CAPÍTULO 2 #2
Cuando salió al salón, Jasper estaba en la cocina integrada, de espaldas a ella. Se había cambiado la chaqueta de chef por una camiseta negra de algodón que marcaba la amplitud de sus hombros. Estaba preparando dos tazas de algo que olía a canela y chocolate.
—No bebo chocolate caliente —sentenció Susan, sentándose en uno de los taburetes de la isla de cocina, intentando recuperar su aire de mando a pesar de parecer una adolescente con ropa prestada.
Jasper se giró, le puso la taza delante y la miró con una sonrisa lenta.
—No es chocolate caliente corriente. Es cacao puro, cayena y una pizca de sal. Pruébelo antes de dictar sentencia, jueza Thorne. En esta casa, los prejuicios se quedan en la puerta.
Susan observó el vapor que subía de la taza. El calor del apartamento y la penumbra del salón, iluminado solo por unas pocas lámparas de diseño, estaban empezando a suavizar sus defensas. Cogió la taza con ambas manos, disfrutando del calor que se filtraba a través de la cerámica.
—¿Por qué hace esto? —preguntó ella de repente, su voz perdiendo parte de su filo—. Después de lo que le dije en el restaurante, debería haberme dejado bajo la lluvia.
Jasper se apoyó en la encimera, frente a ella, con su propia taza en la mano.
—Porque me gusta ganar, Susan. Y ganarle a usted cuando está empapada y tiritando no tiene mérito.
Quiero ganármela cuando esté en su mejor momento, con toda su artillería desplegada.
Además... —hizo una pausa, recorriendo con la mirada el rostro de Susan, ahora limpio de maquillaje—.
Tenía curiosidad por ver qué había debajo de toda esa seda.
Susan dio un sorbo al cacao. El toque de cayena le dio un golpe de calor en la garganta que la obligó a enderezar la espalda. Era complejo, oscuro y agresivo, exactamente como el hombre que lo había preparado.
—Debajo de la seda no hay nada que sea de su incumbencia, Vane —respondió ella, aunque no pudo evitar acurrucarse un poco más dentro de la sudadera gigante.
Sus dedos jugueteaban con el borde de la cerámica—.
Pero reconozco que el apartamento... no es el desastre que esperaba de alguien que pasa el día gritando a los camareros.
Jasper soltó una risa corta, una vibración baja que parecía llenar el espacio entre ellos.
—Gritar es parte de la coreografía. En una cocina, si no hay tensión, el plato sale muerto.
Pero aquí... —señaló con la cabeza hacia los libros— aquí es donde busco el orden.
Aquel volumen de ahí, el de lomo azul, es una primera edición de Escoffier.
Me costó tres meses de sueldo cuando era un simple pinche en París.
Susan miró el libro y luego a él. Por primera vez, vio algo más que arrogancia. Vio la misma obsesión que ella sentía cuando examinaba la caída de una tela o la estructura de un corsé.
—Entiendo esa sensación —admitió ella en un susurro, casi a pesar de sí misma—. El sacrificio por un objeto que nadie más entiende. Mi padre decía que era una pérdida de tiempo. Que la ropa era para cubrirse y la comida para alimentarse.
—Su padre se equivocaba. —Jasper dejó su taza y se inclinó sobre la isla de mármol, acortando la distancia—.
La ropa es la armadura que elegimos para enfrentarnos al mundo, y la comida es lo único que nos conecta con nuestros instintos más básicos.
Usted y yo no somos tan distintos, Susan.
Ambos vendemos fantasías. La diferencia es que yo permito que la gente se ensucie las manos con la mía.
—Yo no vendo fantasías, Vane. Vendo poder. —Ella lo miró fijamente, desafiante—. Una mujer con uno de mis trajes no necesita pedir permiso para entrar en ninguna habitación.
—¿Y qué pasa cuando se quita el traje? —preguntó Jasper.
Su voz había bajado una octava, volviéndose peligrosamente íntima—.
¿Quién queda bajo la armadura de Thorne la lluvia seguía golpeando los cristales, pero el ruido parecía lejano, como si estuvieran atrapados en una burbuja de electricidad estática.
—Lo que ve es a una mujer que está esperando a que su chofer llegue para salir de aquí —mintió ella, aunque sus ojos no se apartaban de los de él.
Jasper no se retiró. Al contrario, extendió la mano y, con una lentitud exasperante, apartó un mechón de pelo húmedo que caía sobre la mejilla de Susan. Sus dedos rozaron la piel de ella, enviando una descarga que hizo que Susan apretara los labios para no soltar un suspiro.
—Usted es una mentirosa excelente —murmuró Jasper, su mirada bajando por un segundo a los labios de ella—. Pero sus ojos la delatan. Está furiosa conmigo por haberla visto así. Desarmada. Sin sus tacones de diez centímetros para mirarme por encima del hombro.
