16 Ash
Nuestra caravana de dos vehículos serpentea por las carreteras rurales vacías. El zumbido del motor es el único sonido que me acompaña, un arrullo rítmico en medio del silencio envolvente.
Veo la silueta de Lila en el espejo retrovisor, su rostro iluminado por el resplandor de las luces del salpicadero.
Trago con dificultad y aprieto los dedos en el volante.
Estar con ella, cuidar de ella, es como caminar sobre la cuerda floja.
Un movimiento en falso y corro el riesgo de caer en un abismo de emociones que llevo toda la vida evitando.
Intento apartar estos pensamientos, concentrándome en la carretera y en el camión del que tengo que deshacerme.
Preocuparme por alguien es algo completamente ajeno a mí.
Estoy solo desde que tengo memoria. Mi padre murió cuando yo era un bebé, y mi madre prefirió el atractivo seductor de la heroína a criar a un niño de cuatro años.
Abandonado en un hogar de acogida, aprendí pronto a confiar solo en mí mismo, a levantar muros alrededor de mi corazón.
Ahora, cada vez que miro a Lila, esos muros se desmoronan, despertando algo en mí que no acabo de entender, una sensación emocionante y aterradora a la vez.
El lago emerge a lo lejos, su superficie reluciente bajo los últimos vestigios de luz. Es inquietantemente sereno, en marcado contraste con la agitación que siento por dentro.
Aparco cerca de la orilla; el crujido de la grava bajo los neumáticos rompe el silencio. Lila aparca a poca distancia.
Al bajar del camión, el aire fresco de la noche me azota. El crujido de la grava bajo mis botas resuena en el silencio. Busco con la mirada una roca lo bastante grande y pesada para lo que necesito.
Con el rabillo del ojo veo a Lila bajar del otro camión, su silueta apenas iluminada por la luz de la luna. Sin decir palabra, se une a mí; sus botas crujen sobre la grava al mismo ritmo que las mías.
Por fin, mis dedos rozan una roca áspera incrustada en el suelo. Tiro de ella con los músculos en tensión hasta que cede.
—Vuelve al camión, luz de estrellas —ordeno.
Lila duda y frunce el ceño.
—Ash, puedo... —empieza.
Pero la interrumpo.
—Sube al camión —repito.
Me lanza una última mirada, asiente y vuelve a subir al camión. La observo cerrar la puerta.
Vuelvo a lo mío y entro en el vehículo del cazarrecompensas. Arranco el motor, que cobra vida con un ronroneo áspero.
Bajo la vista hacia la roca que tengo en la mano; su textura áspera me ancla en este momento surrealista. Con cuidado, la coloco sobre el pedal del acelerador y ajusto su posición hasta asegurarme de que cumplirá su función.
Respiro hondo, abro la puerta y salgo del vehículo.
Con un movimiento rápido y practicado, me inclino hacia la cabina y meto la marcha.
El camión se sacude hacia delante y el crujido de la grava bajo sus neumáticos llena el aire.
Salto para apartarme y lo veo avanzar pesadamente hacia el lago, con los faros cortando la noche como dos balizas gemelas.
El camión gana velocidad; su voluminoso armazón se balancea mientras se precipita hacia el borde del lago. Entonces se hunde en el agua con un estruendo estremecedor y una explosión de espuma.
Observo cómo el camión se hunde lentamente bajo la superficie; sus últimas luces se apagan mientras las profundidades frías y oscuras lo engullen.
Las ondas se calman y pronto no queda rastro de que el vehículo estuviera allí. Solo queda el lago inmóvil, su superficie reluciente bajo el cielo crepuscular.
Echo un vistazo a Lila, que observa el espectáculo desde el camión. Su expresión es imposible de descifrar. Le doy la espalda a otro error más que añadir a una larga y violenta lista, camino hacia ella y me subo al asiento del conductor. Le pongo una mano en el muslo y aprieto.
—Conduciremos un par de horas más y después dormiremos en el camión —anuncio—. Mañana por la mañana solo nos quedarán unas horas hasta llegar a nuestro destino.
—¿Vas a decirme dónde está exactamente nuestro destino?
—Tengo una cabaña en el bosque. Aunque no está registrada a mi nombre. Era de mi padre y siguió a su nombre cuando murió. Un error con el papeleo, lo que significa que no deberían rastrearla hasta mí.
—¿Por qué vamos allí?
—Porque es seguro —respondo con los ojos fijos en la carretera—. Y porque podemos empezar una vida juntos allí —añado mientras aprieto el volante.
Después de eso, no dice nada; su mirada se pierde en el paisaje. Conducimos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Con Lila a mi lado, es como si me hubieran dado una segunda oportunidad. La oportunidad de corregir los errores de mi pasado o, al menos, de detener la violencia y el caos que siembro allá donde voy.