CAPÍTULO 3
La sede central de Thorne el otro lóbulo estaba vacío, una asimetría que ella intentaba ocultar con su cabello, pero que la hacía sentir extrañamente incompleta, como si le faltara una pieza de su armadura.
—Este carmesí es patético, Margot —dijo Susan, señalando una pieza de seda con la punta de un bolígrafo de platino—. Parece el color de un lápiz de labios de oferta en una farmacia de Nueva Jersey. Dije sangre, no puré de tomate.
—Lo sé, Susan, pero el proveedor de Milán dice que la luz del sol este año afectó a la cosecha de los tintes naturales y...
—No me interesan los problemas meteorológicos de Italia —la cortó Susan sin levantar la voz, lo cual era mucho peor—.
Si no tengo el tono correcto para el lunes, cancelaré el contrato y haré que esa familia acabe vendiendo pañuelos de papel en las esquinas de Roma.
¿Alguna otra decepción que deba conocer?
En ese momento, la puerta de cristal esmerilado de la sala se abrió. No fue una apertura suave. Fue el tipo de apertura que hace alguien que no ha pedido permiso y no tiene intención de hacerlo.
Jasper Vane entró en el sanctasanctórum de la moda neoyorquina.
No llevaba su chaqueta de chef, pero tampoco se había esforzado en encajar.
Vestía unos vaqueros oscuros desgastados, una camiseta gris que se ajustaba a su pecho y una chaqueta de cuero que olía a asfalto y libertad.
Su presencia era una mancha de realidad en un mundo de filtros y retoques fotográficos.
Susan se quedó inmóvil. Su corazón dio un vuelco que ella atribuyó inmediatamente a la indignación.
—¿Qué demonios hace usted aquí? —preguntó, poniéndose de pie con una lentitud letal—. Este es un edificio privado, Vane. No servimos mesas y no aceptamos entregas a domicilio por la puerta principal.
Jasper se detuvo frente a la mesa de juntas, ignorando las miradas de horror de los diseñadores y asistentes. Apoyó una mano en el respaldo de una silla de diseño de mil dólares y sonrió, esa sonrisa lobuna que a Susan le daba ganas de gritar o de acercarse demasiado.
—Buenos días para usted también, Susan. Veo que el humor de "emperatriz" sigue intacto por la mañana —dijo Jasper, su voz profunda resonando en la sala acústicamente perfecta—. He venido a traerle algo que se dejó anoche en mi sofá. Algo que me pareció demasiado... afilado para quedármelo yo.
El silencio en la sala se volvió tan espeso que se podría haber cortado con uno de sus cuchillos de cocina. Margot abrió los ojos como platos. ¿Susan Thorne se había dejado algo en el sofá de un hombre que vestía cuero y olía a peligro?
Susan sintió cómo el calor subía por su cuello. No era vergüenza, se dijo a sí misma; era pura furia volcánica.
—Podría habérselo dado a mi seguridad o haberlo enviado por mensajería —dijo ella, entornando los ojos—. Interrumpir una reunión de estrategia internacional por una nimiedad es una falta de respeto que no voy a tolerar.
—Oh, no es una nimiedad —Jasper metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó el pendiente de diamante.
Lo sostuvo en el aire, dejando que la luz de los focos de la sala arrancara destellos del cristal—.
Me pareció que sin esto, su equilibrio estaba...
comprometido. Y yo siempre cuido el equilibrio de mis ingredientes.
Caminó alrededor de la mesa, ignorando a los presentes, hasta quedar justo detrás de Susan. Ella se tensó, sintiendo su calor invadiendo su espacio personal una vez más. Jasper se inclinó hacia su oído, bajando la voz para que solo ella pudiera escucharle.
—Anoche se fue muy rápido, Susan. Ni siquiera se despidió de la sudadera. Por cierto, le quedaba mucho mejor que este vestido de funeral.
Jasper depositó el pendiente sobre la mesa con un tintineo metálico que sonó como una campana de ring de boxeo.
Se quedó allí un segundo más de lo necesario, lo suficiente para que el aroma de su chaqueta de cuero —mezcla de lluvia, tabaco dulce y piel— borrara el perfume aséptico de la sala de juntas.
Luego, con un guiño casi imperceptible, se dio la vuelta y salió del despacho con la misma suficiencia con la que había entrado.
Susan se quedó petrificada. Podía sentir las miradas de su equipo clavadas en ella como alfileres. Margot tenía la boca ligeramente abierta y el jefe de marketing, un hombre que normalmente no se atrevía ni a parpadear sin permiso, carraspeó con incomodidad.
—¿Susan? —aventuró Margot en un susurro—. ¿Ese era... el chef del que hablaban las crónicas del Times?
Susan recuperó el movimiento con una brusquedad eléctrica. Cogió el pendiente y se lo puso con manos que, por primera vez en su carrera, temblaban levemente.
—Es un hombre que no conoce los límites de la propiedad privada —sentenció Susan, clavando su mirada en el equipo—.
