Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La noche de la Gala del Museo Metropolitano no era un evento; era un veredicto. Para Susan Thorne, subir las famosas escaleras del museo bajo el bombardeo de los flashes era como desfilar hacia una guillotina de diamantes. O salías coronada o salías olvidada.

En su suite, el ambiente era de una tensión eléctrica.

Tres estilistas trabajaban en su cabello mientras Margot, con un auricular pegado a la oreja, gestionaba las últimas confirmaciones de la prensa.

En el centro de la habitación, sobre un maniquí de terciopelo, descansaba el vestido carmesí.

Gracias al "milagro" de Jasper, la seda no solo estaba impecable, sino que emitía una fragancia sutil, casi imperceptible, que recordaba a un bosque después de la lluvia.

—Susan, el coche está abajo —anunció Margot, conteniendo el aliento—. Estás... estás increíble. Ese color parece estar vivo.

Susan se miró en el espejo de cuerpo entero.

El vestido se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel de sangre y fuego.

El escote asimétrico dejaba al descubierto su hombro derecho, el mismo que Jasper había besado apenas veinticuatro horas antes.

Se puso los pendientes de diamantes —el par completo esta vez— y sintió un nudo en el estómago que nada tenía que ver con los nervios del desfile.

—¿Alguna noticia de L’Artiste? —preguntó ella, tratando de que su voz sonara casual mientras se aplicaba una última capa de labial rojo.

—Están a reventar, Susan. Me han dicho que el inversor francés, Jean-Luc Moreau, ya está sentado a la mesa. Si a Jean-Luc le gusta la cena, Jasper tendrá financiación para abrir en París y Londres antes de que acabe el año. Es su noche, igual que es la tuya.

Susan asintió, mirando su reflejo. Debería sentirse satisfecha. Si Jasper conseguía su imperio, quizá la dejaría en paz. Pero la idea de tener un océano de distancia entre ellos le produjo una punzada de vacío que no supo cómo gestionar.

***

Mientras tanto, en el West Village, el aire en la cocina de L’Artiste se podía cortar con un bisturí.

Jasper Vane no vestía de gala, pero su chaquetilla blanca estaba tan almidonada que crujía.

Sus ojos estaban fijos en un plato de foie gras con reducción de higos que estaba a punto de salir hacia la mesa número cinco.

—¡Si ese plato no llega a la temperatura perfecta, lo tiráis y empezáis de nuevo! —rugió Jasper—. Jean-Luc Moreau no come comida, come prestigio. Y hoy vamos a darle una sobredosis.

Jasper estaba operando a un nivel de intensidad que asustaba incluso a Marcus.

Sus movimientos eran frenéticos pero precisos.

Sin embargo, cada vez que pasaba junto a la ventana que daba a la calle y veía los coches de lujo pasar en dirección al Uptown, pensaba en Susan.

Se preguntaba si el vestido aguantaría el movimiento, si el aroma que él mismo había diseñado para ella la protegería de las críticas, o si ella estaría pensando en él mientras brindaba con champán de mil dólares.

—Chef, el primer plato de Moreau ha vuelto limpio. Ha dicho que la armonía de sabores es... "perturbadoramente perfecta" —informó un camarero, emocionado.

Jasper no sonrió. Sabía que la perfección era un equilibrio precario.

—No celebréis todavía. Falta el plato principal. Y recordad: hoy no cocinamos para un inversor. Cocinamos para demostrar que Nueva York tiene un nuevo dueño.

Jasper cogió una cuchara, probó una salsa de trufa y, por un instante, cerró los ojos. El sabor le recordó a la piel de Susan en la oscuridad de su ático. Esa era su verdadera inspiración. Ella era la sal y el fuego de su cocina, la resistencia que necesitaba para superarse a sí mismo.

—¡Siguiente comanda! —gritó, con una energía renovada—. ¡Vamos a quemar esta ciudad!

Susan Thorne ascendió las escaleras del Met como si el mundo le perteneciera.

El murmullo de la multitud se transformó en un rugido cuando el color carmesí de su vestido captó los focos.

Los críticos de moda, que normalmente afilaban sus lenguas como cuchillas, se quedaron mudos por un instante.

La seda no solo brillaba; parecía latir.

—¡Susan, aquí! ¡Un giro para Vogue! —gritaban los fotógrafos.

Ella mantuvo su sonrisa de porcelana, pero por dentro sentía una inquietud creciente. Al llegar a la cima de la escalera, se encontró con Alistair Vance, que lucía un esmoquin de terciopelo y sostenía una copa de cristal.

—Querida, has ganado —susurró Alistair al oído de Susan—. Mañana no habrá otra cara en las portadas. Pero dime... ¿es ese el aroma de la redención lo que huelo o simplemente la victoria?

—Es el aroma de la eficiencia, Alistair —respondió ella, aunque su mirada buscó discretamente el reloj de pared del gran vestíbulo. Eran las diez. Jasper debería estar sirviendo el plato principal a Moreau ahora mismo.

Antes de que pudiera entrar en la sala principal, Margot apareció entre la multitud, esquivando celebridades con una expresión de pánico absoluto. Su teléfono vibraba sin parar en su mano.

