CAPÍTULO DOS. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
—Y una cosa más. Mire a ver si puede enterarse de los rumores que haya en la fábrica. Ya sabe, qué piensa la gente que trabaja allí, si ha habido algún conflicto, despido, cualquier cosa fuera de lo normal.
—Sí, conozco a varios. Yo se lo averiguo.
Eran casi las tres y media cuando Inmaculada bajó al bar a comerse un bocadillo. Dudó si pedirle a Julián que la acompañara e, indecisa, optó por ir ella sola. Cuando llegó abajo cambió de opinión. Volvió a subir y llamó a la puerta del despacho de Julián, pero no estaba.
Los abogados de Mariola llegaron al juzgado bien entrada la tarde.
César le presentó a su hijo David, que, en cuanto entró en el despacho, le ofreció —de una forma un tanto agresiva— el certificado médico de Mariola.
César estuvo rápido al quite para aplacar los ánimos.
A la jueza, David le pareció relamido, engreído y prepotente.
Nada que ver con su padre. No le extrañó que se entendiera bien con Mariola porque eran tal para cual.
César se prestó a testificar solícito y amable, como era habitual en él. No hizo falta advertirle que se trataba de la instrucción de un homicidio, él ya estaba al corriente. En aquel pueblo las noticias volaban.
Confirmó que, efectivamente, habían cenado juntos el domingo.
—¿Y no es un poco extraño organizar una cena en domingo para discutir cuestiones profesionales? —preguntó ella.
—Si hubiera sido otra persona, quizá, pero a Álvaro lo conocía desde que era un crío de calcetines —contestó César simulando con la mano la estatura de un niño.
Al ver el gesto, a Inmaculada se le ocurrió que probablemente César habría conocido al hermano de Álvaro y lo anotó—.
¡Es terrible! —siguió diciendo César—. Pensar que alguien ha podido matarlo me pone los pelos de punta.
Era buena gente, yo lo apreciaba sinceramente —dijo negando con la cabeza como si no pudiera aceptar el asesinato.
Se quedó unos momentos perdido en sus pensamientos y luego retomó el hilo de la conversación—, la idea de la cena fue del propio Álvaro.
Propuso reunirnos antes de la vista del lunes para decidir las cosas en un ambiente más relajado.
La jueza asintió.
—El punto importante aquella noche eran las acciones de la fábrica —continuó el abogado—.
Mariola quería tener el control y Álvaro en eso no transigía.
Qué le voy a contar, si usted misma ha visto con sus propios ojos la lucha que traían y las exigencias de ella, que aunque sea mi cliente lo tengo que decir, a veces son por cosas insignificantes. Pelear por pelear.
—Sí, sí, lo sé, pero vamos a lo que pasó esa noche —interrumpió Inmaculada.
—Como le iba diciendo, Álvaro pensaba que, si le daba el control a Mariola, ella pondría al frente a Cayetana, la gerente.
Es una joven muy preparada que ha sido la mano derecha de Álvaro en estos últimos tiempos, pero juraría que él todavía no la veía lista del todo para sucederle.
Si hasta entonces no había cedido, yo creo que no era por egoísmo, sino porque estaba convencido de que ambos saldrían perjudicados.
Pero en esa cena lo curioso fue que accedió.
—¿Accedió así sin más?
—Dijo que estaba cansado de pelear. No sé bien si se refería a pelear con Mariola o a pelear para sacar adelante la empresa, la verdad, pero tampoco se lo pregunté ya que había conseguido lo mejor para mi cliente.
—Según tengo entendido, también estaban presentes Cayetana y el abogado de Álvaro. ¿Por qué asistió ella a la cena?
—No lo sé. Álvaro la llamó. A mí también me extrañó encontrármela allí. Luego, cuando nos contó lo que había decidido sobre la fábrica, lo entendí un poco. Quizá la había invitado porque la cuestión la afectaba directamente.
—¿Alguien más estaba al corriente de la reunión de esa noche?
—Bueno, yo se lo conté a mi señora, como es natural.
Hizo algún comentario sobre la suerte que tenía porque a ella le chifla el balneario, aunque yo no me sentía precisamente afortunado teniendo que trabajar un domingo por la noche, la verdad.
Para que se quedara conforme tuve que prometerle que la llevaría para su santo.
—¿Y de qué más hablaron en la cena? —le cortó Inmaculada.
—El resto fueron temas triviales. Álvaro había estado recientemente en Nueva York y Pekín, y había vuelto horrorizado. Decía que esas megaciudades no eran para él, por la deshumanización y ese tipo de cosas un poco filosóficas.
—¿En algún momento le dio la sensación de que Álvaro estuviera adormilado o se encontrara mal?
—En absoluto. Estaba completamente normal. Tomó varias copas, eso sí, pero no estaba borracho. Quizá algo «achispaíllo» al final.
—Y su hijo, ¿qué intervención tuvo en la conversación?
—¿David? Se mantuvo en segundo plano durante la negociación.
Luego ya todo fue más distendido y charlamos todos.
Mariola al principio estaba un poco tensa, incluso impertinente; ya sabe como es.
Pero cuando Álvaro nos comunicó su decisión de dejarle la fábrica, ella terminó con las pullas y fue mucho más cordial.
—¿A qué hora terminaron?
