22 Ash
Los neumáticos crujen sobre la grava cuando el coche se detiene; el polvo se asienta a nuestro alrededor como un sudario.
Llevamos días en la carretera, con el horizonte extendiéndose ante nosotros.
La anticipación, un hormigueo constante bajo mi piel, alcanza por fin su clímax mientras contemplo el lugar que construyó mi padre.
Se alza ante nosotros, un refugio en medio de la naturaleza salvaje. Un chalet grande de troncos y una cabaña más pequeña, tal como papá describió. Pintoresco, enclavado junto a un lago extenso, rodeado por un silencioso bosque.
El aislamiento de este lugar es perfecto para nuestra huida; una parte de mí desearía que él estuviera aquí. Otra parte se siente aliviada de no tener que lidiar con las heridas de mi pasado.
Lila está sentada a mi lado, su mirada recorre el paisaje con asombro y temor.
Es mi premio, y resulta casi poético tenerla conmigo después del caos que he dejado atrás.
El camino que tomamos estaba pintado de pecados, cada kilómetro un testimonio de mis acciones.
Soy un asesino convicto, un hombre con sangre en las manos, y este paraíso es la antítesis de lo que merezco.
Pero aquí, contemplando esta tranquilidad, no puedo evitar sentir una perversa sensación de logro. El lago refleja la superficie serena que intento presentar, mientras los árboles, con sus ramas entrelazadas, me recuerdan los pensamientos oscuros que se enroscan en mi conciencia.
El viento susurra entre las hojas, trayendo consigo el aroma del pino. Debería estar atormentado por las vidas que he arrebatado, pero solo siento entumecimiento. Es la única forma que he aprendido de sobrellevarlo: con desapego.
El chalet se alza ante nosotros con sus puertas acogedoras. Al bajar de la camioneta, la realidad de nuestro nuevo refugio nos envuelve como un manto. La casa de papá ahora es mía, un santuario manchado por las sombras que he traído conmigo.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Lila, con lástima en sus bonitos ojos azules.
Odio su lástima.
—Estoy bien —miento, desestimando su preocupación.
La mirada de Lila se afila, atravesando mis defensas con una intensidad que me enciende la sangre. Ve más allá de la fachada y reconoce el alma dañada tras la máscara.
—¿Bien? —pregunta ella.
—Entremos —murmuro, ignorando su pregunta.
Le tomo la mano; su piel contra la mía es un ancla. Avanzamos hacia el chalet con los pasos sincronizados sobre el camino de grava.
Deslizo la llave en la puerta principal, tallada con intrincados motivos, y la empujo para revelar un gran vestíbulo bañado por el cálido resplandor del sol poniente que entra por las altas ventanas. La luz baila sobre los suelos de madera pulida y el aroma de caoba añeja llena el aire.
—Esto es impresionante —susurra Lila con un deje de asombro en la voz.
Asiento. La opresión en mi pecho se alivia mientras la observo maravillarse ante la belleza que nos rodea.
El concepto del amor, esa ilusión que venden poetas y tontos, siempre me había sido ajeno. Mi corazón, una fortaleza de soledad, impenetrable y frío, jamás se había acelerado por nadie.
¿Deseo? Sí. ¿Lujuria? Sin duda. Pero el amor nunca me había tentado a abandonar el abrazo de la oscuridad hasta que llegó Lila, con sus ojos penetrantes y rizos cobrizos, y desafió el vacío donde debería latir mi corazón.
Mis botas resuenan contra el suelo de madera mientras caminamos por el gran vestíbulo. Las paredes están adornadas con astas y cabezas de animales disecadas.
A mi derecha, una escalera amplia con intrincada barandilla de hierro forjado nos invita a subir. Una enorme chimenea de piedra domina la sala de estar, con el hogar frío.
La mano de Lila se aferra a la mía; su agarre es un salvavidas en este mar de opulencia desconocida.
Al pasar por la sala de estar, mi mirada se posa en el piano de cola de la esquina.
Su superficie pulida de ébano refleja la luz parpadeante de la chimenea, invitándome a tocar sus teclas.
Mi madre quizá fuera una drogadicta, pero recuerdo que solía tocar con tanta belleza en un viejo piano desgastado para dormirme.
Aparto la mirada del piano y continúo hacia la cocina; el aroma de pino y cedro flota en el aire.
La cocina es espaciosa, con una gran isla central y electrodomésticos de última generación.
No tiene nada que ver con la pequeña cabaña de troncos que dejamos atrás.
Estamos a un mundo de distancia de mi pasado.
Lila suelta mi mano y camina hacia la ventana, con la frente apoyada contra el cristal frío.
El sol se ha puesto, envolviendo el bosque circundante en un abismo de tinta.
La única fuente de luz proviene de la luna, cuyo pálido resplandor ilumina los picos nevados de las montañas distantes.
Es una vista impresionante que calma la inquietud en mi interior.
—Es hermoso —murmura Lila.
Me pongo a su lado, con la mirada atraída por el paisaje bañado por la luna. Es una escena de paz y tranquilidad.
—Sí, lo es —asiento.
Permanecemos allí en silencio; la luz de la luna proyecta largas sombras por la cocina.