—Susan, tenemos un problema. No es aquí, es en L’Artiste. He recibido un mensaje de Marcus, el jefe de sala de Jasper. Al parecer, el suministro de gas de la manzana entera acaba de ser cortado por una supuesta fuga... justo cuando Moreau estaba esperando el plato principal.

A Susan se le heló la sangre. Conocía bien los juegos sucios de Manhattan. Un corte de gas en el momento cumbre no era un accidente; era un sabotaje corporativo. Quizás de algún rival celoso o de alguien que quería ver a Jasper humillado frente al inversor más grande de Europa.

***

En la cocina de L’Artiste, el silencio era aterrador. El rugido de los fogones se había extinguido, dejando solo el olor a metal frío y el vapor residual. Jasper estaba de pie frente a la placa de inducción apagada, con los puños apretados sobre la encimera.

—¡Dime que tenemos generadores! —rugió Jasper a Marcus.

—¡Para las luces y los frigoríficos, sí! Pero las cocinas profesionales necesitan el flujo de gas, Jasper. Los técnicos dicen que tardarán tres horas en restablecerlo. Moreau no va a esperar tres horas. Ya está mirando su reloj y ha pedido la cuenta.

Jasper miró a su alrededor. Tenía el filete de buey Wagyu más caro del mundo preparado, pero no tenía fuego para sellarlo. Tenía a su equipo paralizado por el miedo. Y entonces, recordó algo que Susan le dijo una vez en el taller: "Si el sistema falla, tú eres el sistema".

—¡Escuchadme todos! —gritó Jasper, su voz rompiendo la tensión—.

No necesitamos gas para crear fuego. Sacad los sopletes de repostería.

Todos ellos. Y buscad el alcohol de grado alimenticio del almacén.

Vamos a cocinar con la técnica del flambeado directo y piedras calientes del horno de leña que aún conserva algo de calor.

No saldrá un plato perfecto de catálogo, saldrá un plato de supervivencia. ¡Movos!

Jasper cogió un soplete y lo encendió. La llama azul iluminó su rostro sudoroso y decidido. Era una locura. Era peligroso. Pero era la única forma de no morir en la orilla.

A veinte kilómetros de allí, Susan Thorne, la mujer que siempre anteponía su carrera a todo, tomó una decisión que haría que su departamento de relaciones públicas sufriera un síncope.

—Margot, dame mi abrigo —dijo Susan, dándose la vuelta y abandonando la gala justo cuando empezaba la cena de honor.

—¿Qué? ¡Susan, no puedes irte ahora! El alcalde va a dar el discurso de apertura y tú eres la invitada principal.

—Que se lo dé a una de las modelos —replicó Susan, caminando hacia la salida con el vestido carmesí ondeando como una bandera de guerra—. Jasper Vane me salvó la colección ayer. No voy a dejar que un conducto de gas termine con su carrera hoy. Llama al chofer. Vamos al West Village.

El Maserati de Susan chirrió al frenar frente al toldo verde de L’Artiste.

Ella bajó del coche antes de que el chofer pudiera siquiera rodear la carrocería.

El West Village estaba sumido en una extraña penumbra; las luces de las farolas parpadeaban y el restaurante, iluminado solo por las luces de emergencia y decenas de velas improvisadas, parecía el escenario de una conspiración medieval.

Susan entró como un vendaval carmesí. Los clientes, que ya empezaban a levantarse de sus mesas con murmullos de queja, se quedaron mudos al ver aparecer a la mujer más poderosa de la moda, enjoyada y vestida de gala, en mitad de aquel desastre.

—¡Nadie se mueve de su asiento! —ordenó Susan.

Su voz no era un grito, era un comando absoluto que congeló la sala—.

El restaurante está experimentando una transición estética.

Si quieren una cena convencional, Nueva York está llena de sitios aburridos.

Si quieren presenciar cómo se hace historia, quédense.

Se dirigió directamente a la mesa de Jean-Luc Moreau. El inversor francés la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.

—¿Susan Thorne? ¿Qué hace usted aquí? Se supone que está inaugurando la Gala del Met.

—La Gala es solo ropa, Jean-Luc. Esto —señaló hacia la cocina, donde se veían llamaradas azules de los sopletes— es pasión.

Me han dicho que usted busca invertir en el próximo gran genio.

Un genio no es el que cocina con todo a favor, sino el que crea belleza en mitad de las ruinas.

Espere cinco minutos más. Se lo pide mi nombre.

Moreau, intrigado, volvió a sentarse. Susan no se detuvo ahí. Caminó hacia la cocina, esquivando a un camarero que llevaba platos vacíos. Al cruzar el umbral, el calor y el olor a alcohol flambeado la golpearon.

Jasper estaba inclinado sobre una piedra de granito que humeaba, sellando un trozo de buey con la llama de un soplete en cada mano. Tenía la cara manchada de ceniza y la camisa empapada de sudor. Al verla aparecer con aquel vestido espectacular en mitad del humo, se quedó paralizado un segundo.

—¿Susan? ¿Qué demonios haces aquí? Vas a arruinar el vestido —dijo él, aunque sus ojos brillaron con una gratitud feroz.