Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

El Castillo de la Muette, a las afueras de París, lucía como una joya de cristal bajo la llovizna persistente.

En su interior, el consejo de administración de Moreau Luxury se preparaba para lo que Jean-Luc había anunciado como "una cata a ciegas de talento puro".

La orden de Susan había sido tajante: ningún nombre, ningún logotipo, ninguna referencia a Thorne vestía una de color gris oscuro, sin bordados.

Su brazo herido apenas le molestaba ya; la adrenalina de estar en su ciudad, desafiando a su propia sangre, era el mejor analgésico.

—Chef, el consejo está sentado —murmuró Étienne, que había venido desde su sótano del Marais para ayudarlo en la sombra—. Julian Vane está preguntando quién es el chef invitado. Dice que, por ley, deben conocer la identidad del proveedor.

—Dile que el chef es un fantasma —respondió Jasper, terminando de montar el primer plato—. Y que los fantasmas no firman contratos, solo cobran deudas.

El primer plato era una provocación: Consomé de bosque encantado. A simple vista, parecía agua clara en un cuenco de porcelana blanca. Pero al primer sorbo, revelaba la complejidad de las setas silvestres, la trufa negra y una esencia de pino que Jasper había recolectado esa misma mañana.

Susan observó desde su mesa cómo Julian probaba el caldo. Vio cómo su hermano fruncía el ceño, buscando el fallo, buscando la mediocridad. Pero la expresión de Julian cambió de la sospecha al asombro, y luego a una sutil preocupación. El sabor era demasiado bueno. Demasiado... familiar.

—Este caldo... —murmuró uno de los consejeros más ancianos—. Tiene la técnica de la vieja escuela francesa, pero una audacia que no he sentido en años. ¿Quién ha preparado esto, Jean-Luc?

Jean-Luc Moreau, que estaba en el secreto pero disfrutaba del teatro, se encogió de hombros.

—Solo sabemos que es alguien que afirma que la cocina no tiene apellido, solo memoria. Disfruten, caballeros. Las sombras acaban de empezar a servir.

Julian dejó la cuchara y miró hacia la puerta de la cocina con una mirada asesina. Se levantó de la mesa, ignorando el protocolo.

—Discúlpenme un momento. Creo que hay un problema de "seguridad" que debo verificar personalmente.

Susan interceptó la mirada de Jasper a través de una pequeña rendija en la puerta de servicio. El juego del gato y el ratón acababa de pasar a la fase física.

Susan Thorne se movió con la rapidez de una sombra.

Dejó su copa de champán sobre una consola de mármol y cortó el paso de Julian en el pasillo que conducía al ala de servicio.

Las lámparas de pared, con sus pantallas de seda, proyectaban una luz ámbar que acentuaba la furia en el rostro de su cuñado.

—¿A dónde vas con tanta prisa, Julian? —preguntó Susan, bloqueando el pasillo con su imponente presencia de seda gris—. La cena apenas está empezando.

—Quítate de en medio, Susan —gruñó Julian, intentando esquivarla—.

Sé que él está ahí detrás. Ese caldo tiene su arrogancia escrita en cada gota de grasa.

Estás violando una orden de restricción comercial en suelo francés.

Voy a entrar ahí con la seguridad del castillo y voy a terminar con esta farsa.

—Si cruzas esa puerta, Julian, lo único que vas a encontrar es a un equipo de catering contratado legalmente por Moreau Luxury —mintió Susan con una calma que lo desquició—.

Pero si insistes en montar un espectáculo delante de los hombres que deciden tu futuro financiero, adelante. Haz el ridículo una vez más.

Julian la agarró del brazo, perdiendo por fin su barniz de caballero.

—Crees que eres muy lista, ¿verdad? Pero he llamado a la gendarmería. Vienen de camino para una inspección de trabajo. Si Jasper Vane está sosteniendo un cuchillo ahí dentro, dormirá en una celda francesa esta noche.

Susan no retrocedió. Se acercó a él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal.

—¿Sabes qué es lo que más te duele, Julian? No es que Jasper cocine. Es que incluso sin nombre, incluso escondido en una cocina de servicio, es diez veces el hombre que tú serás jamás. Tú solo eres el guardián de un apellido; él es el dueño del fuego.

***

Mientras tanto, en la cocina, Jasper se enfrentaba a su propio desastre.

