CAPÍTULO DOS. SEPTIEMBRE DE 2006.
MARTES
Mary Jo la llamó en cuanto lo descubrió.
Los marcadores del análisis de sangre se disparaban en benzodiacepinas: Álvaro había tomado una dosis altísima de somníferos; no era de extrañar que se durmiera al volante.
Además, se confirmó que la muerte se había producido muchas horas antes del hallazgo del cuerpo, probablemente entre las once y las doce de la noche del domingo.
—¿Estás segura? —preguntó la jueza—. Es muy raro que alguien tome somníferos justo antes de conducir.
—No te hablo de tomar somníferos para dormir —precisó Mary Jo—. Viene a ser cinco veces más de lo que tomaría un adulto insomne para pasar la noche. Es imposible que lo hiciera sin darse cuenta. Es demasiado.
—Entonces, ¿crees que ha sido intencionado?
—Me temo que sí.
Inmaculada convocó inmediatamente a Julián, al fiscal y a Ramírez y casi no había terminado de contarles la conversación con la forense, cuando les interrumpió el teléfono.
El jefe de los técnicos que inspeccionaban el coche en el sótano aseguró que el conducto del líquido de frenos estaba cortado con un corte limpio. Probablemente con un cúter, añadió.
—Somníferos y frenos manipulados, blanco y en botella –—dijo el sargento.
—Debemos citar inmediatamente a Ana y a Mariola y empezar a reconstruir los movimientos de Álvaro del domingo ––dijo Inmaculada mientras intentaba digerir las novedades.
Todos se pusieron en marcha.
Ana, la prometida de Álvaro, llegó al juzgado en menos de una hora.
Inmaculada se conmovió al verla entrar en su despacho llorando con los ojos hinchados y despeinada.
Parecía que no hubiera dormido. «¡Pobre mujer!
» pensó Inmaculada, ahora que parecía que las cosas le iban bien después de todo el escándalo.
Julián, el secretario, ocupaba como era habitual un escritorio auxiliar para transcribir la declaración.
Ana se sentó en la silla de los testigos en actitud sumisa. Parecía muy cansada, casi ausente.
—Quiero decirle que lamento su pérdida —comenzó Inmaculada—. Siento tener que hacerle testificar en estas circunstancias.
—No, si ya me imaginaba que me iban a llamar —contestó Ana, asintiendo con la cabeza mientras se secaba la nariz y los ojos con un pañuelo de papel—. Supongo que es para identificar el cadáver.
—No, no se preocupe, eso ya está arreglado. Es por otra cosa. Verá, no sé muy bien cómo decirle esto: tenemos motivos para suponer que la muerte de Álvaro Muñoz Estrada no ha sido un accidente.
Ana dio un respingo en la silla y levantó los ojos, muy abiertos, hacia la jueza. El pañuelo se le cayó al suelo.
—¿Cómo dice?
—Creemos que fue una muerte provocada. Necesitamos saber todos sus movimientos del domingo pasado.
Ana rompió a llorar con grandes sollozos. Luego se tomó unos momentos para sacar un pañuelo nuevo de una carterita que guardó en su bolso tras cerrar meticulosamente la cremallera, como si contuviera algo de mucho valor. Cuando consiguió serenarse empezó a hablar.
—Lo vi por última vez el sábado por la noche.
Fuimos a cenar a Cádiz, a un restaurante precioso.
Luego me dejó en mi casa. Dijo que el domingo estaría ocupado porque tenía que ir a cenar con Mariola y los abogados para discutir algo del divorcio y quería estudiar antes el asunto.
Por lo visto, tenían que venir a firmarlo ayer aquí, en el juzgado.
Ya sabe que Mariola le estaba haciendo la vida imposible, estaba emperrada en quedarse con la fábrica.
Bueno, en realidad, quería quedarse con todo.
Inmaculada asintió, confirmando que estaba al tanto, y Ana continuó hablando.
—El domingo por la noche me llamó, pero no pude hablar con él…
—Un acceso de llanto interrumpió la frase.
Cuando se calmó un poco siguió hablando—: Pasé el día con mi amiga Sarah y su padre, que vive en un pueblo de aquí cerca, y me quedé sin batería.
Vi la llamada perdida en casa por la noche, pero era ya muy tarde para llamarle...
—Volvió a deshacerse en sollozos, como si el hecho de no haber atendido a esa llamada le causara un enorme dolor.
—¿Qué hora sería aproximadamente?
—Tarde, sobre la una o así. El lunes fui a trabajar a la peluquería suponiendo que me llamaría al salir del juzgado para contarme todo, pero empezaron los rumores de que había desaparecido y me puse muy nerviosa.
Le llamé un montón de veces al móvil, que estaba apagado, y a su casa.
Hasta que por la tarde…—Ana dejó de hablar.
Se tapó la cara con las dos manos y lloró sin contención durante un rato.
Inmaculada esperó a que se serenara y luego le preguntó:
—¿Le contó Álvaro dónde y con quién iba a cenar exactamente?
—Sí, en el balneario de Cardona. Él iba con su abogado, Juan Carlos; y Mariola, con los suyos: don César y su hijo David. Creo que también iba Cayetana, la gerente de la fábrica.
