Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Susan estaba en el centro del caos, con un abrigo de piel sintética negro y unos planos enrollados bajo el brazo.

A su lado, Jasper, con una bufanda de lana y las manos manchadas de carbón, supervisaba la instalación de unas cocinas portátiles que funcionarían con leña, evitando así cualquier posible sabotaje del suministro de gas.

—Es una locura, Susan —dijo Jasper, mirando la pasarela—. Si el viento sopla un poco más fuerte, tus modelos van a terminar desfilando en Nueva Jersey.

—Mis modelos saben caminar sobre el agua si yo se lo pido, Vane —replicó ella, aunque sus ojos escaneaban el horizonte con preocupación—.

Lo que me preocupa es el menú. Jean-Luc Moreau vendrá, y Julian también.

Quiero que la comida sea tan agresiva como la colección.

Nada de canapés que se puedan comer sin mancharse los dedos.

—Tengo algo preparado —respondió Jasper, acercándose a ella para protegerla del viento con su propio cuerpo—. Lo llamo "Seda Quemada". Corzo ahumado con esencia de sándalo y una reducción de mora silvestre. Es oscuro, es elegante y deja un rastro persistente. Como tú.

Susan permitió que una pequeña sonrisa asomara a sus labios antes de recuperar su máscara profesional.

—Bien. Porque Margot me ha confirmado que Elena Roche ha estado merodeando por la oficina de aduanas. Está intentando bloquear la importación de los vinos que seleccionaste para el desfile, alegando que no cumplen con los estándares de etiquetado de Nueva York.

Jasper soltó una maldición por lo bajo.

—Esa mujer no sabe cuándo retirarse de la mesa.

—No te preocupes por Elena. He enviado a mi equipo legal a "conversar" con el jefe de aduanas. Pero ten cuidado, Jasper. Ella no va a por mis vinos, va a por tu estabilidad. Quiere que pierdas los nervios antes de que se enciendan los focos.

En ese momento, un coche negro de alta gama se detuvo al principio del muelle. Julian Vane bajó del vehículo, luciendo una sonrisa que no auguraba nada bueno. Caminó por la estructura de madera con una confianza exasperante hasta llegar a donde estaban ellos.

—Vaya, qué entorno tan... post-apocalíptico —dijo Julian, ajustándose sus gafas de sol—. Me sorprende veros aquí, trabajando como obreros. Susan, el consejo de administración está muy inquieto con este cambio de planes de última hora. Dicen que este desfile huele a desesperación.

—Huele a éxito, Julian —replicó Susan, dando un paso adelante—. Algo que tú solo conoces de oídas a través de las facturas que cobras a tus clientes.

—Bueno, he venido a traeros una pequeña noticia —Julian sacó un sobre de su bolsillo—.

Elena ha decidido demandar a Jasper por "incumplimiento de contrato de consultoría exclusiva" en París.

Según los papeles que ella tiene, Jasper firmó una carta de intención que le prohíbe trabajar para cualquier otra marca de lujo en un radio de cinco mil kilómetros.

Jasper se quedó inmóvil, mirando a su hermano con un odio frío.

—Yo nunca firmé eso, Julian.

—Quizás no —sonrió Julian—, pero Elena tiene una copia con una firma que se parece mucho a la tuya. Y hasta que un juez decida si es auténtica, Jasper no puede cocinar en este desfile. Si lo hace, Susan, tu empresa será cómplice de un fraude contractual.

Susan tomó el sobre de las manos de Julian con una lentitud insultante, como si temiera contagiarse de algo vulgar.

No lo abrió; simplemente lo sostuvo entre dos dedos mientras una sonrisa gélida, casi imperceptible, curvaba sus labios.

Jasper, a su lado, tenía los puños tan apretados que los nudillos le blanqueaban.

—Una carta de intención, Julian. Qué nostálgico —dijo Susan—. Me recuerda a los trucos que usaban los directores de marketing de los años noventa cuando se quedaban sin ideas. ¿De verdad crees que un pedazo de papel falsificado en una suite de hotel va a detener mi producción?

—No es una falsificación si un perito no lo dice, Susan —replicó Julian, imperturbable—. Y para cuando el perito hable, el desfile habrá terminado, los inversores se habrán retirado y tú estarás buscando un nuevo chef para tus eventos de beneficencia.

Jasper dio un paso adelante, su sombra cubriendo a su hermano.

—¿Cuánto te ha pagado ella, Julian? ¿O es que simplemente disfrutas viendo cómo intento construir algo fuera de tu control?

—Elena es una mujer precavida, hermanito. Solo protege sus intereses —Julian se encogió de hombros y se giró para irse—. Disfrutad del viento. Va a ser una noche muy larga.

Cuando el coche de Julian desapareció de la vista, Jasper golpeó una de las vigas de hierro del muelle con la palma de la mano. El sonido metálico resonó por toda la estructura.

