Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El aterrizaje en el aeropuerto de Teterboro fue impecable, pero el ambiente dentro de la cabina del jet privado era de una calma tensa.

Susan Thorne observaba el perfil de Manhattan recortado contra un cielo de color cobalto mientras terminaba de abrocharse los puños de su blusa de seda blanca.

A su lado, Jasper revisaba unas notas en su iPad, todavía con ese brillo de victoria en los ojos que no se le había borrado desde la cena en el Castillo de la Muette.

—París ha sido un sueño, Susan —dijo Jasper, dejando el dispositivo a un lado y tomando la mano de ella—. Pero echo de menos el ruido de mi cocina y el desorden del Village.

—Disfruta de la paz mientras dure, Vane —respondió ella, aunque le devolvió la presión en la mano—.

Nueva York nos está esperando con los colmillos afilados.

Jean-Luc ha hecho oficial el acuerdo y las acciones de Thorne quería destruir la única cosa real que Jasper había encontrado en su vida.

***

Mientras tanto, a kilómetros de allí, Susan estaba en su oficina, contemplando la ciudad que empezaba a iluminarse.

La puerta se abrió sin que Margot la anunciara.

No era Jasper. Era una mujer de unos sesenta años, impecablemente vestida con un traje de Chanel gris y una mirada que contenía la sabiduría y la crueldad de mil batallas sociales: Victoria Hearst, la dueña del imperio editorial que albergaba su oficina.

—Victoria —dijo Susan, sin girarse—. Supongo que vienes a pedir mi renuncia en una bandeja de plata.

—No seas melodramática, Susan —respondió Victoria, sentándose y cruzando sus piernas delgadas—.

He visto escándalos mucho peores acabar en bodas reales.

Pero esas fotos... esas fotos son un problema de marca.

Te hacen parecer humana, y la humanidad es difícil de vender a diez mil dólares el vestido.

—¿Y qué propones? —Susan se giró, enfrentándose a la mujer que la había ayudado a subir a la cima.

—Una exclusiva. Pero no con el Page Six.

Un reportaje de veinte páginas en Harper’s Bazaar.

"Susan Thorne: El Amor y el Imperio". Vamos a convertir tu romance con ese cocinero en una epopeya de poder.

Pero hay una condición, Susan. Tienes que anunciar un compromiso.

Un anillo en esa mano calmaría a los accionistas más que mil informes de ventas.

Susan sintió un escalofrío. ¿Un compromiso? ¿Convertir lo que sentía por Jasper en una maniobra de marketing para salvar sus acciones?

—Él no es una herramienta de relaciones públicas, Victoria —dijo Susan, su voz vibrando con una emoción que la sorprendió incluso a ella.

—En este edificio, todos somos herramientas, querida. Tú decides si quieres ser la que corta o la que es cortada.

Jasper entró en el despacho de Susan con la furia todavía vibrando en sus manos. Al ver a Victoria Hearst salir de la estancia con esa sonrisa de satisfacción gélida, supo que el aire estaba envenenado por algo más que el escándalo de las fotos.

—Julian —fue lo único que dijo Jasper, acercándose al escritorio de Susan.

Sus nudillos estaban enrojecidos y su chaqueta de cuero olía al frío de Queens—.

Él pagó al fotógrafo. Usó a Elena como una pieza de ajedrez para poder invocar una cláusula de moralidad en tu contra.

Quería que el consejo te viera como una mujer "fuera de control".

Susan no se movió. Seguía sentada tras su escritorio de cristal, con el USB de París entre sus dedos, jugueteando con él como si fuera un amuleto.

—Lo sé —respondió ella con una voz que sonaba a metal frío—. Julian no sabe cuándo detenerse. Pero Victoria acaba de darme la solución. O al menos, la solución que el mundo de los negocios espera de nosotros.

Jasper frunció el ceño, apoyando las manos sobre la mesa y asomándose al espacio personal de Susan.

—¿Qué solución? ¿Más abogados? ¿Más comunicados de prensa?

—Un compromiso, Jasper —Susan levantó la vista, y por primera vez en todo el día, sus ojos mostraron una grieta de duda—.

Victoria quiere que anunciemos que nos vamos a casar.

Un reportaje de veinte páginas, una exclusiva mundial, el anillo perfecto...

Convertir nuestro "romance escandaloso" en una alianza de poder institucional.

Dice que es la única forma de callar a los accionistas y salvar la expansión de París.

Jasper se quedó inmóvil. El silencio en el despacho se volvió asfixiante. El hombre que había crecido entre fogones y caos, el que odiaba las etiquetas y las reglas, miraba a la mujer que había hecho del control su religión.

—¿Un compromiso de marketing? —preguntó Jasper, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿Quieres que usemos lo que pasó en esa habitación del Crillon para vender más vestidos y abrir más restaurantes? ¿Quieres que firmemos un contrato sobre lo que sentimos?

—Es la única forma de que Julian pierda su base legal —replicó Susan, aunque su voz no tenía la firmeza habitual—. Si estamos "comprometidos", las fotos dejan de ser un escándalo de una noche para ser la imagen de una pareja estable de éxito. El consejo retirará la cláusula.

Jasper se enderezó, apartándose de ella. Caminó hacia el ventanal, mirando las luces de Nueva York.

—Tú siempre piensas en términos de ataques y defensas, Susan. Pero yo no soy una de tus telas. No soy un accesorio para tu marca.

—¡Estoy intentando salvarnos! —estalló ella, poniéndose de pie—. ¡Estoy intentando salvar lo que hemos construido!

Jasper se giró, con una mirada que la dejó sin aliento.

—Si la única forma de salvarnos es mentirle al mundo para que nos dejen en paz, entonces ya hemos perdido, Susan. Porque yo no quiero un anillo que sirva de escudo para tus accionistas. Yo quería... —hizo una pausa, tragándose las palabras— yo quería que esto fuera real.

Jasper salió del despacho sin mirar atrás, dejando a Susan sola en la inmensidad de su imperio de cristal.

Ella se dejó caer en su silla, mirando el USB y el teléfono que no dejaba de vibrar con mensajes de Victoria Hearst. Había ganado la batalla contra el escándalo, pero por primera vez, sentía que la victoria sabía a cenizas.