Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

La élite de Manhattan —desde editoras de revistas con ojos de halcón hasta inversores con trajes de tres mil dólares— caminaba por el muelle con una mezcla de excitación y desconcierto.

No había sillas de terciopelo. La gente esperaba de pie, rodeando estaciones de cocina de hierro forjado donde el fuego de leña ya empezaba a crepitar.

—Susan, esto es una apuesta de todo o nada —susurró Margot, ajustándole la solapa a su jefa entre bambalinas—. Si las modelos tropiezan con el viento o si la comida no llega a tiempo, seremos el hazmerreír de la temporada.

Susan, vestida con un traje de cuero negro tan ajustado que parecía esculpido sobre su cuerpo, no apartaba la vista de los monitores de seguridad.

—Margot, Nueva York no perdona el aburrimiento, pero adora el riesgo. Hoy no solo vendemos ropa; vendemos el hambre de ser mejores. ¿Dónde está Jasper?

—En su estación. Jean-Luc Moreau acaba de llegar y se ha sentado en la zona VIP. Julian y Elena también están aquí, Susan. En la tercera fila, a la izquierda. Elena lleva un vestido rojo que parece un grito de auxilio.

Susan esbozó una sonrisa letal.

—Déjalos que miren. Que vean cómo se desvanece su mundo.

En la pasarela, la música empezó a sonar: un ritmo industrial, profundo y constante, que imitaba el latido de un corazón metálico.

Las luces blancas se apagaron, dejando solo el resplandor de los fogones de Jasper.

Entonces, la primera modelo apareció. Llevaba un vestido de seda carmesí que parecía flotar, pero lo que dejó a todos boquiabiertos fue que, al pasar junto a la primera estación de cocina, Jasper no se limitó a cocinar.

Con un movimiento fluido, Jasper extendió un pequeño soplete de mano y "quemó" el aire justo antes de que la modelo pasara, creando una cortina de chispas doradas que iluminó el tejido.

Al mismo tiempo, un camarero entregó a los invitados más cercanos una pequeña lámina de corzo ahumado sobre una base de seda comestible.

El efecto fue hipnótico. La moda se podía oler, se podía saborear y se podía sentir en el calor del fuego.

Jasper, en el centro de la acción, manejaba los cuchillos y el fuego con una coreografía que nada tenía que envidiar a las modelos. Sus ojos se encontraron con los de Susan, que observaba desde la sombra del túnel de salida. No había palabras, pero el mensaje era claro: Lo estamos haciendo.

Sin embargo, en la tercera fila, Elena Roche no estaba aplaudiendo.

Sostenía una copa de vino con una mano temblorosa de rabia y buscaba en su bolso algo que no era precisamente un lápiz de labios.

Miró a Julian y le hizo una señal. El sabotaje legal había fallado, pero ella tenía un plan mucho más directo para arruinar el momento cumbre de Jasper.

El desfile avanzaba como una maquinaria de precisión suiza.

La colección "Seda Quemada" estaba resultando ser el mayor triunfo de la carrera de Susan: abrigos estructurados que parecían fundirse con la piel y vestidos que capturaban la luz como ascuas agonizantes.

Cada vez que una modelo cruzaba la zona de Jasper, el público soltaba un suspiro colectivo.

La sinestesia entre el sabor del corzo ahumado y el movimiento de las telas estaba creando una euforia casi religiosa.

Susan, desde los monitores, sentía que por fin respiraba. Pero su instinto, ese radar que la había mantenido en la cima durante años, detectó un movimiento errático en la zona VIP.

Elena Roche se había levantado de su asiento.

No caminaba hacia la salida, sino hacia uno de los grandes quemadores de incienso y salitre que Jasper utilizaba para ambientar el muelle.

En su mano, oculto entre los pliegues de su chal, llevaba un frasco de acelerante industrial que había conseguido colar bajo la apariencia de perfume.

—Margot, seguridad a la zona VIP tres. Ahora —ordenó Susan por el pinganillo, su voz era un látigo de urgencia.

Pero era tarde. Elena, aprovechando un cambio de luces que dejó esa zona en una penumbra momentánea, vertió el contenido del frasco sobre el quemador de leña.

