10 Ash
La habitación está en penumbra. Una sola bombilla se balancea del techo, proyectando largas sombras inquietantes sobre el papel pintado descascarillado. Es cutre, pero es todo lo que puedo permitirme esta noche. Me vuelvo hacia Lila, su rostro oculto entre las sombras.
Está acurrucada sobre las sábanas descoloridas, respirando acompasadamente. Siento un extraño tirón hacia ella, un nudo en la boca del estómago. Se ha convertido en una vulnerabilidad que no puedo permitirme, pero tampoco puedo dejarla atrás.
Cojo el teléfono del motel de la mesita de noche, el plástico frío en la mano. Salgo y cierro con llave desde fuera para asegurarme de que Lila no intente escapar.
No la despierto. Sé cómo se sentiría si supiera que voy a robar el Seven-Eleven. Saco el pasamontañas del bolsillo y me dirijo hacia el lugar que había visto al llegar.
A estas horas estarán cerrados, así que forzar la entrada y vaciar la caja registradora debería ser fácil y sin que nadie salga herido. La caja fuerte será más difícil de abrir, pero lo intentaré.
Me pongo el pasamontañas a una manzana del Seven-Eleven. Siento el corazón latirme contra la jaula de las costillas. A pesar de la adrenalina, estoy extrañamente tranquilo. Esto es lo que mejor se me da. Respiro hondo y me fundo con las sombras, el juego de ganzúas frío en las manos.
Una vez en la puerta, me agacho. Trabajo rápido; los clics de los pistones al caer en su lugar hacen eco de mi latido. La puerta se abre de golpe y el sistema de alarma capta de inmediato mi atención. No hay tiempo para desactivarlo. Ahora la velocidad lo es todo.
La caja registradora no es difícil de abrir.
La miserable cantidad de efectivo apenas calma mis nervios.
Unos pocos cientos de dólares. Ni de lejos suficiente.
Tiene que haber una caja fuerte. Pero cuando me cuelo en la trastienda, mis esperanzas se desploman.
No hay caja fuerte. Abro cajones del archivador y del escritorio buscando más.
Tienen que tener más. Sin embargo, escondida en un cajón superior, hay una caja cerrada con llave.
Es pesada y prometedora. Me la guardo rápidamente en el bolsillo.
El tiempo se agota. Echo una última mirada a la tienda desierta y me escabullo de vuelta a la noche, con el sonido de las sirenas resonando a lo lejos.
A unas cuantas manzanas de distancia, saco la caja de seguridad del bolsillo y uso el juego de ganzúas para abrirla.
Esbozo una sonrisa de satisfacción cuando se abre.
Hay un reloj de oro, un collar y un anillo de diamantes, todo vendible por buen dinero en una casa de empeños.
Y al menos mil dólares en efectivo. Nos vendrá de perlas.
Compruebo que no hay cámaras de seguridad en la zona y me guardo el efectivo y las joyas, antes de quitarme el pasamontañas y sacar una gorra de béisbol.
Con el pasamontañas de vuelta en el bolsillo y la gorra puesta, tiro la caja en el cubo de basura más cercano.
Enciendo un cigarrillo y me dirijo hacia el motel por rutas poco iluminadas.
Las luces del pueblo se reflejan en el asfalto húmedo; la noche bulle de sonidos. Hay un bar cerca del motel, con el letrero de neón iluminando la calle tranquila.
Perfecto.
Necesito una copa para calmar los nervios.
Tiro el cigarrillo al suelo y lo apago con el pie antes de entrar en el bar.
Hay unos pocos clientes bebiendo, así que mantengo la gorra baja sobre la cara por si acaso.
Me acomodo en un taburete desgastado; el olor a licor barato y humo rancio me resulta familiar y reconfortante.
Pido un whisky a un camarero y dejo que me queme la garganta, con la esperanza de que amortigüe el ruido en mi cabeza. Necesito pensar.
Otra camarera, una rubia guapa con una sonrisa suave, se acerca.
—¿Puedo traerte algo más? —pregunta con voz melosa. Se inclina demasiado, y sus dedos rozan los míos al coger el vaso vacío.
—Solo una cerveza —respondo secamente, con la mirada fija en la barra. Siento sus ojos clavados en mí, pero no levanto la vista. No quiero darle alas.
—¿Día duro? ¿Seguro que no necesitas algo más fuerte? —bromea mientras me sirve una cerveza.
—Con la cerveza me basta —digo con tono gélido. Le echo un vistazo fugaz, una señal clara de que no estoy aquí para charlar.
Retrocede un poco y su sonrisa se apaga.
En otro tiempo, en otra vida, quizás habría coqueteado con ella.
Habría sentido esa chispa, esa emoción cuando una mujer guapa mostraba interés.
La habría llevado a la trastienda, contra la pared, consumido por un deseo crudo y primitivo.
Habría sido intenso, apasionado, y habría acabado antes siquiera de empezar.
Y después la habría dejado, otra muesca en mi cinturón, otro recuerdo para ahogar en el fondo de un vaso.
Pero ahora no. Ninguna otra mujer, por muy seductora que sea, puede encender ese fuego dentro de mí como Lila.
