Segundas intenciones CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006. #4
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CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006. #4

Trató de imaginarse qué pensaría de ella, a la vista de aquel despacho, alguien que no la conociera, hasta que la sacó de sus pensamientos Julián, que venía a recoger unos papeles. Inmaculada le propuso dar por terminada la jornada y salir a tomar algo, y se alegró cuando él aceptó.

Eligieron el cine de verano, que abría todavía por las noches mientras duraba el buen tiempo, aunque no en todas hubiera película.

Subieron dando un paseo. Jazmines y madreselvas comenzaban a perfumar el aire del atardecer.

La terraza del cine estaba en el punto más alto de pueblo, aprovechando los vestigios de una antigua fortaleza en ruinas: la torre, clausurada por seguridad y dos muros de piedras irregulares de distinta altura, reforzados con cemento en algunas zonas.

El ángulo que formaban dejaba un amplio espacio, amueblado con mesas donde se podía cenar y ver la película al tiempo.

Nadie se molestaba por el ruido de platos, camareros o incluso alguna charla en voz baja, ya que las películas tampoco solían ser estrenos de temporada.

Todavía hacía calor, a pesar de que el sol estaba ya muy bajo. En cuanto se sentaron pidieron unas cervezas, que les sirvieron en copas cubiertas de escarcha. Desde allí se podía ver todo el pueblo, edificado sobre la ladera de la colina. A Inmaculada le encantaba esa vista.

—¿Qué tal la cena con Mary Jo? —preguntó Julián.

—Bien, bien. Sobre todo, tratamos del tema de Álvaro, como te puedes imaginar. Pero cuéntame lo de Oxford —dijo ella—. ¿Es un curso recomendable?

—Bueno, es casi un taller, porque un mes no da para más, pero sí, ha estado bien. Hemos hecho, sobre todo, tratamiento de huellas. Las nuevas técnicas de reconocimiento del ADN son alucinantes. Lo malo es que eran muchas horas en el laboratorio y acabábamos destrozados.

—¿Peabody también asistía al curso?

—No, ella está muy liada con el caso de Subrepticious y casi no tiene tiempo para nada. Están desesperados.

—Pero, seguís juntos, ¿no? —preguntó Inmaculada con cautela. Tras unos instantes, todavía más cautelosa, añadió—: ¿Has llegado a contarle algo de lo nuestro?

—No. Sí estamos juntos, quiero decir que no le conté nada. En fin, creo que es algo que no merece la pena tratar. Fue lo que fue, los dos lo sabemos… y contárselo solo serviría para intranquilizarla. Bastante complicado es mantener una historia a tantos kilómetros como para añadir leña al fuego.

Inmaculada no supo qué más decir. Se sentía algo ridícula por haber sacado el tema.

Terminaron las cervezas casi en silencio y, como a ninguno de los dos le apetecía tomar nada más, se marcharon.

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La segunda acción de Subrepticious resultó todavía más temeraria que la primera y mucho más arriesgada porque atentaba directamente contra el Tesoro Público: pagó desde el departamento de Salud y Asistencia social, todas las cantidades atrasadas por la Ley de Cuidados (Care act).

No contento con su hazaña, emitió a través de las redes un comunicado para denunciar la terrible situación de tanta gente que realmente necesitaba esas rentas y tenía derecho a percibirlas, mientras el gobierno retrasaba el pago injustificadamente.

El porcentaje de los casos en los que el enfermo fallecía antes de cobrar era vergonzoso.

Su acción demostraba que era solo cuestión de voluntad.

Ya no era el delincuente favorito de la población, se había convertido en un auténtico héroe nacional. Esta vez nadie se atrevía a reclamar la devolución.

Aquella noche, Peabody le contó a Julián las últimas noticias a través de la pantalla de su ordenador.

El secretario de asuntos sociales había dimitido por el escándalo.

La Policía seguía sin ninguna pista. Julián se sintió, a la vez, enganchado por el caso y fascinado por la inspectora.

Dio un giro al tono de la conversación: le dijo con dulzura cuánto le gustaría poder estar a su lado y cuánto la echaba de menos.

Ella le preguntó por el homicidio que había mencionado la noche anterior, pero él, sin ganas de volver al terreno profesional, siguió hablándole en tono cariñoso.

Le pidió perdón por haberse mostrado distante e intentó explicarle, entre disculpas, que las razones por las que había vuelto a España antes de lo previsto no tenían nada que ver con ella.

El culpable era solamente él: se había agobiado al verse solo y sin nada que hacer, entre el mal tiempo y los horarios interminables de ella, que, por otra parte, comprendía perfectamente.

Peabody reaccionó restándole importancia, más complacida por la intención que convencida por los argumentos, sin querer entrar en polémicas sobre los inconvenientes de su adicción al trabajo.

Julián sabía que era un terreno en el que no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro, pero que, de vez en cuando, podía utilizarlo como excusa.

Al cabo de un rato acabaron despidiéndose entre miles de besos.

Julián cerró la ventana de su Skipe satisfecho con la reconciliación.

Los ojos azul claro volvían a mirarlo con ternura.

Luego recordó lo cortante que había estado con Inmaculada y se arrepintió: ella no tenía la culpa de sus problemas con Peabody. Al día siguiente intentaría arreglarlo.