El efecto fue inmediato y aterrador. Una llamarada azul y violácea surgió del quemador, elevándose tres metros hacia el techo de vigas de hierro del muelle. El humo blanco y aromático de Jasper se transformó en una columna negra y asfixiante que empezó a lamer las estructuras de madera seca.

—¡Fuego! —gritó alguien en las filas traseras.

El pánico, esa bestia que Susan tanto temía, empezó a despertar.

La música industrial siguió sonando, pero los invitados ya estaban en pie, empujándose para alejarse de la llamarada.

Jasper, que estaba a escasos metros emplatando la última secuencia, reaccionó antes que nadie.

Cogió una de las mantas térmicas pesadas que usaban para cubrir las estaciones y, sin dudarlo, se lanzó hacia el foco del incendio.

—¡Jasper, no! —gritó Susan, saliendo de bambalinas a la carrera, olvidando por completo la etiqueta y las cámaras.

Susan llegó a la pasarela justo cuando Jasper lograba sofocar la llamarada con la manta, pero el esfuerzo le costó una ráfaga de calor que le quemó la parte superior de la chaquetilla de chef.

Él retrocedió, tosiendo, mientras el humo negro empezaba a disiparse, revelando a una Elena Roche petrificada por la magnitud de lo que había hecho.

El silencio que siguió fue absoluto. Cientos de ojos pasaban de la llamarada extinguida a Jasper, y de Jasper a Susan, que estaba en mitad de la pasarela, con el rostro desencajado por el miedo a perderlo.

Fue entonces cuando Susan Thorne demostró por qué era la dueña de la ciudad. Se colocó al lado de Jasper, le puso una mano firme en el hombro y miró a la multitud, y a las cámaras de televisión que seguían grabando.

—Como han podido observar —dijo Susan, su voz proyectándose con una claridad asombrosa—, el concepto de "Seda Quemada" es literal. En Thorne lo dominamos. El espectáculo continúa. Jasper, el siguiente plato, por favor.

El público, confundido pero hipnotizado por la audacia de Susan, empezó a aplaudir tímidamente, pensando que todo había sido una maniobra de marketing extremadamente arriesgada. Pero Susan, mientras mantenía la sonrisa, le susurró a Jasper:

—Dime que estás bien, o juro que la mato aquí mismo.

El desfile terminó con un estruendo de aplausos que ahogó incluso el sonido de las sirenas de los bomberos que llegaban al exterior del muelle.

Las modelos hicieron el carrusel final caminando sobre el cristal, mientras el aroma a sándalo volvía a dominar el ambiente, ocultando el rastro del acelerante.

Para el mundo, Susan Thorne acababa de inventar el "performance" definitivo.

Para ella, el mundo acababa de romperse un poco más.

En cuanto la última modelo desapareció tras el telón, Susan arrastró a Jasper hacia la zona de descanso privada.

—¡Botiquín, ahora! —gritó Susan a una Margot que parecía haber envejecido diez años en diez minutos.

Jasper se sentó en un baúl de transporte, respirando con dificultad. Su brazo izquierdo, desde el codo hasta la muñeca, presentaba una quemadura roja y brillante donde la tela de la chaquetilla se había derretido. Él intentó sonreír, pero el gesto se convirtió en una mueca de dolor.

—Ha sido un buen golpe de efecto, jefa —consiguió decir Jasper—. Mañana las acciones de Thorne su vestido lencero estaba manchado y su rostro desencajado por una mezcla de terror y odio puro.

Susan se levantó lentamente. El miedo que había sentido por Jasper se transformó en una calma gélida y mortífera. Se acercó a Elena hasta que sus narices casi se tocaron.

—Has intentado quemar mi imperio —dijo Susan, su voz era un susurro que cortaba como una cuchilla—. Has intentado matar al hombre que amo en mi propia pasarela.

Jasper levantó la vista al oír esas palabras —"el hombre que amo"—, pero Susan no se distrajo.

—No voy a llamar a la policía, Elena. Eso sería demasiado fácil.

