Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Si la noche anterior fue un sueño de fuego y gloria, la mañana del viernes fue un despertar de tinta y flashes.

Susan Thorne no necesitó abrir los ojos para saber que el mundo se había vuelto loco; el sonido rítmico y constante de las notificaciones de su teléfono, vibrando sobre la mesilla de noche de Jasper, era suficiente.

Se incorporó entre las sábanas oscuras del loft del West Village, sintiendo el peso de la noche en sus músculos. Jasper no estaba en la cama, pero el aroma a café recién hecho y pan tostado flotaba en el aire, mezclándose con el recuerdo del humo de ayer.

Susan cogió su teléfono. Lo que vio la hizo palidecer, aunque fuera solo por un segundo.

La portada del New York Post mostraba una fotografía granulada, pero inconfundible, de ella saliendo de L’Artiste a las tres de la mañana, con el vestido carmesí visiblemente dañado y la mano de Jasper apoyada en su cintura.

El titular era una bofetada: "¿LA EMPERATRIZ SE MANCHA LAS MANOS?

Susan Thorne abandona la Gala del Met por el Chef del Momento".

—Veo que ya te has enterado de que somos la noticia más importante desde la llegada del hombre a la Luna —dijo Jasper, entrando en el dormitorio con dos tazas de café y una bandeja.

Vestía solo unos pantalones de chándal grises, y el sol de la mañana resaltaba cada tatuaje y cada cicatriz de sus brazos. Se sentó al borde de la cama, ofreciéndole una taza.

—Esto es un desastre, Jasper —sentenció Susan, aunque aceptó el café con gratitud—. Mi junta de accionistas va a pedir mi cabeza. Abandonar la Gala del Met es un suicidio profesional. Me van a llamar poco profesional, impulsiva... o algo peor.

—Te van a llamar humana, Susan —replicó él, mirándola con una intensidad que la obligó a apartar la vista—.

Ayer salvaste mi carrera y, de paso, demostraste que tienes más agallas que todos esos inversores juntos.

Jean-Luc Moreau ya ha hecho una declaración diciendo que tu intervención fue "el acto de fe más elegante que ha visto en su vida".

—Jean-Luc es un romántico francés. Mis inversores son tiburones de Wall Street que solo creen en los márgenes de beneficio —Susan dejó la taza y se pasó una mano por el pelo, frustrada—.

Margot me ha enviado cincuenta mensajes.

El taller está sitiado por la prensa. No puedo ni siquiera ir a mi propia oficina sin que me pregunten si el vestido carmesí es ahora tu nuevo delantal.

Jasper dejó la bandeja a un lado y se acercó a ella, tomándola por la barbilla para que lo mirara.

—Escúchame. Ayer ganamos. Tú y yo. Deja que hablen. Mientras ellos escriben chismes, nosotros estamos construyendo algo que no pueden tocar. Si tu junta de accionistas tiene problemas, que vengan a hablar conmigo. Les prepararé algo que les haga olvidar hasta cómo se llaman.

Susan no pudo evitar soltar una pequeña risa seca.

—No puedes solucionar todos mis problemas con un buen maridaje de vinos, Vane.

—Quizás no, pero puedo asegurarme de que no los enfrentes con el estómago vacío —Jasper le dio un beso rápido en la frente—.

Vístete. He pedido a Marcus que traiga un coche con cristales tintados a la puerta de atrás.

Vamos a tu oficina. No vas a entrar por la puerta de servicio como si tuvieras algo de lo que avergonzarte.

Vas a entrar por la puerta principal, con la cabeza alta, y yo voy a estar a tu lado.

Susan lo miró, debatiéndose entre su necesidad de control y la extraña seguridad que le daba la arrogancia de Jasper.

—Si entras conmigo en la Torre Hearst, Jasper, no habrá vuelta atrás. El mundo asumirá que somos... algo.

