Secuestrada (Serie Convictos 1) 21 Ash
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21 Ash

Un viento gélido barre el bosque y me alborota el pelo mientras estoy de pie sobre la tierra recién removida. Me apoyo en la pala, la herramienta ahora una extensión de la oscuridad que crece dentro de mí. Junto a mí, Lila tiembla, ya sea por el frío o por la emoción, no sabría decirlo.

Permanecemos bajo la luz menguante de la luna.

Mi padre yace enterrado bajo la tierra. Lo único que siento es ira.

Una brasa fría que brilla dentro de la oscuridad que encarno.

No hay espacio para el lujo de la tristeza ni la suavidad del duelo.

Mi mente funciona de otra manera, configurada para anteponer la supervivencia al sentimiento.

—Lo siento —susurra Lila, rompiendo el silencio.

Me vuelvo para mirarla.

—Ahórratelo —respondo con voz gélida.

Lila se tensa pero no dice nada más, y puedo ver la confusión y el conflicto que danzan en sus vibrantes ojos azules. Soy muy consciente de lo que significa que haya aceptado venir conmigo. Es mía para siempre, y eso es lo que quiero, pero no lo merezco. Ella merece un hombre mejor que yo.

La presencia de Lila es una fuente constante de emoción no deseada, que talla fisuras en mi determinación y en los muros que construí para mantener a raya esas distracciones.

La mano de Lila busca la mía.

Me aparto como si me quemara el aire que respira. He estado fuera de control desde el día en que la obligué a venir conmigo en aquella cuneta.

Joder.

Incluso dejé que tatuara su nombre sobre mi corazón. ¿Cuándo se coló tras los muros de mi corazón, y por qué demonios se lo permití?

—No puedes seguir haciendo esto —la voz de Lila corta la espesa tensión—. Deja de alejarte —exhala, cada palabra rezumando un hambre cruda y desesperada que busca reclamar algo de las profundidades de mi alma.

La siento, la atracción implacable de su presencia, como el tirón inevitable de una llama voraz.

—¿Por qué? —mi voz es un gruñido grave—. Dime por qué debería dejarte entrar cuando lo único que encontrarás es oscuridad.

Su mano se abre paso hasta mi pecho, sobre la marca invisible de su nombre.

—Porque debajo de toda esa furia, ese dolor que empuñas como un arma —susurra—, hay un corazón que late con la misma ferocidad con la que apartas al mundo. Déjame entrar. Incluso la oscuridad necesita su luz de estrellas, ¿verdad?

Sus palabras son un eco cruel de las mías, que roen las defensas de mi corazón endurecido.

Ella es mi luz de estrellas. Y la luz de estrellas merece ser apreciada. Temo no poder darle lo que merece.

—Soy malo para ti. Deberías coger el otro camión y volver a casa.

Las lágrimas inundan sus ojos.

—No puedes decidir qué es malo para mí —dice—. Fuiste tú quien me convenció de venir contigo, y ahora que las cosas se ponen difíciles quieres deshacerte de mí, ¿es eso?

—¿Deshacerme de ti? Te estoy dando la oportunidad de liberarte de mi oscuridad. De una oscuridad que acabará destruyéndote.

—¿Y qué pasó con que yo era una parte permanente de tu vida? ¿Olvidaste lo que dijiste? —exige, mirándome con ojos llenos de lágrimas—. Eres mío, y nunca vas a escapar.

Aprieto la mandíbula porque sí dije eso. Desde que nos conocimos, he ido cayendo en picado, olvidando la regla más importante. No confíes en nadie. Nunca dejes entrar a nadie. Y sin embargo, aquí estamos.

—Lo decía en serio, pero ¿qué vida puedo darte en Alaska?

Ella se acerca con las aletas de la nariz dilatadas.

—La vida que quiero. Gestionaré mi blog.

Al diablo con mi trabajo y viviré codo con codo contigo, manteniendo a raya tu oscuridad —inclina la cabeza—.

Sabes, me preocupaba que solo me sintiera atraída por ti por mi pasado —niega con la cabeza—.

Ahora sé que no es así. Es porque estamos destinados a estar juntos. Tú eres mi redención, y yo soy la tuya.

—Maldita sea, Lila —rujo—. ¿Por qué tienes que ponerlo tan jodidamente difícil?

Ella no retrocede.

—No creo que sea yo quien complica las cosas. Hemos llegado hasta aquí. Sigamos adelante. Juntos.

La agarro de las caderas y la atraigo contra mí.

—Joder, luz de estrellas —la beso con pasión mientras dejo que esos muros se derrumben—. Te quiero, joder.

Lila se tensa, y me pregunto si lo he dicho demasiado pronto. No me lo devolverá, pero es la verdad. Desde que la miré a los ojos en aquella cuneta, supe que mi vida tal como la conocía había terminado.

—No sé qué decir —sus dedos me recorren la mandíbula con timidez. La proximidad de su aliento, impregnado del aroma a rosa, es un bálsamo para la tormenta que llevo dentro.

