CAPÍTULO 9
Nueva York tiene una memoria corta para las tragedias, pero una retentiva infinita para el morbo.
Dos semanas después del incidente del gas y la victoria en la junta, Susan y Jasper se habían convertido en la pareja inevitable de la ciudad.
Las revistas de estilo de vida los llamaban "La Alquimia Perfecta", y no había evento que no suplicara su asistencia.
—Si vuelvo a ver una foto nuestra en la sección de sociedad comparándonos con una ensalada de diseño, juro que cancelo mi suscripción a la vida —gruñó Susan, mientras un maquillador le aplicaba una sombra de ojos metalizada.
Estaba en su ático, preparándose para la inauguración de la galería de arte moderno de Chelsea. Jasper, que ya estaba listo y lucía un traje negro de corte italiano —regalo personal de Susan para "civilizarlo"—, bebía una copa de vino tinto mientras observaba el tráfico desde el ventanal.
—Admítelo, Susan. Te encanta que el mundo sepa que el hombre que te quita el sueño también sabe preparar el mejor soufflé del hemisferio norte —respondió Jasper con una sonrisa de suficiencia, reflejada en el cristal—.
Además, este traje me queda insultantemente bien.
Deberías considerar dedicarte a la moda masculina.
—No me tientes, Vane. Diseñar para hombres es demasiado fácil; solo hay que ocultar sus defectos. En tu caso, necesitaría un taller entero —replicó ella, aunque sus ojos recorrieron con apreciación la línea de sus hombros.
El evento en Chelsea era una trampa de flashes y champán tibio.
Al bajar del coche, la coreografía ya era automática: Jasper ponía la mano en su cintura, Susan inclinaba la cabeza con la distancia justa de una reina, y juntos cruzaban el cordón de seguridad.
Dentro, la vanguardia neoyorquina los rodeó como si fueran las obras de arte más valiosas de la sala.
—Es una delicia veros —dijo el dueño de la galería, un hombre con un monóculo que Susan sospechaba que era puramente decorativo—. Susan, tu nueva línea es... trascendental. Y Jasper, mi paladar aún llora por no tener mesa en tu restaurante.
Jasper estaba a punto de soltar una respuesta ingeniosa cuando su expresión se congeló. Susan, que se había vuelto experta en leer las sutiles tensiones de su cuerpo, siguió su mirada hacia la entrada.
Una mujer acababa de entrar. Era alta, de una belleza salvaje y despreocupada, con una melena oscura y alborotada y un vestido lencero que parecía puesto al descuido pero que costaba una fortuna. Se movía con la seguridad de quien conoce todos los rincones de la noche parisina.
—¿Jasper? —la voz de la mujer era profunda, con un marcado acento francés que goteaba nostalgia—. Me dijeron que te habías convertido en el rey de esta isla, pero no esperaba encontrarte tan... domesticado.
Susan sintió una punzada de algo que se negó a llamar celos. Era una alarma profesional. Jasper bajó la copa lentamente, y por primera vez desde que lo conocía, Susan vio un rastro de duda en sus ojos.
—Elena —dijo Jasper, su voz perdiendo su habitual tono mordaz—. ¿Qué haces en Nueva York?
—He vuelto por lo que es mío, chéri —respondió ella, ignorando por completo a Susan y acercándose a Jasper para darle dos besos que rozaron peligrosamente la comisura de sus labios—. Y parece que has estado muy ocupado reemplazando el sabor de París con... seda y diamantes.
Susan dio un paso adelante, recuperando su posición de "Emperatriz".
—Jasper, querido —dijo ella, con una voz tan afilada que podría haber cortado el cristal de las copas—, ¿no vas a presentarme a tu... amiga?
Elena clavó sus ojos oscuros en Susan, recorriéndola de arriba abajo con la insolencia de quien no teme al poder porque ya lo ha poseído. Susan, por su parte, mantuvo la barbilla alta, sosteniendo la mirada con la fijeza de un depredador que protege su territorio.
—Elena es... una vieja colega de mis años en el Le Meurice —dijo Jasper, rompiendo el silencio.
Su voz había recuperado la compostura, pero su mano, que seguía en la cintura de Susan, se había tensado—.
