CAPÍTULO 13
El jet privado de Jean-Luc Moreau cortaba las nubes sobre el Atlántico con una estabilidad insultante.
Dentro de la cabina, el lujo era silencioso: madera de nogal, cuero color crema y el aroma de un café que Jasper había insistido en preparar él mismo.
Susan estaba sentada frente a él, sepultada bajo una montaña de informes financieros y muestras de seda para la nueva línea que pensaban lanzar en la capital francesa.
—París no es Nueva York, Susan —dijo Jasper, rompiendo el silencio mientras le servía una taza—. Allí no les impresiona el tamaño de tu edificio ni la agresividad de tu marketing. Allí lo que importa es el linaje. Y nosotros somos, para ellos, dos bárbaros que acaban de saquear el Louvre.
Susan levantó la vista, ajustándose sus gafas de lectura.
—Los bárbaros ganaron porque tenían mejores armas, Jasper.
Nuestra arma es que no tenemos miedo a romper las reglas.
Jean-Luc nos ha dado carta blanca para el local en la Rue du Faubourg Saint-Honoré.
Si conseguimos que el consejo de administración de Moreau Luxury firme el contrato de exclusividad mañana, habremos ganado Europa.
—El consejo de Moreau es un nido de aristócratas que creen que la cocina moderna terminó con la muerte de Escoffier —Jasper se sentó frente a ella, estirando sus largas piernas—.
Y no olvides a Julian. Mi hermano no se ha quedado en Nueva York lamiéndose las heridas.
Ha volado a París hace dos días. Margot dice que ha estado cenando con los miembros más conservadores del consejo.
Susan cerró su ordenador con un golpe seco.
—Julian es una molestia, no una amenaza. Lo que me preocupa es tu brazo.
Jasper miró el vendaje más pequeño que ahora cubría su quemadura. La piel estaba cicatrizando, pero el recuerdo de la llamarada seguía vivo en su mirada.
—Estaré listo para cocinar en la cena de presentación, Susan. Mis manos son lo único que esos viejos respetarán. Si puedo hacer que se traguen su orgullo junto con mi poularde en vessie, el contrato será nuestro.
El avión empezó su descenso hacia Le Bourget.
A través de la ventanilla, las luces de París empezaron a parpadear como un collar de perlas abandonado sobre una alfombra de terciopelo oscuro.
Susan sintió una punzada de nerviosismo, algo que rara vez admitía.
París era el hogar de Jasper, el lugar donde se curtió, donde amó a Elena y donde aprendió a ser el hombre que la había desarmado en Nueva York.
—¿Te sientes extraña al volver? —preguntó ella, bajando la voz.
Jasper miró hacia la ciudad luz y luego a Susan. Se inclinó sobre la mesa y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que ella agradeció internamente.
—Me siento como un hombre que vuelve a un campo de batalla que ya ganó una vez. Pero esta vez tengo una reina a mi lado. París no sabe lo que le espera, Susan.
Al aterrizar, un coche negro los esperaba a pie de pista. El aire de París era más frío, más húmedo y cargado de ese olor a historia y pan recién horneado que Jasper tanto echaba de menos. Pero al llegar al hotel, el Hôtel de Crillon, una sorpresa desagradable los aguardaba en la recepción.
Sobre el mostrador de mármol, un enorme ramo de rosas blancas —demasiado grandes, demasiado pretenciosas— acompañaba una tarjeta con el sello del bufete de Julian.
"Bienvenidos a la ciudad de la luz. Espero que vuestra estancia sea breve antes de que las sombras de París os alcancen. Nos vemos en el consejo. J."
Susan rompió la tarjeta con una sonrisa gélida.
—Parece que Julian ha olvidado que yo no traigo rosas a una guerra. Traigo guillotinas.
La sala de juntas de Moreau Luxury, en un palacete del distrito 8, era un mausoleo de tapices del siglo XVIII y lámparas de araña que pesaban lo mismo que las ambiciones de sus ocupantes.
Susan y Jasper entraron con la puntualidad quirúrgica que los caracterizaba.
Ella, con un traje de chaqueta azul medianoche que gritaba poder; él, con una camisa de seda gris que ocultaba el vendaje de su brazo.
Alrededor de la inmensa mesa de nogal, cinco hombres de pelo cano y rostros inexpresivos los observaban como si fueran especímenes de laboratorio.
Y allí, sentado a la derecha de Jean-Luc Moreau, estaba Julian Vane, luciendo una sonrisa que parecía haber sido ensayada frente a un espejo durante horas.
—Ah, Susan, Jasper. Qué alegría que hayáis llegado —dijo Jean-Luc, aunque su tono era inusualmente tenso—. El consejo ha estado revisando los términos de nuestra fusión para Europa.
—Términos que, me temo, tienen una pequeña grieta —intervino Julian, deslizando un fajo de documentos sobre el nogal—.
Señor Moreau, señores del consejo... mis clientes han descubierto que la marca Thorne quería castrar profesionalmente a su hermano en la ciudad que lo vio nacer como chef.
