Segundas intenciones CAPÍTULO UNO. SEPTIEMBRE DE 2006.
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Segundas intenciones

Segundas intenciones

Por Almudena Fernandez Ostolaza

© inepub.com

CAPÍTULO UNO. SEPTIEMBRE DE 2006.

LUNES

«El papel de las invitaciones, ¿vainilla o blanco roto? ¿Qué opinas?».

Inmaculada Alday opinaba que le daba exactamente lo mismo, que no eran horas para andar enviando mensajitos, y que no soportaba a su futura suegra ni sus preguntas y más preguntas sobre cada insignificante detalle de la boda.

Bastante tenía ella que hacer como para perder el tiempo con esas majaderías que a Mariví le parecían tan importantes.

Pero ¡si todavía faltaban más de ocho meses!

Le horrorizaba imaginarse el sarao que estaba organizando: en el último recuento había trescientos invitados.

Aun así, no le quedaba más remedio que agradecerle su esfuerzo.

Luis era incapaz de ocuparse de nada que sucediera fuera de las paredes de su Audiencia Provincial, y ella tampoco podía hacer mucho desde el pueblecito de Cádiz donde estaba destinada como jueza, dado que la boda se iba a celebrar en Segovia.

En eso Mariví no daba su brazo a torcer: seguir la tradición era mucho más importante que cualquier aspecto práctico y tenían que casarse en el lugar de nacimiento de la novia.

Guardó el móvil en el bolso, comprobó que llevaba también las llaves y la cartera, salió y cerró la puerta.

Pensó que consultaría más tarde en Internet lo de los colores y se olvidó del asunto al mismo tiempo que recordaba la vista señalada para esa mañana: una revisión de la liquidación de gananciales por el divorcio de Álvaro y Mariola.

El asunto que al principio parecía sencillo —sin hijos, de mutuo acuerdo— se había ido enconando por el reparto de los bienes, hasta alcanzar el nivel de auténtica pesadilla.

Además, en los últimos meses en el pueblo no se hablaba de otra cosa: ella pertenecía a la familia aristocrática de la localidad y él era uno de los hombres más influyentes, dueño de una fábrica de materiales de construcción que daba empleo a la mitad de los habitantes de aquel pueblo y buena parte de los alrededores.

Todo el mundo se creía con derecho a opinar y había, como siempre, dos bandos.

Por un lado, estaban los partidarios de Mariola, que la consideraban víctima de una humillación inaceptable «porque una cosa es que un hombre tenga una querida y otra, muy distinta, que abandone a su mujer para largarse con ella».

Y en el lado opuesto, los defensores de Álvaro —o, más bien, detractores de Mariola— que mantenían que esa mujer siempre había mirado a todo el mundo por encima del hombro, incluido su marido, y no les extrañaba que al final él hubiera terminado por hartarse.

Era su sino, solían decir como conclusión.

La que salía mal parada en cualquiera de las dos versiones era Ana, amante de Álvaro, a la que no se concedía más papel que el de haberle embaucado para aprovecharse de su fortuna.

Inmaculada salió del portal deseando que, aunque no avanzaran mucho aquella mañana, por lo menos evitaran los insultos y fuera una vista civilizada.

Comenzó a caminar hacia el juzgado. Desde su casa era un paseo agradable con una cuesta no muy empinada —lo que era una suerte, ya que en todo el término municipal no había ni una sola calle llana—.

Mientras subía despacio veía asomar de tanto en tanto, entre las casas encaladas, el pantano que rodeaba el pueblo casi por completo.

Le gustaba el pantano. Cuando alguna vez volvía en coche por la noche tenía la sensación de llegar a una isla.

Y no solo por el paisaje; para ella aquel pueblo era un lugar muy especial.

Aunque llevara viviendo allí ya casi un año, todavía se sorprendía del estilo de vida tan diferente al del norte.

Frente al frío y la austeridad de su tierra, allí todo era exceso de sol y sociabilidad.

Se sentía tan a gusto que incluso había fantaseado con comprar una casita con patio o, mejor aún, con vistas al mar en algún pueblo playero cercano.

Pero, en el fondo, solo eran ensoñaciones; desde que llegó sabía que sería un destino temporal y, con la boda a la vista, no iba a tardar en volver a casa.

El juzgado era un enorme edificio de piedra en estado ruinoso situado en la plaza junto al ayuntamiento, justo enfrente de la iglesia.

Entró y se entretuvo saludando a los agentes en la primera planta.

El ritmo en esos primeros días de septiembre era pausado.

Aunque el calor era todavía sofocante, después de las vacaciones todo el mundo parecía predispuesto a no estresarse.

Allí estaba el sargento Ramírez, responsable del cuartel de la Guardia Civil.

Un hombre con experiencia, sensato y algo adicto al trabajo, de quien Inmaculada había recelado al principio por la costumbre de contarle todo tipo de chismes y cotilleos sin filtro alguno; pero enseguida se había ganado con creces la confianza de la jueza.

Ella, que al principio temía que la tratara como a una chiquilla porque por edad podía ser su hija, tuvo que reconocer sus propios prejuicios: el sargento tendría las ideas que tuviese, pero jamás había demostrado el más mínimo reparo en acatar sus órdenes, consciente de su función como Policía Judicial.

También, estaba el hijo del sargento: un agente jovencísimo, flaco y desgarbado, fanático de la informática y tan responsable, a pesar de su juventud, que a Inmaculada le enternecía.

Los guardias Paco y Ángel, que iban siempre juntos a todas partes haciendo honor a las costumbres de la Benemérita, y algunos otros, destinados provisionalmente, a los que la jueza conocía menos.

Tras el intercambio de lamentaciones típicas de los lunes —tampoco aquella semana les había tocado la quiniela conjunta — subió a su despacho en el segundo piso.

Tres peldaños tenían las baldosas partidas y alguien había puesto una especie de protección con cinta de precinto de la Guardia Civil.

Bordeó con cuidado los escalones rotos. El edificio del juzgado era tan viejo y destartalado que se caía en pedazos, pero ella ya se había acostumbrado.

En su despacho encontró inesperadamente a Julián, el secretario, que ordenaba unos expedientes sobre su mesa.

—¡Qué sorpresa tan agradable! —dijo, poniéndose de puntillas para saludarle con dos besos en las mejillas, ya que el hombre le sacaba más de una cabeza—. ¿No tenías que incorporarte la semana que viene?

—Sí, en realidad, ese era el plan —contestó él con una sonrisa— pero en Oxford no paraba de llover y cuando terminó el curso pensé que no tenía mucho sentido quedarme haciendo turismo. Echaba de menos el sol de justicia.

—Pues eres el único en este juzgado que no ha vuelto moreno de las vacaciones —dijo, comparando el color tostado de su antebrazo con la palidez del de Julián—.

Bueno, espero que por lo menos haya merecido la pena.

Cuando tengamos tiempo me tienes que contar todo.

¿Has podido ver a tus amigos de la época del máster?

—Aparentando indiferencia mientras se centraba en encender el ordenador, añadió—: ¿Qué tal la inspectora Peabody?

—Bien, bien —contestó él evasivo, bajando la vista incómodo—. Liadísima con lo de «Subrepticious».

—¿No me digas que lo lleva ella?

—No está al mando, pero han organizado una unidad especial y es una de las analistas. ¿Y tus vacaciones?

Esta vez fue Inmaculada la que no quiso extenderse en explicaciones.

Se limitó a contarle que había hecho un tiempo excelente, en contra de los pronósticos para el Cantábrico, mientras jugueteaba, sin darse cuenta, girando en su muñeca la pulsera de pedida.

No sabía muy bien porqué, pero empezaba a sentir cierta incómoda sensación de deslealtad por no mencionar que durante las vacaciones había fijado con su novio la fecha de la boda para el próximo mes de mayo, cuando un agente les interrumpió para avisarles de que había llegado Mariola con su abogado.

El abogado César Martín Fernández entró en el despacho acompañando a su cliente.

Era un hombre tranquilo y extrovertido que había superado hacía tiempo la edad de jubilación.

Se sentía a sus anchas en el juzgado y saludó con familiaridad al secretario y a la jueza.

Acercó con cortesía una silla a Mariola y él ocupó otra a su lado.

Mientras esperaban a que llegara la otra parte, contó una anécdota, asegurando que era verídica, sobre una encuesta realizada en los años sesenta en la que el Ministerio de Justicia había pedido al Ayuntamiento que informara sobre las personas jurídicas existentes en el pueblo y alguien había contestado por carta:

«Este pueblo es pequeño. Las únicas personas jurídicas son el juez y el que suscribe».

Todos se rieron, incluida Inmaculada, aunque se sentía algo incómoda por el tono tan poco formal del abogado justo antes de la vista y empezó a ojear el correo electrónico para desviar su atención.

En cualquier caso, el abogado le caía bien y lo cierto era que, hasta que llegara Álvaro, lo único que podían hacer era esperar.

Mariola tampoco se integró en la conversación.

Adoptando su pose habitual, permanecía muy erguida en la silla, abducida por la pantalla de su móvil.

Levantaba la vista, de vez en cuando, para mirar a su alrededor demostrando fastidio e impaciencia.

El estrés del proceso no parecía haber hecho mella en su aspecto: iba impecablemente vestida, peinada, maquillada y perfumada, como recién salida de un anuncio.

La jueza siempre se sentía desaliñada a su lado, aunque estrenara su mejor traje.