Susan Thorne, directora creativa de Thorne estaba insultando el mundo que ella había construido.
—El paladar de Jasper está mejor que nunca, querida. Precisamente porque ha aprendido a distinguir entre una aventura de juventud que sabe a vinagre y una relación de madurez que tiene cuerpo, estructura y, sobre todo, futuro.
—El futuro es aburrido, Susan —replicó Elena, volviendo su atención a Jasper—. He venido porque Jean-Luc Moreau me ha pedido que supervise la selección de vinos para tu apertura en París. Parece que vamos a pasar mucho tiempo juntos otra vez, mon loup.
Jasper palideció ligeramente. Jean-Luc no le había mencionado que Elena formaba parte del trato.
Susan notó la vacilación en él y supo que Elena no era solo una "colega".
Era la mujer que conocía al Jasper antes de la fama, al Jasper que aún tenía hambre de mundo y que no sabía lo que era el miedo al fracaso.
—Qué coincidencia tan... conveniente —dijo Susan, apretando su bolso—. Si me disculpáis, necesito un momento para saludar al artista. Jasper, no tardes. No queremos que la prensa piense que te has quedado atrapado en el pasado.
Susan se dio la vuelta y se alejó con la elegancia de una fragata de guerra, dejando a Jasper a solas con la mujer que acababa de lanzar una granada en mitad de su noche perfecta.
Susan se detuvo frente a una escultura de metal retorcido que no comprendía ni le interesaba, pero que le servía de parapeto perfecto.
A través del reflejo del cristal de un cuadro cercano, observó a Jasper y Elena.
No estaban solo hablando; estaban discutiendo con ese lenguaje corporal eléctrico que solo tienen las personas que han compartido sábanas y madrugadas.
Elena le puso una mano en el pecho a Jasper, y él, por un segundo que a Susan le pareció una eternidad, no se apartó.
—Parece que el Chef ha encontrado una nota de cata que no esperaba —dijo una voz flemática a su espalda.
Susan no necesitó girarse para saber que era Alistair Vance. El crítico la observaba con una curiosidad maliciosa, disfrutando de la grieta en la armadura de la Emperatriz.
—Es solo ruido de fondo, Alistair —respondió Susan, bebiendo un sorbo de champán que ahora sabía a metal—. Una vieja historia de París que ha olvidado que ya no estamos en el siglo diecinueve.
—Cuidado, Susan. Elena Roche no es solo una "historia". En Europa dicen que ella fue quien le dio a Jasper el refinamiento que le faltaba. Se dice que él ponía el fuego y ella el espíritu. Verlos juntos es como ver un incendio forestal: es hermoso de lejos, pero te quema si te acercas demasiado.
Susan apretó los dientes. No iba a permitir que un crítico gastronómico y una sumiller francesa la hicieran sentir como una invitada en su propia ciudad. Se dio la vuelta, dejando a Alistair con la palabra en la boca, y caminó directamente hacia la pareja.
—Jasper, querido —dijo Susan, irrumpiendo en el círculo de intimidad de Elena y Jasper con una sonrisa que era una declaración de guerra—. Acabo de hablar con el dueño de la galería. Resulta que hay una cena privada después de esto en el Standard y nos esperan.
Elena la miró con una ceja arqueada, su sonrisa lánguida no flaqueó ni un milímetro.
—Oh, Jasper, siempre tan solicitado. Pero me temo que hoy tiene un compromiso previo. Jean-Luc Moreau nos espera en su hotel para discutir la bodega de París. Negocios, ya sabes. Cosas que no entienden de vestidos ni de horarios de modelos.
Jasper miró a Susan y luego a Elena. Estaba en una posición imposible.
—Susan, tengo que ir. Moreau es el inversor. Si Elena va a ser la sumiller jefe en París, necesito dejar claras las reglas del juego esta noche.
—Las reglas del juego ya están claras, Jasper —dijo Susan, su voz bajando a un susurro letal que solo ellos dos podían oír—. Si te vas con ella ahora, estás aceptando que tu pasado tiene más peso que nuestro presente. Y yo no comparto mi mesa con sombras.