Mañana, cada bodega, cada restaurante y cada inversor desde aquí hasta Burdeos recibirá el vídeo de las cámaras de seguridad que muestra exactamente lo que has hecho.

Te convertirás en una paria. No podrás ni servir agua en un comedor escolar sin que alguien te reconozca como la mujer que intentó provocar una masacre por un ataque de celos.

—¡Jasper, dile algo! —chilló Elena, mirando desesperada al chef.

Jasper la miró con una frialdad que no dejaba lugar a la nostalgia.

—París se ha terminado para ti, Elena. Y Nueva York nunca te perteneció. Sáquenla de aquí. No quiero volver a oler su perfume barato nunca más.

Cuando los guardias se llevaron a Elena, Susan se dejó caer de nuevo al lado de Jasper. La tensión de las últimas horas la golpeó de repente. Apoyó la frente en el hombro no herido de Jasper y cerró los ojos.

—Dime que es verdad —murmuró Jasper, rodeándola con su brazo sano.

—¿El qué?

—Lo que le has dicho a esa loca. Que me amas.

Susan guardó silencio un segundo, escuchando el latido del corazón de Jasper.

—Espero que el éxito no te haya dañado el oído, Vane. No pienso repetirlo hasta que estemos en un lugar que no huela a corzo ahumado.

***

El ático de Susan nunca se había sentido tan silencioso.

Tras el caos del muelle, el estruendo de las sirenas y el asedio de la prensa, el aire purificado de su hogar era casi irreal.

Jasper estaba sentado en la inmensa cama de Susan, con el torso desnudo y el brazo vendado con profesionalidad.

Ella, ya sin su armadura de cuero, vestía solo una bata de seda negra, sentada a su lado con un vaso de whisky que ambos compartían.

—Nueva York está ardiendo en redes sociales, Jasper —dijo Susan, mirando la pantalla de su teléfono por última vez antes de arrojarlo lejos—.

Alistair Vance acaba de publicar que el desfile ha sido "el bautismo de fuego de una nueva era".

Jean-Luc Moreau ha enviado un contrato en blanco para la expansión europea. Hemos ganado.

Jasper soltó un suspiro largo, recostando la cabeza en el respaldo de la cama. El dolor de la quemadura era un latido constante, pero la presencia de Susan lo mitigaba mejor que cualquier fármaco.

—Hemos ganado —repitió él—. Pero casi perdemos lo único que importaba. Susan... lo que dijiste en el muelle...

Ella dejó el vaso de whisky en la mesilla y se giró hacia él. Sus ojos, normalmente gélidos y calculadores, estaban húmedos y cansados.

—Lo dije porque lo sentí, Vane. Porque cuando vi esa llamarada, mi imperio me importó un bledo. Solo pensaba en que no podía volver a este apartamento y que tú no estuvieras aquí para quejarte de mi falta de ingredientes en la nevera.

Jasper extendió su mano sana y la atrajo hacia sí. Susan se acomodó con cuidado en su pecho, evitando rozar el brazo herido.

—La "Emperatriz" tiene corazón —susurró él, besando su frente—. Quién lo hubiera dicho.

—No te acostumbres —replicó ella, aunque se aferró a él con una fuerza que desmentía sus palabras—. Mañana volveré a ser implacable. Mañana Julian intentará una nueva maniobra y tendremos que lidiar con las repercusiones de haber arruinado la vida de Elena.

—Mañana —dijo Jasper, cerrando los ojos—. Pero esta noche solo somos tú y yo. Y este silencio que tanto nos ha costado conseguir.

Las luces de Manhattan, a través del inmenso ventanal, parecían una alfombra de diamantes extendida solo para ellos.

En la penumbra de la habitación, las puertas se cerraron simbólicamente a todo el ruido exterior.

El éxito era dulce, pero el calor de sus cuerpos, el alivio de la supervivencia y la confesión que aún flotaba en el aire eran el verdadero triunfo.

Jasper apagó la luz de la mesilla, dejando que la penumbra los envolviera. En ese momento, no eran socios, ni rivales, ni leyendas de la ciudad. Eran simplemente dos personas que habían encontrado el orden en el caos del otro.