CAPÍTULO 2
Jasper caminó bajo la lluvia con una zancada segura, obligando a Susan a tropezar ligeramente para mantenerse bajo el radio de protección del paraguas.
Doblaron la esquina y allí estaba: una Triumph Boneville negra, clásica, agresiva y goteando agua como una bestia mecánica acechando en un callejón.
—¿Eso es todo? —preguntó Susan, arqueando una ceja mientras contemplaba el vehículo—. Espero que tenga un seguro de responsabilidad civil que cubra daños psicológicos.
—Tiene algo mejor: un motor que ruge más que sus modelos en la pasarela —respondió Jasper con una sonrisa de lado. Sacó un casco negro mate de la maleta lateral y se lo tendió—. Póngaselo. Y no se preocupe por el peinado; la lluvia ya ha hecho el trabajo sucio por mí.
Susan tomó el casco con la punta de los dedos, como si fuera un objeto radiactivo.
—Si esto me deja una marca en la frente, Vane, haré que cierren este callejón y lo conviertan en un vertedero.
Tras una lucha digna de una comedia física en la que Susan intentó encajarse el casco sin perder la dignidad (y fracasó estrepitosamente), Jasper tuvo que intervenir.
Se acercó a ella, rompiendo de nuevo esa barrera de seguridad que Susan tanto protegía.
Sus dedos, aún calientes por el calor de los fogones, rozaron la barbilla de ella mientras ajustaba la correa.
Susan dejó de respirar un segundo. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en el iris de sus ojos y el rastro de una quemadura reciente en su cuello.
—No muerda, Susan. Solo estoy evitando que su cabeza ruede por la Séptima Avenida —susurró él. Sus voces se mezclaban con el sonido del agua golpeando el asfalto.
—Agradecería que terminara antes de que el moho empiece a crecer en mi chaqueta —replicó ella, aunque su voz no sonó tan firme como pretendía.
Jasper subió a la moto y arrancó. El motor cobró vida con un estruendo que hizo vibrar el suelo.
—¡Suba! Y agárrese fuerte. No quiero que se caiga en el primer semáforo; me daría mucho trabajo explicarle a la prensa por qué la mujer más poderosa de la moda está desparramada en un charco.
Susan se sentó detrás de él, sintiendo el cuero frío del asiento y, casi de inmediato, la necesidad de sujetarse a algo. Sus manos buscaron tímidamente la cintura de Jasper. Su cuerpo era sólido, una masa de músculos tensos bajo la chaqueta de cuero.
—¡Más fuerte! —gritó Jasper sobre el ruido del motor—. ¡O me abraza como si me quisiera o se va al suelo!
—¡Ni en sus mejores sueños lo querría, Vane! —le gritó ella al oído, pero acabó rodeando su cintura con fuerza, pegando su pecho contra la espalda del chef.
Jasper metió primera y la moto salió disparada.
Nueva York se convirtió en un borrón de luces rojas y amarillas.
Cruzaron el West Village como un rayo negro.
La lluvia golpeaba el visor del casco de Susan, pero la sensación de velocidad era extrañamente liberadora.
Por primera vez en años, ella no tenía el control.
No había conductores, ni asistentes, ni horarios de desfiles.
Solo estaba el olor a asfalto mojado, el rugido del motor entre sus piernas y el calor de un hombre al que detestaba, pero que era lo único que la mantenía a salvo en ese momento.
Jasper conducía con una pericia envidiable, inclinando la moto en las curvas con una confianza que Susan encontraba aterradora y fascinante a partes iguales.
Se metió entre dos taxis amarillos con apenas unos centímetros de margen, provocando que Susan soltara un grito ahogado y apretara aún más su agarre sobre su abdomen.
Él sonrió bajo el casco; podía sentir el corazón de ella latiendo con fuerza contra su espalda.
Finalmente, la moto se detuvo frente a un imponente edificio de preguerra en la zona de Gramercy Park. Jasper apagó el motor y el silencio de la noche volvió a caer sobre ellos, interrumpido solo por el "clac-clac" del metal enfriándose.
Susan se bajó de la moto con las piernas temblando ligeramente. Se quitó el casco y su melena rubia, ahora húmeda y desordenada, cayó sobre sus hombros. Estaba empapada, su traje de seda estaba arruinado y tenía frío, pero sus ojos brillaban con una furia renovada.
—Es usted un maníaco —dijo, recuperando su tono de superioridad—. Conduce como si tuviera un deseo de muerte.
Jasper se bajó también, quitándose el casco y sacudiendo su cabello oscuro. Estaba empapado, pero parecía estar en su elemento.
—Y usted abraza como si tuviera miedo de vivir, Susan. Estamos en paz.
Se miraron bajo la luz mortecina de una farola. La lluvia seguía cayendo, pero ninguno de los dos se movía hacia el portal. Había algo en el aire, una tensión que ya no era solo por el choque de personalidades, sino por la adrenalina del viaje.
—Supongo que aquí es donde me da las gracias y me promete que no destruirá mi carrera profesional mañana por la mañana —dijo Jasper, dando un paso hacia ella.
