Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 10
52%

CAPÍTULO 10

La oficina de Susan Thorne en la Avenida Madison parecía haber bajado cinco grados de temperatura durante la noche.

No era el aire acondicionado; era el aura de su dueña.

Susan vestía un traje de lana negra de corte militar, cerrado hasta el último botón, y su cabello estaba recogido en un moño tan tirante que acentuaba la palidez de sus pómulos.

—No quiero oír su nombre en este edificio, Margot —dijo Susan, sin levantar la vista de unos bocetos de calzado que estaba tachando con furia—. Si algún proveedor menciona a L'Artiste o al señor Vane, cancelamos el pedido. ¿Ha quedado claro?

Margot asintió, sosteniendo su iPad con manos temblorosas.

—Cristalino, Susan. Pero... Jasper ha llamado siete veces esta mañana. Dice que es una cuestión de logística sobre el desfile de París.

Susan soltó el lápiz y miró a su asistente con ojos que podrían haber congelado el Hudson en pleno agosto.

—Dile que la logística de París ya no le incumbe. He contratado a un servicio de catering francés tradicional. Nada de "experiencias sensoriales" ni de "alquimia". Solo comida que no intente contarme una historia de amor que no existe.

En ese momento, el interfono de la recepción sonó. La voz de la recepcionista se escuchaba distorsionada por el pánico.

—Señora Thorne... lo siento, pero el señor Vane está aquí. Dice que no se va a ir hasta que le devuelva su... ¿sudadera gris?

Susan apretó los puños bajo la mesa. La sudadera. El último rastro de humanidad que quedaba en su apartamento y que ella había arrojado a una bolsa de basura esa misma mañana, para luego rescatarla y esconderla en el fondo de su armario.

—Dile a seguridad que lo escolten fuera —ordenó Susan.

—Lo han intentado, Susan —respondió la recepcionista—, pero se ha encadenado a la escultura de bronce del vestíbulo. Y ha traído... bueno, ha traído una furgoneta llena de cajas.

Susan se levantó, su paciencia agotada.

—Si quiere un espectáculo, le daré un espectáculo.

Bajó al vestíbulo con la elegancia de una ejecución pública.

Al salir del ascensor, se encontró con una escena dantesca: Jasper Vane, luciendo unos vaqueros sucios y su eterna chaqueta de cuero, estaba efectivamente apoyado contra la escultura de la entrada con una calma insultante.

A su alrededor, una docena de cajas térmicas de L'Artiste bloqueaban el paso de los modelos y ejecutivos que intentaban entrar al edificio.

—¿Qué significa este circo, Vane? —preguntó Susan, cruzándose de brazos frente a él. La prensa ya estaba empezando a asomarse por las puertas de cristal de la calle.

Jasper se separó de la escultura y caminó hacia ella hasta que la punta de sus botas rozó los Louboutin de Susan.

—Significa que Nueva York no es lo suficientemente grande para que me ignores, Susan. Me cerraste la puerta anoche antes de que pudiera explicarte que Elena es solo una nota al pie de página en una receta que ya he borrado.

—No me interesan tus pies de página ni tus recetas —replicó ella, bajando la voz—. Vete de aquí antes de que llame a la policía.

—No me voy a ir —dijo Jasper, su voz vibrando con esa seguridad que a ella tanto la desarmaba—.

He traído el almuerzo para todo tu personal.

Cien raciones de coq au vin que tardé ocho horas en preparar.

Si quieres echarme, tendrás que hacerlo delante de cien empleados hambrientos que ahora mismo piensan que soy un santo.

Jasper dio un paso más, invadiendo ese espacio que Susan intentaba proteger con su traje militar.

—Anoche no me fui con ella, Susan. Me fui con la idea de que tú y yo somos mejores que cualquier pasado de París.

Pero si necesitas que te lo demuestre delante de toda la Avenida Madison, estoy dispuesto a quedarme aquí hasta que me devuelvas esa sudadera...

o hasta que me dejes subir a tu oficina para pedirte perdón como es debido.

Susan sintió el peso de cien miradas curiosas sobre su nuca.

El vestíbulo de la Torre Hearst, normalmente un templo de silencio y protocolos, se había convertido en un mercado de especias y tensión sexual.

Los empleados de Thorne mantuvo la vista fija en los números de los pisos que ascendían, consciente de que el aroma de Jasper —esa mezcla de cuero, vino tinto y una testosterona agotada por la falta de sueño— estaba reclamando el aire del pequeño cubículo.

Al entrar en el despacho, Susan cerró la puerta y se giró, dispuesta a soltar toda su artillería.

—¿Cómo te atreves? —estalló ella, lanzando su bolso sobre el sofá de cuero—. Has convertido mi oficina en una cafetería de barrio. ¿Crees que esto es un juego? ¿Crees que puedes ignorarme en una galería, irte con esa... mujer, y luego aparecer aquí con pollo al vino para comprar mi perdón?