—No seas dramática, Susan. Es trabajo —respondió Jasper, pero había una chispa de irritación en sus ojos por el tono controlador de ella—. Mañana te lo explicaré todo.
—Mañana quizás no me encuentres para escucharlo —replicó ella, dándose la vuelta con una frialdad que heló la sangre de los que estaban cerca.
Susan salió de la galería sin mirar atrás, dejando que los flashes de los fotógrafos captaran su retirada solitaria.
Al subir a su coche, el silencio del interior blindado la envolvió como un sudario.
Se tocó el cuello, donde el collar de diamantes parecía pesar una tonelada.
Había pasado de ser la mujer que salvó al artista a ser la mujer que se sentía desplazada por una francesa con olor a vino y libertad.
Susan entró en su ático con la furia contenida de un huracán.
Se arrancó el collar de diamantes y lo lanzó sobre la mesa de cristal, donde el tintineo metálico resonó como un reproche.
Se sentía estúpida. Había bajado su guardia, había dejado que un hombre —un cocinero, por muy genio que fuera— se instalara en su cama y en sus pensamientos, solo para que él eligiera el aroma de un pasado francés en cuanto este se presentó en la sala.
—Margot —dijo Susan al teléfono, su voz era un látigo—. Mañana a primera hora quiero el dossier completo de la logística de París. Y cancela la colaboración de catering con L’Artiste para el desfile de la colección cápsula.
—¿Qué? Susan, eso es una declaración de guerra pública —respondió Margot al otro lado, aterrada—. La prensa dirá que habéis roto.
—La prensa dirá lo que yo les dicte que digan. Hazlo. No voy a permitir que mi marca dependa de alguien que no sabe dónde están sus lealtades.
Mientras tanto, en la suite de lujo de Jean-Luc Moreau, Jasper se encontraba en una situación muy distinta a la que esperaba.
Al llegar con Elena, descubrió que Moreau no estaba.
En su lugar, había una mesa servida para dos con una botella de un Burdeos de 1982 que Jasper reconoció al instante: el vino que compartieron la noche que él ganó su primer concurso en París.
—¿Dónde está Jean-Luc, Elena? —preguntó Jasper, su tono volviéndose gélido.
—Oh, Jean-Luc tuvo un "imprevisto" —dijo ella, deslizándose hacia él y sirviendo dos copas con una elegancia perezosa—. Pero me dejó a cargo de la bodega. Y de ti. Jasper, admite que esa mujer te está asfixiando. Nueva York es una jaula de cristal. París... París es donde perteneces. Conmigo.
Jasper miró la copa de vino y luego a Elena.
Recordó la adrenalina de sus años jóvenes, el desorden, la falta de reglas.
Pero luego recordó a Susan Thorne en mitad de su cocina a oscuras, con un vestido carmesí de mil dólares y los dedos manchados de brotes frescos, luchando a su lado.
Recordó la vulnerabilidad de la "Emperatriz" en la penumbra de su ático.
—Te equivocas, Elena —dijo Jasper, dejando la copa intacta sobre la mesa—. Susan no es una jaula. Ella es el incendio que me obliga a ser mejor. Lo que tú y yo teníamos era vino barato y promesas vacías. Lo que tengo con ella es real.
Jasper se dio la vuelta para salir, pero Elena soltó una risa mordaz.
—Vete entonces, mon loup. Pero ya conoces a Susan Thorne. Ella no perdona. Para cuando llegues a su puerta, ya habrá puesto cerrojo a su corazón y a su imperio.
Jasper no respondió. Salió de la suite y corrió hacia el ascensor, ignorando los latidos acelerados de su corazón.
Sabía que Elena tenía razón en algo: Susan era implacable.
Había cruzado una línea al irse de la galería y ahora tendría que luchar por ella con más ferocidad de la que nunca había usado para ganar una estrella.
Cuando llegó al ático de Susan y pulsó el código de seguridad, el panel emitió un pitido rojo. Acceso denegado. Susan había cambiado la clave.
Jasper apoyó la frente contra la puerta fría. El juego había vuelto a empezar, pero esta vez, las reglas las dictaba el dolor.