El horno principal del castillo, una reliquia de hierro que Étienne había intentado estabilizar, acababa de apagarse.

El plato principal, una poularde que debía terminar de cocinarse al vapor de hierbas aromáticas, estaba a medio hacer.

—¡Chef, la presión está bajando! —exclamó Étienne, señalando los indicadores—. Si no recuperamos el calor en tres minutos, la carne se volverá correosa.

Jasper miró el horno y luego la chimenea de piedra que presidía la cocina, usada ahora solo de forma decorativa. Recordó las piedras calientes del muelle de Chelsea, recordó el caos y la improvisación que eran su verdadero elemento.

—¡Sacad las brasas del hogar! —ordenó Jasper—. Vamos a cocinar sobre el suelo de piedra. Envolved las aves en arcilla y hojas de vid humedecidas. No necesitamos tecnología, Étienne. Vamos a cocinar como si estuviéramos en la Edad Media.

Con las manos desnudas y protegidas apenas por trapos húmedos, Jasper empezó a mover las piedras calientes de la chimenea.

El sudor le caía por la frente, empañando su visión, pero su ritmo era frenético.

Estaba creando un horno de tierra improvisado en mitad de una de las cocinas más lujosas de Francia.

En ese momento, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo exterior. La gendarmería estaba allí.

Susan, que seguía bloqueando a Julian, oyó el ruido y sintió un escalofrío. Miró hacia la puerta de la cocina, rezando para que Jasper hubiera terminado de jugar con fuego.

—Parece que tus invitados han llegado, Julian —dijo ella, aunque su corazón latía con una fuerza traicionera—. Veamos quién sale de esa puerta.

Dos oficiales de la Gendarmería Nacional, con sus uniformes oscuros y rostros de piedra, avanzaron por el pasillo. Julian, con una sonrisa triunfante que le deformaba las facciones, les hizo una señal hacia la puerta de madera pesada de la cocina.

—¡Oficiales, por aquí! —exclamó Julian—. Tengo razones fundadas para creer que se está cometiendo una infracción laboral y un desacato a una orden judicial en esta estancia.

Susan se interpuso una última vez, su figura de seda gris recortada contra la puerta.

—Agentes, esto es un evento privado de la casa Moreau. Mi socio y yo estamos supervisando un servicio de catering externo. Esta interrupción es...

—Es necesaria, señora —la cortó el oficial de mayor rango—. Apartese, por favor.

La puerta se abrió de golpe. Julian entró el primero, con los ojos inyectados en sangre buscando la figura de su hermano entre el vapor y las sombras. Pero lo que encontró no fue al "Chef Estrella" de Nueva York luciendo su arrogancia.

La cocina estaba sumida en una neblina densa de humo de leña y vapor de hierbas.

En el centro, un grupo de hombres vestidos con ropas de trabajo toscas y los rostros manchados de hollín trabajaban alrededor de un círculo de piedras ardientes en el suelo.

Jasper, con una gorra de lana calada hasta las cejas y una bufanda que le cubría la mitad inferior del rostro, estaba arrodillado, rompiendo con un mazo de madera las costras de arcilla de las aves.

—¿Dónde está Jasper Vane? —rugió Julian, recorriendo la sala con la mirada—. ¡Sé que estás aquí, cobarde! ¡Mírate, escondido como una rata entre cenizas!

Jasper no levantó la vista. Con movimientos mecánicos y precisos, siguió extrayendo las aves de su envoltorio de arcilla.

El aroma que surgió fue tan embriagador que incluso los gendarmes se detuvieron, desconcertados.

Era el olor de la tierra, de la uva fermentada y de una carne tan tierna que parecía deshacerse con el aire.

—Señor —dijo el gendarme, dirigiéndose a Julian—, aquí no vemos a nadie que coincida con la descripción del señor Vane de las fotografías de prensa. Solo vemos a un equipo de asadores tradicionales.

—¡Es él! —insistió Julian, acercándose a Jasper—. ¡Ese de ahí! ¡Mírale las manos!

Jasper levantó las manos, pero estaban tan cubiertas de ceniza, grasa y hollín que era imposible reconocer las cicatrices de chef que Julian buscaba. Étienne dio un paso adelante, hablando en un dialecto cerrado del sur de Francia.

—¿Qué pasa aquí, señores? Estamos intentando servir a la casa Moreau. El horno se rompió y estamos salvando la cena con el fuego de nuestros abuelos. ¿Es un crimen cocinar con piedras en este país ahora?

