CAPÍTULO 4
La mesa que les habían asignado era la mejor del local, situada estratégicamente para que Alistair Vance tuviera una vista panorámica de la cocina, pero lo suficientemente íntima para que Susan sintiera el escrutinio de Jasper en cada movimiento.
Alistair se sentó con un suspiro de teatralidad, colocando su cuaderno de cuero sobre el mantel con la misma solemnidad con la que un juez coloca el mazo.
—El ambiente es... rústico —sentenció Alistair, pasando un dedo enguantado por el borde de la mesa—. Un poco demasiado "esfuerzo consciente por parecer auténtico", ¿no crees, Susan?
—Es el estilo de Vane, Alistair —respondió ella, quitándose los guantes de seda con parsimonia—. Confundir la falta de pulido con carácter. Ya verás que en la cocina es exactamente igual.
Jasper no se acercó de inmediato. Dejó que el sumiller les sirviera un champán que, para disgusto de Susan, era de una cosecha excepcional que Alistair no pudo evitar elogiar con un gruñido de aprobación.
Susan miraba hacia la cocina abierta; Jasper estaba dirigiendo a su equipo con una calma gélida que no le había visto antes.
No había gritos, solo gestos precisos. Parecía un director de orquesta antes de un crescendo.
Finalmente, Jasper salió de su santuario. No llevaba la chaqueta de cuero de la otra noche, sino una chaquetilla de chef blanca, impoluta, abotonada hasta el cuello. Se detuvo ante la mesa, ignorando casi por completo a Alistair para clavar sus ojos en Susan.
—Señora Thorne. Qué placer volver a verla —dijo Jasper, su voz bajando un tono, volviéndose privada a pesar de la presencia del crítico—. Veo que ha recuperado su equilibrio. El diamante le sienta bien.
Susan apretó el tallo de su copa.
—He traído a un amigo, Vane. Alistair Vance quería comprobar si los rumores sobre su... cocina son ciertos o simplemente una excelente campaña de relaciones públicas.
Alistair levantó la vista, entornando los ojos tras sus gafas de pasta.
—Chef Vane. He oído que es usted un hombre valiente. Espero que su comida sea tan audaz como su reputación, porque no he venido aquí a comer algo que pueda encontrar en un bistró de aeropuerto.
Jasper sonrió, pero fue una sonrisa dirigida solo a Susan, una promesa silenciosa de que la noche no iba a ser fácil para ella.
—No se preocupe, Alistair. Esta noche no vamos a seguir el menú habitual. He preparado algo especial. Lo llamo "El Menú de las Máscaras". Un recorrido por lo que mostramos y lo que realmente somos.
Se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando las yemas de los dedos en el mantel, justo al lado de la mano de Susan.
—Espero que tengan el estómago fuerte. Vamos a empezar con algo que la señora Thorne conoce bien: una estructura impecable que esconde un interior... sorprendente.
Jasper se retiró sin esperar respuesta. Diez minutos después, el primer plato llegó. Era una esfera perfecta de hielo tallado, dentro de la cual reposaba un tartar de atún rojo con una infusión de jengibre y algo que desprendía un humo blanco y denso.
—Visualmente es impactante —admitió Alistair, sacando su pluma—. Pero el hielo es un truco barato si el sabor no perdura.
Susan cogió la cuchara de nácar. Sabía que Jasper la estaba observando desde la barra.
Al romper la esfera de hielo, un aroma a mar y cítricos inundó sus sentidos.
El primer bocado fue una explosión de frío que casi entumeció su lengua, pero entonces, un calor profundo y terroso —wasabi fresco y pimienta de Sichuan— empezó a extenderse por su paladar.
Era una contradicción líquida. Era como el beso de alguien que te odia.
—Es... —Alistair se quedó callado un segundo, saboreando—. Es insultante lo bueno que es. La técnica para mantener el calor del aderezo dentro de una cápsula de hielo sin que se derrita es... de primer nivel.
Susan sintió un nudo de frustración. Alistair no debía elogiarlo.
Se suponía que debía despedazarlo. Miró hacia la cocina y vio a Jasper apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, observándola con una ceja levantada.
Él sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Estaba seduciendo al crítico a través de los sentidos de ella.
—Es solo un truco técnico, Alistair —dijo Susan, aunque su corazón latía con una fuerza traicionera—. Cualquiera con un laboratorio de química puede hacer eso. Veamos si es capaz de mantener el nivel cuando llegue la carne.
El murmullo del restaurante parecía haberse desvanecido para Susan.
Solo existía el tintineo de los cubiertos de Alistair y la figura de Jasper, que se movía entre las sombras de la cocina con la seguridad de un depredador en su territorio.
Alistair estaba inusualmente silencioso, garabateando notas con una rapidez febril que a Susan le ponía los pelos de punta.