¿Qué están mirando? ¿Acaso no tienen una colección que salvar?
¡Fuera de aquí! ¡Todos! Quiero los informes sobre el carmesí en mi mesa en diez minutos o empezaré a recortar personal con la misma alegría con la que ese hombre pica cebollas.
La sala se vació en menos de treinta segundos.
Susan se desplomó en su silla de cuero blanco, apretando los puños.
La humillación le quemaba en el pecho. Jasper Vane no solo había entrado en su fortaleza, sino que había dejado caer la sugerencia de que algo había pasado entre ellos "en su sofá".
El chisme recorrería la Séptima Avenida antes de la hora del almuerzo.
—Margot, quédate —ordenó Susan.
La asistente, que ya estaba en la puerta, se detuvo en seco.
—¿Sí, Susan?
—Dime quién es el crítico gastronómico más despiadado de esta ciudad ahora mismo. No el que busca estrellas, sino el que disfruta destruyendo reputaciones.
Margot consultó su iPad rápidamente.
—Ese sería Julian Vane... perdón, no, Julian Vane es el hermano de Jasper.
El crítico es Anthony Bourdain... no, perdón, me refiero a Silas Thorne (sin parentesco contigo) o quizá...
¡Ah, aquí está! Alistair Vance. Dicen que su pluma es un bisturí.
Si odia un plato, el restaurante cierra en seis meses.
Susan esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era una expresión puramente depredadora.
—Llama a Alistair. Dile que tengo una primicia sobre un "nuevo talento" en el West Village que es puro humo y arrogancia. Dile que L’Artiste necesita una visita... y que yo estaré allí para ver el espectáculo.
—¿Quieres ir otra vez? —Margot no pudo ocultar su sorpresa.
—Quiero ir para ver cómo su mundo arde, Margot. Ese hombre cree que puede jugar conmigo porque me vio vulnerable por una tormenta. Va a aprender que la seda es mucho más resistente que su delantal de cocina.
Susan se levantó y caminó hacia el gran ventanal.
Desde allí veía los taxis amarillos moviéndose como hormigas.
Se tocó el lóbulo de la oreja, donde el pendiente recuperado le recordaba el calor de los dedos de Jasper.
No era solo venganza lo que sentía; era una necesidad visceral de borrar la sonrisa de suficiencia de la cara de ese hombre.
—Y Margot... —añadió sin girarse.
—¿Dime?
—Averigua qué tipo de vino odia Alistair Vance. Quiero que todo en esa cena sea tan desastroso que ni siquiera el "genio" de Vane pueda salvarlo.
A media tarde, el aire en la cocina de L’Artiste era casi irrespirable, pero no por el vapor de las ollas, sino por la energía maníaca que desprendía Jasper.
Desde que había vuelto de su "incursión" en el territorio de Susan, no había dejado de experimentar con un ingrediente que normalmente detestaba: la remolacha blanca.
—Chef, el proveedor de carne está al teléfono por el tema de las costillas —dijo Marcus, el jefe de sala, asomándose a la cocina—. Y los chicos dicen que el postre de higos no está cuajando.
—Que esperen —gruñó Jasper. Tenía una gota de sudor recorriéndole la sien y los ojos fijos en un cazo donde una reducción de vinagre de frambuesa burbujeaba suavemente—. Estoy diseñando algo.
—¿Diseñando? —Marcus arqueó una ceja—. ¿Desde cuándo usamos terminología de pasarela?
Jasper se detuvo y miró a su segundo. En su mente todavía estaba grabada la imagen de Susan en aquella sala de juntas: fría, impecable, rodeada de un lujo que parecía no tener alma.
Recordaba cómo se le había acelerado el pulso cuando se acercó a su oído.
Era como una seda de alta calidad: hermosa a la vista, pero capaz de quemarte la piel si se frotaba con demasiada rapidez.
—Se va a llamar "La Emperatriz" —dijo Jasper, volviendo al fuego—. Un plato que sea visualmente gélido pero que queme al tragarlo. Necesito que sea elegante como un traje de noche y letal como una crítica de moda.
—¿Te refieres a Susan Thorne? —Marcus soltó una risa nerviosa—. Jasper, esa mujer tiene el poder de borrar este local del mapa con una llamada telefónica. No es una musa, es un huracán de categoría cinco.
—Exacto —respondió Jasper con una sonrisa sombría—. Y yo soy el tipo de idiota que sale a la calle sin paraguas cuando hay tormenta. Prepárame la mesa de pruebas. Si esto sale como espero, vamos a servirle su propio carácter en un plato de porcelana.
Mientras tanto, en la oficina de Susan, el plan ya estaba en marcha.
La "Emperatriz" no diseñaba platos, diseñaba emboscadas.
Había pasado la última hora al teléfono con Alistair Vance, el crítico gastronómico más temido de la costa este.
Alistair era un hombre que odiaba la pomposidad y los chefs con tatuajes y excesiva confianza en sí mismos; es decir, odiaba todo lo que Jasper representaba.