—No necesito tacones para estar por encima de usted, cocinero —replicó ella, aunque su respiración se había vuelto errática.
—Pruébelo —desafió él, su rostro a escasos centímetros del de ella.
El silencio que siguió no fue de tensión, sino de anticipación.
Susan podía oler el cardamomo y la piel de Jasper, un aroma embriagador que nublaba su juicio.
Estaba a punto de decir algo —quizás un insulto, quizás una invitación— cuando un pitido electrónico rompió el hechizo.
El teléfono de Jasper, sobre la encimera, se iluminó.
—Es el servicio de coches —dijo Jasper, rompiendo la cercanía con una brusquedad que dejó a Susan sintiéndose repentinamente helada—. Su transporte está abajo.
Susan parpadeó, recuperando su máscara de hierro en tiempo récord. Se bajó del taburete, alisando la sudadera que le quedaba grande como si fuera un vestido de noche.
—Perfecto. Ya era hora de terminar con esta... excursión a los suburbios de la realidad.
—Le enviaré su ropa al taller mañana —dijo Jasper, observándola caminar hacia la puerta. Ya no sonreía; su expresión era ilegible, casi profesional de nuevo—. Limpia y planchada. No querría que su reputación sufriera por una mancha de agua del West Village.
Susan se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo. Se giró solo a medias, permitiendo que la luz de la lámpara dibujara su perfil.
—No se moleste en enviarla, Vane. Puede quedársela. Considérela el pago por el cacao. No suelo usar cosas que ya han sido... contaminadas por el ambiente de otros.
Salió del apartamento sin mirar atrás, dejando a Jasper solo en la cocina con el aroma del chocolate amargo y la sensación de que, por primera vez en su vida, había encontrado a alguien a quien no podía simplemente "cocinar" a fuego lento.
***
El trayecto de regreso al Upper East Side fue un desfile de silencios y luces de neón filtradas por el cristal blindado del Cadillac negro que Jasper había solicitado.
Susan se hundió en el cuero del asiento trasero, sintiendo que la sudadera gris de Jasper era un abrazo constante y no solicitado.
El olor a sándalo la seguía como un fantasma.
Se sentía ridícula, una de las mujeres más influyentes del mundo de la moda cruzando Manhattan vestida como una universitaria en época de exámenes, pero había algo en esa suavidad de algodón que la hacía sentir, por primera vez en años, que no tenía que sostener el cielo sobre sus hombros.
Cuando entró en su ático, el contraste fue violento.
Su apartamento era un templo al minimalismo: todo blanco, cristal y acero.
No había libros desordenados, ni olor a especias, ni rastro de calor humano.
Dejó las llaves en la consola de la entrada y caminó descalza hacia el ventanal que dominaba Central Park.
—Es un cocinero, Susan. Un hombre que se gana la vida con un delantal —se dijo a sí misma, viendo su reflejo borroso en el vidrio—. Un arrogante, un imprudente y un...
No terminó la frase. Sus dedos rozaron el tejido de la sudadera y recordó la mano de Jasper ajustando su casco.
Recordó el calor de su espalda bajo la lluvia.
Soltó un suspiro largo y se obligó a ir al dormitorio.
Mañana volvería a ser la "Emperatriz de Hielo", pero esta noche, Manhattan parecía un lugar un poco menos frío.
***
Mientras tanto, en el West Village, Jasper terminaba de recoger las tazas. El loft se sentía extrañamente silencioso, como si el aire se hubiera vuelto más denso tras la partida de Susan. Caminó hacia el sofá para apagar la lámpara de pie y se detuvo en seco.
Allí, encajado entre los cojines donde ella se había sentado brevemente, brillaba algo pequeño y dorado.
Jasper lo cogió. Era un pendiente, una pieza de diseño único, un diamante engastado en oro blanco con una forma geométrica agresiva y elegante.
Era puro "Susan Thorne": caro, afilado y brillante.
Jasper lo sostuvo entre sus dedos, sintiendo el frío del metal. Una sonrisa lenta y victoriosa se dibujó en su rostro. La "Emperatriz" se había ido dejando una parte de su armadura atrás. No era un pago por el cacao, era un rehén.
—Parece que me vas a tener que visitar otra vez, Susan —susurró Jasper a la habitación vacía.
Se guardó el pendiente en el bolsillo del pantalón.
Mañana tendría que enfrentarse a los proveedores, a su segundo de cocina y a la presión de la estrella Michelin, pero ahora mismo, lo único que ocupaba su mente era el plan para devolver ese pendiente de la forma más inoportuna y dramática posible.
La guerra solo acababa de cambiar de escenario.