CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
Inmaculada colgó y anotó en una ficha un resumen de la declaración del médico. Nada nuevo. Llamó a Ramírez, que le confirmó que la gerente de la fábrica llegaría a las cinco.
—Perfecto —contestó ella—, pues cite a todos para una reunión a las cuatro. Tenemos que organizar las líneas de actuación.
Como era casi la hora de comer, se le ocurrió que era un buen momento para llamar a Luis y lo encontró trabajando.
—Hola, mi amor —respondió él— estoy muy liado, hoy terminamos la prueba testifical. No tengo mucho tiempo.
—Ya me imagino, solo quería saber cómo estabas.
—Bien, bien. ¿Te ha contado mi madre lo de la ermita?
—¿Qué ermita? Pero si quedó claro que nos casábamos en el juzgado.
—Sí, corazón, pero ahora ha encontrado una ermita preciosa y está ilusionadísima con que celebremos allí la ceremonia. Total, una misa no nos va a hacer daño.
—No. De ninguna manera, no pienso casarme por la iglesia. Eso ya estaba decidido.
Julián se asomó por la puerta desde el pasillo y, al verla al teléfono, le preguntó por señas si bajaba a comer. Ella tapó un momento el auricular y le dijo que iba a tardar un poco, mejor que no la esperara.
—Bueno —seguía Luis— luego la llamas y lo hablas con ella, que le va a hacer mucha ilusión. Por mí está bien lo que vosotras digáis —dijo, desentendiéndose del asunto.
—Pues preferiría discutir esto contigo. Ya sé que no tienes tiempo, pero los que nos vamos a casar somos nosotros dos.
—Sabes perfectamente que la mujer solo lo hace por ayudar, así que no seas susceptible. Te tengo que dejar, preciosa, un beso muy fuerte. Te quiero. Pásalo bien.
—Yo también —contestó ella con poco entusiasmo colgando el teléfono.
«Pásalo bien, dice», dijo para sí misma.
Cuando por fin bajó a comer, Julián no estaba en el bar.
Se tomó un bocadillo mientras veía en la televisión el final de las noticias: parecía que en Inglaterra había un lío tremendo con un nuevo ataque de Subrepticious.
Si se enteraba Luis, se subiría por las paredes.
Habían discutido mucho del caso durante las vacaciones y no soportaba la simpatía de ella hacia el delincuente.
Llegó a decirle que le parecía una actitud poco profesional.
Aunque tenía que reconocer que ella también había exagerado un poco al llamarlo héroe, solo por llevarle la contraria.
La siguiente noticia la dejó descolocada: Asesinada en pleno festival de cine de San Sebastián una actriz porno, miembro del jurado.
«¡Madre mía! ¡Tan joven!», se dijo, viendo las imágenes de archivo de la bellísima actriz, completamente desconocida para ella, intercaladas con las de la rueda de prensa que se ofrecía desde el hotel María Cristina.
Dejó de prestar atención a la pantalla cuando empezaron los deportes y la previsión del tiempo.
Volvió rápido, recogió en el despacho todas sus notas y subió a la sala de juntas del ático.
Se instaló en una esquina de la enorme mesa que ocupaba el centro de la sala y, mientras llegaban los demás, la distrajeron unas enormes manchas de humedad junto al techo.
Las tormentas de verano habían hecho estragos en aquella estancia en la que el agua se colaba por todas partes cada vez que llovía.
O lo arreglaban pronto o el invierno iba a ser terrible.
A las cuatro en punto estaba todo el equipo: el fiscal, Julián, Ramírez, su hijo, Paco y Ángel. Se habían ido acomodando alrededor de la jueza según iban llegando. Ella tomó la palabra:
—Como todos conocíais a Álvaro no vamos a extendernos en sus detalles biográficos. El médico, hace un rato, lo ha descrito como «un tipo centrado y cabal» y estoy de acuerdo.
—Sí, como diría mi madre, un hombre que se viste por los pies —intervino Ramírez—. La mitad del pueblo trabaja en su fábrica, pero no iba de chulo ni de prepotente. Lo mismo se echaba una partida de cartas en el casino con quien estuviera allí, no hacía de menos a nadie.
—Y en la fábrica, ¿qué opinan de él sus empleados? —preguntó ella.
—Nada extraño, ni bueno ni malo —siguió Ramírez—.
No sería una hermanita de la caridad, pero pagaba bien a su gente.
Aunque el primo de un cuñado que trabaja allí me ha contado que a principios de verano hubo tres despidos.
Creo que tuvo algo que ver con la desaparición de unos kilos de cable de cobre.
El caso es que el asunto se llevó con muchísimo sigilo, porque hasta ahora no se ha sabido nada.
Aunque también he oído que alguno de los implicados era amigo o conocido o tenía algo que ver con algún familiar de Ana, ya sabe, la novia de don Álvaro.
Igual por eso no han querido airearlo mucho.
—Bien, le preguntaré a la gerente —contestó Inmaculada, atajando ese último comentario, que le sonaba a cotilleo—.
He quedado con ella esta tarde en la fábrica porque quiero ir a echar un vistazo.
