Segundas intenciones CAPÍTULO CUATRO. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO CUATRO. SEPTIEMBRE DE 2006.

JUEVES

Inmaculada alcanzó a ver desde el balcón de su despacho cómo los coches aparcados empezaban a invadir las aceras.

Parecía que la gente había madrugado. Se apresuró a bajar, cruzó la plaza a buen paso y entró en la modesta iglesia, encalada por dentro y por fuera.

Encontró un hueco de pie en uno de los laterales, bastante cerca del presbiterio.

El ambiente era sofocante. Entre las velas, las flores y la muchedumbre, casi no quedaba oxígeno.

Se sintió aliviada al localizar a varios agentes distribuidos discretamente por la nave, porque temía que pudiera producirse más de un desmayo.

No solo había acudido el pueblo en pleno: por todas partes se veían grupos de ejecutivos trajeados acompañados de sus mujeres.

El insistente repicar de las campanas remarcaba la importancia del acontecimiento.

Mariola estaba en primera fila, flanqueada por sus padres y Cayetana.

Varios matrimonios de mediana edad y algunos jóvenes ocupaban junto a ellos los primeros bancos.

La jueza supuso que serían los primos y sobrinos de Álvaro.

Los abogados César y David se sentaban un poco más atrás, en la misma fila que cuatro orientales muy elegantes y circunspectos.

Ana no estaba y Mariola ejercía el papel de viuda recibiendo el pésame de hombres y mujeres que se acercaban a ella y repetían el mismo ritual: le daban la mano y, sin dejar de estrechársela, dos besos o un abrazo mientras murmuraban las típicas palabras de condolencia.

Había quien optaba por no decir nada, limitándose a asentir con expresión compungida.

Ella les devolvía el gesto mecánicamente apretando los labios, casi sin prestarles atención.

La misa transcurrió con normalidad, con el acompañamiento de una soprano que conmovió a los asistentes interpretando con solemnidad el Ave María.

Inmaculada no se había parado a pensar cómo sería el protocolo de un funeral con un divorcio tan reciente y una nueva boda en proyecto, pero le quedó claro que era Mariola la que había asumido el papel de viuda y, probablemente, la que lo habría organizado todo.

Durante la ceremonia dos señoras que se apretujaban en la esquina de un banco, justo al lado de la jueza, no paraban de cuchichear.

—¿Crees que Ana tendrá la caradura de presentarse?

—No sé, capaz. Pobre Mariola, primero el escándalo y ahora esto.

—Bueno, pobre, pobre, no sé yo qué decirte... Ha vivido toda la vida como una reina y desgracias hay en todas las casas. Además, dicen que con lo del divorcio ella se ha quedado con todo. Cuando mi madre se quedó viuda con cuatro chiquillos y sin un duro… eso sí era ser pobre.

—Mujer, pero a tu padre no lo asesinaron, que murió de muerte natural.

—Ya, eso también es verdad.

El momento más emotivo se produjo cuando, terminada la misa, varios familiares y empleados de la fábrica cargaron el ataúd sobre sus hombros y lo sacaron de la iglesia con paso marcial.

Mariola salió tras ellos con la cabeza baja y la cara prácticamente oculta por unas gafas negras estilo Jackie.

La siguieron sus parientes, que se fueron colocando tras ella caminando en silencio y, después, el resto de la gente.

Cuando enfilaron la calle principal, Inmaculada pensó que no iba a ser una tarea fácil transportar el ataúd cuesta abajo, con semejante pendiente y en medio de una multitud, pero enseguida se dio cuenta de su error.

Si eran capaces de acarrear arriba y abajo los pasos de las procesiones con la calzada resbaladiza por la cera de los cirios, esto para ellos no era nada.

La comitiva llegó hasta el cementerio, a las afueras del pueblo. Allí  depositaron el féretro en un coche fúnebre y se quedaron solo los más allegados. Inmaculada lo atravesó caminando por un sendero bordeado de cipreses y pensó apenada que era un jardín precioso.

Ana aguardaba de pie junto a la tumba con Sarah, su amiga irlandesa. Mariola, Cayetana, los parientes y los abogados se situaron al otro lado de la fosa sin dirigirles la palabra, evitando incluso mirarlas.

El cura rompió el silencio pronunciando un breve responso mientras los operarios, completamente ajenos a la tensión del momento, bajaban la caja con unas cuerdas.

Luego echaron un par de paladas de tierra simbólicas, colocaron alrededor las numerosas coronas que sacaron del coche y dijeron que ya se podían marchar, que ellos terminarían.

Entonces Ana, deshecha en llanto, depositó un ramo de rosas blancas entre las coronas.

Mariola se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida.

Todos sus acompañantes la siguieron como una corte y Ana se quedó llorando al pie de la tumba, con la única compañía de su amiga que la abrazaba intentando darle un consuelo imposible.

