CAPÍTULO UNO. SEPTIEMBRE DE 2006. #3
Julián se había sentido cómodo desde primera hora de la mañana cuando se sentó en su escritorio, que mucho tiempo atrás había calzado con unos tacos de madera para adaptarlo a su altura.
El estrés postvacacional no iba con él. Le gustaba su trabajo.
No tanto la parte burocrática, que le aburría como a todo el mundo, sino ayudar a la gente a resolver sus problemas y, además, hacerlo bien.
Era un hombre tímido y poco dado a las confidencias.
Sabía que en el pueblo tenía fama de serio y, sin embargo, empatizaba con las personas que tenían que pasar por el juzgado, consciente de que para ellas era un trance difícil, ya fueran víctimas o acusados.
Se trataba simplemente de ponerse un poco en su lugar, no era tan complicado.
Tras suspenderse la vista del divorcio de Álvaro y Mariola, había dedicado la mañana a poner al día montones de expedientes pendientes por las vacaciones.
Al mediodía, harto de tanto papeleo, aunque satisfecho con los avances, pensó que era un buen momento para chatear con Peabody, con suerte la pillaría en el descanso del almuerzo.
Le agradó ver su rostro en la pantalla: los labios finos, el pelo rubio, corto, y una piel tan blanca que no admitía ni un rayo de sol.
No podía disimular su origen anglosajón.
Lo que más le gustaba eran sus ojos azules, muy claros.
Pensaba en secreto que con unos ojos así, casi transparentes, era imposible mentir —lo que le parecía una cualidad inmejorable para una novia— aunque, como sabía que era una tontería nunca se lo había dicho.
Comenzaron charlando de cosas intrascendentes: el viaje de vuelta, vía Málaga, con varias horas de espera en el aeropuerto; la reincorporación al trabajo; el tiempo cálido y soleado del sur de España, mucho más agradable que la lluvia incesante de Oxford...
Luego ella le contó los últimos avances de su caso y Julián la escuchó con interés.
Conocía hasta el más mínimo detalle de la investigación sobre el misterioso hacker que se hacía llamar Subrepticious, el delincuente favorito de la opinión pública.
Lo había seguido, paso a paso, durante su estancia en Oxford y lo sentía casi como propio.
La prensa, incluso, había llegado a bautizarlo «el hacker del pueblo», en alusión al sobrenombre de su adorada princesa.
Su gran hazaña consistía en que, tras burlar la seguridad del Jelly por su parte, los clientes, organizados en varias asociaciones, se negaban a devolverlo, ya que inicialmente la entidad lo había cobrado por error y, además, denunciaban la existencia de esos errores sistemáticos, que podían ser cualquier cosa menos «no intencionados».
La fiscalía había abierto diligencias y pedía ingenuamente al pirata informático que diera la cara y colaborara con la justicia para demostrar la mala fe del Jelly parecía un anuncio de cerveza. Todo happy.
¿Que si había pensado en su relación? No podía pensar en otra cosa.
Quería a Ellen Peabody. A decir verdad, la amaba desde que unos años antes coincidieron en un máster.
Era el tipo de mujer que siempre había deseado: brillante e ingeniosa.
Independiente y enamorada de su trabajo, como él.
Se sentía a gusto con ella, podían hablar de cualquier caso durante horas sin aburrirse.
Pero esa relación le exigía dejarlo todo.
¿Qué pintaba él en Oxford? Le preocupaba el trabajo, por supuesto, aunque nunca había indagado en serio sus opciones allí.
Pero, sobre todo, le preocupaba dejar su país y a su gente.
Ni siquiera su país, sino aquel pueblo que tan bien conocía.
No se sentía capaz de adaptarse a un clima oscuro, a un ritmo de vida mucho más rápido ni a una manera de pensar muy diferente a la suya.
En este último viaje se había agobiado tanto que había adelantado su vuelta; era lógico que ella estuviera ofendida.
Hasta ahora él nunca le había demostrado su negativa con tanta claridad, se conformaba con tener una relación intermitente y aplazar el momento de la decisión. ¿No comprendía que necesitaba tiempo?
Otra pregunta le rondaba, aunque no quisiera reconocerlo: ¿era esa la única razón?
La descartó con una especie de gruñido, como hacía cuando quería apartar algo de su cabeza, en especial algo ridículo.
Abrió en el ordenador la página de un foro de baloncesto al que era adicto.
Quizá el único punto débil de Peabody era que no sabía nada de básquet.