CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
—Sí —añadió Ramírez—. Con un móvil apagado no podemos rastrear sus movimientos. Quizás lo apagó ex profeso y estuvo en Cardona...
—Del resto de la familia de Álvaro, no hay nada interesante, ¿verdad? ¿Se sabe algo del hermano?
—Del hermano, nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra —contestó Ramírez—. Los primos son un montón y se llevan bien, pero no creo que Álvaro tuviera más roce con ninguno de ellos. Mañana es el entierro. ¿Vamos a grabarlo?
—Sí. Lo grabaremos e iré para ver qué comenta la gente. Vale, pues creo que ya está todo —dijo ella cerrando su carpeta—. Nos volvemos a reunir el lunes por la mañana a las nueve.
Cayetana la recibió en una sala de reuniones con muebles de estilo provenzal de color miel, a juego con la moqueta.
El parecido de la joven con su tía Mariola era evidente y no solo en los rasgos físicos: la misma ropa de marca, las mismas mechas impecables y el mismo bótox.
Un extraño gesto en las comisuras de los labios cuando sonreía sugería que quizá se hubiera hecho algún retoque.
Se acomodaron en un ángulo de la mesa e Inmaculada, tras darle el pésame, comenzó con las preguntas.
—Varios testigos han declarado que Álvaro estaba gestionando un contrato importante con una empresa china. ¿Me puede explicar en qué consistía?
—Sinceramente, señoría, no veo qué relación puede tener con su muerte, pero se lo explicaré con mucho gusto —contestó Cayetana.
Su tono hostil desmentía el empalago de sus palabras—.
Una importante corporación, que efectivamente tiene su sede principal en Beijin, proyecta la construcción de un complejo urbanístico en un pueblo de la costa, cuya ubicación, lógicamente, no me está permitido revelarle.
Nuestra empresa, como usted bien dice, está gestionando posicionarse como proveedor mayoritario, casi exclusivo, para el suministro de materiales.
—Supongo que ese contrato supone importantes beneficios económicos.
—Naturalmente, señoría. Estamos en un momento de expansión y este contrato significa un impulso tremendo. El beneficio no es solo para nuestra empresa, también supondría la creación de más puestos de trabajo y, en definitiva, inversión y desarrollo que repercutirá en toda la comarca.
—¿Existen competidores?, ¿alguien a quien le pudiera interesar que ese contrato no se firmara?
—Bueno, al principio sí había dos o tres compañías más en liza, pero, sin querer cometer una indiscreción, puedo comentarle que no tenían pulmón para un proyecto de estas dimensiones.
Me atrevería a afirmar que ya en este punto, en efecto, hemos obtenido el contrato.
Además, confío en que el fallecimiento de mi tío no suponga ningún obstáculo.
—Hábleme de otro asunto. He oído que el pasado año sufrieron un robo de material y algunos empleados fueron despedidos.
—Sí, descubrimos que faltaban bobinas de cable de cobre.
Durante un tiempo nos pasó desapercibido, porque no eran grandes cantidades, pero luego se hizo evidente.
El problema se resolvió enseguida. Los principales implicados eran dos empleados temporales que ya no prestaban sus servicios en la empresa, aunque contaban con la colaboración de un responsable de almacén al que tuvimos que despedir. No hubo ninguna consecuencia posterior.
—¿Sabe usted si Álvaro tenía enemigos?, ¿alguien que pudiera beneficiarse con su muerte?
—En absoluto, señoría. Álvaro era un hombre muy querido.
—¿Y ustedes dos no tenían importantes desavenencias sobre la manera que tenía Álvaro de llevar el rumbo de la empresa? Según tengo entendido, a raíz del divorcio, Mariola quería asumir el control e imponer una línea de dirección diferente en la que usted estaría al frente.
—Me parece una forma muy exagerada de exponerlo —contestó Cayetana, subiendo el tono—.
Sí, es cierto que no siempre estábamos de acuerdo, pero de ahí a hablar de una línea diferente de dirección hay un abismo.
He sido la principal colaboradora de Álvaro durante tres años y, créame, han sido muchas horas de esfuerzo y sacrificio trabajando con él, codo con codo.
Yo era su mano derecha y, como comprenderá, no me hace ninguna gracia que insinúe que yo pretendiera dar una especie de golpe de estado de la mano de Mariola.
Además, el asunto del control de la empresa, como usted bien ha dicho antes, dependía del acuerdo de divorcio y no del fallecimiento de Álvaro, que es, en definitiva, el asunto que nos ocupa.
—Otros testigos han declarado que estuvo usted cenando en Cardona con Álvaro y Mariola y sus abogados el domingo por la noche.
