CAPÍTULO 10 #2
—Le robé el USB del bolso mientras ella pedía otra botella de champán y salí de allí corriendo hacia tu casa. Por eso no respondí al teléfono. Por eso no pude explicarte nada en la galería. Tenía que asegurarme de que esta porquería no llegara a manos de nadie.
Susan guardó el USB en el cajón de su escritorio con llave. La ira que sentía hacia Elena se transformó en algo mucho más constructivo: una determinación letal. Jasper no solo había rechazado a su pasado; había arriesgado su carrera para proteger el futuro de ambos.
—Jasper —dijo ella, acercándose a él y rodeándole el cuello con los brazos, esta vez con una suavidad que lo dejó desarmado—. No sé si eres un héroe o el hombre más imprudente que he conocido en mi vida.
—Soy un hombre que no sabe perder, Susan. Y no voy a permitir que mi hermano o una sumiller despechada decidan cuándo termina nuestra historia.
Ella lo besó, pero esta vez fue un beso lento, cargado de una promesa nueva. La guerra externa seguía allí, pero dentro de esas cuatro paredes, la Emperatriz y el Artista acababan de firmar un tratado que ninguna traición podría romper.
Susan se alejó del escritorio y caminó hacia la puerta de su despacho.
Con un movimiento decidido, giró el pestillo de seguridad y bajó las persianas automáticas, sumergiendo la estancia en una penumbra dorada que solo permitía ver las siluetas de los rascacielos a través de las lamas.
El rugido de la Avenida Madison se convirtió en un susurro lejano.
Se giró hacia Jasper, que seguía sentado en el borde de la mesa, observándola con una mezcla de sorpresa y adoración salvaje.
—He cancelado París —dijo ella, caminando hacia él con una seguridad que no admitía réplica—.
Pero no el desfile. He cancelado al catering francés.
Si Julian y Elena creen que pueden dictar el ritmo de mi empresa, es que no me conocen.
El desfile de la colección cápsula se hará en el muelle de Chelsea, y tú vas a ser el único que sirva la comida.
Jasper se puso de pie, acortando la distancia.
—Eso es un suicidio logístico, Susan. Faltan cinco días.
—Entonces es mejor que empecemos a trabajar —respondió ella, pasando sus manos por los hombros de Jasper hasta hundir sus dedos en su nuca—. Pero primero, quiero que me demuestres que ese "incendio" del que hablabas no era solo una frase para impresionar a un crítico.
Jasper la atrajo hacia sí con una mano firme en la base de su espalda, mientras la otra se perdía en su cabello, terminando de deshacer el moño que la mantenía prisionera de su propia imagen.
Los labios de Jasper recorrieron con cuidado la barbilla de ella, lamiendo su cuello y saboreando su boca.
El beso fue intenso pero suave, las lenguas se entremezclaron en el interior de su boca, explorando y dominando mientras los dedos de él descendían por su espalda y se detenían en sus nalgas, unos instantes antes de empujar con las manos en su trasero y levantar el cuerpo de ella, obligándola a rodear la cintura de él con una pierna.
Diestramente los dedos de Jasper tiraron de las braguitas bajo su falda, desprendiéndose de ellas antes de rozar la humedad de la entrada de su vagina con el glande, frotándose en el interior de sus piernas sin dejar de besarla.
—Hmm —jadeó ella sobre su boca.
—¿Qué es lo que quieres?
La voz de Jasper sonó ronca, cargada de placer sobre su oído y Susan se estremeció, notando los pezones duros apretados contra el cuerpo de él. Odiaba que hubiera tanta ropa entre ellos en ese momento pero tampoco quería detenerse para desnudarse. Lo quería dentro. Y lo quería ya.
—Fóllame —pidió aunque sonó más a una orden y escuchó como él contenía un instante la respiración antes de soltar una risa baja y cargada de deseo.
—A tus órdenes, mi emperatriz.
Susan notó como el duro y largo miembro de él la penetraba, sintiendo como se deslizaba dentro de ella y rozaba su interior, produciéndole pequeñas descargas de placer que sacudían todo su cuerpo.
Los dedos de él se aferraron a sus caderas y empezó a moverse de manera rítmica, penetrándola intensamente mientras la golpeaba contra el escritorio, cada vez más rápido, más duro y Susan arqueó la espalda, cerrando los ojos incapaz de soportar el placer, ni siquiera cuando los dedos de Jasper se aferraron con fuerza a la piel desnuda de sus caderas bajo el vestido y los dos alcanzaron el clímax, sintiendo como él se corría dentro de ella.
No se dio prisa en soltarla y ella buscó sus labios, besándose casi como una necesidad antes de que él deslizara su pene hacia fuera y diera un paso hacia atrás, mirándola con la respiración agitada.
Durante unos instantes permanecieron así, mirándose hasta que ella sonrió y volvió a salvar el paso que los separaba deslizando una mano hacia la ingle de Jasper.
—No he tenido suficiente —aseguró, deslizando los dedos por la cinturilla del pantalón que Jasper se había arreglado y agarró el flácido pene aún pringoso por el semen de hacía un momento.
Jasper sonrió, inclinando la cabeza para volver a besarla.
—Solucionemos eso.
Las puertas del despacho permanecieron cerradas durante las dos horas siguientes.
Dentro, sobre el sofá de terciopelo que Susan solo usaba para recibir a embajadores y magnates, el control se perdió por completo.
No hubo estrategias, ni balances, ni recetas perfectas.
Solo el lenguaje de la piel contra la piel, el sabor del perdón en cada beso y la certeza de que, aunque el mundo exterior intentara separarlos con intrigas corporativas y pasados ruidosos, allí dentro eran invencibles.
Cuando finalmente el silencio volvió a reinar, Jasper estaba tumbado con la cabeza apoyada en el regazo de Susan, mientras ella le acariciaba el pelo con una distracción casi tierna, mirando hacia el techo.
—Vamos a destruirlos, ¿verdad? —preguntó Jasper con voz ronca.
—No —corrigió Susan, su mirada volviéndose de nuevo afilada y brillante—. Vamos a hacer que nos miren mientras conquistamos el mundo, y eso les dolerá mucho más.
Susan se levantó y empezó a recoger su ropa, recuperando su armadura pieza a pieza.
Jasper la observó, sabiendo que la mujer que se estaba abrochando la camisa no era la misma que había entrado en la oficina esa mañana.
Ahora tenían un secreto compartido, un USB con veneno puro y una ambición que acababa de multiplicarse.
—Mañana a las siete en el taller, Vane —dijo ella, antes de abrir la puerta y recuperar su máscara de Emperatriz—. Tenemos una colección que presentar y una ciudad que quemar.
Jasper se levantó, se puso su chaqueta de cuero y le dedicó una última sonrisa de lado.
—A sus órdenes, jefa.