CAPÍTULO 1 #2
—Le serviremos un Sancerre de 2018, cortesía de la casa —intervino Jasper desde la cocina, sin levantar la vista de una chalota que estaba picando a una velocidad sobrehumana—. Es lo suficientemente ácido para estar a la altura de su carácter.
Susan apretó los dientes, observando cómo los dedos de Jasper trabajaban.
Tenía que admitir, aunque fuera solo para sus adentros, que había una belleza hipnótica en sus movimientos.
No era la delicadeza de un costurero de alta costura, sino la precisión de un cirujano.
Cada gesto tenía un propósito; no había desperdicio de energía.
—Dígame, Vane —dijo ella, alzando la voz sobre el siseo de una sartén con mantequilla—, ¿siempre es tan encantador con sus clientes o solo reserva este despliegue de testosterona para las mujeres que no caen rendidas ante su delantal?
Jasper dejó el cuchillo y se giró, apoyando una cadera contra la mesa de trabajo. Se cruzó de brazos, y la luz de los focos de la cocina resaltó el sudor que brillaba en su cuello.
—Solo con los clientes que entran en mi casa faltando al respeto al trabajo de quince personas. Usted diseña ropa, Susan. Si alguien entrara en su taller y dijera que sus vestidos son simples trozos de tela para cubrir cuerpos, ¿cómo reaccionaría?
—Mis vestidos son arquitectura para el cuerpo humano —corrigió ella con frialdad—. Y yo no diseño para "cuerpos", diseño para identidades. Lo suyo es... comida. Se consume, se digiere y se olvida.
Jasper soltó una carcajada ronca que vibró en el pecho de Susan de una forma que ella decidió ignorar.
—Esa es la diferencia entre nosotros. Usted busca la inmortalidad en un armario; yo busco la perfección en un instante. Cuando termine de comer, su identidad habrá cambiado, aunque sea solo un poco.
—Qué poético. Casi me hace olvidar que hay una mancha de grasa en su azulejo derecho —mintió ella, buscando cualquier debilidad.
Jasper ni siquiera miró. Sabía que sus azulejos estaban impolutos.
—Marcus, trae el primer tiempo para la señora Thorne. Vamos a empezar con algo que la deje sin palabras, si es que eso es biológicamente posible.
El primer plato llegó: un carpaccio de vieiras con cítricos, perlas de yuzu y un toque de aceite de chile ahumado. Era visualmente perfecto, una composición de colores que incluso Susan habría aprobado para una portada de Vogue.
Ella cogió el tenedor de plata como si fuera un arma blanca. Jasper dejó de cocinar. Se quedó allí, de pie, observándola con una intensidad que hacía que el aire entre ellos vibrara. Quería ver su reacción. Quería ver cómo ese muro de hielo se agrietaba ante el sabor de su talento.
Susan llevó un trozo a su boca. El contraste de la frescura del mar con la explosión ácida del yuzu y el calor persistente del chile fue... insultante. Era delicioso. Era una bofetada de sabor que la obligó a cerrar los ojos por un brevísimo segundo.
—¿Y bien? —preguntó Jasper, con una sonrisa de suficiencia—. ¿Sigue pensando en la mermelada de supermercado?
Susan masticó lentamente, tragó y se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino, recuperando su máscara de indiferencia.
—Está... aceptable. Aunque el aceite de chile tapa la sutileza de la vieira. Es un recurso un poco burdo, ¿no cree? Como ponerle un lazo rosa a un traje de Chanel para ocultar un mal corte.
Jasper entrecerró los ojos. Sabía que ella mentía. Había visto la dilatación de sus pupilas.
—Burdo, dice. Curioso comentario de alguien que usa logotipos del tamaño de un plato de cena en sus cinturones.
—Eso se llama branding, Vane. Debería aprenderlo. Ayuda a que la gente sepa quién manda antes de que abras la boca.
—Prefiero que mi comida hable por mí —replicó él, acercándose de nuevo al borde de la barra, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírlo por encima del ruido del restaurante—.
Y ahora mismo, su paladar me está diciendo que se muere por repetir, por mucho que su lengua intente hundirme.
Usted es todo fachada, Susan. Pura seda por fuera, pero apuesto a que por dentro está deseando que alguien le sirva algo real de una vez.
Susan sintió un calor repentino que no tenía nada que ver con el clima de la cocina. Se inclinó hacia él, desafiante.
—No se confunda, chef. Lo único "real" que quiero de usted es que termine este suplicio para poder irme a cenar de verdad a un sitio que no tenga delirios de grandeza.