—Estás tensa, querida —comentó Alistair sin levantar la vista—. Casi parece que quieres que falle. Y eso es extraño, teniendo en cuenta que tú fuiste quien me descubrió este... diamante en bruto.
—Solo quiero honestidad, Alistair. Nueva York está harta de genios de cartón piedra —replicó ella, bebiendo un sorbo de vino para humedecer su garganta seca.
En ese momento, las luces de la sala parecieron atenuarse un grado más, centrando toda la atención en la figura de Jasper que se acercaba de nuevo.
Esta vez no traía a un camarero; él mismo portaba una bandeja de plata.
El plato estaba cubierto por una campana de cerámica blanca, lisa y sin adornos.
—El plato principal —anunció Jasper. Se colocó entre Susan y Alistair, pero su cuerpo estaba orientado hacia ella, casi bloqueando la visión del crítico—. Lo he titulado "La Emperatriz".
Con un movimiento dramático, levantó la campana.
Sobre el plato de porcelana negra reposaba un filete de ciervo, de un rojo tan intenso que recordaba a la seda que Susan buscaba desesperadamente para su colección.
Estaba rodeado por una corona de remolacha blanca tallada como si fueran encajes de alta costura, y una reducción de frutos del bosque que brillaba como sangre bajo los focos.
Pero lo más impactante era el acabado: unas finas láminas de oro comestible que parecían jirones de un vestido desgarrado.
—Es... visualmente agresivo —murmuró Alistair, acercando la nariz al plato—. Huele a tierra, a hierro y a... ¿es eso lavanda?
—Lavanda y ceniza —respondió Jasper, manteniendo la mirada fija en Susan—. Porque el poder siempre deja un rastro de algo quemado a su paso, ¿no es cierto, señora Thorne?
Susan sintió que el desafío le golpeaba en el pecho.
Cogió el cuchillo, sintiendo el peso del metal.
Cortó un trozo de la carne; era tan tierna que apenas necesitó presión.
Al llevarlo a la boca, la complejidad del plato la desarmó por completo.
Era salvaje, elegante y profundamente arrogante.
Era, en esencia, un retrato comestible de ella misma.
—Es un golpe bajo, Vane —susurró ella, mientras Alistair se llevaba su propia porción a la boca y cerraba los ojos, casi en éxtasis.
—Es la verdad —respondió él en el mismo tono bajo, inclinándose sobre la mesa hasta que sus labios quedaron a pocos centímetros de la oreja de ella—. Usted me pidió seda, Susan. Aquí tiene la seda más cara del mundo, y la he cocinado yo. ¿Todavía piensa que soy un hombre que solo fríe cebollas?
Alistair soltó un gruñido de satisfacción que rompió el momento.
—¡Increíble! Jasper, este plato es una declaración de guerra a la complacencia. La combinación de la lavanda con la ceniza es magistral. Es... —se detuvo, buscando la palabra— es peligrosamente sexy.
Susan dejó los cubiertos con un golpe seco.
La rabia y la admiración luchaban dentro de ella, creando una mezcla asfixiante.
Jasper le dedicó una sonrisa de suficiencia, sabiendo que acababa de ganarse al crítico y que, al mismo tiempo, había penetrado en la armadura de Susan de una forma que ningún otro hombre se había atrevido a intentar.
—Me alegra que le guste, Alistair —dijo Jasper, enderezándose—. Pero el postre... el postre es donde realmente nos quitamos las máscaras. Espero que Susan tenga sitio para el final. No sería propio de una emperatriz abandonar antes de la ejecución.
Jasper se retiró, dejando a Susan con el sabor de la ceniza y el oro en los labios, consciente de que su plan de destruirlo se había convertido en el pedestal sobre el que Jasper Vane iba a ser coronado rey de Nueva York esa misma noche.
Alistair Vance estaba prácticamente ronroneando.
Había llenado tres páginas de su cuaderno y su actitud hacia Susan había pasado de la complicidad maliciosa a una especie de gratitud reverencial por haberlo llevado allí.
Susan, sin embargo, se sentía como si estuviera sentada sobre una placa de inducción a máxima potencia.
—Es el mejor uso de la caza que he probado en una década, Susan.
Este chico no es un cocinero, es un maldito poeta con un soplete —dijo Alistair, apurando su copa de tinto—.
Si el postre mantiene este nivel, mañana la crítica hará que la policía tenga que acordonar la calle para controlar a la multitud que querrá entrar aquí.
Susan no respondió. Sus ojos estaban fijos en Jasper, que estaba dando instrucciones finales a su pastelero.
El "postre de las máscaras" llegó poco después.
Era una esfera de chocolate blanco, tan lisa y perfecta que parecía una perla gigante, servida sobre una cama de pétalos de rosa cristalizados y una salsa de frambuesa que parecía derramarse como tinta.
—No se come con cuchara —indicó el camarero, dejando una pequeña maza de plata al lado de Susan—. El chef dice que la belleza debe romperse para ser disfrutada.