11 Lila
Ash se marchó hace más de una hora.
Se llevó el teléfono del motel y me dejó encerrada para que no intente huir. Y me pregunto si habré perdido la cabeza, porque ni siquiera se me había ocurrido escapar.
Cuatro días atrapada con un psicópata, y ni siquiera estoy segura de querer escapar. Está loco y es posesivo, pero me hace sentir como nunca me ha hecho sentir ningún hombre.
Especial.
Como si fuera capaz de matar para protegerme. Mató para protegerme. Lo vi matar, y debería estar horrorizada. En cambio, me excitó verlo acudir a mi rescate.
Está claro que necesito ir al psicólogo, porque esto no es normal.
Un golpe en la puerta me arranca de mis pensamientos.
La puerta del motel se abre con un chirrido, y Ash parece un hombre desatado.
Lleva la ropa salpicada de sangre y me observa con mirada salvaje a través de un pasamontañas.
Tiene el pecho agitado, como si hubiera estado corriendo, y el pelo revuelto.
Sus ojos se clavan en los míos con una pregunta tácita. Debería estar aterrorizada, lo sé. Una parte de mí lo está. Pero otra parte, la que este hombre ha despertado en mí, lo encuentra emocionante. Trago saliva, sin saber qué va a pasar.
—¿Qué has hecho? —pregunto.
—Me he encontrado con un viejo conocido. Un tipo que sabe lo de mi condena. Estaba a punto de llamar a la policía en el aparcamiento del bar, así que encontré una barra de metal tirada y se la clavé en el corazón. Acababa de atracar el seven-eleven.
Lo dice como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Hablas en serio?
Me mira a los ojos.
—Completamente.
Me doy cuenta de que algo no funciona bien en mi cabeza cuando noto cómo se me remueve algo entre los muslos al verlo en toda su gloria primitiva, salpicado de sangre y con la máscara puesta.
¿Qué demonios me pasa?
—¿Por qué me miras así, lucero?
No sé qué tiene ese apodo, pero solo consigue avivar el calor que me corre por las venas.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras montarte en mi polla —dice con una sonrisa burlona.
Aprieto los muslos y niego con la cabeza.
—No es verdad.
—Eres una mentirosa —dice mientras se acerca—.
Di la verdad. Te gusta que mate. Cuando nos conocimos, supe que eras mi lucero porque anhelas la oscuridad.
Igual que las estrellas necesitan la oscuridad para brillar, tú me necesitas a mí —proclama, deteniéndose a un palmo de mí—.
Las estrellas no pueden existir sin la oscuridad.
Brillan con más intensidad y fiereza cuando contrastan con el vacío.
Y tú eres como ellas —me clava la mirada, y aunque sus palabras son aterradoras, encierran una extraña verdad—.
Te atrae el caos, la locura, la sangre. Eres una estrella, Lila, y necesitas mi oscuridad para brillar de verdad.
Oigo mi pulso retumbando en los oídos, siento el calor de su mirada, veo la sangre en sus nudillos. Aunque todo en mí me grita que huya, no me muevo.
—No sé de qué hablas, Ash —digo, intentando que no me tiemble la voz—. Esto no me atrae —señalo hacia él, la sangre, la locura—. No me va la violencia. Ni matar.
Me dedica una sonrisa de suficiencia que no le llega a los ojos.
—Niégalo todo lo que quieras. Pero veo la verdad en tus ojos —me agarra de la cintura y me atrae contra su ropa manchada de sangre—. ¿También te gusta la máscara?
Lo miro fijamente a esos ojos oscuros, preguntándome dónde se habrá ido mi cordura.
Tiene razón en que estoy excitada. Más de lo que lo he estado en mi vida.
Y antes de que la parte racional de mi cerebro pueda protestar, hundo los dedos en su pelo oscuro y lo beso a través de la abertura de la máscara. La tela me raspa la piel.
El beso es feroz, como un torbellino de necesidad y posesión. Toda precaución se hace trizas bajo el asalto de sus labios sobre los míos.
Gruñe en mi boca, un sonido primitivo que me recorre la columna como un escalofrío.