—No lo sé seguro. No muy tarde, porque al día siguiente había que madrugar. Serían las once u once y media, supongo.
—¿Se fueron todos juntos?
—Nos despedimos en la terraza del restaurante. Yo me vine en coche con mi hijo y Mariola, y dejamos allí a Álvaro, despidiéndose de su abogado. Cayetana se fue por su cuenta.
—Una cuestión más: ¿conoce usted a Gonzalo, el hermano de Álvaro?
—¡Cómo no le voy a conocer, si lo libré de más de un lío!
Las hizo de todos los colores: era mal estudiante, se escapaba de casa, tuvo problemas por conducir borracho; pero tenía buen fondo.
Si hubiera sido ahora dirían que es un caso de hiperactividad, como mi nieto mediano, que va todas las semanas a un psicólogo para ver si se centra.
Pero en aquellos tiempos eso no se conocía, le colgaron la etiqueta de rebelde y acabó siéndolo.
El padre quería enderezarlo por la fuerza y el internado de los curas tampoco creo que le hiciera ningún bien.
—Pero, por lo que me han contado, cuando se marchó no fue por un problema con sus padres, sino porque Álvaro... bueno, le quitó a Mariola.
—Sí, sí. Tal y como usted lo ha dicho. Le birló la novia. Fue una lástima todo lo que pasó. Una lástima muy grande. Los dos hermanos estaban muy unidos, eso se veía, no entiendo cómo Álvaro pudo hacer algo así. Se suponía que era el bueno.
—¿Alguna vez ha vuelto a saber algo de Gonzalo?
—No. Al principio, les preguntaba a los padres si tenían noticias.
Pero luego va pasando el tiempo y parece que sacar el tema es meter el dedo en la llaga.
Que yo sepa, no ha vuelto nunca por el pueblo, ni siquiera cuando murieron sus padres.
La madre era una mujer muy vital, muy alegre y se murió de repente, de un ictus.
Fue visto y no visto. En cambio, el padre estuvo enfermo varios años. Y ahora esto, qué terrible.
Inmaculada, viendo que César parecía cada vez más afectado, concluyó sus preguntas, le agradeció su colaboración e hizo pasar al hijo.
David era la versión joven de su padre, de rasgos amables y piel aceitunada, mejorada con unos ojos de un azul muy intenso que contrastaban con su pelo tan oscuro.
Le formuló las mismas preguntas, pero su versión de los hechos fue diferente.
Según David, él y su padre le apretaron las tuercas a Álvaro hasta que cedió con lo de las acciones.
—Tenía todas las de perder —dijo David con arrogancia, medio recostado en la silla, apoyando el tobillo derecho sobre la rodilla izquierda—.
Mariola estaba dispuesta a pleitear hasta el fin de los siglos y el hombre, que no tenía un pelo de tonto, la verdad sea dicha, al final accedió.
Ya sabe lo que dicen: mejor un mal acuerdo que un buen pleito.
—¿Y de qué más hablaron?
—Bueno, luego estuvo pavoneándose de sus últimos viajes: que si Nueva York, que si Pekín. ¡No hay nada peor que un cateto viajado! Supongo que pretendía impresionarnos.
Inmaculada, molesta por la falta de respeto del abogado hacia el fallecido, despidió a David con una mezcla de rabia y pena. ¡Con lo majo que era el padre!
—Por cierto —le dijo cuando ya salía— dígale a su cliente que tiene que presentarse mañana para testificar.
A solas con Julián, Inmaculada no pudo morderse la lengua y comentó:
—¿Qué me dices de este que se cree Al Pacino, diciendo que «le apretó las tuercas» como un mafioso de película?
—Vale, siempre ha sido un poco chulo, pero es buen chaval. Y tiene muchísimo éxito con las mujeres, en Cádiz tiene una fama.. .
—No, si no te niego que es guapo, muy guapo, pero tiene mucho que aprender de su padre. Por cierto, voy a cenar en Cádiz con Mary Jo, ¿te apuntas?
—Esta noche no. Estoy agotado y he quedado para hablar luego con Ellen por S kype.
—Ah, bueno —dijo ella algo cortada— pues otro día.
—Sí, mejor otro día.
Mary Jo citó a Inmaculada en un modernísimo restaurante japonés decorado en tonos grises.
Las mesas estaban bastante separadas, iluminadas por centros de velas más apropiados para una velada romántica que para una cena de amigas, pero se podía charlar tranquilamente con un fondo musical de arpa combinado con el relajante sonido del agua que caía en una pequeña cascada cercana a su mesa.
—¿A qué se debe este lujo? —preguntó Inmaculada mientras ojeaban la carta.
—De vez en cuando hay que darse un capricho. No vamos a ir siempre a las mismas tabernas, hay que conocer sitios nuevos.
—Pues, mira, sí tenemos algo que celebrar. En mayo me caso.
—¿En serio? —preguntó Mary Jo con una gran sonrisa—. ¿Cuándo lo habéis decidido?
—Este verano. La boda es en Segovia, así que ya puedes ir reservándote vacaciones.
—¡Qué bien!, me encanta. —Se levantó y abrazó a su amiga—. ¡Felicidades! ¿Ya estás con los preparativos?
—Bueno, en realidad yo no hago casi nada.
—¿Tienes una wedding planner ?