17 Ash
Al salir el sol, nos adentramos más en los senderos rústicos que conducen a la cabaña. El monte es espeso aquí. El aire está impregnado del aroma de tierra húmeda y pino. Es un terreno con pocos intrusos, cuya serenidad solo se ve interrumpida por algún que otro susurro de la fauna.
El denso follaje amortigua el ruido del motor. A medida que nos adentramos más en el bosque, la frontera entre la civilización y lo salvaje se difumina hasta que solo quedamos nosotros, el camión y la naturaleza. La cabaña está escondida en este laberinto, un refugio secreto que solo yo conozco.
Por un momento, considero las implicaciones de traer a Lila aquí, a este vestigio aislado de mi pasado.
Pero la realidad de nuestra situación no me deja otra opción.
Mientras el camión atraviesa la niebla matutina, la cabaña aparece ante nosotros, con una columna de humo que se eleva desde la chimenea hacia el cielo despejado.
—¿Qué demonios? —gruño al ver los troncos apilados frente a la cabaña—. Hay alguien en mi cabaña.
Lila contiene el aliento con un temblor.
—Eso no es bueno. ¿Crees que es un intruso?
Asiento.
—Ha estado abandonada tanto tiempo que alguien habrá decidido arreglarla y ocuparla —me hago crujir el cuello—. Nos espera una pelea.
Lila palidece.
—¿Más asesinatos?
—No puedo dejar que alguien que ha entrado en mi casa se salga con la suya.
Una oleada de adrenalina recorre mi cuerpo y me agudiza los sentidos.
Me he enfrentado a monstruos antes, pero esto es distinto. Esta cabaña siempre ha sido un santuario. Que lo hayan profanado es otra historia.
Aparco el camión a una distancia segura, con la mirada fija en la columna de humo.
—Quédate aquí —le digo a Lila.
Abre la boca para protestar, pero antes de que pueda hacerlo, la beso.
—No discutas.
Suelta un suspiro profundo.
—Vale —cruza los brazos sobre el pecho.
No puedo evitar pensar que me encantaría domarle esa actitud de niña malcriada. Tumbarla sobre mis rodillas y azotarle el culo hasta dejárselo rojo.
—Buena chica —murmuro antes de salir del camión y sacar la pistola de la funda.
Con pasos cautelosos, me acerco a la cabaña; el crujido nítido de las hojas bajo mis botas resuena de forma ominosa.
El olor a madera quemada me llena las fosas nasales, un recordatorio contundente de la presencia extraña en mi santuario.
Cuando llego a la puerta de la cabaña, aprieto el agarre de la pistola.
Sin dudarlo, pateo la puerta y astillo la madera envejecida.
—¿Quién coño eres? —exijo, apuntando la pistola a la figura desaliñada que me mira con alarma desde donde está sentado junto al fuego, con una manta gastada sobre el hombro.
El intruso es un hombre curtido por la edad que me sostiene la mirada con firmeza.
—Soy el dueño de esta cabaña —afirma.
—Mentira —replico—, el viejo lleva muerto treinta y dos años.
El hombre suspira y se le escapa una risa suave, como si le divirtiera mi ignorancia.
—Tu madre siempre tuvo un don para lo dramático —murmura.
El corazón me golpea en el pecho.
—¿De qué demonios estás hablando? —exijo mientras aprieto el agarre de la pistola.
Me sostiene la mirada.
—Hijo —dice con voz apenas audible—, soy Liam, tu padre.
Se me escapa una risa amarga ante lo absurdo de su afirmación.
—Imposible —escupo mientras la ira me enciende por dentro—. ¡Estás mintiendo!
Niega con la cabeza.
—No es mentira. Me llamo Liam Williams, esposo de Donna Williams y padre de Ashton Williams.
Rabia, confusión, dolor. Niego con la cabeza, incapaz de aceptar lo que dice.
—No —gruño, apretando los dientes—, está muerto.
Y con eso, la habitación queda en silencio, con el crepitar del fuego como único sonido que rompe la tensa quietud. Las emociones que se agitan dentro de mí son complejas, enturbiadas por años de abandono y la amargura de la traición.
—Sé que tu madre murió de una sobredosis de heroína cuando tenías cinco años —comienza con voz cargada de arrepentimiento.
Es la primera noticia que tengo. Lo único que sé es que me dejó en un hogar de acogida cuando tenía cuatro años.
—Lamento haberte dejado con ella, pero yo tampoco estaba hecho para ser padre —la confesión me sabe a bilis, y la dura realidad de su abandono me golpea como un tren de mercancías—. Tenía mis propios demonios —añade.
Vuelve a mirarme a los ojos con expresión grave.
—Y sé que has sido víctima de tu crianza, teniendo en cuenta que hay una búsqueda nacional en tu contra —sus palabras quedan suspendidas en el silencio de la habitación, un recordatorio contundente de mis fracasos.
Hay un momento de silencio antes de que continúe:
—Cuando vi las noticias, supe que vendrías aquí.
—¿Y qué quieres de mí ahora? —espeto.
Me mira fijamente, como si sopesara cada palabra con cuidado. Pero no quiero respuestas calculadas ni mentiras bien elaboradas. Quiero la verdad.
—¡Suéltalo de una vez!
—Quiero una oportunidad de arreglar las cosas —murmura.
Me pongo rígido y el corazón me late con fuerza en el pecho. La audacia de su petición es asombrosa. El descarado desprecio por el pasado, por la vida que he tenido que soportar por su culpa, me resulta enloquecedor. Siento la ira burbujear dentro de mí, caliente y cruda.
—¿Crees que puedes volver a entrar en mi vida y arreglarlo todo? —escupo con voz gélida—. No tienes derecho a aparecer y hacerte el héroe, papá.
La palabra «papá» me suena extraña en la lengua.
—Sé que no puedo arreglar las cosas —admite con voz firme—. Pero puedo ofrecerte un lugar seguro, un refugio —desvía la mirada hacia la ventana—. Tengo una casa en Alaska, mucho más grande y segura que esta. Puedes quedártela.
Frunzo el ceño sorprendido, pero me quedo callado, escuchando. Continúa:
—Yo también he estado huyendo, Ash. De crímenes, de mi pasado. He construido una cabaña allá arriba en el mismo terreno —su voz es apenas un susurro—. Viviré allí. No tenemos que vernos a menos que queramos. Tú puedes tener tu paz, y yo la mía.
Sus palabras quedan suspendidas en el aire, una propuesta tan inesperada como tentadora. Sé que quedarme aquí en Montana es peligroso. Las autoridades podrían dar conmigo, pero Alaska es otra historia.
—Estoy con alguien. Tendrá que venir ella también —exijo.
Asiente. —Por supuesto.
—Y si se te pasa por la cabeza delatarme, no dudaré en matarte.
Un destello de tristeza cruza su mirada. —¿Crees que delataría a mi único hijo?
Me encojo de hombros. —No te conozco. Me abandonaste, ¿no?
Acepta la puya con la mirada baja. —Sí, lo hice. Y es algo de lo que siempre me arrepentiré —. Sus palabras rezuman remordimiento, pero eso no borra el pasado.
No borra el dolor, el abandono. La confianza no se gana con unas cuantas palabras de arrepentimiento. Se gana con hechos, y le queda un largo camino por delante si cree que existe la más mínima posibilidad de que confíe en él. Tengo mis demonios, pero estos son los que me persiguen.