Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 5
26%

CAPÍTULO 5

El viernes por la mañana, Nueva York no hablaba de otra cosa. La columna de Alistair Vance en el Times no era una simple crítica; era una oda al pecado carnal y gastronómico. El titular, en letras grandes y elegantes, rezaba: "L’Artiste: El hombre que cocinó a la Emperatriz".

Susan Thorne leyó la frase mientras sostenía su tablet con una fuerza que amenazaba con trizar la pantalla.

Estaba en su oficina, rodeada de muestras de seda carmesí que finalmente habían llegado de Milán, pero que ahora le parecían trapos insignificantes comparados con la prosa incendiaria de Alistair.

El crítico describía el plato "La Emperatriz" como una experiencia que desnudaba el alma, y mencionaba, con una sutilidad que Susan encontró insultante, que la propia directora creativa de Thorne era algo crudo y real.

—Se está extralimitando —susurró Susan, aunque no se apartó. Su cuerpo parecía haber decidido ignorar las órdenes de su cerebro.

—Ambos sabemos que esto no tiene nada que ver con la comida, Susan —murmuró él, inclinándose hasta que su aliento rozó su cuello—. Usted me odia porque la hago sentir viva. Y yo la deseo porque es el único desafío que no puedo ganar con una estrella Michelin.