Segundas intenciones CAPÍTULO UNO. SEPTIEMBRE DE 2006. #2
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CAPÍTULO UNO. SEPTIEMBRE DE 2006. #2

Inmaculada había sentido algo de lástima por Mariola al comienzo del proceso, sobre todo, por el revuelo que armó la noticia del divorcio.

La veía como una belleza malcriada que no sabía disimular el desdén que sentía hacia el resto de sus congéneres menos afortunados; pero, aún así, no merecía la humillación pública de que su marido la abandonara al enamorarse de otra mujer que también vivía en aquel pueblo.

Según fueron avanzando en las negociaciones, la lástima se convirtió en desesperación al ver que sus pretensiones, o más bien exigencias, eran cada vez más desproporcionadas e iban aumentando a medida que Álvaro cedía para zanjar el asunto cuanto antes.

Y cuando parecía que iban a alcanzar un acuerdo, ella se descolgaba con una nueva condición.

Inmaculada veía claro que estaba llena de odio: quería vengarse arruinando a su exmarido.

Y, en su obcecación, no se daba cuenta de que la ruina de él arrastraría la suya, ya que las cifras que exigía no podían cubrirse solo con la venta de los bienes comunes: era preciso que la fábrica siguiera en marcha arrojando beneficios.

Y, precisamente, ese era el objetivo de Mariola en la vista de aquella mañana: pretendía incluir en su lote el  cincuenta y uno por ciento de las acciones de la empresa y asumir el control.

Inmaculada estaba segura de que, si dejaban la fábrica en manos de aquella mujer, quebraría en unos meses.

Esperaron casi quince minutos, que César amenizó con su charla, hasta que llegó el abogado de Álvaro, Juan Carlos Ferrer García-Coronas, uno de los pesos pesados de un importante bufete con sede en Sevilla.

Alto, muy delgado, con el rostro anguloso y el pelo completamente blanco, todos y cada uno de sus gestos denotaban seriedad, autocontrol y el estatus que todo el mundo, incluido él, concedía a su persona.

A pesar de todo, en aquel momento no podía disimular su nerviosismo.

Explicó a la jueza que se había citado con su cliente en la fábrica hacía más de una hora y, al no presentarse ni contestar a sus llamadas, lo había ido a buscar a su casa, pero tampoco estaba allí.

Había llamado al timbre un montón de veces sin respuesta.

—Ese hijo de la gran pe es capaz de haberse largado para dejarme sin nada —comentó agriamente Mariola—. Propongo que interroguen a la peluquera; seguro que ella tiene noticias de su paradero.

—Vamos a calmarnos todos. Esta comparecencia es voluntaria y no presentarse no es ningún delito —contestó la jueza. Luego se quedó un momento pensativa y añadió—: Pero sí, es extraño. Ordenaré a la Guardia Civil que lo localice,  extraoficialmente. La vista queda aplazada de momento.

Salieron todos del despacho e Inmaculada no tardó en llamar al sargento Ramírez.

Entre los dos pusieron en marcha con discreción las medidas habituales en los casos de desaparición: enviaron agentes a las direcciones de Álvaro para comprobar si era cierto lo que había dicho el abogado y contactaron con la Policía de tráfico y los hospitales más cercanos.

En ese juzgado tan pequeño y con los recortes de personal —por más que reclamaban y casi rogaban al ministerio que cubriera las vacantes de los administrativos— estaban habituados a colaborar en lo que fuera necesario sin cuestionarse si era o no de su competencia.

El secretario transcribía las declaraciones, la jueza dirigía la instrucción, practicaba pruebas, pasaba horas investigando junto a la Guardia Civil y, sobre todo, Ramírez y su hijo estaban ahí siempre dispuestos a echar una mano.

Igual que el fiscal, a pesar de que no daba abasto yendo y viniendo de un juzgado a otro porque tenía varios que atender.

Sabían que, o actuaban así, o las cosas se quedaban sin hacer.

Fue casi a última hora de la tarde cuando conocieron la noticia.

El coche de Álvaro apareció junto al pantano, en un barranco bastante apartado que no era visible desde la carretera.

Un hombre que paseaba con sus perros alertó al cuartel.

El vehículo estaba destrozado y, en el asiento del conductor, Álvaro aprisionado entre el techo y el motor en una postura imposible.

El levantamiento del cadáver les ocupó las siguientes horas.

Aquella zona abrupta de la ladera del pantano se convirtió en un enjambre de agentes, técnicos, sanitarios y bomberos que iban y venían, colaborando con el ánimo de «todos a una» que suele observarse en las catástrofes.

La jueza bajó como pudo por el terraplén, agarrándose a las ramas más bajas de un eucalipto.

Al borde de la carretera se iban acumulando los coches de los curiosos que aparcaban y se asomaban a ver qué sucedía.