—No he venido a comprar nada, Susan —respondió Jasper, manteniendo la calma mientras se desabrochaba la chaqueta de cuero—.

Me fui de la galería porque Moreau es el hombre que financia mi futuro en París.

Y sí, Elena estaba allí. Y sí, ella intentó que la noche terminara de una forma que tú ya te has imaginado.

—No necesito imaginármelo, Jasper. Conozco el tipo. Ella es París, es libertad, es vino compartido en el Sena. Yo soy... —Susan hizo una pausa, su voz flaqueando por primera vez— yo soy balances, seda rígida y control. No puedes tener ambas cosas.

Jasper acortó la distancia entre ellos en tres zancadas largas. Agarró a Susan por los hombros, obligándola a mirarlo. Sus dedos se hundieron levemente en la lana negra de su traje.

—¿Crees que quiero libertad? —gruñó él—. Me pasé diez años en París siendo libre y estaba muerto de hambre, Susan. No de comida, sino de algo que valiera la pena proteger. Anoche le dije a Elena que se fuera al infierno. Le dije que tú eres el único incendio que quiero apagar.

—Mentiroso —susurró ella, aunque su cuerpo ya se estaba inclinando hacia él, traicionando su propia lógica.

—Pruébame —desafió Jasper—. He estado toda la noche despierto cocinando para tu gente solo para tener una excusa para que me dejaras entrar.

¿Crees que haría eso por una "nota al pie de página"?

He venido por mi sudadera, Susan. Y he venido por la mujer que se la puso anoche para dormir porque no podía soportar que yo no estuviera allí.

Susan levantó la mano para golpearlo o para apartarlo, pero terminó aferrándose a las solapas de su camisa. El moño perfecto de su cabello empezó a deshacerse mientras Jasper la atraía hacia sí, uniendo sus frentes.

—Te odio, Vane —murmuró ella, cerrando los ojos.

—Lo sé —respondió él contra sus labios—. Es la parte más honesta de tu vocabulario.

El beso que siguió fue una colisión de rabia, alivio y una necesidad física tan cruda que hizo que los papeles del escritorio de Susan volaran por los aires cuando él la sentó sobre el cristal, apartando todo lo que se interponía entre ellos.

La "Emperatriz" había caído, y esta vez, no tenía ninguna intención de levantarse.

El fragor de la discusión se había transformado en una necesidad física desesperada.

Sobre el escritorio de cristal, entre bocetos de la próxima temporada y contratos millonarios, Jasper y Susan se buscaban con una urgencia que no entendía de protocolos.

Él le quitó la chaqueta del traje militar con una brusquedad que hizo saltar un botón de nácar, mientras ella tiraba de su camiseta con la intención de sentir, por fin, el calor real de su piel.

Jasper se detuvo un segundo, con las manos apoyadas en la cintura de Susan, jadeando. Sus ojos, normalmente cargados de ironía, estaban oscuros, fijos en los de ella.

—¿Sigue siendo un error táctico, Susan? —preguntó él, con la voz rota.

—Es un desastre absoluto —respondió ella, atrayéndolo de nuevo por el cuello para devorar sus labios—. Y cállate de una vez.

En mitad de ese caos de caricias y respiraciones entrecortadas, algo cayó del bolsillo de la chaqueta de Jasper. Un pequeño objeto metálico rodó por el cristal y se detuvo justo bajo la mano de Susan. Ella se separó apenas unos milímetros, bajando la vista.

Era un USB con el logo de un hotel de lujo.

—¿Qué es esto? —preguntó Susan, recuperando un destello de su habitual suspicacia.

Jasper se apartó, sentándose en el borde del escritorio y tratando de recuperar el aliento. Se pasó una mano por el pelo, frustrado.

—Es la razón por la que llegué tarde a tu puerta anoche.

Elena no solo quería una copa de vino. Quería venderme información.

Jean-Luc Moreau no es el único que quiere invertir en París, Susan.

Julian, mi hermano, ha estado moviendo hilos para que el contrato de Moreau tenga una cláusula de exclusividad que me obligaría a dejar Nueva York... y a dejarte a ti.

Susan se incorporó, alisándose la camisa de seda blanca, sintiendo cómo el frío de los negocios volvía a filtrarse en la habitación.

—¿Julian? ¿Otra vez?

—Elena grabó una conversación en la suite mientras yo no estaba —explicó Jasper, señalando el USB—.

Ella es una oportunista, Susan. Quería usar esto para chantajearme y que me fuera con ella a Francia.

Me dijo que, si aceptaba su oferta, el audio desaparecería.

Si no, se lo entregaría a la prensa para decir que yo había intentado sobornar a los inspectores de la guía Michelin.

Susan miró el pequeño dispositivo. Su mente estratégica empezó a trabajar a mil revoluciones por minuto.

—¿Y qué hiciste?