Segundas intenciones CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006.
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CAPÍTULO TRES. SEPTIEMBRE DE 2006.

MIÉRCOLES

Cuando Mariola se sentó en la silla de los testigos, Inmaculada no pudo evitar fijarse en las ojeras que delataban su sufrimiento de las últimas horas.

A pesar de que su aspecto era elegantísimo, como siempre, ni el sérum contorno de ojos ni el maquillaje podían disimular ese detalle.

Ella había exigido la presencia de César en su declaración y el abogado se sentaba a su lado en actitud solícita.

—Supongo que está al corriente de los hechos —comenzó Inmaculada—. Hay indicios suficientes para suponer que la muerte de su exmarido no ha sido un simple accidente de tráfico.

Ella asintió con la cabeza sin decir nada y dirigió la vista hacia el balcón evitando la mirada de la jueza, dando a entender que la situación le resultaba muy desagradable, como ofendida.

Inmaculada esperó pacientemente en silencio.

Llegó a dudar si se iba a dignar a dirigirle la palabra y, al final, la testigo dijo:

—Mire, sé que tiene que hacer su trabajo, pero no comprendo qué tiene que ver esto conmigo.

—Necesito que me diga cuándo fue la última vez que vio a Álvaro.

—Ya sabe que no nos hablábamos. El domingo fui a cenar con él haciendo una excepción, porque era para decidir los detalles del convenio de divorcio. Antes de eso, la última vez que le había visto fue en este mismo juzgado hace unos meses cuando vinimos para lo de las medidas provisionales.

—¿No hablaban ni siquiera por teléfono?

—No, señoría. Todo lo que le tenía que decir se lo decía a través de mis abogados. Supongo que ellos se lo pueden confirmar —añadió dirigiendo una mirada a César, que asintió en silencio.

—Según han declarado sus abogados, en la cena del domingo se discutió sobre el reparto de las acciones de la fábrica. Por lo visto, Álvaro había cambiado de opinión y accedió a que usted asumiera el control, ¿es cierto?

—Sí, eso fue lo que nos dijo en la cena y firmamos unos documentos. Pero no discutimos nada, él ya lo había decidido por su cuenta y lo llevaba todo preparado.

—Sabe usted, ¿por qué ese cambio de opinión?

—Supongo que entró en razón. Yo no reclamaba más de lo que me correspondía, lo que es justo.  Es normal que al final se diera cuenta. Tampoco entiendo qué tiene que ver eso con su muerte.

Inmaculada no estaba de acuerdo con su sentido de la justicia, pero no era el momento para debatir sobre ello y siguió con las preguntas.

—Bueno, es una transacción importante que se realizó horas antes de su fallecimiento. ¿Cuáles son sus planes para la empresa?

—¿Cree que lo han matado por cederme la fábrica? Nunca he oído nada más absurdo.

—Quizá alguien teme que usted no sea la persona más idónea para dirigirla.

—No sé si sabe que la gerente de la fábrica es una persona de mi total confianza; de hecho, es mi sobrina, hija de mi hermano mayor.

Es licenciada en empresariales y tiene un máster del Instituto de Empresa.

Ha llevado una gestión impecable durante los últimos años.

El problema era que Álvaro quería seguir mandando y tener siempre la última palabra.

Ese era el verdadero problema —insistió—.

No se daba cuenta de que las cosas ya no se hacen a su manera.

—Explíquese.

—Yo no digo que no lo hiciera bien cuando montó una pequeña fábrica, en la que, por si no lo sabe, invirtió mucho dinero de mi familia. La sacó adelante y consiguió que funcionara, todo muy bonito. Pero no era un hombre de empresa. Las dimensiones actuales del negocio le superaban.

—Pero la fábrica funciona bien.

—Sí, sí. No es eso. Llega un momento en que hay que pensar un poco más en evolucionar y redimensionar, porque si no, te quedas atrás y te come la competencia. Álvaro para eso era demasiado chapado a la antigua.

—¿Se refiere al contrato con la empresa china?

—Bueno, no conozco los detalles, pero sí. Ese tipo de inversiones lo asustaban y mi sobrina tiene clarísimo que es la única forma de sobrevivir.

—Según tengo entendido, aunque las acciones fueran gananciales, el socio único de la empresa era Álvaro.

—Sí.

—¿Y por qué estaba Cayetana presente en esa cena?

—No sé, fue Álvaro quien lo organizó todo. En cualquier caso, a mí me pertenece legalmente la mitad.

—Lo que quiero saber es si usted intervenía directamente en la dirección de la fábrica o si las valoraciones que ha realizado sobre la gestión de Álvaro le han sido sugeridas por terceras personas.

—No me hace falta trabajar en la fábrica para saber que en este asunto debo fiarme mucho más del criterio de mi sobrina que del de Álvaro.

—Dígame otra cosa: ¿sabe usted si Álvaro tenía testamento?

—Sí. Lo hicimos juntos hace muchos años: del uno para el otro. Con el divorcio mis abogados me aconsejaron que lo cambiara. Supongo que él habrá hecho lo mismo.

—¿Qué hizo usted el domingo, antes y después de la cena?

—¿Yo? Pero ¿qué se piensa, qué yo lo maté? —preguntó Mariola ofendida, levantando la voz.

—Conteste a la pregunta, por favor —insistió la jueza mientras César intentaba apaciguar a su clienta y le aconsejaba que respondiera.