Mientras los técnicos de la unidad científica fotografiaban y tomaban muestras, los sanitarios, ayudados por varios agentes de la Guardia Civil, sacaban el cuerpo de Álvaro cortando la puerta del coche con una radial.

Inmaculada inspeccionó la zona acompañada de Julián y Ramírez, quien a la vez dirigía a sus hombres con eficacia para despejar la carretera.

Volvieron a subir y estuvieron un buen rato tratando de determinar la trayectoria del accidente, pero no pudieron descubrir en qué punto se había salido de la carretera,  ya que en ninguna de las curvas más cercanas había ninguna señal de siniestro.

—Doña Inmaculada —dijo Ramírez—, en estas curvas no ha podido ser, los quitamiedos están intactos: o ha sido más lejos, con una caída muy rara, o se ha salido en la recta.

—Pero eso también es muy raro. Álvaro tenía que conocer perfectamente esta carretera —contestó ella, pensativa.

—A no ser que se durmiera —dijo Julián— o que estuviera bebido.

—Tendremos que esperar a la autopsia y al informe de la científica, además con esta luz ya no se ve nada —dijo ella y dirigiéndose a Ramírez, añadió—: por si acaso, el coche queda bajo custodia.

Mary Jo, la forense, se acercó a ellos quitándose los guantes y la mascarilla tras haber examinado el cuerpo.

Inmaculada la saludó con dos besos en las mejillas mientras observaba con aprensión cómo un sanitario cerraba la cremallera de la funda gris que envolvía el cadáver de Álvaro para trasladarlo al Instituto de Medicina Legal.

—¿Qué opinas? —le preguntó la jueza. Tenía confianza con la forense, una mujer joven y medio norteamericana que conocía su oficio a la perfección. Habían congeniado trabajando juntas y solían verse con frecuencia fuera del juzgado.

—Lleva muerto muchas horas, puede que sucediera ayer por la noche. El cuerpo está destrozado, ya lo has visto. Lo normal en los accidentes de tráfico: no deja de sorprender la fragilidad de un cuerpo frente a la fuerza de un impacto así.

—Hemos estado examinando la carretera y no hemos localizado ninguna curva por donde se pueda haber salido. Quizá fuera borracho o se durmió.

—Es posible. Veremos qué dicen los análisis.

Una vez que la zona hubo quedado acordonada, Inmaculada se dirigió al Juzgado para redactar el auto, sabiendo que terminaría tarde y que le quedaba lo peor: comunicárselo a la familia.

—¿Quiénes son los parientes más cercanos? —preguntó a Ramírez y Julián, ya en su despacho.

—En realidad, las más cercanas son Ana y Mariola —contestó Ramírez—. Aunque stricto sensu ninguna de las dos son parientes.

—Ya, novia y exmujer. ¿No hay padres ni hermanos?

—Hay un hermano, pero se pelearon hace muchos años. Se marchó y no volvió a dar señales de vida. No se trataban —contestó Ramírez.

—¿Se pelearon? —preguntó ella.

—Sí. Ya le digo que fue hace muchos años.

Gonzalo es el mayor, pero era un bala perdida.

Les dio a los padres muchísimo tormento, no sabían qué hacer con él.

Todo lo contrario que don Álvaro, que siempre fue responsable y trabajador, desde chaval.

Aunque en la pelea llevaba razón Gonzalo: don Álvaro le quitó la novia y eso, la verdad sea dicha, entre hermanos no está bonito.

—¿Mariola? —preguntó ella sorprendida.

—Sí —aseveró Ramírez. Su elocuente gesto mientras asentía con la cabeza, levantando las cejas y ocultando los labios bajo el bigote, daba a entender lo paradójico de su afirmación.

—¿Algún pariente más?

—Solo un tío muy mayor, hermano de su madre, que vive en la residencia de Cardona. Y bastantes primos, por lo menos diez o doce —contestó Ramírez—. Seguro que ya están enterados.

—Es lo más probable, pero tenemos que hacer las cosas bien. Además, necesitamos una identificación oficial. Creo que podemos ahorrarles el trago a Mariola y a Ana. Que venga alguno de los primos.

—Yo me encargo —dijo Ramírez, abandonando el despacho.

Julián también salió. Inmaculada, a solas, se sintió desolada e impotente.

La imagen del cuerpo destrozado de Álvaro se colaba entre sus pensamientos una y otra vez.

Le pareció que sentía hasta frío, estaba destemplada.

Se preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse y conseguiría no sentir tanta aprensión ante las muertes violentas.

Era parte de su trabajo y tenía que aprender a sobreponerse; al fin y al cabo, esto había sido un accidente de tráfico.

Pero algo en su interior le recordaba demasiado a la noche en la que, unos meses atrás, se había enfrentado a su primer caso de asesinato. Sintió vértigo solo de pensarlo. El hecho de que aquel se hubiera resuelto con éxito no sirvió para reconfortarla.

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