CAPÍTULO 5 #2
Él bajó la mano por su brazo hasta atrapar la suya sobre la mesa.
Entrelazó sus dedos con una firmeza que la dejó sin aliento.
Susan se giró en la silla, quedando frente a él.
La distancia entre sus labios era inexistente.
Podía ver el deseo, la arrogancia y una extraña vulnerabilidad en los ojos de Jasper.
—Váyase, Jasper —dijo ella, pero sus manos se cerraron sobre la camisa de él, tirando de la tela hacia sí—. Váyase antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—No se va a arrepentir —sentenció él, su voz vibrando contra sus labios—. Porque esta noche, por fin, va a dejar de ser la "Emperatriz" para ser simplemente Susan.
El beso no fue una petición, fue una colisión.
Susan atrajo a Jasper hacia sí con una urgencia que nació de semanas de represión, y él respondió con la intensidad de quien ha estado acechando una presa durante demasiado tiempo.
El sabor del vino, la trufa y el deseo se mezclaron en un choque de lenguas y dientes que borró cualquier rastro de la elegancia fría del ático.
Jasper la levantó de la silla con una facilidad pasmosa, y Susan rodeó su cintura con las piernas, hundiendo sus dedos en el cabello oscuro de él.
Los platos caros y la seda perla pasaron a un segundo plano; en ese momento, el poder no residía en las cuentas bancarias ni en las estrellas Michelin, sino en la piel que ardía al contacto.
—A la habitación —susurró Jasper contra sus labios, su voz era un gruñido bajo y cargado de intención.
Susan no dijo nada, simplemente apretó su agarre, guiándolo a través del pasillo en penumbra. Al entrar en el dormitorio principal, un espacio de techos infinitos y vistas al parque, Jasper la depositó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con la furia de sus besos anteriores.
Las puertas dobles de la habitación se cerraron con un golpe seco, dejando al mundo exterior, a la prensa y a sus propias rivalidades fuera de aquel santuario.
Dentro, entre las sábanas de hilo egipcio, la guerra se transformó en algo mucho más profundo.
Jasper se deshizo de su camisa con movimientos rápidos, revelando un cuerpo marcado por el trabajo duro y el calor de las cocinas, mientras Susan se liberaba de la seda que la protegía del mundo.
Ya no había "Emperatriz" ni "Cocinero"; solo dos personas descubriéndose en la oscuridad, midiendo sus fuerzas en una danza de caricias que quemaban y susurros que confesaban lo que sus lenguas afiladas nunca se atreverían a decir a la luz del día.
Jasper la reclamó con la misma precisión con la que ejecutaba sus mejores recetas: con paciencia, con fuego y con una atención absoluta a cada detalle que hacía vibrar a Susan.
Ella, por su parte, se entregó al caos que tanto había temido, descubriendo que perder el control en manos de Jasper era la victoria más dulce que jamás había saboreado.
Jasper se posicionó sobre ella, sintiendo el calor magnético que emanaba de su piel desnuda.
Ya no quedaba rastro del frío control que Susan solía exhibir ante el mundo.
Su respiración, errática y profunda, llenaba el espacio entre ellos, borrando cualquier rastro de duda.
Él bajó la mirada, devorándola con los ojos en la penumbra, antes de atrapar sus labios de nuevo.
Esta vez no fue un beso de desafío, sino una entrega total y hambrienta.
Susan arqueó la espalda, buscando activamente el peso de Jasper contra el suyo.
Sus manos recorrieron los hombros firmes de él, memorizando cada línea de tensión, cada cicatriz ganada a pulso en las cocinas.
El contraste era absoluto: la frialdad estratégica con la que ambos manejaban sus imperios se derretía bajo la fricción de sus cuerpos.
Cada caricia era una rendición y, al mismo tiempo, una conquista.
—Mírame —pidió Jasper en un susurro áspero, atrapando las muñecas de Susan sobre la almohada.
Ella abrió los ojos, brillando con una intensidad que rivalizaba con las luces de la ciudad afuera.
En esa mirada no había secretos ni escudos.
Jasper rompió la distancia restante y Susan sintió el extremo de su pene en la humedad de su palpitante sexo.
Los dedos de Jasper enredaron con algo y abrió un condón con los dientes antes de ponérselo sin apartarla y hundiéndose en ella en un movimiento fluido y decisivo.
Susan ahogó un gemido contra su cuello, aferrándose a su espalda
Jasper empezó a moverse dentro de ella, hundiendo una y otra vez su pene dentro de ella, arrastrándola a lo largo del colchón mientras dejaba escapar pequeños gemidos de placer y escuchaba vagamente los que salían entre los labios de Jasper mientras la besaba, mientras sus manos recorrían sus pechos y pellizcaban sus pezones duros y hambrientos.
—¡Jasper! —gimió, clavando las uñas en la espalda de él cuando notó como todo su cuerpo se estremecía, alcanzando un fuerte orgasmo justo en el momento que él se hundía con fuerza dentro de ella, pegando su vientre con fuerza entre sus piernas mientras todo su cuerpo se ponía rígido y eyaculaba, saliendo de su interior y quitándose el condón antes de caer rendido y desnudo a su lado con la respiración acelerada.
Horas más tarde, cuando la luz azulada del amanecer neoyorquino empezó a perfilar los muebles de diseño, el silencio en la habitación era absoluto y cómodo.
Susan estaba apoyada en el pecho de Jasper, escuchando el latido rítmico de su corazón, mientras él trazaba líneas perezosas en su espalda desnuda.
—Mañana volveremos a odiarnos, ¿verdad? —preguntó ella con voz ronca, sin levantar la vista.
Jasper depositó un beso en la coronilla de su cabeza y sonrió en la oscuridad.
—Mañana seguiremos siendo enemigos, Susan. Pero ahora Nueva York sabe a qué sabe la paz. Y no pienso dejar que se te olvide el sabor.