Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Susan cogió la maza. Sus nudillos estaban blancos.

Miró a Jasper, que la observaba desde la distancia con una intensidad que la hacía sentir desnuda.

Golpeó la esfera. El chocolate se fracturó, revelando un interior de mousse de maracuyá, bizcocho de pistacho y un núcleo líquido de caramelo salado que empezó a fluir lentamente.

—Ácido, dulce, amargo y salado —murmuró Alistair, probando una cucharada—. Es la anatomía de una obsesión.

Susan probó el postre y sintió que sus defensas colapsaban definitivamente.

La acidez del maracuyá cortaba la dulzura del chocolate como un rayo de luz en una habitación oscura.

Era demasiado. Demasiado talento, demasiada audacia, demasiada tensión.

Se levantó de la mesa con una brusquedad que hizo que su silla chirriara contra el suelo.

—¿Susan? ¿A dónde vas? —preguntó Alistair, sorprendido.

—Necesito aire, Alistair. Quédate, termina tu "poema". Yo necesito... un momento —mintió ella, aunque sus pies ya la estaban llevando hacia la parte trasera del restaurante, buscando el pasillo que conducía a las oficinas y a la bodega.

No buscaba aire. Buscaba a Jasper.

Abrió la puerta pesada que bajaba a la bodega de vinos, un espacio subterráneo revestido de piedra y madera vieja donde el frío ayudaba a calmar el incendio que sentía en la sangre.

Bajó los escalones, sus tacones resonando en el silencio sepulcral del sótano.

Se detuvo en medio de los pasillos llenos de botellas de miles de dólares, respirando el aroma a corcho y humedad.

—Sabía que vendría aquí abajo —dijo una voz desde las sombras.

Jasper salió de detrás de una estantería de Burdeos. Todavía llevaba la chaquetilla de chef, pero se la había desabrochado por arriba, revelando la base de su garganta. Se acercó a ella con pasos lentos, acorralándola contra una de las estanterías de roble.

—¿Qué quería conseguir con esto, Susan? —preguntó él, apoyando una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola—. ¿Traer al verdugo para que me cortara la cabeza delante de usted?

—Quería ponerle en su sitio, Vane —respondió ella, aunque su espalda estaba pegada a las botellas frías y su pecho subía y bajaba con rapidez—. Se cree que puede entrar en mi oficina, en mi vida, y que no habrá consecuencias.

—Las consecuencias son que ahora mismo Alistair está escribiendo mi ascenso al Olimpo de la cocina neoyorquina —Jasper se inclinó más, su rostro a centímetros del de ella—.

Y la consecuencia real es que usted no ha podido aguantar ni un minuto más sin estar a solas conmigo.

Admítalo. Me odia porque le gusto. Y le gusto porque soy el único hombre en esta ciudad que no tiene miedo de ver lo que hay bajo esa seda.

Susan levantó la mano para abofetearlo, pero Jasper la atrapó por la muñeca con una agilidad pasmosa. No fue un agarre violento, sino firme, una invitación al desafío.

—Suélteme —susurró ella, aunque no hizo ningún esfuerzo por liberarse.

—No —respondió él—. No hasta que deje de mentir.

La respiración de Susan era errática, un eco rítmico en el silencio sepulcral de la bodega.

La mano de Jasper que sujetaba su muñeca no cedía, pero sus dedos empezaron a trazar círculos lentos sobre el pulso acelerado de ella.

El frío de las paredes de piedra contrastaba violentamente con el calor que emanaba de sus cuerpos, creando una atmósfera tan densa que parecía que el oxígeno se estuviera agotando.

—Es usted un arrogante —susurró Susan, aunque sus ojos no se apartaban de los labios de él—. Ha usado mi nombre, mi presencia y mi paladar para montar un espectáculo.

—Y usted ha traído a un asesino a sueldo con pluma de oro para intentar hundirme —replicó Jasper, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozaban—. Estamos empatados, Susan. Pero mientras usted juega a la guerra fría, yo estoy ardiendo.

Jasper soltó su muñeca solo para deslizar su mano hacia la nuca de Susan, enredando sus dedos en el moño perfecto que ella siempre lucía.

Tiró ligeramente hacia atrás, obligándola a exponer la línea de su cuello.

Susan soltó un jadeo, una mezcla de indignación y un deseo que se negaba a reconocer.

Estaban en el filo de un abismo, y ambos lo sabían.

—No se atreva... —amenazó ella, pero su voz se quebró al final.

—¿A qué? ¿A besarla? ¿A demostrarle que bajo ese vestido de mil dólares hay una mujer que vibra con la misma intensidad que mis fogones?

—Jasper se inclinó, rozando con su nariz la oreja de ella—.

Ha perdido, Susan. Alistair me va a dar esa estrella, y usted me va a dar algo mucho más valioso: su atención absoluta.

Susan apoyó las manos en el pecho de Jasper, no para empujarlo, sino para anclarse a la realidad.

Podía sentir el latido rítmico y fuerte de su corazón bajo la tela de la chaquetilla blanca.

Por un segundo, la "Emperatriz de Hierro" se desvaneció, dejando paso a una mujer que anhelaba ser desafiada, que estaba cansada de que todo el mundo le dijera "sí".

—Si cree que esto cambia algo, está muy equivocado —dijo ella, recuperando un hilo de su habitual frialdad, aunque su cuerpo la traicionaba—. Esto no es el inicio de nada. Es solo un paréntesis.

—Un paréntesis que puede ser muy largo —sonrió Jasper de forma depredadora.

Se apartó de ella con una brusquedad que la dejó sintiéndose repentinamente vacía. Se abrochó el botón de la chaquetilla y recuperó su postura profesional, aunque sus ojos seguían brillando con una luz triunfante.

—Vuelva arriba, Susan. Alistair la espera para brindar por mi éxito. Yo tengo una cocina que limpiar y una nueva vida que empezar mañana, cuando salga el periódico. Pero recuerde una cosa: el sabor de "La Emperatriz" se le va a quedar en la lengua mucho después de que se quite ese vestido.

Susan se alisó la falda con manos temblorosas y recuperó su máscara de indiferencia, aunque sus mejillas conservaban un rubor que ninguna crema cara podría ocultar.

Subió las escaleras sin mirar atrás, con el sonido de sus tacones marcando una retirada que sabía a derrota... y a una extraña victoria.

Arriba, Alistair la esperaba con la cuenta ya pagada y una expresión de absoluta satisfacción.

—¿Dónde te habías metido, querida? Te has perdido el brindis. Este lugar va a ser la sensación de la década. Gracias por el soplo, Susan. Realmente tienes un ojo clínico para el talento.

Susan forzó una sonrisa perfecta mientras el coche la esperaba en la puerta.

—De nada, Alistair. Ya sabes que siempre busco lo mejor.

Mientras el coche se alejaba por las calles mojadas del Village, Susan se miró en el espejo retrovisor.

Sus labios estaban ligeramente hinchados y su mirada tenía un brillo salvaje.

Había intentado quemar a Jasper Vane, pero se había dado cuenta de que, en ese incendio, ella era la que estaba empezando a derretirse.