitos económicos para que la revisen.

Luego les dio las gracias y cuando salieron comentó con Julián:

—¿No te extraña tanta colaboración por parte de Cayetana? Me choca que haya facilitado las claves sin pedírselas.

—Sí. Cuando declaró estuvo mucho más recelosa con el tema de la confidencialidad.

—Esa mujer me desconcierta. No tenemos nada contra ella, salvo que le es infiel a su marido, pero estoy segura de que Juan Carlos y ella esconden algo turbio. ¿Me ayudarás esta tarde con los documentos?

—Claro. Tenemos también la declaración del empleado que despidieron.

—No acabaremos hasta las mil —dijo ella mientras recogía sus cosas para salir a comer.

—No te desanimes —contestó él, acompañándola a la puerta—. Te prometo que a las cuatro estoy aquí para clasificar todo eso —dijo, dirigiendo la mirada hacia el montón de cajas. Luego la miró a los ojos y añadió—: Ya verás cómo lo resolvemos.

A ella le gustó el gesto y bajó a comer mucho más contenta.

En las escaleras vio que tenía un mensaje nuevo en el móvil. Era de Mariví: