Seducida por la Bratva (Reinas con Curvas de la Bratva) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

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MARY

Dora pasó junto a mí en los ascensores con las llaves entre los dientes, y Luca Varela aguardaba en el umbral de su despacho con mi nueva tarjeta bancaria entre dos dedos.

—Mary Corinne Warren. Tu firma pasó la verificación, Mary Corinne Warren. Esta es la tarjeta que por fin mandaron.

—Lo has dicho dos veces.

Tenía la mano tendida esperando, y él no parecía tener prisa.

—El banco recibió tres firmas la semana pasada. Y esta noche me toca ver esa cara.

Le dio la vuelta a la tarjeta y estudió el dorso en blanco.

—Es un buen nombre. Tiene un segundo nombre de más, como una buena frase.

Me la puso en la mano. Iba sin chaqueta, con las mangas remangadas, tinta en el costado del dedo corazón.

Alguien había abierto esa cuenta para mí en una habitación en la que nunca había estado. La planta catorce olía a tóner caliente y aceite de limón, y un ascensor repicó en el hueco llevándose al último de los asociados.

—Quiero la documentación de los pagarés de Danny. Nicolas dijo que la conseguiría. Eso fue hace dos días.

Luca se sentó en el borde del escritorio y no me concedió ni una pausa.

—No puedo sacar documentos de la caja. Es su edificio, su planta, sus cajeros. Sigue pidiéndoselo y no bajes la voz.

—Entonces, ¿quién puede?

—Nicolas, y nadie en esta ciudad puede meterle prisa.

Volvió las manos con las palmas hacia arriba.

—Eso ya lo sabías antes de subir al ascensor.

—Eso no es una respuesta, es un...

—Es toda la respuesta —dijo Luca por encima de mí, y lo dejé, cosa que nunca hago—. Mi hermano te dijo que lo conseguiría y no lo ha hecho. No voy a quedarme aquí plantado diciéndote que el correo va lento. Decirte eso me cuesta una conversación con él que habría pagado por evitar.

Nicolas había dicho que lo conseguiría, y en esta familia eso debería ser punto final. Miré el Rothko en la pared norte en vez de a Luca. A las seis de la tarde, el rojo parecía el interior de una boca.

—Podrías haber dicho eso por teléfono.

Me froté las palmas en la cadera, que es lo que hago cuando no llevo delantal.

—Podría. Pero entonces no habría podido verte decidir si ser grosera conmigo.

—Ese traje es un crimen y alguien debería ir a juicio.

—Es napolitano y costó más que tu horno, y voy a darle vueltas a lo que acabas de decir durante una semana.

Parecía encantado, como siempre que pierde, y eso es lo más peligroso de él.

—Repite la parte del juicio.

—No.

—Por favor.

Había cruzado la ciudad en doce minutos, furiosa por una deuda que nunca fue mía, y ahora estaba en su puerta riéndome de él con la tarjeta reblandeciéndose en el puño.

Se bajó del escritorio, pasó junto a mí hacia la puerta y se quedó allí con la mano en el pomo.

—Voy a cerrar con llave. Puedes irte cuando quieras, y preferiría que no lo hicieras.

El pulso me subió a la garganta antes de haber decidido nada. El cerrojo resonó en la planta vacía. Dejé la tarjeta sobre el aparador junto a su agenda para que mis manos quedaran vacías.

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La ventana oeste de Luca había ofrecido vistas toda la tarde y estaba dejando de hacerlo. La luz se fue por etapas y el cristal empezó a devolver la habitación, y yo fui apareciendo en él poco a poco. Primero mi silueta. Luego el vestido. Luego mi cara.

—Quédate ahí. Mira la ventana, no a mí. Voy a decirte lo que veo en ella.

Cruzó la alfombra y se detuvo detrás de mí sin tocarme. Lo bastante cerca para que me llegara la bergamota y ese olor a oficina fría que habita en sus camisas.

—Luca...

—Hombros. Pecas en lo alto de los hombros y en la nariz, y llevo contándolas mal desde el día que firmaste.

Mis manos buscaban el dobladillo de un delantal. No había nada que agarrar.

—Estás...

—Silencio. La parte de atrás de tus brazos. Lo ancha que eres de hombros, que fue lo primero que vi de ti y es en lo que pienso en reuniones a las que me pagan por asistir.

Encontró la cremallera en mi espalda y la bajó hasta el final de la columna. El vestido resbaló de mis caderas hasta la alfombra, y él siguió hablando mientras caía.

—Dios, eres preciosa. Quiero que quede constancia y quiero que se diga despacio.

Lo dijo mirándome a la cara en el cristal, sin apresurarse ni una sílaba.

El cierre se soltó. Nombró mis pechos antes de que el sujetador tocara el suelo, su peso y cómo caen y mis pezones endureciéndose en una habitación que él mantiene demasiado fría para cualquier ser humano. Su pulgar pasó sobre la quemadura de mi antebrazo izquierdo sin detenerse ni preguntar.

—Pezones. Voy a tener el pezón izquierdo en la boca antes de que acabe la hora, y el derecho después, y te lo digo ahora para que no te pille de sorpresa.

—Tu vientre.

Mis manos subieron a cubrirme el abdomen sin que yo las mandara, y las vi hacerlo en el cristal.

—Tu vientre otra vez, porque no te gustó la primera vez.

Tus caderas. Tu culo, del que tengo opinión formada desde el ascensor.

Tus muslos, y voy a ponerte la boca en el coño sobre ese escritorio, y quería que lo supieras antes de tocarte.

Tu coño. Te estremeces con esa palabra y pienso quitarte el estremecimiento.

—Y tu peso. He pensado en tu peso en salas donde me pagaban por pensar en otras cosas.

Se detuvo. Mis ojos habían bajado a la alfombra en cuanto dijo vientre y se habían quedado allí.

—Mírate. Mira eso por lo que llevas disculpándote desde que llegaste.

—No estoy—

—Entonces sostenme la mirada. No diré ni una palabra más hasta que lo hagas.

El cristal era bronce en los bordes y se volvía negro en el centro. Alcé la mirada hacia él y la sostuve.

—Ahí está.

Grant Halloway se coló en mi cabeza sin ser invitado, abrochándose la camisa de espaldas a mí en una habitación alquilada cerca de Bird Road. Dijo codiciosa. Se lo dijo al espejo, no a mí, y después preguntó si quería algo de la cocina.

He cargado con esa palabra como con las llaves de un lugar donde nunca he vivido.

La mano de Luca bajó plana sobre mi vientre y se abrió.

—Abundancia. Esa es la palabra. Dila.

—Abundancia.

Lo dije a la alfombra. Él esperó.

—Otra vez. A la ventana esta vez, no al suelo.

—Abundancia.

Su otra mano se deslizó entre mis muslos desde atrás, los nudillos rozando mi coño, y me abrí para él antes de haber aceptado nada.

—Estás tan mojada que puedo oírlo, y quiero que sepas que es lo mejor que me ha pasado en todo el año.

Estaba sonriendo. Eso también podía oírlo.

Dos dedos en mi coño, su pulgar en mi clítoris, su boca en mi nuca, su polla dura contra mi culo a través de la lana. No dejó de describirme ante la ventana ni un solo segundo.

—Ese es tu clítoris y esta es mi mano y ese es tu coño intentando retener mis dedos, y quiero que conste en acta que no pedí nada de esto y lo obtuve todo.

—Todavía debo dos millones cuatrocientos mil dólares y tú me estás hablando de mis muslos.

Se rio contra mi cuello. Sus dedos se hundieron más en mi coño y se quedaron allí.

—El contrato no dice ni una palabra sobre esta habitación. Mía esta noche. El dinero puede esperar hasta el jueves.

Su otra mano subió y encontró un pezón y lo rodó entre los dedos, luego el otro.

Su pulgar presionó plano sobre mi clítoris y se quedó ahí, y mi coño se cerró sobre sus dedos, y me corrí de pie con las palmas en el cristal frío y mi aliento empañando un trozo de la ciudad.

Habría firmado ese contrato otra vez solo por esto. No lo dije.

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Luca me dio la vuelta en su propia oficina cerrada y me agarró por debajo. Me sentó en el borde quemado del escritorio, me abrió las rodillas de par en par y se quedó mirando mi coño antes de decir nada. Su polla seguía atrapada en ese traje napolitano.

—Agárrate al escritorio y deja de ser educada. Quiero oírlo todo.

El borde del escritorio estaba caliente donde yo había estado sentada.

Entonces su boca estaba en mi coño con las manos abiertas bajo mi culo, su lengua en mi clítoris, y me hablaba contra la piel mientras lo hacía. Dijo perfecta. Dijo abundancia dentro de mí, para que me subiera por la columna en lugar de entrarme por los oídos.

Había una frase que llevaba guardándome sobre el papel y Danny y para qué había venido, y se esfumó. No se fue en silencio. Se llevó mi clítoris a la boca y mi talón encontró su hombro y mi mano encontró su pelo.

Dijo algo más contra mi coño y también perdí casi todo.

—Perfecta. Tus muslos son perfectos y voy a ser insoportable con esto el resto de mi vida.

—No puedo—

—Puedes. Mira la ventana mientras lo haces.

Me corrí en su boca con su lengua todavía en mi clítoris, el borde quemado del escritorio marcándose en mis muslos, sin tener ni idea de cómo sonaba.

Se abrió el cinturón y se sacó la polla, y le clavé los talones en la parte baja de la espalda y lo metí en mí antes de que terminara la frase. No la terminó. Empezó otra.

—Esa es mi polla y ese es tu coño, y me gustaría que constara en acta cuál de los dos está teniendo la mejor velada.

No paró en ningún momento. Mis tetas en sus manos, mis pezones entre sus dedos, su pulgar de vuelta en mi clítoris, lo que mi coño le estaba haciendo a su polla y lo que pensaba hacer con eso, y mi nombre en medio de todo, con sus tres partes, como había empezado.

Luego me dijo lo que iba a hacer antes de hacerlo. Sacó la polla de mi coño y se corrió sobre mi vientre, y después dijo gracias como quien sale de un buen restaurante.

Me habían comprado. Estaba sobre un escritorio en una oficina cerrada y había dejado de esperar sentirme mal por ello.

La lluvia golpeó entonces contra el cristal negro y no hizo nada por aliviar el calor.

Me sentó en su silla con su chaqueta encima y colgó mi vestido en el reposabrazos.

Sirvió lo que quedaba en la taza de espresso, frío desde las cuatro, y me lo bebí de todos modos porque me lo dio.

Cuando abrí los ojos, él estaba en el borde del escritorio otra vez, con la camisa abierta y el pelo revuelto.

—Ahí está.

—No empieces.

Mi voz sonó como la de alguien que hubiera estado dormida.

—Voy a empezar. Empezaré cada vez que te mire, y te acostumbrarás o no.

Lo decía en serio, que es el problema con él.

Me miré bajo su chaqueta: mi vientre y mis muslos y mis pezones todavía erectos en su aire frío, y el brillo que su boca había dejado en mí. La frase que he dicho sobre mi propio cuerpo toda mi vida no apareció. No ha vuelto desde entonces.

Se agachó frente a la silla y me puso la taza en una mano y la tarjeta bancaria en la otra.

—Hay una fiesta el jueves por la noche. Ponte algo que te quede bien, deja que los trescientos te miren, y luego vuelve a casa y dime que lo hicieron.