—Sí, señoría.
—Pero, tratándose de una reunión para discutir los detalles del divorcio, ¿por qué estaba usted convocada?
—Pues a mí también me encantaría saberlo —contestó Cayetana, arisca—. Me venía fatal, un domingo por la noche, pero siempre he estado dispuesta a colaborar. Supongo que Álvaro quería informarme de primera mano de su decisión de ceder la empresa a Mariola.
—¿Le contó a alguien que iba a esa cena?
—No. Bueno, a mi marido, claro, se tenía que quedar con la niña.
—¿Y cuándo fue la última vez que estuvo en su casa?
—¿En casa de Álvaro? No sé. Yo solía ir a su casa para celebraciones familiares y desde que se divorció de Mariola no ha habido ninguna.
Si comíamos o cenábamos juntos por motivos de trabajo, era siempre en algún restaurante.
Alguna vez pasé a llevarle algún documento o informe que no podía esperar.
Yo diría que, por lo menos, hace más de dos meses que no he estado allí.
—¿Qué hizo usted el domingo por la noche a la salida de la cena?
—Volví a mi casa a dormir con mi marido y mi hija. No sé qué se piensa.
Inmaculada comprendió que el enfado de la gerente obedecía a intentar encubrir su participación en el «golpe de estado», como ella misma lo había llamado.
Probablemente ocultaba más cosas: sobre todo, su propia ambición personal.
Pero era cierto que, según la información que tenía hasta ese momento, no necesitaba eliminar a Álvaro para llevar a cabo esos planes, así que dio por terminada la declaración informándole de su obligación de poner a disposición del juzgado los libros de cuentas de los tres últimos años y advirtiéndole que a partir de ese momento era ella, como jueza instructora, la que decidía lo que se podía o no se podía revelar.
A continuación, le pidió que la guiara al despacho de Álvaro.
Era muy espacioso y algo anticuado. Amueblado con una gran mesa de madera oscura con sobre de cuero, un sillón giratorio con ruedas, de piel negra estilo capitoné, y dos sillones confidente a juego.
A un lado de la mesa, un carro de ordenador, también de madera oscura.
Sobre el escritorio, varias pilas de papeles no muy ordenados, un calendario de mesa pegado sobre un pequeño adoquín de mármol oscuro con el logo de la empresa, una pluma antigua con su tintero dorado y una serie de útiles de oficina más funcionales: una calculadora, un cubo de piel marrón con bolígrafos, etc.
Podría pasar perfectamente por el despacho de un abogado, si no fuera por la ausencia de libros.
Solo, en una vitrina con puertas de cristal, había unos cuantos ejemplares de gran tamaño: las típicas ediciones para regalo expuestas en orden junto con algunos objetos decorativos, entre los que Inmaculada distinguió una placa conmemorativa de una feria comercial y una estatuilla de un Óscar, que supuso que sería un obsequio «al mejor jefe» o algo por el estilo.
Frente al escritorio, un gran ventanal mostraba una vista panorámica del pantano.
Una pared estaba ocupada casi por completo por una enorme fotografía enmarcada del complejo industrial, con los colores desvaídos por el sol; y en otra, un retrato en acuarela de dos niños sonrientes con un bonito marco blanco.
Era alegre y luminoso. Inmaculada supo al instante que era obra de Lola, la pintora asesinada la primavera anterior.
Se acercó más para leer la firma y vio que había acertado.
Tenía la sensación de conocer a aquella mujer íntimamente, como a alguien de su familia, y se preguntó si a todo el mundo se le quedaría grabado su primer caso de homicidio de manera indeleble.
Mientras observaba todo tomándose su tiempo, Paco y Ángel trabajaban con eficacia. Una vez examinado el despacho y visto el ambiente en el que se movía la víctima, pensó que su presencia allí no era necesaria, así que les dejó seguir con el registro tranquilos y volvió al juzgado.
Las declaraciones del día le habían dejado mal sabor de boca. Condujo pensando cómo habría sido la vida de Álvaro, rodeado de gente tan desagradable, y empezó a comprender su decisión de divorciarse y casarse con Ana, que al menos parecía una mujer desinteresada.
Quiso dedicar lo que quedaba de tarde a sacar adelante los documentos pendientes que no tenían nada que ver con el caso, pero le costaba concentrarse.
Se quedó abstraída contemplando su propio despacho.
No había objetos personales, los muebles eran viejos y no pegaban entre sí, el suelo de baldosas, grisáceo y mate por el desgaste.
En realidad, lo único bonito era el enorme balcón que daba a la plaza.