—El mundo ya lo asume, Susan. Vamos a darles una razón para que tengan envidia de verdad.

El Maserati de Jasper, un modelo clásico que rugía por la Quinta Avenida, se detuvo frente a la imponente entrada de la Torre Hearst. Como Jasper había predicho, un enjambre de fotógrafos y reporteros rodeaba la puerta giratoria.

En cuanto el coche se detuvo, el brillo de los flashes se volvió cegador, rebotando en los cristales tintados.

Susan, que se había puesto un traje de seda azul medianoche con hombreras afiladas y sus inseparables gafas de sol, respiró hondo.

—¿Lista para el foso de los leones? —preguntó Jasper, ajustándose una chaqueta de lino oscuro que, milagrosamente, lo hacía parecer un ejecutivo de riesgo en lugar de un chef de batalla.

—Yo no entro en fosos, Jasper. Yo soy el león —respondió ella, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre su bolso—. Tú solo limítate a no pegarle a ningún reportero. Tu reputación de hombre temperamental no ayudaría hoy.

Bajaron del coche simultáneamente. El ruido fue ensordecedor.

"¡Susan! ¿Es cierto que vas a dejar Thorne mantuvo sus ojos fijos en su hermano, pero su voz se proyectó para que todos en la sala la escucharan.

—Habláis de estabilidad —dijo Jasper, apoyando las manos en la mesa de caoba, justo frente a Julian—. Habláis de óptica. Pero a ninguno de vosotros parece importarle que el corte de gas de anoche en el West Village no fue un accidente de mantenimiento.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Susan arqueó una ceja, mirando a Jasper. Él no le había mencionado nada de esto por la mañana.

—¿De qué estás hablando, Jasper? —preguntó Arthur, frunciendo el ceño—. Fue una fuga en la manzana. Salió en las noticias locales.

—Fue una fuga provocada desde la estación de control del edificio contiguo —respondió Jasper, sacando su teléfono y deslizando un documento en la pantalla táctil de la mesa para que todos pudieran verlo—.

Mi jefe de seguridad no es un simple portero, es un ex-detective.

Anoche, mientras yo cocinaba con sopletes, él estaba revisando las cámaras y los registros digitales.

La orden de "inspección de emergencia" vino de una subcontrata que pertenece a un holding muy interesante.

Jasper pulsó la pantalla y apareció un diagrama de empresas. En la base de la pirámide, resaltado en rojo, apareció un nombre que hizo que Julian perdiera el color de su rostro: Vane & Associates.

—Julian —murmuró Jasper con una sonrisa que era puro veneno—, parece que tu bufete tiene un interés muy particular en que el restaurante que iba a firmar con Jean-Luc Moreau fracasara estrepitosamente.

O quizás el objetivo no era yo. Quizás el objetivo era que Susan Thorne acudiera al rescate para que hoy pudierais usar esa "impulsividad" como excusa para echarla.

Susan se puso de pie, su figura azul medianoche dominando la estancia. Miró el diagrama y luego a Julian, quien evitaba su mirada frenéticamente.

—Habéis intentado sabotear a un ciudadano de Nueva York y arruinar una gala benéfica internacional solo para quitarme el control de mi empresa —dijo Susan, su voz era un susurro letal—. Eso no es una falta de óptica, Arthur. Eso es un delito federal de conspiración y sabotaje industrial.

—Susan, no saquemos conclusiones precipitadas... —empezó Arthur, cuya mano temblaba ligeramente sobre la mesa.

—Las conclusiones ya están sacadas —intervino Jasper, rodeando la mesa hasta quedar frente a su hermano—.

Tienes diez minutos para convencer al consejo de que la dimisión de Susan es una idea estúpida y para asegurarte de que mi restaurante reciba una compensación pública por los "daños técnicos".

Si no, este diagrama estará en la mesa del Fiscal del Distrito antes de que cierren los mercados.