—Por la tarde estuve en mi casa. César y David pasaron a recogerme temprano, nos entretuvimos un buen rato hablando antes de ir a la reunión y luego fuimos a Cardona en el coche de David. Y después de la cena lo mismo, me llevaron a mi casa y me dejaron allí.

—¿Hay alguien que pueda corroborarlo?

—¿Me está diciendo que necesito una coartada? ¡Esta sí que es buena! —negó con la cabeza con gesto de incredulidad—. Pues mire, estuve en casa sola toda la noche. Ahora que me acuerdo, hablé con Cayetana por teléfono para comentar con ella las buenas noticias y luego me fui a dormir.

—¿A qué hora fue esa conversación?

—No lo sé. Cuando llegué a casa.

—¿Y no lo puede consultar en su teléfono?

Mariola sacó el teléfono del bolso con un brusco ademán y lo miró con desgana.

—A las doce —dijo con hostilidad.

—¿En punto?

—Las veintitrés cincuenta y siete para ser exactos, señoría.

—Gracias. Por ahora no tengo más preguntas, pero es posible que tengamos que volver a citarla. ¡Ah!, sí, perdone, una cosa más. ¿Sabe usted si alguien más estaba al corriente de la cena?, ¿lo comentó usted con alguien?

—No lo sé. Yo no tengo que dar explicaciones a nadie de cuándo entro o salgo ni adónde voy.

Mariola salió del despacho con unos andares muy dignos. César se entretuvo unos instantes, entre que se despedía y la disculpaba prodigando sonrisas y apretones de manos a Julián e Inmaculada, y luego acompañó a su clienta.

Inmaculada se quedó con la misma desagradable sensación que le dejaba siempre hablar con esa mujer y se aleccionó a sí misma en silencio: ella es así, no es culpa tuya y no puedes hacer nada para cambiarla. Luego vio que tenía un mensaje de Mariví en su móvil y lo leyó:

«¿No crees que blanco roto puede quedar un poco esnob? Vainilla es más clásico, pero es elegante».

Contestó inmediatamente:

«Tienes razón. Vainilla perfecto».

Notó que Julián se había quedado mirándola. Cuando terminó de teclear y levantó la vista, él apartó la suya.

—El médico que atendía a Álvaro es don Miguel, ya sabes, el titular —dijo él—. Ha dicho que no tiene inconveniente en declarar, pero no da abasto y preferiría que le consultemos lo que sea por teléfono.

—Bien. En realidad, solo quiero que confirme lo del orfidal.

Julián ya había buscado el número del centro de salud y lo dejó en un pósit sobre la mesa de Inmaculada.

—Gracias —dijo ella con una sonrisa—, siempre estás en todo.

—Y esto —añadió él poniendo encima de su mesa un documento— es la solicitud del testamento para la notaría.

—Otra vez, gracias.

Él le devolvió la sonrisa y salió del despacho.

Inmaculada llamó al centro de salud y preguntó por don Miguel, que la atendió enseguida.

—Buenos días, Inmaculada —dijo el médico— ya me he enterado de que en el caso de Álvaro hay indicios de asesinato. Menuda racha llevamos: en primavera, Lola y ahora esto. Le juro que, en veinte años que llevo en este pueblo, no había visto nada igual.

—Sí, yo también estoy consternada, es terrible. Pero ¿se le ocurre que puede haber alguna relación entre los dos sucesos? No lo había pensado.

—No, no, perdóneme, hablaba por hablar. ¿En qué puedo ayudarla?

—Bueno. La autopsia revela que tenía un nivel muy alto de benzodiacepinas y una testigo ha declarado que tomaba habitualmente orfidal. ¿Puede confirmarme este dato? ¿Se lo recetó usted?

—Supongo que tratándose de un caso de asesinato lo de la confidencialidad no cuenta, así que le diré lo que sé. Álvaro estaba pasando una racha difícil. El divorcio lo tenía destrozado. Vino a verme y me contó que tenía muchas dificultades para conciliar.

—¿Para conciliar?

—El sueño.

—¡Ah!, el sueño. ¿De qué fecha estamos hablando?

—Fue a principio del verano, sería en junio.

Yo le aconsejé que fuera a un psicólogo, tengo mucha más fe en la terapia que en la medicación.

Ya sabe, es mejor ir a las causas que limitarse a tratar los síntomas.

Pero supe que no me haría caso. Era de los que dicen que no necesitan un loquero.

Le receté los tranquilizantes para dormir e insistí en que se pensara bien lo del terapeuta.

Prometió hacerlo y volver a la consulta en unos meses.

—¿Y volvió?

—No, claro que no. Coincidí con él varias veces fuera del centro de salud, ya sabe lo pequeño que es esto, pero no tratamos el tema.

—¿Cree usted que podría haberse equivocado al tomar la dosis?

—Imposible. Álvaro era un tipo centrado y cabal. Si tomó tantas pastillas como para dormirse al volante, no pudo ser por error. Además, tenía que tomarlas justo antes de acostarse, no tiene ningún sentido tomarlas antes de llegar a casa.

—¿Y algo destacable en su historial médico que pudiera ser relevante?

—Nada fuera de lo normal para su edad: un poco de colesterol, revisiones de próstata… lo habitual, nada alarmante.

—Vale, pues no le entretengo más, muchas gracias por atenderme.

—De nada. Si tiene alguna cuestión más, no dude en llamarme.