Susan, viendo la oportunidad, se acercó a los agentes.

—Caballeros, mi socio, el señor Vane —señaló a un hombre rubio del equipo legal que se había puesto un delantal a toda prisa en un rincón—, está aquí supervisando los contratos. Julian, parece que tu obsesión familiar te ha hecho ver fantasmas donde solo hay trabajadores honrados.

Los gendarmes, visiblemente molestos por haber sido usados para una rencilla personal, miraron a Julian con desprecio.

—Señor, no nos haga perder más el tiempo. El informe dirá que la inspección fue negativa. Vámonos.

Julian se quedó solo en mitad de la cocina, mientras los agentes se retiraban.

Miró a la figura encapuchada que seguía trabajando en el suelo.

Jasper, por un breve segundo, levantó la mirada bajo el ala de la gorra.

Sus ojos brillaron con una victoria tan salvaje que Julian dio un paso atrás, tropezando con un saco de carbón.

—Vete, Julian —susurró Susan a su espalda—. Antes de que Jean-Luc se dé cuenta de que has intentado arrestar a sus cocineros en mitad de su cena más importante.

El plato principal, la poularde rescatada de las cenizas, entró en el salón de baile como una procesión sagrada.

Los camareros servían las piezas directamente desde los trozos de arcilla rota, un espectáculo de rusticidad que enmudeció a los aristócratas del consejo.

Jean-Luc Moreau, tras probar el primer bocado, se puso en pie y levantó su copa hacia la puerta de la cocina, aunque no había nadie allí para recibir el brindis.

—Señores —dijo Moreau con voz vibrante—, hoy no hemos comido el menú de un chef. Hemos comido el alma de Francia. Quienquiera que sea el hombre que ha hecho esto sin pedir gloria ni nombre, es el hombre con el que quiero conquistar el mundo.

Susan, sentada a pocos metros de un Julian lívido y derrotado, sintió una oleada de triunfo que le recorrió la espina dorsal. Su plan había funcionado. La ausencia del nombre de Jasper no lo había debilitado; lo había convertido en una leyenda antes de que terminara la noche.

Una hora después, cuando los postres ya se habían servido y el consejo se retiraba a los salones privados para firmar el preacuerdo con Jean-Luc, Susan se escabulló hacia los jardines traseros del castillo.

La lluvia parisina había amainado, dejando tras de sí una niebla baja que envolvía las estatuas de piedra.

Allí, junto a una fuente de mármol, encontró a Jasper.

Se había quitado la gorra y la bufanda, y el aire fresco de la noche parecía evaporar el sudor de su rostro manchado de hollín.

Seguía con la chaqueta gris de trabajo, pero su postura ya no era la del obrero encorvado; era la de un conquistador exhausto.

—Lo has hecho, Vane —dijo Susan, acercándose a él. Ignoró la suciedad de su ropa y lo rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el tejido áspero que olía a humo y victoria.

—Hemos ganado, Susan —respondió él, su voz ronca por el esfuerzo y el humo. La rodeó con su brazo sano, apretándola contra sí—. Julian se ha ido. Lo he visto salir por la puerta trasera mientras los gendarmes le tomaban los datos por falsa denuncia. Está acabado en París.

—Moreau va a firmar —susurró ella, levantando la vista para mirarlo.

Sus ojos brillaban en la penumbra del jardín—.

Ha dicho que eres un guerrero. Mañana, cuando el sol salga sobre el Sena, serás el dueño de la Rue du Faubourg Saint-Honoré.

Y el nombre "Vane" será lo de menos, porque todos sabrán que tú eres "El Lobo".

Jasper sonrió, una sonrisa cansada pero cargada de una paz que no le conocía. Se inclinó y la besó bajo la lluvia fina que volvía a caer, un beso que sabía a ceniza, a éxito y a una libertad que ninguno de los dos había creído posible encontrar en mitad de una guerra legal.

—Vámonos al hotel —murmuró Jasper contra sus labios—. Quiero quitarme esta suciedad y recordar que no soy un fantasma.

—Para mí nunca lo fuiste —replicó ella, entrelazando sus dedos con los de él, sin importarle que el hollín manchara su vestido de seda de mil dólares—. Pero date prisa. Mañana tenemos una ciudad entera que poner a nuestros pies... y esta vez, el mundo entero sabrá exactamente quiénes somos.