CAPÍTULO CUATRO. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
—Seguramente lo hizo en otra notaría. Hay que hablar con los del registro de última voluntad y pedirles toda la información que tengan, aunque no se haya cumplido el plazo. No podemos esperar quince días —dijo Inmaculada.
Entonces llegó el hijo de Ramírez.
—Doña Inmaculada, he estado visionando a cámara lenta las imágenes de la iglesia y hay algo que creo que debería ver enseguida, lo tengo en mi ordenador.
Bajó con el muchacho al pequeño cubículo que él utilizaba como oficina y vio que en la pantalla había una imagen en pausa. El agente le dio al play mientras decía:
—Es justo aquí.
La jueza centró su atención en las personas que aparecían en el vídeo, sin poder distinguirlas con claridad.
Se trataba del momento de la entrada en la iglesia grabado en el exterior desde un plano lateral.
Aunque algunas caras se apreciaban con nitidez, también había imágenes en las que solo se veían los hombros y perfiles típicos de una aglomeración.
A los pocos segundos, el hijo de Ramírez señaló en la pantalla una escena que transcurría en segundo plano.
En un lado de la puerta, justo al abrigo de la hoja abierta —de manera que quedaban fuera de la vista del grupo que esperaba para entrar— discutían acaloradamente dos personas que Inmaculada reconoció de inmediato: Cayetana, la gerente, y David, el abogado de Mariola.
Pasaron la imagen varias veces intentando entender qué decían, pero la conversación quedaba ahogada por el murmullo de la multitud y solo captaron palabras sueltas sin comprender el sentido.
Lo único que quedaba claro era que los dos estaban furiosos.
A velocidad normal se les había escapado esa discusión, pero, desde luego, era un hallazgo. Inmaculada felicitó al muchacho.
Ya a última hora pasó el fiscal por el despacho de la jueza.
En el registro de seguros confirmaban que Álvaro tenía varias pólizas pequeñas vinculadas a tarjetas de crédito, y el dato interesante, una por una cantidad importante.
La compañía le había facilitado una copia por fax.
La examinaron con expectación: efectivamente, el importe de la indemnización era muy elevado, Álvaro había contratado ese seguro apenas quince días antes de su muerte y la única beneficiaria era Ana.
—Parece que cada vez se complican más las cosas —comentó Inmaculada al fiscal y el secretario— ahora las dos mujeres tienen móvil para el asesinato.
*******
Julián cenó en su casa sentado en un sillón delante del televisor, haciendo zapping por los canales de deportes, pero, a esas alturas del año, no había nada interesante.
Vio que en el canal local ahora ponían porno también los jueves, una lamentable cinta setentera de la época del destape.
Apagó la tele y se metió un rato en el foro de básquet.
Estaba aburrido, hacía demasiado calor y Peabody estaba de viaje. Lo mejor era salir a dar una vuelta.
Se acercó paseando hasta el pub La Alquería y, tal como se había figurado, estaba allí Tomás tomando una caña con Marina, su compañera de trabajo. Además de trabajar en la notaría del pueblo, los dos estudiaban en la UNED. Tomás, Derecho y ella, Psicología.
Marina había dejado encima de la barra dos gruesos volúmenes de libros de texto y Julián leyó en voz alta NEUROPSICOLOGÍA.
—¡Qué buen sitio has encontrado para repasar! —le dijo a modo de saludo.
—No hago más que pasearlos de un lado a otro y no encuentro un momento para ponerme, aunque supongo que en el juzgado también estaréis hasta arriba.
—Sí, no sé qué nos está pasando, dos asesinatos en un año.
—Dos y medio —precisó Tomás— que Sarah se salvó de milagro. Es como una epidemia. ¿Pone algo en esos libros de si los asesinatos son contagiosos?
—Los suicidios parece que sí. Por eso no se les da publicidad, se cree que anima a otros suicidas potenciales —dijo Julián.
—Yo estaba pensando más bien en lo de las neuronas espejo —comentó ella.
Los dos hombres la escucharon con interés.
—Todavía hay pocos estudios, pero parece que cuando vemos cualquier acción, sea la que sea, algunas neuronas se activan como si la realizáramos nosotros mismos.
—¿Una acción de qué tipo? —preguntó Tomás.
—Da igual. Un movimiento, ver a alguien llorar o hablar. Ahora mismo a ti al escucharme, se te activan las neuronas que usarías si estuvieras hablando tú, no solo me ves y me oyes, tu cerebro actúa como si hablaras tú mismo. Se cree que puede ser la base biológica de la empatía.
—¡Ah! Por eso en los concursos de niños que cantan, cuando enfocan a los padres también están cantando —dijo Tomás riéndose de su propia ocurrencia.
Julián se distrajo. A través de la luna del bar, vio pasar a Inmaculada caminando deprisa en dirección al juzgado. Le extrañó porque era tarde. Pagó la ronda y salió rápidamente con intención de alcanzarla.
