Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La luz del sol de Manhattan entró en el dormitorio con una agresividad impúdica, rebotando en las superficies blancas y minimalistas del ático.

Susan Thorne se despertó con una sensación que no experimentaba desde hacía una década: desorientación.

Su primer instinto fue buscar su teléfono para revisar los índices de ventas, pero su mano tropezó con algo sólido, cálido y cubierto de una piel ligeramente rugosa.

Jasper.

El recuerdo de la noche anterior la golpeó como un espresso doble sin azúcar.

Los platos en la cocina, la bodega, la seda perla en el suelo...

Susan se incorporó de un salto, envolviéndose en la sábana con una elegancia que rozaba lo cómico dada la situación.

Jasper seguía dormido, boca abajo, con un brazo colgando fuera de la cama y una expresión de paz que le resultaba profundamente irritante.

—Vane —susurró ella, dándole un empujoncito con el pie bajo las sábanas—. Vane, despierte. Nueva York no espera a los que se quedan entre las sábanas.

Jasper gruñó, se giró y abrió un ojo, dedicándole una sonrisa perezosa que hizo que Susan odiara su propia falta de autocontrol.

—Buenos días, Susan. Veo que ha recuperado su armadura de sábana de mil hilos. ¿Ya ha llamado a su departamento de estrategia para analizar lo que pasó anoche?

—Lo que pasó anoche fue un error táctico —sentenció ella, levantándose y caminando hacia el vestidor sin mirar atrás—. Un exceso de endorfinas provocado por un risotto demasiado especiado. No se acostumbre.

—Fue el mejor error de su vida y lo sabe —dijo Jasper, sentándose en la cama y pasándose una mano por el pelo revuelto—. Pero tiene razón. Tengo una inspección sanitaria a las diez y una entrega de trufas que vale más que mi vida. Me voy.

Diez minutos después, Susan escuchó el portazo de la entrada.

Estaba sola de nuevo. Se miró al espejo: tenía el cabello desordenado y los labios con ese rubor que solo Jasper conseguía provocarle.

Se obligó a entrar en la ducha, dejando que el agua helada borrara el rastro de sándalo de su piel.

Tenía que volver a ser la "Emperatriz". Tenía un desfile benéfico que organizar y una colección de otoño que aún no estaba cerrada.

Sin embargo, cuando llegó a la oficina, la calma que esperaba encontrar era inexistente. Margot la esperaba en la recepción con una cara que presagiaba una catástrofe de proporciones bíblicas.

—Susan, gracias a Dios que llegas —dijo Margot, siguiéndola a paso ligero hacia el despacho—. Tenemos un problema en el taller. Un problema grave.

—Si es el carmesí de nuevo, juro que quemaré Milán —gruñó Susan, dejando su bolso de Hermès sobre la mesa.

—No es el tejido. Es el sindicato de costureras y el sistema eléctrico.

Hubo un cortocircuito anoche. La mitad de los vestidos de la colección cápsula para la gala de mañana están...

bueno, no están quemados, pero el humo ha impregnado la seda.

Y el sistema de ventilación del edificio está sellado por los bomberos hasta mediodía.

Susan se detuvo en seco. La gala benéfica del Museo Metropolitano era mañana. Era el evento del año. Si sus vestidos olían a chamusquina, su reputación se hundiría más rápido que un soufflé mal hecho.

—¿Humo? —repitió Susan—. ¿Me estás diciendo que la colección estrella de Thorne Susan adivinó que se había apartado a su pequeña oficina acristalada—. Cuéntame.

—Hubo un fuego eléctrico en el taller. Los vestidos están intactos pero huelen a...

a zona de guerra. Mis tintoreros no se atreven a tocarlos y el aire de la ciudad no va a limpiar fibras de este gramaje en menos de un día.

Usted sabe de química, de olores, de... —hizo una pausa, le costaba decir la palabra— de neutralización. Necesito que venga. Ahora.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Susan podía imaginar a Jasper sonriendo, disfrutando de su posición de poder.

—¿Me estás pidiendo ayuda, Susan? ¿A mí, el "cocinero burdo" con delirios de grandeza?