Susan abrió la boca para soltar una réplica mordaz, pero en ese momento, un estornudo sonoro rompió el dramatismo de la escena.
—Entre —ordenó Jasper, cambiando el tono a uno más práctico—. Antes de que se convierta en una estatua de hielo de verdad. Tengo una toalla y, probablemente, algo de beber que no sea ese veneno que llama vino.
—¿Entrar? ¿A su casa? —Susan lo miró con incredulidad—. Ni aunque fuera el último refugio antes del apocalipsis.
—Susan, mire su traje. Mire sus pies. Si intenta caminar hasta la esquina para buscar un taxi ahora mismo, se va a desmayar. Solo son diez minutos para que se seque y yo pueda llamar a un servicio de coches privado que sí acepte clientes que parecen náufragos.
Susan miró hacia la calle oscura y luego hacia el portal de Jasper. El frío le calaba los huesos.
—Diez minutos, Vane. Y si intenta cocinarme algo más, le denunciaré por acoso.
El ascensor del edificio de Jasper era de esos antiguos, con una reja de tijera que chirriaba con cada piso que subían.
Susan se mantenía en la esquina opuesta a él, intentando inútilmente escurrir los bajos de su chaqueta de seda.
El silencio entre ambos solo se rompía por el goteo constante del agua sobre el suelo de madera del elevador.
—No me mire así —dijo Jasper, aunque ella estaba mirando fijamente el panel de botones—. Es un edificio con solera. Tiene carácter.
—Tiene termitas y un olor a humedad que me recuerda a los sótanos de la beneficencia —replicó ella, aunque por dentro agradecía el calor relativo del espacio cerrado.
Cuando Jasper abrió la puerta de su apartamento en el cuarto piso, Susan se quedó petrificada en el umbral.
Esperaba encontrar un desorden de soltero, cajas de pizza y una decoración inexistente.
En su lugar, se topó con un loft de techos altísimos, paredes de ladrillo visto y una estantería que cubría una pared entera, repleta no solo de libros de cocina, sino de clásicos de la literatura y volúmenes de arte.
El suelo era de roble oscuro, pulido y brillante, y el mobiliario era una mezcla exquisita de piezas de mediados de siglo y toques industriales.
—¿Ha robado esto o ha chantajeado a algún decorador? —preguntó Susan, entrando con cautela, sus tacones resonando ahora sobre la madera seca.
—Lo he construido —respondió Jasper, dejando las llaves sobre una mesa de hierro forjado—.
Lo cual incluye lijar el suelo y pintar las paredes.
Sé que para usted el concepto de "trabajo manual" es algo que solo hacen los becarios, pero algunos disfrutamos viendo cómo las cosas toman forma con nuestras manos.
Jasper desapareció por un pasillo y volvió a los pocos segundos con una toalla blanca, mullida y sorprendentemente limpia. Se la lanzó con un movimiento fluido.
—Tome. El baño está a la derecha si quiere quitarse eso antes de que se le pegue a la piel como una segunda capa de barniz. Le dejaré algo de ropa seca en la puerta.
Susan agarró la toalla, sintiendo su suavidad. Estaba caliente, como si acabara de salir de la secadora.
—No pienso ponerme nada suyo, Vane. No quiero oler a... a usted.
Jasper se detuvo y la miró de arriba abajo, con una chispa de diversión volviendo a sus ojos.
—Usted ahora mismo huele a perro mojado y a desesperación, Susan.
Mi sudadera más vieja será una mejora considerable para su olfato.
Además —añadió, bajando el tono mientras se acercaba un paso—, no es que tenga muchas opciones a menos que planee pasar los próximos diez minutos desnuda en mi salón.
Y aunque la oferta es tentadora, tengo un estándar que mantener.
Susan le dedicó una mirada que habría fulminado a un ejército entero y marchó hacia el baño sin decir palabra, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cuadros de la pared.
Dentro del baño, Susan se enfrentó al espejo.
Estaba hecha un desastre. Su maquillaje ahumado se había corrido, dándole un aire de heroína trágica de ópera, y su cabello rubio colgaba en mechones lacios.
Se desvistió con cuidado, depositando su traje de miles de dólares sobre la tapa del inodoro como si fuera una reliquia sagrada.
Al envolverse en la toalla de Jasper, no pudo evitar inhalar.
No olía a ajo. Olía a sándalo, a lluvia y a algo profundamente masculino que la hizo sentirse, por un segundo, extrañamente vulnerable.
Un golpe suave en la puerta la sobresaltó.
—He dejado una sudadera y unos pantalones de deporte fuera —dijo la voz de Jasper desde el otro lado—. No son de seda, pero están limpios. He puesto agua a hervir. Sospecho que su sistema nervioso necesita algo más que desprecio para volver a la normalidad.
Susan esperó a oír sus pasos alejándose antes de abrir la puerta apenas unos centímetros.
En el suelo encontró una sudadera gris de algodón grueso y unos pantalones negros.
Se los puso rápidamente. La sudadera le quedaba enorme; las mangas le tapaban las manos y el bajo le llegaba casi a las rodillas.
Se sentía pequeña, una sensación que detestaba, pero el tejido era cálido y reconfortante.