Solo pensar en ella me recorre con una descarga de deseo, un anhelo que se ha vuelto tan familiar que ya forma parte de mí.
Coloca el vaso frente a mí; el tintineo contra la barra resuena.
Meto la mano en el bolsillo, saco unos billetes arrugados y los tiro sobre la barra. El tenue aroma del perfume de la camarera me envuelve mientras murmuro un brusco «Gracias» sin mirarla a los ojos.
Hay una pausa, un momento en el que podría haber dicho algo e intentado romper el muro que he construido a mi alrededor, pero simplemente se da la vuelta y me deja con mis pensamientos y mi copa.
El vaso está frío contra la mano, la condensación formando gotas en la superficie contra la madera desgastada de la barra.
Doy un trago. La cerveza es amarga, pero da igual.
Nada importa realmente excepto ella. Lila.
Impregna cada uno de mis pensamientos, cada respiración, una obsesión que roe los bordes de mi cordura. Me paso una mano por el pelo.
¿Por qué no dejarla sin más?
¿Por qué no hacer las maletas e irme, dejarla sola en esa cutre habitación de motel?
Pero no puedo. No puedo porque en cuanto cierro los ojos, lo único que veo es a ella. Y sé, en el fondo, que dejarla sería lo más peligroso que podría hacer. No porque fuera a entregarme, sino porque estaría perdido sin ella.
Una voz ronca suena a mi espalda, arrancándome de mis pensamientos.
—Ash, ¿eres tú?
Mis dedos se tensan alrededor del vaso; el frío se filtra en mis venas al oír esa voz.
Me doy la vuelta y mis ojos se encuentran con los de Ian. Una sonrisa familiar le baila en los labios.
—Ian —murmuro. Aunque envejecido y curtido, su rostro trae recuerdos de un pasado del que llevo años intentando escapar. Era un niño de acogida como yo y solíamos robar juntos. Hasta que un día desapareció con todo el efectivo que habíamos robado de una tienda y no volví a verlo.
Me indica la salida con un gesto, sin apartar los ojos de los míos.
Dudo, echo un vistazo al bar, pero al final lo sigo afuera. El aparcamiento está sumido en la oscuridad; la única luz es la de la farola parpadeante de la esquina.
—¿Cómo has salido, Ash? —continúa al ver que no digo nada—. He visto las noticias. Hay una buena recompensa por entregarte.
Una sonrisa fría se dibuja en mis labios para ocultar el torbellino que llevo dentro.
—Bueno, Ian —replico con voz amenazante—, quizás es que no pudieron retenerme.
Su mirada se endurece ante mi chulería. Sus ojos bajan hacia mis manos, cerradas en puños a los costados.
—Necesito dinero, Ash —dice con un deje de desesperación—. Puedo hacer una llamada en cualquier momento, ya lo sabes.
Me acerco un paso, con la mandíbula apretada.
—¿Eso es una amenaza? —pregunto.
Traga saliva de forma visible; la farola parpadeante proyecta un resplandor inquietante sobre su rostro, cada vez más pálido.
—Dame todo el efectivo que tengas y me largo —dice.
Mi ira estalla, un incendio descontrolado que me devora las entrañas y pugna por liberarse.
Las manos se me crispan a los costados, sedientas de pelea.
La oscuridad se filtra en mi visión, un velo siniestro que desciende sobre mí.
El psicópata que llevo dentro disfruta de la situación; una sonrisa oscura y letal se dibuja en mis labios.
—Deberías andarte con cuidado con un hombre como yo.
La risa de Ian resuena en el silencio.
—No olvides —gruñe— que los dos somos criminales. Los dos llevamos la misma tinta oscura en las venas. No eres mejor que yo.
Su voz tiene un tono definitivo, un desafío tácito que queda suspendido entre nosotros.
Mis ojos captan un destello en las sombras.
A menos de dos metros de mí hay una barra de metal abandonada.
Sin pensarlo, me lanzo a por ella. Mis dedos se cierran en torno al metal frío mientras Ian se abalanza sobre mí con un gruñido que le desgarra la garganta.
Pero soy más rápido, más letal. En un instante estoy de pie y descargo la barra.
Se oye un golpe nauseabundo al impactar contra Ian, que sale despedido sobre el asfalto agrietado.
El corazón me late con fuerza, la adrenalina me recorre las venas mientras me abalanzo sobre él. Antes de que pueda recuperarse, levanto la barra de metal por encima de la cabeza. Se le abren los ojos de miedo; una mano débil se alza en un intento inútil de detenerme.
Pero es demasiado tarde. Bajo la barra y se la clavo en el corazón. Retrocedo y la dejo clavada en su cuerpo. Una extraña sensación de satisfacción me invade; la emoción de matar resuena en lo más profundo de mi ser.
Los ojos sin vida de Ian me devuelven la mirada.
La oscuridad me da la bienvenida y me envuelve en su frío abrazo, como una amante que me recibe en casa.
Y así, todas mis preocupaciones por Lila desaparecen.
Sé lo que voy a hacer. Voy a hacerla mía.
Mía y de nadie más. Y nunca la dejaré escapar, porque esto es lo que soy.