El resto de la cena fue un duelo de voluntades.
Jasper sirvió un pichón asado con regaliz y puré de chirivía que Susan diseccionó con la frialdad de un forense, a pesar de que cada bocado le recordaba por qué Nueva York era la ciudad de los placeres prohibidos.
Él no dejó de observarla; cada vez que ella levantaba la copa, él estaba allí, con la mirada clavada en ella, como esperando el momento en que Susan Thorne finalmente se rindiera.
—La cuenta —dijo ella, dejando la servilleta de lino arrugada sobre el mármol. No estaba doblada. Era un insulto final.
Jasper se acercó, pero no traía un trozo de papel. Traía una pequeña caja de madera oscura.
—No hay cuenta, señora Thorne. Considérelo una inversión en su educación cultural. He decidido que no puede pagar por algo que no ha sido capaz de apreciar.
Susan se puso de pie, su figura esbelta recortada contra las luces del local.
—¿Se cree muy ingenioso, Vane? Mi tiempo vale diez veces lo que cuesta su menú degustación. Si no me deja pagar, me debe usted dinero a mí.
—Considérelo un empate, entonces —sonrió él, con una confianza que a ella le resultó exasperante—. Pero antes de que se vaya a su mundo de hilos y alfileres, pruebe esto. Es una trufa de chocolate amargo con sal marina y un toque de cardamomo. Un regalo de despedida.
Susan miró la pequeña joya negra. Quiso negarse, quiso darse la vuelta y salir con la cabeza alta, pero el aroma que desprendía la caja la traicionó.
Cogió la trufa con dos dedos, rozando deliberadamente la mano de Jasper.
Fue un contacto breve, apenas un segundo, pero ambos sintieron una sacudida, un chispazo que ninguno de los dos reconoció como algo positivo, sino como una advertencia de peligro.
Ella se llevó el chocolate a la boca, lo saboreó con una elegancia gélida y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y caminó hacia la salida.
Al salir a la calle, la lluvia de Manhattan se había convertido en un aguacero torrencial.
El Maserati de Susan no estaba en la puerta.
En su lugar, un camión de basura bloqueaba la calle y Margot no aparecía por ninguna parte.
Susan sacó su teléfono, furiosa, pero la pantalla estaba en negro.
Se había quedado sin batería en el peor momento posible.
—Maldita sea... —susurró, sintiendo que el frío empezaba a calar su traje de seda.
La puerta del restaurante se abrió a sus espaldas. Jasper salió, esta vez con una chaqueta de cuero sobre la ropa de chef y un paraguas grande de golfista. Se detuvo al verla allí, desprotegida bajo el toldo que apenas la cubría.
—¿Problemas en el paraíso de cristal? —preguntó él con una nota de diversión en la voz.
—Mi coche no está y mi teléfono ha muerto —respondió ella, sin mirarlo, manteniendo la barbilla alta—. No es nada que un taxi no pueda solucionar.
—Es viernes noche, llueve a cántaros y estamos en el Village, Susan. Tiene más probabilidades de encontrar un unicornio que un taxi libre en la próxima hora.
Jasper bajó los escalones y abrió el paraguas, extendiéndolo sobre ella. El espacio era pequeño, obligándola a pegarse a su costado. Susan pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con el aire húmedo de la noche.
—Mi apartamento está a tres manzanas —dijo Jasper, mirando hacia la oscuridad de la calle—. Y mi moto está aparcada a la vuelta. No es un Maserati, pero tiene dos ruedas y llega antes que cualquier coche.
Susan lo miró como si le hubiera sugerido que se lanzara al Hudson.
—¿Está sugiriendo que me suba a una motocicleta con usted? ¿En este traje? ¿Bajo esta lluvia? Preferiría morir de hipotermia.
—Usted elije, "Emperatriz" — Jasper dio un paso hacia la lluvia, dejando que unas gotas salpicaran el hombro de Susan—. O se queda aquí esperando un milagro, o deja que el cocinero burdo la lleve a casa. Prometo no ir a más de cien... a menos que me lo pida.
Susan miró sus zapatos de mil quinientos dólares, luego miró la calle desierta y finalmente clavó sus ojos en los de Jasper. El odio seguía allí, pero había algo más: una curiosidad peligrosa que empezaba a arder en su pecho.
—Si le pasa algo a este traje, Jasper Vane, compraré su restaurante solo para convertirlo en una tienda de calcetines baratos —sentenció ella, dando un paso hacia él.
Jasper soltó una carcajada que se perdió en el estruendo del trueno.
—Suba, Thorne. Va a ser el viaje más real de su vida.