Seda y Ceniza (Amores locos) CAPÍTULO 1
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Seda y Ceniza (Amores locos)

Seda y Ceniza (Amores locos)

Por Rachel Fallen

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CAPÍTULO 1

—Dime que el tejido de la colección de otoño ha llegado de Milán, Margot —dijo Susan, sin apartar la vista del horizonte de acero y cristal. Su voz era un susurro aterciopelado, pero con el filo suficiente para cortar el diamante.

Margot, su asistente, tropezó con sus propios pies mientras intentaba seguirle el ritmo, sosteniendo un iPad y un café que humeaba peligrosamente.

—Eh... hubo un problema en la aduana, Susan. Dicen que los pigmentos del carmesí no cumplen con la normativa de...

Susan se detuvo en seco. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Se giró lentamente, bajando sus gafas de sol Celine para clavar sus ojos gélidos en la joven.

—¿Normativa? —repitió Susan—. No me hables de leyes, Margot. Ese carmesí es la sangre de esta temporada. Si no tengo ese tejido en el taller a las seis de la tarde, la única "normativa" que te va a preocupar es la de tu subsidio de desempleo. ¿He sido clara?

—Cristalina, Susan. Voy a llamar ahora mismo —balbuceó Margot, palideciendo.

—No llames. Ve allí. Hazte la víctima, soborna a alguien o encadénate a un contenedor. No me importa el "cómo", solo el "cuándo". Y el "cuándo" es ayer.

Susan retomó su marcha hacia el ascensor privado. Su mente ya estaba tres pasos por delante, calculando la luz de la sesión de fotos del jueves. Ser la directora creativa de Thorne odiaba sus calles adoquinadas que devoraban tacones de aguja y esa pretenciosidad bohemia de los edificios bajos que le hacían sentir que el cielo se le caía encima.

—Es aquí, Susan —murmuró Margot desde el asiento del copiloto, señalando un toldo de color verde bosque con letras doradas caligrafiadas: L’Artiste.

—Parece una tienda de antigüedades que huele a naftalina —sentenció Susan, apagando el motor—. ¿Estás segura de que el inversor francés quiere cenar en este... agujero?

—Sus palabras exactas fueron: "Es el secreto mejor guardado de la ciudad". Dicen que el chef es un genio emergente. Un tal Jasper Vane.

Susan soltó una risa seca mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo.

—Genio es una palabra que se usa con demasiada ligereza hoy en día, Margot.

Genio fue Cristóbal Balenciaga. Un hombre que fríe cebollas es, simplemente, un hombre con hambre de atención.

Quédate en el coche. Si no te llamo en diez minutos para que me rescates, vete a casa y reza para que el carmesí llegue mañana.

Susan bajó del coche y, protegiéndose bajo un paraguas negro, caminó hacia la entrada.

Al abrir la puerta de madera pesada, el tintineo de una campana anunció su llegada.

El ambiente dentro era asfixiante para sus estándares: luz tenue de velas, paredes de ladrillo visto y un murmullo de gente que parecía estar disfrutando demasiado de la vida.

En el fondo, tras una barra de mármol que separaba la sala de la cocina abierta, lo vio.

Jasper Vane estaba de perfil, concentrado en colocar una brizna de hierbabuena con unas pinzas de precisión sobre un plato que parecía una obra de arte abstracto.

El calor del lugar le había hecho desabrocharse el primer botón de la chaqueta de chef, y Susan, a pesar de su desprecio, no pudo evitar notar la línea tensa de su mandíbula y la forma en que sus manos se movían con una seguridad casi insolente.

Ella se acercó a la recepción con la elegancia de una pantera. El metre, un chico joven que parecía haber visto un fantasma, tartamudeó:

—B-buenas noches. ¿Tiene una reserva?

—Thorne —dijo ella, sin mirarlo, escaneando el local con una mueca de desaprobación—. Y espero que mi mesa esté lo suficientemente lejos de la cocina. No tengo intención de que mi abrigo de Max Mara termine oliendo a fritura de segunda clase.

Desde la cocina, Jasper levantó la vista.

Sus ojos se encontraron con los de Susan a través del vapor de una olla.

No hubo una chispa de bienvenida, sino un choque eléctrico de hostilidad.

Jasper dejó las pinzas lentamente sobre la mesa de acero y se limpió las manos con un trapo antes de caminar hacia el límite de su territorio.

—Lamento informarle, señora Thorne —la voz de Jasper era profunda, con un deje de arrogancia que hizo que a Susan se le erizaran los vellos de la nuca—, que en este "agujero" no servimos frituras de segunda clase.

Y aquí, mi cocina es el espectáculo principal.

Si quería distancia, debería haberse quedado en su torre de cristal.

Susan arqueó una ceja perfectamente depilada y se acercó dos pasos más, quedando a escasos centímetros de la barra.

—¿Y usted debe de ser el cocinero? —preguntó ella, enfatizando la palabra con un tono despectivo—. Huele a ajo y a ambición desesperada. Me habían dicho que este lugar era exclusivo, pero veo que dejan entrar a cualquiera con una chaqueta blanca y un ego sin cocinar.

Jasper apoyó las manos en la barra y se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume: Chanel No. 5.

—Se llama gastronomía, aunque entiendo que para alguien que probablemente vive a base de agua con limón y aire comprimido, sea un concepto difícil de digerir.

Mi mesa VIP es la que está justo frente a mi estación.

Si se sienta ahí, prometo no salpicarle su precioso abrigo...

aunque no puedo prometer que su orgullo salga intacto.

—No voy a sentarme en el mostrador como si fuera una colegiala en una cafetería —replicó Susan, apretando su bolso—. He venido a hacer negocios, no a observar cómo maltrata usted a los ingredientes.

—Entonces el negocio tendrá que esperar —sonrió Jasper de forma lobuna—, porque en L'Artiste las reglas las pongo yo.

Siéntese, Susan. O váyase. Nueva York está llena de sitios mediocres donde estarán encantados de besarle el suelo por el que pisa.

Yo estoy demasiado ocupado intentando ganar una estrella como para perder el tiempo con alguien que no sabe distinguir un confit de una mermelada de supermercado.

El silencio que cayó entre ambos fue denso. Los clientes cercanos dejaron de hablar. Susan sintió una rabia ardiente, algo que no experimentaba desde hacía años. Nadie le hablaba así. Nadie la desafiaba en su propia ciudad.

—Muy bien, chef Vane —dijo ella, con una sonrisa gélida que prometía venganza—. Me sentaré. Pero le advierto: si ese plato no es la octava maravilla del mundo, me encargaré de que la única estrella que vea sea la que decore el cartel de "Se alquila" de este local antes de que acabe el mes.

Susan se sentó en el taburete de cuero alto con la rigidez de una reina en el exilio.

Colocó su bolso sobre el mármol con un golpe seco, desafiando a Jasper a decirle algo sobre el espacio ocupado.

Él, por su parte, no dijo ni una palabra; simplemente le dedicó una inclinación de cabeza casi imperceptible y regresó a su santuario de acero inoxidable.

—Vino —exigió Susan cuando el sumiller se acercó temblando—. Algo seco. Tan seco que me haga olvidar que estoy sentada a medio metro de una freidora.