Julian miró a Jasper con un odio visceral, pero la derrota estaba escrita en sus ojos. El consejo de administración, viendo que el barco se hundía, empezó a susurrar entre ellos con pánico.

Susan se acercó a Jasper y, por primera vez delante de ellos, puso una mano sobre su brazo. No era un gesto de debilidad, sino de reclamación.

—Fuera de mi vista —ordenó Susan, mirando a Julian y a los consejeros—. La reunión ha terminado. Y Arthur... dile a la prensa que Thorne & Mode va a lanzar una línea exclusiva inspirada en el West Village. Si querían drama, les vamos a dar una temporada completa.

La puerta de roble se cerró tras el último de los consejeros, dejando a Susan y Jasper a solas en la inmensa sala de juntas.

Susan se dejó caer en su silla, exhalando un aire que parecía haber estado reteniendo desde que bajó del Maserati.

El skyline de Manhattan, impasible tras el cristal, empezaba a teñirse con los tonos dorados del atardecer.

—Tu hermano es una serpiente, Jasper —dijo ella, rompiendo el silencio. Se quitó los tacones bajo la mesa, un gesto de informalidad que jamás habría permitido ante nadie más—. Pero tú eres mucho más peligroso de lo que dejas ver. ¿Por qué no me dijiste lo del sabotaje en el coche?

Jasper se acercó a ella, desanudándose la corbata y arrojándola sobre la mesa de caoba como si fuera un trozo de trapo inútil. Se apoyó en el brazo de la silla de Susan, invadiendo su espacio con esa familiaridad que ya no resultaba ofensiva, sino necesaria.

—Porque quería ver cómo te defendías tú sola, Susan —admitió él, su voz bajando a ese registro grave que le erizaba la piel—.

Y porque sabía que si te lo decía, habrías planeado una ejecución pública demasiado limpia.

A veces, para tratar con gente como Julian, necesitas que el cuchillo esté un poco oxidado.

Susan lo miró, notando el rastro de cansancio en sus ojos y la tensión que aún habitaba en sus hombros. La "Emperatriz" extendió la mano y, con una suavidad que habría escandalizado a su junta de accionistas, acarició la mejilla de Jasper.

—Me has salvado la vida, Vane. Dos veces en cuarenta y ocho horas. Eso es un récord, incluso para un genio.

—No te he salvado la vida, Susan. He protegido mi inversión —sonrió él, atrapando su mano y besando la palma con una lentitud deliberada—. Nueva York es una ciudad muy aburrida cuando no tengo a nadie con quien pelearme que esté a mi altura.

—Supongo que esto significa que los tabloides tenían razón —murmuró ella, sintiendo cómo la electricidad volvía a fluir entre ambos—. La asociación entre la moda y la cocina es... inevitable.

—Es volátil, es escandalosa y es exactamente lo que ambos necesitábamos —Jasper se inclinó, uniendo su frente a la de ella—.

Ahora, vámonos de aquí. Este edificio huele a miedo y a perfume barato de abogado.

Tengo una botella de champán en el loft que no ha sido saboteada y un hambre que no se quita con comida.

Susan se levantó, recuperando sus tacones y su bolso, pero esta vez fue ella quien entrelazó sus dedos con los de él. Al salir del despacho, Margot los miró con una mezcla de asombro y alivio. Susan no se detuvo, pero le lanzó una orden por encima del hombro.

—Margot, cancela todas mis citas de mañana. Y envía una caja de ese carmesí defectuoso al despacho de Julian Vane con una nota que diga: "Aprende a teñir tus mentiras de un color más convincente".

Jasper soltó una carcajada que resonó en el pasillo de mármol mientras la puerta del ascensor se cerraba tras ellos.

Habían sobrevivido al escándalo, habían derrotado a la traición y, en el proceso, habían descubierto que la seda y el fuego no solo se mezclan, sino que pueden llegar a consumir la ciudad entera si se lo proponen.