A Inmaculada le extrañó la presencia de la gerente en una reunión para discutir los detalles del divorcio. Tomó nota del dato y siguió con las preguntas.
—¿Comentó usted con alguien los planes de Álvaro?
—Sí, se lo conté a Sarah.
—¿Le dijo también donde era la cena?
—No, no sé. Creo que no.
—¿Notó algo raro la última vez que habló con Álvaro?
—No, señoría. Últimamente estaba muy preocupado por todo el lío del divorcio. El día a día de la fábrica también le daba algunos quebraderos de cabeza. Tuvo que viajar bastante y eso no le gustaba, ya sabe, por lo del asunto de los chinos.
—Perdone, pero no sé qué asunto es ese; si es tan amable de explicármelo...
—Bueno, yo tampoco lo sé muy bien, no crea.
Llevaban meses negociando con una empresa de China que va a construir una urbanización de lujo y Álvaro quería hacerse con el contrato para suministrar el material.
Por lo visto, los negociadores chinos son muy exigentes y todo el rato ponían pegas y pedían que les rebajara los precios.
Lo tenían mareado. Tuvo que viajar dos veces a Pekín y una a Nueva York.
—¿Álvaro tenía enemigos? ¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño?
—¿Está de guasa? Mariola lo odiaba con toda su alma.
—¿Sabe usted si le había amenazado o intentado agredirle alguna vez?
—Amenazarle físicamente, no, que yo sepa. Lo amenazaba con quitarle todo. Cuando se enteró de que íbamos a casarnos le cayó muy mal la noticia. Se puso hecha una furia y estuvo gritándole por el teléfono.
—¿Qué me puede decir del hermano de Álvaro?
—¿Gonzalo? No se hablaban. No es ningún secreto. Se marchó hace muchos años, cuando Álvaro se casó con Mariola, y no se han vuelto a ver.
—¿Sabe usted si Álvaro tenía testamento?
—No. Jamás se me ocurrió preguntárselo. Ya sé lo que dice la gente, que yo estaba con él por su dinero; pero le aseguro que a mí eso no me importa. Yo lo quería.
—No se ofenda. Entienda que tenemos que saber a quién podría beneficiar su muerte. Solo una última cuestión: ¿sabe usted si Álvaro tomaba somníferos habitualmente?
—Sí. Solía tomar una pastillita de orfidal por las noches. Decía que, si no, no podía dormir.
Antes de despedir a Ana, Inmaculada se acercó al escritorio auxiliar donde Julián transcribía la declaración y le pidió, en voz baja, que se asegurara de que Mariola no estuviera en la antesala; no estaban los ánimos como para que las dos mujeres tuvieran que encontrarse.
Tras comprobar que el pasillo estaba despejado, Julián acompañó a Ana a las escaleras y le indicó con delicadeza que al bajar tuviera cuidado con los peldaños rotos.
Mientras Julián preparaba las citaciones, la jueza comenzó a recopilar en un esquema los datos que conocía de la víctima.
Era un hombre de cuarenta y muchos años, de buena posición social y económica, tanto por su familia como por su propia empresa.
Querido y respetado socialmente. Inmerso en un complicado proceso de divorcio y, por lo visto, con perspectivas de una nueva boda con su amante, que ahora era su prometida.
Su único hermano se había marchado años atrás y no se hablaban.
Parecía que había motivos pasionales de sobra.
—¿Qué más habrá? —se preguntó. Si algo había aprendido con su primer caso era que no había que precipitarse con las suposiciones.
Llamó a Mary Jo para informarle de la manipulación de los frenos del coche.
—Sea quien sea, quería asegurarse del resultado. Usaría los somníferos para que no pudiera reaccionar cuando le fallaran los frenos. ¡Qué salvajada!
—Desde luego. Si ves en la autopsia alguna otra cosa rara, dímelo.
—Claro. Por cierto, hoy es martes, no te olvides.
—¡Es verdad! Con todo este lío se me había pasado.
—Los martes se sale pase lo que pase. Siempre va a haber asuntos graves: o lo cumplimos a rajatabla, o no salimos nunca.
En lo último que pensaba en ese momento Inmaculada era en salir a cenar, pero sabía que con Mary Jo no le valdría ninguna excusa.
—Tienes razón. Como tengo dos o tres declaraciones, igual llego un poco más tarde. Te llamo cuando salga, ¿vale?
—Perfecto —dijo Mary Jo, despidiéndose.
—Doña Inmaculada —dijo Ramírez, entrando en el despacho en cuanto la vio colgar—, ha llamado el hijo de don César.
Ya sabe, David, que, por lo visto, también es abogado de doña Mariola.
Dice que ella está bajo los efectos de los tranquilizantes por orden del médico y que hoy no puede testificar.
Le he exigido que lo justifique con un certificado y se ha cabreado muchísimo. Lo traerá esta tarde.
—De acuerdo —contestó ella—. La citaremos para mañana.
No vamos a andarnos con contemplaciones, aunque Mariola se piense que puede torearnos.
También tenemos que localizar al médico de Álvaro, hay que hablar con él cuanto antes.
¿Cree que entre todos esos primos que mencionó pueda haber alguno con el que Álvaro tuviera más confianza?
—No lo sé. Creo que se trataba con todos, pero confianza… Intentaré averiguarlo.