Sus manos recorren mi cuerpo, desabrochan los botones de mi blusa y me la arrancan. Sus dedos trazan dibujos en mi espalda, dejando un rastro de fuego allí donde me tocan.
Gimo en su boca, rindiéndome por completo al placer que está despertando. Acallo la vocecita de mi mente que me dice que esto es una locura, que está mal, que es jodidamente retorcido.
Se aparta y me deja sin aliento. Tiene los ojos oscuros, casi negros de deseo. Pero hay algo más. Un atisbo de amenaza. Aun así, no basta para apagar el fuego.
—Tengo algo para ti —dice con voz ronca. Mete la mano en el bolsillo y saca un trozo de cuerda—. ¿Alguna vez te han atado?
Doy un paso atrás con el corazón desbocado.
—No —admito, y me doy cuenta de que la idea no me asusta tanto como debería. Al contrario, intensifica el latido entre mis muslos.
Él avanza, me agarra las muñecas y me las ata con la cuerda. Un escalofrío me recorre ante la brusquedad de su tacto; se me entrecorta la respiración cuando aprieta el nudo.
Lo miro a los ojos y veo al psicópata que hay dentro. Y por alguna razón, eso no me asusta.
—¿Tienes miedo, Lila? —se burla.
—¿Debería? —replico, sin dejar que me vea flaquear.
Se le curvan los labios en una sonrisa burlona y le brillan los ojos con diversión retorcida.
—Tal vez —dice, y se inclina hasta rozarme el lóbulo con los labios—.
Pero ¿acaso no te gusta vivir al límite?
—su aliento me quema la piel. Su mano se desliza por mi costado y se detiene en mi cintura.
Me atrae más hacia él, borrando cualquier espacio que quedara entre nosotros—. Prepárate para un viaje oscuro.
—¿Oscuro? ¿Hasta qué punto puede serlo? —pregunto, con un deje juguetón que oculta el miedo que late debajo.
Suelta una risita.
—Más oscuro de lo que puedas imaginar, Lila.
—No lo dudo —respondo con la voz temblorosa—. ¿Puedes darme una idea?
Su mirada se clava en la mía con tal intensidad que se me corta la respiración.
A pesar de mi aprensión, una parte de mí se siente inexplicablemente atraída por el peligro que representa Ash.
Es como estar al borde de un abismo, sabiendo que la caída podría destruirme, pero sin poder resistir la atracción.
Se inclina hacia mí, con los labios casi rozándome la oreja, y susurra:
—Imagínate esto, Lila: una partida de ruleta rusa.
Mete la mano en el bolsillo y saca la pistola, elegante y fría bajo la luz tenue.
Me quedo rígida al verla y la sangre se me hiela.
—No te preocupes —dice Ash al notar mi reacción—, no está cargada. Pero la amenaza, la idea de que pudiera estarlo, eso es lo emocionante, ¿no? Sobre todo cuando te la meto dentro.
Teniendo en cuenta lo que sugiere, no puedo creer el ardor que me invade. ¿Por qué demonios iba a querer que un hombre condenado por asesinato me follara con una pistola?
Se me enciende la cara y el corazón se me acelera. Miro a Ash con los ojos muy abiertos y los labios entreabiertos, sin saber si debería sentir horror o excitación. Hay un momento de silencio, y entonces sonríe.
—Dime —me tienta, deslizando suavemente el cañón por mi mejilla—, ¿todavía quieres saber lo oscuro que puede llegar a ser esto?
No debería querer esto. No debería desear el peligro que me está ofreciendo. Sin embargo, de alguna manera, me encuentro asintiendo.
Mi mente me grita que le diga que pare y que salga corriendo, pero mi cuerpo quiere algo completamente distinto. Algo oscuro, algo prohibido. Desesperada por demostrar que no tengo miedo, le sostengo la mirada con desafío.
Me arranca la ropa interior y tira los restos de tela al suelo. Me observa con mirada depredadora, como un lobo que acecha a su presa. El silencio en la habitación es ensordecedor.
—Eres preciosa —murmura, con la pistola todavía en la mano. La baja lentamente, trazando un camino escalofriante por mi piel desnuda.
Me estremezco y me muerdo el labio para contener un gemido. La pistola está fría; su contacto, aún más.