—No tienes que decir nada —murmuro—. Estás aquí conmigo: eso es todo lo que necesito —apoyo la frente contra la suya.

La fría naturaleza salvaje canadiense queda olvidada, reemplazada por el fuego entre nosotros.

La oscuridad fluye por mis venas, algo vivo que ha encontrado su contraparte en su luz.

Traga saliva.

—No tengo miedo de tu oscuridad —declara Lila, y su voz rompe mi silencio sombrío—. Nunca lo tuve.

Con un gruñido posesivo, la arrastro hasta el camión. Cada clic y deslizamiento de los asientos al plegarse resuena como un redoble de tambor.

—Entra —ordeno.

—Pero yo⁠—

—Shh —la silencio con un dedo sobre sus labios—. Entra, túmbate y quítate las bragas.

Sus ojos se dilatan y obedece: se tumba rápidamente y se quita las bragas. Mis ojos la devoran, y la bestia reprimida que llevo dentro lo aprueba. Entonces me subo con ella, y siento el anillo de mi polla rozar contra la tela mientras me pongo más duro.

Me libero de los confines de la tela, con la polla palpitante. Cada caricia deliberada, amplificada por mis piercings, me hace gemir.

—Abre las piernas para mí —ordeno. Cada rayo de luz de luna ilumina su obediencia mientras las separa lentamente—. Así es, luz de estrellas, déjame verte entera. Desnuda y ofrecida para mí —mi mirada devora la visión de su coño empapado, reluciente y listo.

—¿Vas a follarme?

Sonrío con suficiencia.

—Voy a destruirte. No digas que no te lo advertí.

Se muerde el labio.

—¿Puedes ponerte la máscara?

—Joder, qué sucia eres, nena.

Le agarro la garganta y aprieto.

—¿Quieres que finja ser un desconocido otra vez?

Su voz suena entrecortada, desafiante:

—Sí, quiero que me tomes como si me robaras cada aliento, cada gemido.

Respondo con una mueca cruel en la comisura de los labios:

—¿Quieres la descarga, eh? ¿Ese escalofrío de miedo?

Me deslizo la máscara sobre el rostro; la oscuridad se adhiere a mí como una segunda piel.

—Te daré un subidón que acechará tus sueños.

Con la máscara puesta, mi mundo se reduce a ella y al hambre que me desgarra por dentro. Mis manos, duras e inflexibles, le agarran los muslos y se los separan aún más.

—Así —gruño—, para verte desmoronar.

—¡Para! —grita, entrando de forma natural en su papel.

Su gemido aviva mi dominación.

—Decirme que pare solo consigue que se me ponga más dura —gruño.

Hay un destello en sus ojos, como si yo la estuviera retando.

—¡Para ya! No quiero esto.

Me empuja con la mano y se la agarro, inmovilizándosela por encima de la cabeza.

—Mentirosa —gruño, apoyando la punta de mi polla palpitante en su entrada y dejando que el aro le roce suavemente el clítoris—. Te veo en los ojos cuánto deseas mi polla.

Se muerde el labio para no gritar.

—No, no lo hagas.

Le sonrío con suficiencia mientras mi polla gotea líquido preseminal sobre su coño. La miro a los ojos a través de los agujeros de la máscara y me hundo en ella con fuerza suficiente para dejarla sin aliento.

—No hay nada en este mundo que pueda impedirme follarme lo que es mío —le susurro al oído, manteniéndole las manos inmovilizadas sobre la cabeza—. Nunca tengo bastante.

Mi luz de estrellas, abierta de piernas, empalada y jadeante, es una visión celestial. Su cuerpo se arquea contra el mío; la mentira en sus labios queda en evidencia por la forma desesperada en que sus caderas se alzan al encuentro de mis embestidas.

La observo a través de los agujeros de la máscara, deleitándome con la luz de la luna que inunda las ventanas y proyecta sombras sobre sus rasgos perfectos. Sus ojos van de un lado a otro, buscando una escapatoria que no existe.

Cuando alcanzo un punto especialmente sensible, sus suaves gemidos y su brusca inspiración son música para mis oídos.

—Joder, Ash, por favor, no —jadea, con un sollozo entrecortando sus palabras.

Sonrío detrás de la máscara, deleitándome con su resistencia inútil.

—Creía que te gustaba duro, luz de estrellas —ronroneo mientras empujo aún más fuerte y mi polla encuentra su hogar en lo más profundo.

Intenta apartarme, con las manos aún atrapadas sobre la cabeza.

—¡No! Para, te dije que pararas.

Pero no me detengo. No puedo. Lila no quiere que pare, porque usaría nuestra palabra de seguridad si quisiera. Mi polla palpita dentro de ella, ansiosa por derramar mi semen.

—Abre la boca, luz de estrellas —ordeno. Necesito saborearla de nuevo.

Sacude la cabeza con violencia.

—¡No!

Le agarro la mandíbula, le abro la boca a la fuerza y entonces la tomo; mi lengua se hunde en las profundidades de su boca. Quiero consumirla, hacerla mía en todos los sentidos.