—Iremos el jueves, Alistair —decía Susan, mientras observaba una muestra de tela negra bajo la lámpara de su escritorio—. Quiero que veas por ti mismo lo que Nueva York está llamando "talento". Para mí no es más que un espectáculo de feria con un poco de perejil encima.
—Si tú lo dices, Susan, debe ser un desastre —respondió la voz aguda y flemática de Alistair al otro lado—. Ya sabes que mi estómago no perdona la mediocridad, y mi pluma mucho menos.
—No te preocupes. Te garantizo que la experiencia será... inolvidable.
Susan colgó el teléfono. Se sentía satisfecha, pero había una inquietud que no lograba calmar.
Se tocó inconscientemente el cuello de la sudadera de Jasper, que aún reposaba en una bolsa de papel bajo su mesa (aunque le había dicho a Jasper que se la quedara, la había traído al despacho "por error").
El tacto del algodón le recordaba que ese hombre había visto una versión de ella que nadie más conocía.
Y eso era una debilidad que no podía permitirse.
Para destruir a Jasper Vane, tenía que volver a su restaurante. Tenía que mirarlo a los ojos mientras su carrera se hundía. El problema era que, cada vez que pensaba en volver a L'Artiste, lo que más recordaba no era el sabor de la comida, sino el calor de la respiración de Jasper contra su cuello.
***
La noche previa a la cena con el crítico, Susan no pudo dormir.
El ático, que siempre le había parecido un refugio de orden, se sentía ahora como una caja de cristal vacía.
Se levantó a las tres de la mañana y, por un impulso que se negó a analizar, sacó la sudadera de Jasper de la bolsa de papel.
No se la puso, pero la dejó sobre la otomana a los pies de su cama.
El suave aroma a sándalo que aún desprendía el tejido parecía burlarse de sus planes de destrucción.
—Es solo un cocinero, Susan. Mañana a esta hora será un cocinero con una crítica nefasta —se recordó, cerrando los ojos con fuerza.
A la mañana siguiente, el jueves amaneció con un cielo de color acero, tan gris y afilado como el ánimo de Susan.
Se vistió con lo que ella llamaba su "atuendo de ejecución": un vestido de seda en color petróleo, ajustado como una segunda piel, y una chaqueta corta de hombreras marcadas.
Sus joyas eran mínimas, pero costosas. Parecía una mujer que no conocía la piedad, y eso era exactamente lo que necesitaba ser.
Antes de salir hacia el restaurante, Susan pasó por su taller. Allí, entre costureras que daban puntadas invisibles, se encontró con una sorpresa. Sobre su mesa de corte, alguien había dejado un paquete pequeño envuelto en papel de estraza, atado con un cordel de cocina profesional.
Lo abrió con cautela. Dentro había una sola manzana de azúcar soplado, tan perfecta que parecía de cristal rojo, y una nota escrita con una caligrafía rápida y masculina:
"Para la mujer que tiene todo bajo control. Cuidado, Susan: el azúcar es más frágil que el hielo, pero corta igual de profundo. Nos vemos esta noche. J."
Susan apretó la nota en su puño. La audacia de ese hombre no tenía límites.
Él sabía que ella volvería. Quizás incluso sabía que no iría sola.
La manzana de azúcar brillaba bajo las luces del taller, una tentación roja que Susan se resistió a romper, aunque moría por ver si el interior estaba tan vacío como ella quería creer que era el corazón de Jasper.
—Margot, dile al chofer que nos vamos —ordenó, dejando la manzana sobre la mesa—. Y llama a Alistair. Dile que nos vemos en la puerta de L’Artiste en veinte minutos.
Mientras el coche bajaba hacia el West Village, Susan observaba el desfile de neones.
Sentía una mezcla extraña de anticipación y pavor.
Iba a destruir a Jasper Vane, iba a devolverle la humillación de la oficina multiplicada por diez.
Sin embargo, una parte traidora de su mente no dejaba de preguntarse qué sabor tendría "La Emperatriz", ese plato que Jasper estaba perfeccionando solo para ella.
Al bajar del coche, el aire fresco del río Hudson le golpeó la cara. Allí, bajo el toldo verde que ahora le resultaba peligrosamente familiar, la esperaba Alistair Vance, con su abrigo largo y su mirada de buitre hambriento por una nueva víctima.
—¿Lista para el sacrificio, querida? —preguntó Alistair, ofreciéndole el brazo con una sonrisa maliciosa.
—Más que lista, Alistair —respondió Susan, enderezando los hombros—. Entremos. Tengo ganas de ver cómo se desmorona un genio.
Cruzaron el umbral y, al fondo de la sala, Jasper levantó la vista.
Sus ojos se encontraron a través del tumulto del restaurante.
Él no pareció intimidado por la presencia del crítico más feroz de la ciudad.
Al contrario, levantó su copa de vino en un brindis silencioso, y la llama en sus ojos le dijo a Susan que él también estaba listo para la guerra.