—¿Tienes miedo?
Trago con dificultad y me obligo a encogerme de hombros.
—No.
La sonrisa que le asoma a los labios no me tranquiliza. Se inclina hacia mí mientras la pistola se desliza más abajo. Sus dedos trazan patrones intrincados en mi piel con el metal frío, y cada roce encierra la promesa de algo más.
No puedo evitar el jadeo que se me escapa cuando presiona ligeramente el cañón contra mi pecho, justo sobre mi corazón desbocado.
—Ahí está ese miedo —murmura con los labios a un suspiro de los míos—. ¿No es excitante?
No respondo, demasiado atrapada en las sensaciones abrumadoras que me inundan. Soy consciente de cada centímetro del cuerpo de Ash contra el mío, de cada caricia áspera de su mano, de cada presión fría de la pistola contra mi piel.
—Eres mía, Lila —gruñe—, y te prometo que no tienes ni idea de hasta dónde llega la madriguera del conejo.
—Enséñamelo, entonces —respondo, y mi atrevimiento nos sorprende a ambos.
—Inclínate sobre la cama —ordena.
Obedezco, forcejeo con las muñecas atadas y prácticamente caigo de bruces sobre el colchón.
Mi cuerpo queda expuesto y vulnerable. Siento el metal frío de la pistola recorrer mi piel, bajar hasta provocar la zona sensible entre mis piernas.
Me estremezco ante el contacto y me muerdo el labio para ahogar un gemido.
—Tienes el coñito más delicioso —murmura con la voz áspera de deseo—, y tu clítoris es tan malditamente sensible.
La pistola asciende, traza un camino hasta quedar suspendida sobre mi culo. Contengo la respiración; la anticipación hace que el corazón me lata con fuerza.
—Y esto —continúa—. Tu culo está tan apretado, tan perfecto. Perfecto para follar.
No puedo evitar imaginar la sensación de la pistola dentro de mí, la dureza fría de su contacto en mi zona más íntima. Solo pensarlo basta para hacerme retorcer de anticipación.
Sus dedos toman el relevo y reemplazan el metal frío de la pistola.
Con un agarre firme, empieza a jugar conmigo, se desliza en mi humedad.
—Tan mojada para mí —se burla.
Gimo contra el colchón. Me imagino que el hombre detrás de mí debe de parecer absolutamente demente ahora mismo. Está loco, y yo también por querer esto. Sus dedos entran y salen despacio, profundamente. Su pulgar encuentra mi clítoris y frota con un ritmo agonizante.
Gimo, arqueo la espalda y empujo contra su mano.
Se ríe, un sonido tan oscuro y peligroso como él mismo.
Y entonces, algo cambia. Ash se detiene y saca los dedos de mí de golpe. Gimo, pero entonces lo oigo: el suave clic del seguro al liberarse. El corazón me late con fuerza cuando siento el metal frío contra mi piel.
—Creo que es hora de divertirnos un poco.
Antes de que pueda responder, se aleja de mí y la cama se mueve bajo su peso.
Me quedo jadeando, con las muñecas todavía atadas y el cuerpo dolorido de necesidad.
Lo oigo moverse por la habitación, un suave roce, luego silencio.
Agudizo el oído para averiguar qué está haciendo.
De repente, la habitación se sume en la oscuridad cuando se apagan las luces.
Un escalofrío de anticipación me recorre la columna. No sé qué está planeando, pero estoy aterrorizada y emocionada.
¿Quién habría dicho que el miedo podía ser tan excitante?
La habitación está en silencio, salvo por el sonido de mi respiración entrecortada. Entonces, vuelve.
—¿Estás lista, luz de estrellas?
A pesar del miedo y la locura de todo esto, me doy cuenta de que estoy lista. Anhelo el contacto de este hombre, su locura, una sed tan aterradora como excitante.
Y entonces desliza el cañón frío y duro de la pistola dentro de mí, y jamás he estado tan excitada en toda mi vida.
Está claro que deberían encerrarme en un manicomio por disfrutar de una situación tan jodida con un hombre que sé perfectamente capaz de matar.
Y sin embargo, ahora mismo, me importa una mierda.