Un agente grababa toda la escena hasta que la jueza le miró y, con un gesto casi imperceptible, le indicó que apagara la cámara.

Inmaculada dedicó el resto de la mañana a ver la grabación junto a Julián y Ramírez, aunque no lograron detectar nada que les llamara la atención.

Había un montón de gente desconocida. No consideraron prioritario identificarlos, ya que llevaría demasiado tiempo y no aportaría ninguna pista para el caso.

El hermano de Álvaro no había hecho acto de presencia.

Inmaculada confirmó su sensación de que Mariola parecía que tuviera la cabeza en otra parte, más atenta al protocolo de la ceremonia que a las muestras de cariño de la gente.

Era bastante tarde cuando bajó a comer algo rápido, en quince minutos tenía que estar de vuelta para tomar declaración al abogado de Álvaro.

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Julián pasó un momento por su despacho antes de bajar a comer y vio que tenía un mensaje de Peabody.

Se conectó y la encontró en su oficina por pura casualidad.

Estaba a punto de marcharse y solo podía entretenerse un par de minutos: había novedades de Subrepticious.

La inspectora le contó atropelladamente que un miembro de su banda estaba dispuesto a hablar a cambio de inmunidad.

Todavía desconocían su identidad. No podía explicárselo con detalle, tenía que salir hacia Londres y no sabía cuánto tiempo pasaría allí.

Prometió mandarle un mensaje en cuanto regresara y se desconectó sin darle opción de contestar siquiera.

Se quedó fastidiado mirando la imagen congelada de su novia en la pantalla del ordenador. No podía dejarlo así, sin más datos, en un momento clave. Definitivamente, lo suyo era un problema de sincronización.

*******

Juan Carlos Ferrer García-Coronas se presentó puntual en el juzgado a las cuatro y media.

Declaró nervioso e incómodo. Antes de responder a cada pregunta, se quedaba unos instantes pensando, como midiendo sus palabras.

A Inmaculada le daba la sensación de que temía revelar algo, y esa actitud la intrigaba, ya que siempre le había visto actuar con aplomo y seguridad, incluso con cierta prepotencia, desesperándose cuando Álvaro accedía a las pretensiones de Mariola, como si perder le resultara inconcebible.

El abogado relató que había asistido a la cena del domingo anterior porque Álvaro se lo había pedido.

Conocía sus intenciones de ceder el control de la empresa a Mariola y, como estaba totalmente en desacuerdo con esa decisión, había tratado de disuadirle, pero, al fin y al cabo, la última palabra la tenía el cliente.

No le había dicho a nadie que iba a aquella cena.

Respecto al contrato con la empresa china, intentó escudarse en la confidencialidad abogado–cliente, alegando que estaban en mitad de una importante negociación y que no podía perjudicar los intereses de la empresa.

La jueza le recordó en tono firme que, dado que el cliente había sido víctima de un homicidio, la prioridad era esclarecer las circunstancias de su muerte, y Juan Carlos no tuvo más remedio que darle los datos básicos, que coincidían con lo que ya le había contado Cayetana: era un acuerdo para el suministro de material a gran escala y estaba prácticamente ultimado.

Aunque en los comienzos de la negociación había empresas competidoras, a estas alturas ya estaba decidido que fuera la fábrica de Álvaro la adjudicataria y solo quedaban por concretar algunos flecos.

También dijo que no creía que ese contrato pudiera estar relacionado, de ninguna manera, con la muerte de Álvaro ni que este suceso fuera a hacer fracasar el negocio.

En esos momentos, la empresa estaba en manos de la gerente hasta que se solucionara todo el trámite de la herencia y, por lo que él sabía, el contrato seguía en marcha.

Por último, Inmaculada le preguntó por la situación económica de Álvaro y él se remitió al inventario de bienes que constaban en el proceso de liquidación de la sociedad de gananciales, en el que también figuraba su valor.

Respecto al testamento, hacía ya tiempo que había informado a su cliente de que el divorcio no anulaba el que tenía otorgado a favor de Mariola, por lo que le había recomendado acudir a la notaría para revocarlo y hacer uno nuevo, pero ignoraba si Álvaro había seguido su consejo.

Inmaculada le despidió con la certeza de que estaba ocultando algo.

Julián acompañó al abogado a la puerta y se quedó allí unos minutos charlando con alguien que Inmaculada no logró identificar por la voz, aunque le sonaba familiar.

El secretario no tardó en volver a entrar en el despacho con un sobre: Tomás, el oficial de la notaría, había traído el testamento de Álvaro.

Como todavía no tenían certificado del registro de última voluntad, no podía asegurar que fuera el último, pero sí el único que había otorgado en la notaría del pueblo.

Lo leyeron y vieron que era el testamento al que se había referido Mariola en su declaración. La heredera universal era Mariola.

—Juan Carlos acaba de decir que le aconsejó que lo cambiara —comentó Julián.