Paco y Ángel me acompañarán para registrar antes de darles tiempo de destruir nada.
Otro tema. Todavía no tenemos la autopsia oficial, pero como sabéis se detectó una dosis altísima de somníferos.
Aunque se ha confirmado que acostumbraba a tomar orfidal por las noches, la dosis en sangre es tan alta que es imposible un error: hablamos de un envenenamiento.
Según Ana, Álvaro pasó el día entero en su casa, él solo.
Por la noche cenó con Mariola, Cayetana y los abogados.
Como todavía no sabemos exactamente qué droga tomó, no podemos precisar la hora, porque entre esos medicamentos hay algunos que hacen efecto más rápido que otros.
—O sea —dijo el fiscal— que no sabemos si el somnífero lo tomó en la cena o antes.
—Puede que alguien consiguiera meterlo en algún alimento en su casa —sugirió Julián.
—Sí, tenemos que ver qué medicamentos guardaba y tomar huellas.
Registraremos nevera, basura, vajilla, etc.
Ángel y Paco se pueden encargar también.
—Los aludidos asintieron y ella siguió hablando—.
Y hay que confirmar si es cierto que estuvo en casa todo el día.
Hablad con los vecinos, a ver si le vieron entrar o salir y, por si acaso, comprobad la señal de su teléfono móvil.
Ya sé que aquí se conectan todos a la misma antena y no podemos precisar movimientos dentro del pueblo —dijo la jueza, señalando con la mirada al hijo de Ramírez, que era quien se lo había explicado— pero confirmaremos que no salió del pueblo hasta que fue a la cena en Cardona.
También hay que preguntar a los vecinos si lo visitó alguien.
—Pediré el informe de llamadas y mensajes a la compañía —dijo el hijo de Ramírez—. El móvil quedó destrozado en el accidente, pero he sacado la sim y estoy intentando abrirla en el ordenador.
—Perfecto. Por otra parte, está el corte en el conducto del líquido de frenos —continuó Inmaculada—.
Como Álvaro llegó sin incidentes hasta el restaurante, tenemos que suponer que el corte se produjo allí, antes de que cogiera el coche para volver.
Quien lo hizo estuvo en el restaurante aquella noche.
Eso nos lleva a centrar la atención en sus acompañantes en la cena, pero tampoco podemos descartar que otra persona manipulara el coche mientras ellos cenaban.
Hay que hablar con el personal del restaurante e intentar reconstruir todo lo que sucedió.
Ramírez, mande a los de la científica a inspeccionar el parking .
Supongo que no habrá cámaras, pero pregunte por si acaso.
—Por supuesto —contestó él—. Además, justo antes de subir, ha llegado el informe de huellas de la carretera.
Confirman la trayectoria que ya suponíamos: se salió en una recta, justo a la altura del picadero Las Alondras, así que tenía que estar dormido.
Pero hay algo extraño. Por las marcas de los neumáticos en la calzada, parece que justo antes de salirse aceleró.
Prácticamente, debió de salir volando. Eso explica que cayera tan lejos.
—Mientras hablaba, Ramírez le había pasado una copia del informe a la jueza, que comenzó a ojearlo.
—¿Aceleró antes de caer?
—Igual lo que pretendía era frenar y se confundió —dijo Julián—. Si estaba dormido y los frenos no respondían…
—Sí —asintió Ramírez— tuvo que ser un momento de bastante confusión. A mí una vez me fallaron los frenos y la angustia que pasé no se la deseo a nadie. Si encima estaba dormido, seguro que no sabía ni lo que hacía.
Se quedaron callados unos instantes imaginando los terribles momentos que debía de haber pasado Álvaro antes de precipitarse por el barranco.
—Bueno —dijo Inmaculada, rompiendo el silencio— en la parte técnica no tenemos nada más, de momento.
Así que lo que queda es indagar en el entorno de la víctima, su situación económica y todo lo relacionado con la fábrica.
Pediremos a la gerente una copia de las cuentas.
De su patrimonio personal, tengo una idea bastante clara por el pleito del divorcio.
Tenía varios inmuebles, además de las acciones.
Todo a repartir a medias con Mariola, aunque, tal como iban las negociaciones, creo que ella recibe bastante más de la mitad porque él estaba cediendo en todo.
Ya hemos pedido la copia del testamento para saber quiénes son los herederos y habrá que comprobar si había algún seguro de vida.
—Y nos queda el drama sentimental —dijo el fiscal.
—Sí —contestó la jueza—. Está claro que la exmujer lo odiaba, pero no veo qué podía conseguir matándolo. Y la forense opina que no parece un crimen pasional. Esos suelen ser en un arrebato y este ha sido bastante planificado.
—¿Y la amante? —preguntó Ramírez.
—A mí me da la impresión de que Ana estaba muy enamorada, tampoco veo el móvil.
—¿Y si fuera la heredera? —preguntó el fiscal.
—Bueno, todavía no lo sabemos, aunque puede no ser una coincidencia que justo esa noche tuviera el móvil sin batería —contestó la jueza pensativa.