La encontró en el despacho policial de la primera planta hablando con Ramírez. Los dos se habían puesto guantes de látex y examinaban un folio que le mostraron enseguida.
Era la copia de un email enviado por Cayetana a David.
Le reprochaba que utilizara su correo de la fábrica para mandarle mensajes cariñosos, y le pedía que fuera más prudente teniendo en cuenta las circunstancias.
A continuación, le dedicaba unas frases tan tiernas que no dejaban ninguna duda sobre la naturaleza de su relación.
—Lo he encontrado en mi casa —le explicó ella—. Lo habían metido por debajo de la puerta.
Julian estuvo a punto de preguntar si había visto a alguien merodeando, pero ella se adelantó:
—He hablado con los vecinos del bajo y no han visto entrar a nadie en el portal.
—Tiene que ser alguien del pueblo, sabe dónde vives —reflexionó Julián.
—No estoy tan seguro —replicó Ramírez— esa información es vox populi, bastaría con preguntar a cualquiera.
—Sí, pero ir por ahí preguntando por mi casa sería muy expuesto.
—Ir a su casa a llevar un anónimo también es muy expuesto —dijo el sargento.
—No tanto, si es alguien que me conoce. Como dice Julián, podría encontrar cualquier excusa para hablar conmigo si se viera sorprendido.
Supongo que será inútil, pero, por si acaso, que analicen las huellas en la carta y en el sobre —añadió mientras la introducía en una bolsa de plástico que entregó a Ramírez.
—¿Y el contenido? —preguntó el sargento—. Cayetana está casada. Está claro que es una aventura extraconyugal.
—Igual era esto lo que discutían en la puerta de la iglesia —sugirió Julián—. Una pelea de amantes.
—Una bronca, más bien —apuntó Ramírez.
—No me hace gracia dar credibilidad a anónimos, pero tampoco podemos dejarlo pasar —contestó ella. A Julián le dio la impresión de que estaba muy alterada.
—Doña Inmaculada, creo que sería conveniente ponerle un par de escoltas, por lo menos esta noche.
—No, no hace falta, sargento, gracias. Estoy bien.
Julián bajó con ella las escaleras y, sin preguntar nada, la acompañó hasta su casa. Fueron caminando en silencio evitando hablar del caso en la calle, pero incapaces de hablar de otra cosa.
Subieron a casa de Inmaculada, un pequeño apartamento que ocupaba la mitad del primer piso de una casa antigua. Los dueños habitaban el bajo y el resto de la primera planta.
Inmaculada dejó su bolso sobre el sofá y le ofreció algo de beber.
Julián aceptó una coca-cola y, cuando ella fue hacia la cocina, aprovechó para recorrer todas las habitaciones, sin disimular su intención de asegurarse de que no había nada extraño, pero sin exagerar sus movimientos.
No quería intranquilizarla todavía más. La casa era tan pequeña y tenía tan pocos muebles que no ofrecía muchas posibilidades para ocultar nada ni a nadie.
Inmaculada volvió con una bandeja con las bebidas y un cuenco de patatas fritas que dejó en la mesita delante del sofá.
Julián se sentó y empezó a picar algo, pero ella no paraba de pasear por el salón como si no pudiera estarse quieta.
Tengo que calmarla, pensó.
—Seguro que ya has repasado un montón de opciones. ¿Qué piensas? ¿Quién crees que puede ser?
—No sé, estoy aturdida. Creo que es alguien conocido. Si no, no se hubiera atrevido a traerlo aquí. Pero me pone enferma que haya venido a mi casa.
—Piensa que es muy poco probable que sea el autor del crimen, no puede estar interesado en colaborar.
—Igual es solo para despistar. Acuérdate con el atropello de Lola, el lío que nos hicimos mientras teníamos al asesino delante y no lo veíamos.
—Lo único que hace este anónimo es llamar la atención sobre Cayetana. Si tiene un rollo con David, ¿a quién le puede interesar que se sepa?
—A estas alturas cualquiera del entorno de Álvaro es sospechoso. El papel de Cayetana todavía no lo veo claro. Parece que está entre dos aguas: en el bando de Mariola, pero con bastante poder dentro de la fábrica. Hay que investigar a esa mujer.
—¿Por qué no te sientas y tomas algo?
—Tranquilo, no tengo nada de hambre.
Julián llevó la bandeja a la cocina. Luego volvió al sofá y tranquilamente se quitó los zapatos y se tumbó.
Ella le miró sorprendida.
—Es inútil que digas nada, voy a dormir aquí. Con lo nerviosa que estás seguro que, si no, no pegarías ojo en toda la noche —dijo con un guiño— No pienso dejarte sola.
Ella sintió que se le quitaba un peso de encima. No sabía por qué había rechazado el ofrecimiento de Ramírez; dormir sola en aquella casa era lo último que le apetecía. Sacó del armario una almohada y unas sábanas y se las dio. Luego, mirándole a los ojos, le dijo:
—Gracias, muchísimas gracias, de verdad. —Y se fue a su habitación.