Un deseo crudo y primitivo me recorre. Quiero saborear a Lila, sentirla debajo de mí, perderme en el olvido de su cuerpo.
Es como un incendio forestal que consume todo mi ser. No puedo negar el impulso primitivo que me atenaza, la necesidad de poseerla, de hacerla mía en todos los sentidos.
Me vuelvo para encararla y la devoro con la mirada. Sus ojos se abren con sorpresa, sus labios se separan en anticipación. Extiendo la mano y le acaricio la mejilla; la suavidad de su piel me provoca un escalofrío. La observo de cerca, con el corazón latiéndome en el pecho.
—Ponte de rodillas —exijo.
Lila no duda. Se arrodilla rápidamente ante mí. Me mira con una mezcla de miedo y deseo en los ojos.
Extiendo la mano y la agarro del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás con brusquedad. Su jadeo resuena por la habitación mientras aprieto el agarre.
—Sabes lo que eres —gruño, alzando la voz mientras tiro más fuerte—. Mi pequeña zorra sucia.
El cuerpo de Lila tiembla mientras asiente, reconociendo la verdad de mis palabras. Es una zorra, una cosita sucia que me pertenece.
Mis piercings tiran de mi polla mientras se pone tan dura que me vuelve loco. Observo la reacción de Lila a mi dominio mientras se retuerce, frotándose los muslos.
—Voy a follarte la garganta —le digo.
Lila se lame los labios antes de abrir la boca, con los ojos llenos de lujuria y sumisión.
—Buena chica —susurro, sacando la polla del pantalón y metiéndosela en la garganta.
Se atraganta al instante, incapaz de abarcar semejante tamaño.
No sé qué tiene esta chica, pero algo en ella me hace querer ser mejor. Aun así, no puedo evitar dominarla, obligarla a someterse a mi voluntad. Es embriagador.
Sus ojos brillan con lágrimas mientras lucha por aguantar la intensidad de mis embestidas. Me retiro y observo cómo separa los labios y su lengua lame con avidez la punta perforada de mi polla.
Cuando saco mi polla de la garganta de Lila, jadea con los ojos muy abiertos. No le doy tiempo a recuperar el aliento antes de agarrarla del brazo y ponerla de pie.
—¿Qué haces?
Le gruño al oído:
—Nada de preguntas.
La inclino boca abajo sobre la mesa de la cocina, con la mano en su nuca mientras la presiono contra la fría superficie de madera. Su cuerpo tiembla bajo el mío mientras le arranco las bragas, haciéndolas jirones con los dedos.
—Me quieres dentro, ¿verdad? —le susurro al oído, con el aliento caliente contra su piel.
Mis manos recorren su culo desnudo, apretando y amasando la carne mientras gime debajo de mí. Sus caderas se mueven hacia delante, buscando el contacto con el borde de la mesa.
—Sí —gime.
—Dilo —exijo—. Dime cuánto necesitas que te folle.
Mis dedos se deslizan más abajo, recorriendo los bordes de sus labios antes de hundirse dentro.
Grita y arquea el cuerpo sobre la mesa mientras la provoco.
—Necesito que me folles, lo necesito muchísimo.
—Buena chica —la elogio mientras hundo dos dedos en su calor húmedo. Se contrae a mi alrededor, apretándome mientras intenta atraerme más adentro.
Con un gruñido, me retiro y alineo mi polla con su coño. De una poderosa embestida, me hundo completamente dentro de ella y la hago gritar de sorpresa y placer. Sus uñas se clavan en la madera mientras empiezo a penetrarla sin piedad; mis caderas golpean contra su culo con cada embestida.
—Estás tan apretada —gruño con voz baja y amenazante mientras la follo cada vez más profundo—. Tan jodidamente apretada.
—¡Oh, joder! —grita.
—Te gusta esto, ¿verdad? Te encanta que te usen como a una putita sucia.
Gime más fuerte mientras follamos; el sonido de nuestros cuerpos al chocar resuena por la habitación.
Mi polla se hunde en ella una y otra vez, y cada impacto envía ondas de placer que recorren su cuerpo.
—¡Ash! —grita, perdida en la sensación de estar llena hasta el fondo.
Extiendo la mano y le agarro un pecho, apretándole y pellizcándole el pezón entre los dedos. Su espalda se arquea mientras mi polla se hunde más profundo.
Juego con su clítoris, lo rodeo con los dedos hasta que no puede más. Su cuerpo convulsiona cuando alcanza el clímax con fuerza, y olas de placer nos recorren a ambos.
Una vez que alcanza el clímax, bombeo mi semen en su coño hasta que se derrama sobre la mesa de la cocina. Gime aún más fuerte mientras seguimos follando, nuestros cuerpos moviéndose en perfecta armonía.
Cuando baja de su éxtasis, salgo de su coño y observo cómo mi semen sigue goteando sobre la mesa. Es un espectáculo digno de contemplar: el semen derramándose sobre la fría superficie de madera en un flujo constante.
—Ahora voy a llenarte el culo de semen —le digo con voz grave.
Gime ante la idea de que la llene de nuevo, y mi polla semidura se pone dura al instante.