Sus manos por fin se relajan, su cuerpo se rinde a lo inevitable. Gime de nuevo y los sonidos de su placer llenan el aire.

—Eso es —gruño, embistiéndola aún más fuerte—. Sométete a mí.

Intenta contenerse, pero es inútil. Gime, con los ojos tan dilatados que parecen puro carbón.

—Dilo —gruño, embistiendo más fuerte—. Di que quieres que te folle.

—Fóllame —susurra con voz ronca—. Lléname.

Le doy lo que quiere, un ataque implacable que no deja espacio para respirar ni pensar. Su cuerpo se sacude debajo de mí, sus uñas se me clavan en la espalda. Sus gemidos son música para mis oídos, una sinfonía de rendición.

—Qué bien se siente —gimo, mis palabras apenas audibles por encima de los sonidos de nuestra follada primitiva—. Tan apretada y húmeda. Quiero que te corras para mí, nena. Déjame verte.

El clímax le sacude el cuerpo en oleadas violentas. Observo hipnotizado cómo se le ponen los ojos en blanco.

Con una embestida final y estremecedora, llego al clímax y derramo mi semen en lo más profundo de ella. La tensión de mi cuerpo se disuelve, sustituida por una sensación de satisfacción.

Por un momento permanecemos quietos, con los cuerpos resbaladizos de sudor. Siento su corazón latir contra mi pecho, un latido rápido y errático que refleja el mío.

—Eso ha sido... —se interrumpe, buscando las palabras—. Ha sido increíble, pero Ash...

—No —la interrumpo mientras me aparto rodando—. No lo estropees.

Frunce el ceño.

—¿Estropear el qué?

—El momento —gruño—. No hables de lo que pasó.

Lila suspira.

—No lo entiendo.

—¿Qué hay que entender? —espeto.

—Tenemos que hablar de lo que le pasó a tu...

—No lo digas.

Cierro los puños. ¿Hablar? ¿De qué hay que hablar? Conocí a mi padre por primera vez desde que nací. Le dispararon y lo enterramos. Fin de la puta historia.

—No hay nada de qué hablar —digo.

Suspira, pero acepta que no estoy preparado. Puede que nunca lo esté.

—Vale. ¿Y ahora qué?

El corazón me late con fuerza. ¿Y ahora qué? Dos personas cuyas vidas se han entrelazado para siempre. Dos personas unidas por el deseo y las circunstancias.

—Eres mía y yo soy tuyo; así de simple —digo por fin. Le tomo la mano a Lila y entrelazo mis dedos con los suyos—. Lo resolveremos —prometo.

En sus ojos se mezclan la esperanza y la incertidumbre. —Espero que tengas razón.

Nos tumbamos de nuevo, cara a cara. Los ojos de Lila están claros, sin barreras, y reflejan el tumultuoso camino que hemos recorrido juntos.

—Te quiero, Lila —susurro; las palabras vuelven a escapárseme antes de que pueda contenerlas.

Abre los ojos de par en par. Niega con la cabeza. —Ash, yo no...

Le pongo un dedo en los labios. —No digas nada, luz de estrellas. Quizá tardes más en sentirlo, pero lo sentirás.

Las palabras audaces brotan con un tono definitivo, una declaración de pertenencia que no admite réplica.

Me acerco hasta eliminar la distancia entre nosotros. Sus ojos, esos cautivadores pozos de zafiro, brillan bajo la pálida luz de luna que se cuela por la ventana.

—Eres mía —repito con el aliento rozándole la mejilla—. Y yo soy tuyo.

Junto mis labios con los suyos en un beso suave, titubeante, que poco a poco se vuelve más intenso. Nuestras lenguas bailan un tango sensual que habla de nuestra innegable conexión.

Siento cómo se rinde: en la manera en que su cuerpo se amolda al mío, en cómo sus dedos se aferran a mi camisa.

—No puedo prometerte que será fácil —continúo—, pero sí puedo prometerte esto: nunca vivirás nada igual. Estás destinada a esto, Lila. Destinada a estar conmigo.

Lila es mi luz de estrellas, la que atraviesa la oscuridad e ilumina mi alma.

—¿De verdad crees eso? —pregunta con un hilo de voz.

Asiento sin apartar la mirada. —Sí.

Se inclina y me besa de nuevo. Sus dedos se enredan en mi pelo y me atraen hacia ella. El tiempo se detiene mientras nos perdemos en el beso y el mundo a nuestro alrededor se desvanece hasta volverse insignificante.

Por primera vez, siento que he encontrado un hogar. Al fin nos separamos y nos vestimos en silencio antes de continuar nuestro peligroso viaje.

Una sensación de inquietud persiste mientras saboreo esta nueva cercanía. Las sombras de mi pasado siguen cerniéndose sobre nosotros y amenazan con consumirnos a ambos. El camino que tenemos por delante está plagado de incertidumbre.

¿Podré de verdad escapar de la oscuridad que acecha en mi interior? ¿O estamos los dos destinados a ser consumidos por ella?