CAPÍTULO 6 #2
—La seda no va a encoger, Susan. Sé tratar las materias primas delicadas.
Lo que pasa es que te mueres de miedo porque, por una vez, no eres la persona más inteligente de la sala —él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal.
El olor a ozono y eucalipto que lo rodeaba era embriagador—.
Admítelo. Estás disfrutando de verme trabajar.
—Disfruto viendo que mi inversión no se va por el desagüe —replicó ella, aunque su respiración se volvió un poco más pesada.
Jasper alargó la mano y, antes de que ella pudiera reaccionar, le acarició el cuello con un dedo humedecido por el vapor. El contraste del calor de su piel con el aire acondicionado del edificio hizo que Susan soltara un suspiro involuntario.
—Tus empleadas nos están mirando —susurró ella, aunque no se apartó.
—Tus empleadas están demasiado ocupadas intentando salvar tu carrera como para preocuparse de que el cocinero esté a punto de besar a la jefa en medio de un taller lleno de humo —respondió él, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírlo—. Por cierto, anoche te dejaste esto en mi mesilla.
Jasper sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño anillo de platino que ella solía usar en el dedo índice. Lo sostuvo frente a sus ojos, atrapando la luz del taller.
—Es usted un ladrón de joyas, Vane —dijo ella, tratando de recuperar su tono mordaz.
—Soy un hombre que busca excusas para volver a verte, Susan. Aunque hoy la excusa te la haya servido un cortocircuito.
Susan tomó el anillo, pero Jasper no soltó su mano de inmediato.
Se quedaron allí, en medio de la nube de vapor y el aroma a lavanda, rodeados de maniquíes que parecían testigos mudos de un pacto que iba mucho más allá de lo profesional.
La tensión sexual era tan tangible como la seda que colgaba a su alrededor; una chispa que amenazaba con provocar un incendio mucho más difícil de apagar que el de la noche anterior.
—Faltan tres vestidos —dijo Jasper, rompiendo el hechizo pero sin apartar la mirada de sus labios—. El principal, el que vas a llevar tú mañana a la gala... ese necesita un tratamiento especial. Tendremos que hacerlo a solas. No quiero que nadie vea el "secreto" de mi técnica.
Susan arqueó una ceja, volviendo a su papel de "Emperatriz", aunque su corazón latía con una fuerza traicionera.
—¿A solas, Vane? ¿En mi probador privado?
—Es el único lugar con la ventilación adecuada para el proceso final —mintió él con una sonrisa descarada—. ¿Tienes miedo de lo que pueda pasar entre alfileres y seda, Susan?
El probador privado de Susan era un santuario de espejos infinitos, moqueta de color crema y una iluminación diseñada para no perdonar ni un solo defecto.
Al cerrar la pesada puerta insonorizada, el ruido de las máquinas de coser y el ajetreo del taller desaparecieron, dejando paso a un silencio denso, interrumpido solo por el siseo del último vaporizador que Jasper llevaba en la mano.
El vestido de gala —una obra maestra de seda carmesí con un escote asimétrico y una caída que desafiaba la gravedad— colgaba de un busto de costura en el centro de la habitación.
—Es magnífico —admitió Jasper en un susurro, esta vez sin rastro de burla—. Tiene la misma agresividad que tú, Susan. Es casi una advertencia.
—Es mi mejor trabajo en cinco años —respondió ella, observando cómo Jasper rodeaba la prenda, aplicando una bruma casi invisible de su mezcla secreta.
El olor a humo de plástico estaba siendo reemplazado por un aroma sutil a bergamota y algo amaderado—.
Si se arruina, no solo pierdo la gala, pierdo la confianza de los inversores.
Jasper terminó su labor y dejó el vaporizador en una mesa auxiliar.
Se acercó a Susan, que seguía de pie junto a uno de los espejos.
En el reflejo, sus miradas se encontraron.
Él estaba manchado, sudado y despeinado; ella, impecable en su traje gris, pero con la máscara de "Emperatriz" ligeramente ladeada.
—Ya no huele a fuego, Susan —dijo él, deteniéndose justo detrás de ella, sin tocarla—. Ahora huele a victoria. Mañana, cuando entres en ese museo, nadie sabrá que hoy estuviste a punto de colapsar. Ese es nuestro secreto.
Susan se giró, quedando atrapada entre el espejo y el pecho de Jasper.
—¿Por qué me ayudas, Vane? ¿Qué es lo que buscas realmente? No me creo que sea por el bien de la moda neoyorquina.
Jasper sonrió y, esta vez, fue una sonrisa honesta, casi vulnerable.
—Busco que me necesites, Susan. Porque yo te necesito a ti. No para cocinar, ni para que me des publicidad. Te necesito para recordarme que hay alguien en esta ciudad tan obsesionado con la perfección como yo. Alguien que no se conforma con lo "aceptable".
Él alargó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto cargado de una ternura que la asustó más que cualquier insulto. Susan cerró los ojos, sintiendo que sus defensas se derretían bajo el calor de su tacto. Por un momento, el odio parecía un concepto lejano y absurdo.
—Tienes que irte —susurró ella, aunque sus manos buscaban instintivamente los bordes de la camiseta de él—. Tienes un servicio que dirigir.
—Lo sé —respondió él, dándole un beso fugaz en la frente antes de apartarse—. Pero recuerda esto: mañana estarás allí arriba, bajo los focos, y todos te adorarán. Pero yo seré el único que sepa cómo sabe tu miedo... y cómo huele tu redención.
Jasper recogió sus cosas y salió del probador con la misma energía huracanada con la que había entrado.
Susan se quedó sola, rodeada de espejos que multiplicaban su imagen.
Se acercó al vestido carmesí e inhaló profundamente.
No había rastro de humo. Solo quedaba el aroma de Jasper, el éxito inminente y la inquietante certeza de que, a partir de ahora, su vida ya no se medía en colecciones, sino en los encuentros fortuitos con un cocinero que le había robado el alma entre plato y plato.