Segundas intenciones CAPÍTULO DOS. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
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CAPÍTULO DOS. SEPTIEMBRE DE 2006. #3

—Tengo a mi suegra, que está encantada con todo el lío, aunque me está volviendo loca. Por cierto, le tengo que contestar: ¿vainilla o blanco roto para las invitaciones? —preguntó sacando su móvil del bolso.

—Blanco roto —contestó Mary Jo sin dudar.

Inmaculada la miró con cara de extrañeza y ella se encogió de hombros.

—No me mires así, tú me has preguntado. Blanco roto suena mucho mejor. No le des más vueltas.

Inmaculada aprovechó para mandar un sms a Mariví antes de que se le volviera a olvidar.

Mary Jo se explayó contándole sus vacaciones en Washington D.C.

Solía ir a menudo a visitar a su padre, norteamericano y funcionario del BID —lo que a ella le había permitido cursar sus estudios de posgrado en Georgetown—.

Adoraba esa ciudad  tanto como Cádiz, a la que amaba por línea materna.

La propia forense era una curiosa mezcla de las dos culturas, vitalista y pragmática como nadie.

Agotadas las novedades veraniegas, dedicaron el resto de la cena a hablar del homicidio.

Inmaculada estaba tan preocupada que no dejaba de darle vueltas.

Es más, dar vueltas a ese tema formaba ya parte de su personalidad.

Podía distraerse un rato, tomarse un respiro, pero, enseguida, el asesinato de Álvaro recuperaba el protagonismo en su cabeza.

—Hay una cosa que te quería preguntar. Los somníferos que tomó ¿cuánto tardan en hacer efecto? Quiero decir: ¿hay alguna forma de saber a qué hora los tomó?

—Todavía no, hasta que consiga saber qué es lo que tomó exactamente.

Verás, dentro del grupo de las benzodiacepinas las hay de ciclo corto, que hacen efecto muy rápido, pero por poco tiempo, y de ciclo amplio, que tardan más en hacer efecto, pero luego es más prolongado.

El orfidal es de ciclo largo; por eso se utiliza contra el insomnio.

Podría haberlo tomado varias horas antes.

—¿Y crees que podrás afinar tanto?

—Seguro, es cuestión de paciencia. Lo que está claro es que esto no ha sido un arrebato, se ha planeado con cautela. Apostaría a que no es un crimen pasional.

—Pues, hasta ahora, la única persona que sabemos que odiaba a Álvaro es su exmujer.

—No te agobies. De momento, solo son especulaciones.

Ya en el postre, Mary Jo se quedó pensativa unos instantes, como si le costara comenzar a decir algo y, al final, lo soltó:

—Perdona si me meto donde no me llaman. Es que me he quedado muy sorprendida con la noticia de la boda y me parece genial, pero ¿tú estás segura? Quiero decir... después de lo que pasó con Julián.

—Claro que estoy segura, mujer —atajó Inmaculada con firmeza—.

Lo de Julián fue un rollito y solo duró un par de días.

Estábamos muy estresados con lo del asesinato de Lola, todo el día juntos sin parar de trabajar.

Y cuando al fin se resolvió y nos relajamos, no sé, creo que nos hicimos un lío. Además, yo luego se lo dejé claro.

—Sí, ya lo sé. Pero yo creía que decidiste que ese asunto no podía ir a más por no mezclar lo personal y lo profesional, no porque fuera solo un rollito. Y se lo dejaste tan claro, con tu delicadeza castellana, que él salió corriendo a refugiarse en los brazos de su supuesta novia inglesa.

—¿Por qué dices supuesta? Llevan varios años juntos. Además es una rubia despampanante.

—¡Qué tonterías dices! Tú una morena con flequillo y monísima. Y eso no es estar juntos, él aquí y ella en Oxford. Si de verdad hubieran querido estar juntos, habrían encontrado la manera.

—Igual que Luis y yo. Aunque nos casemos en mayo, no sé cuando podré trasladarme a vivir con él.

—Bueno, si tú estás segura, yo no tengo nada más que decir.

Casi llegando al pueblo, Inmaculada recordó con agrado la conversación sobre Julián. Le causaba cierta inquietud sentirse tan alegre solo porque Mary Jo considerara que Peabody no era una novia para tomar en serio. Bajó la ventanilla y aspiró el aroma espeso de los olivos cargados de fruto.

Allí estaba su isla, preciosa y reluciente, iluminada por la luna y montones de luces que brillaban el doble al reflejarse en las aguas tranquilas del pantano.

*******

Esa misma noche Julián mandó un sms a Peabody: «Suspendemos sesión de Skype. Tengo un caso de homicidio. Te quiero».

En realidad, no había nada que avanzar aquella noche, pero no se sentía con ánimos de hablar con ella.

Salió del juzgado con intención de volver a casa y acostarse pronto y, casi sin darse cuenta, se encontró pidiendo una caña en la barra del pub La Alquería...

eres la reina del pop, una diva sin nombre un montón de ilusión...

Se entretuvo unos minutos parado frente a la pantalla gigante observando la retransmisión muda de un combate de boxeo, pero su cabeza estaba muy lejos de allí.

Su relación con la jueza le desconcertaba.

Al conocerla, él había mantenido las distancias, consciente de la jerarquía que los separaba.

Pero, en la investigación del asesinato que les había puesto en jaque la primavera anterior, Inmaculada se había ido acercando cada vez más hasta llegar a confiarle todas sus dudas y temores.

Luego sucedió lo inevitable: después de trabajar juntos montones de horas y compartir mil preocupaciones, una noche, con unas copas, habían acabado por liarse.

Recordaba las semanas siguientes como una montaña rusa: ella tenía a su novio fiscal en una ciudad castellana y él, su relación a distancia con la inspectora Peabody; pero ninguno de los dos quería renunciar a aquella pasión.

Al final, fue ella la que tomó la decisión de la ruptura.

Él aceptó sin resistencia. Todo había terminado.

Eran amigos y compañeros, sin más complicaciones.

Julián se preguntaba porqué, entonces, le fastidiaba tanto haber rechazado su invitación a cenar.

Le sacó de sus pensamientos la llegada de Tomás, el oficial de la notaría.

—¡Qué buen partido del Estu ayer! ¿Lo viste? —estaba diciendo Tomás, cuando recibió un mensaje en el móvil que le hizo sonreír nada más mirar la pantalla. Según iba leyendo su sonrisa se ampliaba más y más.

—¿Tenemos nueva novia? —preguntó Julián—. No quiero ser cotilla, pero con la cara que has puesto.

—Algo hay, la historia es complicada...

—¿Y se puede preguntar quién es la afortunada o es secreto?

Tomás se rio y, con cierto pudor, dijo:

—No sé si te acuerdas de la chica de Barcelona que vino aquí en primavera.

—¿Lucía? Cómo no me voy a acordar si estuve a punto de atropellarla, todavía tengo pesadillas. Entonces, ¿estáis saliendo?

—En algo estamos, pero está tan lejos que ya veremos.

«A Noé le vienes a hablar del agua», pensó Julián, pero no dijo nada.