—Le estoy pagando una consultoría de emergencia, Vane. Ponga su precio, pero esté aquí en veinte minutos con lo que sea que use para quitar el olor a pescado de sus cortinas.

—Llegaré en quince —respondió él, ya recuperando su tono audaz—. Pero el precio no va a ser dinero, Susan. Eso ya tengo de sobra gracias a tu amigo Alistair. Prepárame un pase de seguridad. Y dile a tus costureras que espero que no les importe el olor a vinagre de sidra y ozono.

Quince minutos después, Jasper cruzó la recepción de la Madison Avenue.

No traía maletines de cuero, sino dos cajas de plástico llenas de frascos de cristal, atomizadores y lo que parecían ser sacos de carbón activo.

Vestía de nuevo sus vaqueros y su chaqueta de cuero, y su presencia rompió la estética minimalista del lugar como una pedrada en un estanque.

Susan lo interceptó en el pasillo que llevaba al taller.

—Gracias por venir. Pero una cosa: si le pasa algo a un solo hilo de esa colección, me aseguraré de que la inspección de sanidad encuentre ratas del tamaño de ponis en tu despensa.

Jasper se detuvo frente a ella, bajando un poco la cabeza para quedar a su altura.

—Buenos días para ti también, Susan. Por cierto, te queda muy bien ese traje gris. Casi oculta lo mucho que te temblaba la voz al teléfono. Ahora, apártate. Tenemos una colección que salvar y yo tengo una cena que preparar.

Entraron en el taller. El olor a quemado era, efectivamente, insoportable. Las costureras miraban los vestidos con desesperación. Jasper dejó sus cajas en una mesa de corte y empezó a sacar sus herramientas con la precisión de un alquimista.

—Necesito vaporizadores de mano, agua destilada y que alguien vaya a la floristería de la esquina y compre todo el eucalipto y la lavanda seca que tengan —ordenó Jasper, sin mirar a nadie en particular.

—¿Eucalipto? —Susan arqueó una ceja—. Esto es moda, Vane, no un spa en los Hamptons.

—La seda es una fibra orgánica, Susan. Absorbe el humo como si fuera una esponja.

Si le echas químicos industriales ahora, fijarás el olor para siempre.

Tenemos que engañar a la fibra. Tenemos que abrir el poro con vapor y luego "lavarlo" con una bruma ácida antes de sellarlo con aceites esenciales.

Confía en mí. O vete buscando un buen sastre que sepa coser bajo la lluvia, porque es lo único que vas a lucir mañana.

Susan lo observó mientras él empezaba a mezclar líquidos en un gran bol de acero.

Jasper se movía entre los maniquíes con una soltura sorprendente, tratando las telas con una delicadeza que Susan no esperaba de alguien con las manos llenas de cicatrices de cortes y quemaduras.

Por un momento, el taller dejó de ser un lugar de moda para convertirse en un laboratorio donde el fuego del ego de ambos empezaba a transformarse en algo parecido a la camaradería.

El taller era un hervidero de actividad inusual.

Las costureras, acostumbradas al mando dictatorial de Susan, observaban fascinadas cómo Jasper se movía entre los vestidos con la misma autoridad que ella, pero con una energía mucho más física.

Se había quitado la chaqueta de cuero y la camisa, quedándose en una camiseta interior de tirantes que dejaba ver el juego de sus músculos mientras accionaba los vaporizadores de mano.

—¡Más vapor en el bajo de ese Valentino, Margot! —ordenó Jasper, señalando un diseño de seda carmesí—. La fibra está saturada. Necesitamos que "sude" el alquitrán del humo antes de aplicar la bruma de lavanda.

Susan observaba la escena apoyada contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

Se sentía fuera de lugar en su propio reino.

Ver a Jasper manipular telas de diez mil dólares con la misma confianza con la que manejaba un costillar de buey le producía una mezcla de irritación y una fascinación que no podía confesar.

—Si ese vestido encoge un solo milímetro, Vane, te haré cocinar para un refugio de perros durante el resto de tu vida —dijo ella, acercándose a él.

Jasper dejó el vaporizador y se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. El calor del taller, sumado al vapor constante, había pegado su camiseta a su pecho. Se giró hacia ella con una mirada cargada de desafío y algo más... algo que recordaba demasiado a la noche anterior.