—Maldita sea, Susan. Si cocino y nos demandan, pondré en riesgo tu colección. Esa loca tiene la firma que hice en el recibo de una bodega de Burdeos hace tres años, puede haberla escaneado y...

—Cállate, Jasper —lo cortó Susan. No estaba asustada; estaba concentrada. Se giró hacia Margot, que observaba la escena desde unos metros—. Margot, tráeme el portátil y el USB que guardamos bajo llave ayer.

Se sentaron en la pequeña oficina improvisada dentro de un contenedor de carga acondicionado para el equipo de producción.

Susan conectó el dispositivo y el audio de la suite de Elena empezó a reproducirse.

La voz de Elena era clara, siseante, llena de una autoconfianza que ahora resultaba patética.

"... Julian ya tiene el documento listo, Jasper. Si no firmas la exclusividad ahora, él registrará la carta que ya hemos preparado con tu firma digital. Nadie creerá que es falsa una vez que las acciones de Thorne & Mode empiecen a caer por el escándalo..."

Jasper soltó un suspiro de alivio, pero Susan seguía seria, analizando las ondas de sonido en la pantalla.

—Esto no es suficiente para un juicio rápido, pero es suficiente para destruir la reputación de Julian en la Asociación de Abogados de Nueva York —murmuró Susan—. Sin embargo, no vamos a usarlo todavía. Quiero que Julian y Elena crean que han ganado. Quiero que se sientan seguros.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó Jasper, mirándola con una mezcla de cautela y fascinación.

—Tú no vas a cocinar como "Jasper Vane", el chef contratado —dijo ella, cerrando el portátil de un golpe—.

Vas a cocinar como mi socio personal. Vamos a cambiar el contrato de catering por un acta de copropiedad de la experiencia del evento.

Si eres el dueño de la marca que presenta la comida, ninguna cláusula de exclusividad de consultoría puede tocarte. Eres el anfitrión, no el empleado.

—Eso significa que nuestras empresas estarán legalmente fusionadas para este desfile —Jasper arqueó una ceja—. Es un movimiento arriesgado, incluso para ti.

Susan se levantó y se acercó a él, rodeando su cuello con los dedos.

—Anoche dijiste que no sabías perder, Vane. Pues yo tampoco. Y si para ganar tengo que atar mi imperio al tuyo, que así sea. Pero prepárate: si el "Seda Quemada" no es perfecto, te pediré el divorcio profesional antes del postre.

La noche anterior al desfile, el Muelle 54 era un laberinto de generadores zumbantes y luces de trabajo que proyectaban sombras alargadas sobre el agua negra del Hudson.

El equipo de producción se había marchado a las dos de la mañana, dejando una calma tensa y gélida.

Susan estaba sentada en un taburete de metal junto a la pasarela de cristal, observando cómo la luna se reflejaba en la superficie pulida que mañana pisarían sus modelos.

Llevaba una manta de lana sobre los hombros y sostenía un termo con té, pero sus ojos estaban fijos en el vacío, repasando mentalmente cada costura, cada luz y cada posible fallo legal.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo Jasper, emergiendo de la oscuridad de la cocina improvisada—. Tienes esa mirada de general que espera el ataque al amanecer.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la estructura de la pasarela, justo a los pies de Susan. Se había quitado el delantal y olía a humo de leña y a la brisa salada del río.

—No puedo dormir, Jasper —admitió ella, su voz perdiendo por un momento su autoridad—.

Si Julian logra que un juez bloquee el evento mañana a mediodía, no solo perderé la colección.

Perderé el respeto de la industria. Dirán que la "Emperatriz" se dejó cegar por un cocinero y que arrastró su imperio al muelle para hundirlo.

Jasper estiró la mano y apretó suavemente el tobillo de Susan, un gesto de anclaje en mitad de la tormenta de sus pensamientos.

—Nadie va a decir eso. Porque mañana, cuando vean lo que hemos construido, van a estar demasiado ocupados intentando procesar la belleza para poder articular una crítica.

Julian y Elena son parásitos, Susan. Viven del talento de los demás.

Nosotros... nosotros somos los que creamos el mundo que ellos intentan robar.

Susan bajó la vista hacia él. En la penumbra, Jasper parecía más joven, menos cínico.

—¿Alguna vez tienes miedo de que esto sea demasiado? —preguntó ella en un susurro—. De que Nueva York nos devore por intentar ser más grandes que la propia ciudad?

Jasper se levantó y se colocó entre las piernas de Susan, obligándola a mirarlo de frente. Tomó el termo de sus manos y lo dejó a un lado.

—Nueva York ya nos ha devorado, Susan. Pero nos ha escupido porque somos demasiado difíciles de digerir. Mañana no es solo un desfile o una cena. Es la prueba de que no necesitamos sus reglas para ganar.