—Eso es absurdo, Julian —dijo Susan, su voz gélida cortando el murmullo de los consejeros—. Jasper es el creador de la propiedad intelectual. Una firma familiar de hace treinta años no puede bloquear una patente de diseño y gastronomía moderna.
—En Francia, las leyes de propiedad intelectual y los derechos de herencia son... caprichosos, Susan —respondió Julian—. El consejo de Moreau no puede firmar un contrato de exclusividad con una entidad que podría ser demandada por plagio de identidad el día de la inauguración.
Uno de los consejeros, un hombre con un monóculo que parecía salido de una novela de Balzac, carraspeó.
—El señor Julian tiene razón. No podemos arriesgar el prestigio de la casa Moreau en un pleito familiar. Si Jasper Vane no puede usar su propio nombre en París, no hay trato.
Jasper se levantó de golpe, haciendo que su silla chirriara contra el parqué antiguo. El silencio fue absoluto.
—¿Así que eso es todo? ¿Treinta años de tradición pesan más que el hecho de que soy el único hombre capaz de llenar vuestros restaurantes de gente que no ha nacido en el siglo pasado?
—Jasper, por favor... —empezó Jean-Luc, pero Jasper ya estaba caminando hacia la puerta.
Susan se quedó un segundo más, mirando a Julian con una mezcla de desprecio y una determinación que hizo que el abogado parpadeara.
—Has ganado una tarde, Julian. Pero olvidas que yo no necesito el apellido de Jasper para vender su talento. Mañana, en la cena de gala, veréis algo que no se puede registrar en ningún bufete de abogados.
Salió de la sala tras Jasper, dejando tras de sí un ambiente de incertidumbre. En el pasillo, Jasper golpeaba la pared con el puño de su mano sana.
—¡Me ha vuelto a joder, Susan! En mi puta ciudad. —Jasper se giró, con los ojos inyectados en sangre—. Si no puedo usar mi nombre, no hay marca. Y sin marca, Jean-Luc retirará la financiación.
Susan lo tomó de las solapas, obligándolo a centrarse.
—Mírame, Jasper. El nombre es solo una etiqueta. Mañana vamos a darles algo que ningún documento pueda contener. Vamos a cocinar sin nombre. Vamos a ser anónimos. Y cuando nos supliquen saber quién ha preparado esa maravilla, les diremos que el nombre tiene un precio que Julian no puede pagar.
Jasper condujo a Susan lejos de las avenidas principales, hacia el corazón del Marais, donde las calles se estrechan tanto que los tejados parecen querer tocarse. El aire olía a piedra húmeda, a mantequilla salada y a ese aroma a leña que Jasper asociaba con sus primeros años de hambre y ambición.
—¿A dónde vamos, Jasper? —preguntó Susan, intentando que sus tacones no se encajaran en los adoquines irregulares—. Tenemos que redactar una respuesta legal, no pasear por el barrio judío.
—La ley no va a salvarnos hoy, Susan. La ley es el terreno de Julian —respondió él, deteniéndose ante una puerta de madera sin ningún tipo de cartel—. Vamos a buscar el único ingrediente que no se puede comprar en una subasta ni registrar en un bufete: la autenticidad.
Jasper golpeó la puerta con un ritmo específico. Unos segundos después, un hombre pequeño con un delantal manchado de harina y ojos brillantes como canicas les abrió. Al ver a Jasper, su rostro se iluminó con una sonrisa desdentada.
—Le Loup! —exclamó el hombre, abrazando a Jasper con fuerza—. Me dijeron que te habías vuelto una estatua de oro en Nueva York.
—Solo por fuera, Étienne —rio Jasper—. Necesito acceso al sótano. Y necesito que no se lo digas a nadie, ni siquiera a tu sombra.
Bajaron por una escalera de caracol estrecha hasta un sótano que parecía una cueva de Aladino para gastrónomos.
Había quesos curados en cuevas de los Pirineos, botellas de vino sin etiqueta que databan de antes de la guerra y hierbas secas que Susan nunca había visto en los mercados de lujo de Manhattan.
—Aquí empezó todo —susurró Jasper, señalando una vieja mesa de madera donde Étienne preparaba sus embutidos—. Aquí aprendí que un nombre es solo una palabra, pero un sabor es una memoria. Mañana no serviremos la cena de Thorne solo el lenguaje de la piel descubriendo nuevas cicatrices y el sabor de una pasión que, en París, parecía haber encontrado su verdadera temperatura.
Horas después, Susan descansaba con la cabeza en el pecho de Jasper, observando cómo la luz de la luna dibujaba sombras en las molduras del techo. La calma era absoluta, pero el fuego de la ambición seguía latente en ambos.
—¿Cómo lo llamaremos? —preguntó ella en la oscuridad, refiriéndose al menú secreto de mañana.
Jasper sonrió, acariciando el hombro de Susan.
—No tendrá nombre. Será simplemente "El Banquete de las Sombras". Y cuando Julian intente demandarnos, no encontrará ni una sola palabra escrita que pueda usar en un tribunal. Solo quedará el recuerdo del sabor.
Susan cerró los ojos, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, completamente segura a pesar de estar en el borde del abismo. Mañana conquistarían París, pero esta noche, la ciudad de la luz les pertenecía solo a ellos dos.