Él le acarició la cara con las manos frías, y ella se inclinó hacia su contacto, cerrando los ojos. Por un momento, el muelle, los abogados, la falsificación de la firma y la envidia de Elena desaparecieron. Solo quedaba el sonido del agua golpeando los pilares y el calor de Jasper.

—Prométeme una cosa —dijo Susan, abriendo los ojos, que brillaban con una mezcla de cansancio y determinación—. Si todo sale mal, si mañana este muelle se convierte en mi Waterloo... prométeme que no te arrepentirás de haberte cruzado en mi camino aquella noche de lluvia.

Jasper sonrió de esa forma lenta que siempre lograba desarmarla.

—Susan, me arrepentiría más de un plato sin sal que de haberte conocido. Pero no va a salir mal. Mañana, la "Seda Quemada" y tu carmesí van a hacer que este río arda.

Se quedaron allí, abrazados bajo la estructura de hierro, dos figuras solitarias desafiando al skyline de Manhattan, ajenos a que, a pocos kilómetros de allí, en un hotel de lujo, Julian y Elena terminaban de pulir su último y más sucio movimiento para la mañana siguiente.

El amanecer sobre el Hudson no trajo calidez, sino una luz grisácea y afilada que recortaba las siluetas de los rascacielos como cuchillas.

A las siete de la mañana, el Muelle 54 ya era una colmena.

El sonido de los martillos neumáticos se mezclaba con las órdenes de los regidores y el siseo de las cafeteras industriales.

Susan, tras apenas haber dormido un par de horas en el contenedor, ya estaba en pie, con una gabardina de cuero negro y un café solo que era más veneno que bebida.

—¡Están aquí! —gritó Margot, corriendo por la pasarela de cristal con la cara descompuesta—. ¡Susan, los abogados de Julian están en la entrada con la policía!

Susan no corrió. Caminó con la parsimonia de quien sabe que tiene un as en la manga, ajustándose sus gafas de sol oscuras. Jasper salió de la zona de cocinas, limpiándose las manos en un trapo de cocina, con una mirada cargada de una furia gélida.

En el control de acceso del muelle, Julian Vane lucía un traje impecable y una sonrisa de triunfo, flanqueado por dos hombres con maletines de cuero y un oficial de policía que parecía visiblemente incómodo.

—Buenos días, Susan. Qué mañana tan gris para un fracaso tan público —dijo Julian, extendiendo un documento—. Aquí tienes la orden judicial preliminar. Cese de actividad inmediato para cualquier servicio relacionado con la marca de Jasper Vane por presunto fraude contractual. Agente, proceda.

El oficial dio un paso adelante, pero Susan levantó una mano, deteniéndolo con la sola fuerza de su presencia.

—Un momento, oficial —dijo Susan, sacando de su carpeta un fajo de documentos frescos, aún calientes de la impresora—. Julian, siempre has sido un abogado mediocre porque solo lees los contratos que tú mismo redactas.

Julian frunció el ceño.

—La orden es clara, Susan. Jasper no puede trabajar para ti.

—Y no lo está haciendo —replicó ella, entregándole los papeles al policía—.

Estos documentos, registrados de forma electrónica a las cuatro de esta madrugada, certifican que el desfile "Seda Quemada" es una coproducción de una nueva entidad legal: Thorne & Vane Experiences.

Jasper no es un empleado, ni un consultor.

Es el copropietario de la propiedad intelectual del evento.

Su contrato de exclusividad en París se refiere a servicios de consultoría externa, no a la gestión de sus propios activos empresariales como socio fundador.

Julian arrebató los papeles de las manos del oficial, sus ojos escaneando las cláusulas con una desesperación creciente. Su rostro pasó del blanco al rojo en cuestión de segundos.

—Esto es una estratagema legal barata, Susan. ¡No puedes fusionar marcas de la noche a la mañana!

—Se llama eficiencia, Julian. Algo que deberías aprender —sentenció Susan—.

Oficial, si no hay más impedimentos, tenemos una colección que presentar.

Y Julian... si vuelves a pisar este muelle sin una invitación, te haré procesar por acoso y obstrucción a la justicia con el mismo USB que tengo guardado en mi caja fuerte.

Julian dio un paso atrás, derrotado pero con el odio ardiendo en sus ojos.

—Esto no ha terminado, Susan. Elena aún tiene cartas que jugar.

—Que juegue al póker si quiere —dijo Jasper, apoyando una mano en el hombro de Susan con un gesto de dominio absoluto—. Pero aquí, en este muelle, la casa siempre gana.

Susan se dio la vuelta, ignorando los gritos de Julian, y miró a Jasper. Por un breve segundo, tras sus gafas de sol, sus ojos se encontraron con una complicidad que quemaba más que el café. La batalla legal estaba ganada, pero el desfile estaba a punto de empezar, y el mundo entero estaba mirando.